EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de la Ganadería los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. Corrida Concurso VIC FEZENSAC 2017. Foto : Pocho Paccini Bustos.

viernes, noviembre 09, 2018

LA TAUROMAQUIA DE ANTONIO ORDÓÑEZ : ( Capítulo II )

¿Qué es torear para Antonio Ordóñez? : ESTÉTICA (el sentimiento espiritual del torero)  y  TÉCNICA (el dominio absoluto sobre el toro).Torero de arrolladora personalidad, de excepcional lucidez para sentir, interpretar y esclarecer las normas clásicas, centenarias, de un arte inmutable en su esencia.

LA LARGA CAMBIADA
¿Que se ha hecho del toreo a una mano? Alguien llegó a decir que si en la época moderna surgiese un torero que practicase las suertes variadas y bellas del antiguo toreo de capa, no hubiera hallado ni toro ni público que las comprendiese. Aquí está Antonio Ordóñez para desmentir la rotunda afirmación. Antonio, juvenil, cuadrado en la rectitud del toro, con el capote ante sí, cogido a una mano para dar una larga. ¿Natural? ¿Cambiada? Lo explicaré, porque a los espectadores de hoy hay que explicarles muchas cosas, y Ordóñez es buen profesor. Si el espada —cuando el toro se arranque— sigue cuadrado, mueve el brazo derecho en su viaje natural y da salida al toro por los adentros, la larga es natural, porque el cuerpo del torero no se mueve y se cita con el capote en la mano derecha para torear por el lado derecho del toro.
Sipor el contrario, el cuerpo gira y el brazo que torea es el opuesto al del lado por el que pasa el toro, la larga es cambiada. Veamos a Antonio. Ha citado de frente —como en la foto anterior—, pero con el capote en la izquierda. Al entrar el toro en jurisdicción ha girado y con el brazo izquierdo cambia los terrenos y, sin perder el suyo, señala la salida al toro por el lado derecho, por los adentros» por el costado derecho de la res. Esta es la larga cambiada. Una bellísima suerte para correr los toros cuando están muy levantados. ¡Labor de subalternos!, dicen algunos toreros de hoy. ¿De subalternos? Que se lo pregunten al «Guerra», que fue el fenómeno de su tiempo. Sin ir tan lejos: que lo pregunten a quienes vieron y vivieron el momento de la foto.
Tal vez este otro lance no necesita tanta explicación, porque la larga cambiada afarolada de rodillas es suerte que se practica con frecuencia y está en uso. Pero definiremos. Larga: porque el capote es corrido en toda su extensión y a una mano. Cambiada: puesto que el capote en la mano derecha lleva y da salida al toro por el lado izquierdo. Afarolada: porque el camino no se consigue con un giro del cuerpo —como en la foto anterior—, sino pasando el brazo por encima de la cabeza. De rodillas: a la vista salta. Aunque esto de torear de rodillas, si tiene mucho mérito cuando la suerte sale limpia y bella, quita muchas posibilidades estéticas al toreo..., aunque Marcial Lalanda, solía decir que si se ponía de rodillas siempre que le entraban unas ganas locas de huir, para no hacerlo. Volviendo a la larga de rodillas: la hemos visto como un gran barullo infinitas veces. La hemos visto con esta rara precisión geométrica —templando el vuelo del borde del capote— muy pocas. A casi nadie.

AL COSTADO POR DETRÁS
Citar al toro con un brazo cruzado por la espalda y el otro extendido, mostrando el capote por detrás del cuerpo, es gallarda manera de citar. Pero un gran capeador da más belleza a la suerte si el primer lance —en el quite— lo engendra como verónica o farol para poner el capote a la espalda. Antonio Ordóñez, en la foto, inicia el lance como verónica; casa al fin de la misma la mano Izquierda suelta el capote —que sigue su vuelo natural— y pasa por la espalda a recogerlo nuevamente por la esclavina y ligar el nuevo lance, éste ya al costado por detrás.

Esta suerte tiene en el rondeño una peculiar y exacta interpretación, dentro ya del toreo de perfil. Torea con los pies juntos y sobre las puntas de los mismo, atiende más a la belleza del momento que al dominio del toro en la suerte; y sin embargo, véase cómo el toro va toreado, siguiendo la onda del vuelo del capote hasta la terminación de la suerte; con lo que Antonio habrá conseguido el milagro de dar este arriesgado lance, apenas con base de sustentación y sin tener necesidad de enmendarse para buscar mejor terreno en el capotazo siguiente.

LA CHICUELINA
Ya hemos dicho que Antonio Ordóñez ha sido — ¿es? — un torero con personalidad definida. Una de las manifestaciones de esta personalidad fue el haber sabido interpretar todas las suertes clásicas y no haber incorporado a su toreo ningún lance extraño, ninguna —o casi ninguna— «ina». Le vemos, sin embargo, en la chicuelina, la graciosa y sevillanísima variante de la navarra. El diestro ha citado como para la verónica, con el capote un tanto ceñido; deja que el vuelo del engaño haga pasar al toro mientras, pausadamente, con los dos pies pisando fuerte, gira en sentido contrario, para
repetir la suerte. Lance de adorno, tangencial —como el molinete—, pero que cuando se da así, cuando el toro pasa —y no cuando pasa el torero— tiene una positiva elegancia.
EL GALLEO A LA MARIPOSA
Antonio Ordóñez es torero tan clásico como variado; intenso, pero largo. Escapa a esa regla inexacta —que algunos toman por axioma— de que la intensidad acorta el toreo. Y Antonio, que da la verónica como ningún contemporáneo suyo la ha dado, no elude cuanto en el tercio inicial sea eficaz o, simplemente, bello. A veces, no con la frecuencia que hubiéramos querido, ampliaba su repertorio habitual con la esencia de suertes que fueron y ya no son; por ejemplo, los galleos. ¿Qué son los galleos?, oigo preguntar a los nuevos aficionados. Pues... eran. Eran suertes que se ejecutaban andando con el capote delante del toro —sin que éste pasara— y adornándose en su ejecución. El más moderno de ellos fue el de la mariposa, actualizado y perfeccionado por Marcial Lalanda, y que Antonio Ordóñez ejecuta en este momento de la lidia. Es la más bella de cuantas suertes se pueden ejecutar al toro por la cara; con el capote a la espalda, aleteante como las alas de mariposa, la cabeza del toro pendulea en una alternativa embestida, que el torero elude andando con gracia hacia atrás, y rematando con una alegría, una airosa vueltecilla, un desplante; eso que no es «na» y que arma un terremoto en el tendido.

LOS REMATES
Hemos hablado hasta ahora, casi exclusivamente, del clasicismo de Antonio Ordónez. Vamos a hablar ahora de su sevillanía. Para mí es -sobre todo- la gracia necesaria para irse de la cara del toro de forma bella. Como hace Antonio en esta serie de remates, que presentamos en su Tauromaquia. Remates que no son de adorno, de puro adorno. ¿Hay quién dude de la eficacia de ese capote, diestramente llevado a una mano, ayudado con una flexión de rodilla -siempre en ángulo recto, geometría del buen toreo, para fijar la serie inicial de verónicas?
Pero ese mismo capote —que dibuja a una mano un recorte de hierro para calmarlos nervios de un torito picante— es flor desmayada que levemente adorna una serie de lances, cuando el toro no necesita quebranto.En el momento anterior, el recorte —con su efectividad— era un magnífico exponente del toreo defensivo. Sí, he escrito defensivo, no medroso; son cosas totalmente distintas. Toreo defensivo, porque tiende directamente a quebrantar al toro, a quitarle agresividad. En este lance, la figura erguida, el brazo flamenco, el pliegue reposado del capote nos dicen solamente una cosa: belleza...

preludian el giro gitano, el paso garboso, la gracia sevillanísima con que Dios premia a aquellos buenos toreos que saben hacer toreo, según su sentir y dentro de las regias. Saber estar en el toro necesita un valor incomparable. Saber irse del toro... En eso no hay Tauromaquia que encuentre regla precisa, porque la inspiración no tiene norma fija, no se ajusta a moldes, es una llamarada que vive un leve segundo en la imaginación y se realiza si la imaginación cuenta con reflejos rápidos, instintivos, muy hondos, muy raciales.
Ese irse de Antonio —llevándose el crujido de gozo del tendido, ese crujir que parece el de la corteza del pan caliente— no se ha ensayado, no se ha previsto. Para explicarlo habría que acudir al estudio de la veta de sangre gitana de su estirpe.

LA REVOLERA
Torero grande es aquel que sabe que el toreo, en esencia, es el dominio sobre el toro, pero lo practica como si fuese un arte puro, un alegre divertimiento, una incruenta creación estética. Es aquel en el cual, el arte, se crea por encima de un macizo poder que le sirve de base

Antonio está — ¿estuvo?— en ese difícil punto de equilibrio en que se cuidan todos y cada uno de los detalles de la lidia, pero nunca se despojan de sus más atrayentes fulgores: arte, salero, plasticidad. La demasiada atención a la lidia –falsa excusa tras la que se esconden toreros holgazanes o temerosos— no da derecho a terminar con el toreo de capa. Ni con su rica variedad. Muchos hay que, con el pretexto de que el tercio de varas es puramente puyazo y quite —aun hoy en que ni uno ni otro se practican—, se eximen de echar un capotazo, y no practican más que la verónica del saludo con mediocre monotonía. El capote de Antonio Ordóñez —incluso en el tercio de varas— sabe distinguir entre la plaza y el tentadero. Quede para éste la faena sobriamente aderezada. Y para la plaza, la alegría revoloteante del capote en espléndida y rica variedad de suertes. Como esa revolera —¿quién habrá que pueda describirla? — que hace pasar ante los ojos del toro salpicao, en alegre fuga, todos los colores del arco iris.
este otro remate en revolera —de rodillas, por bajo— que une lo bello a lo eficaz, a lo útil. Todo en la plaza debe responder a una finalidad de dominio, de poder, de buena lidia. Tal vez un principiante, al ver esta foto de Antonio, trataría de imitar el lance. ¿Cuántas veces lo habremos visto? Pero lo que el principiante deberá saber es que el
ponerse de rodillas, el rematar por bajo, el adornarse con la corola florida de una revolera, el espada trata de bajar los humos a un toro que salió levantado y al que las varas no han bajado la cabeza para dejarla ahormada, en su sitio, maduro para una gran faena. Ese era el problema presentado al toreo. ¿Qué opinan los aficionados de la solución?.

EL PROVIDENCIAL QUITE
ya cierro este capítulo sobre el toreo de capa de Antonio Ordóñez, trayendo ante los aficionados un documento del momento en que no hay más dominio que el del corazón: es el momento del quite. Pero cuando lo hace, de verdad, un torero puede tener norma taurina, ser engendrado como una verónica; puede obedecer a la regla inmutable de que para llevar toreado al toro hay que mantener el engaño templadamente frente a su cara; puede seguir «echando línea», cuando aún no se han calmado los gritos de temor en el tendido. Quite torero de Antonio Ordóñez. No la serie de lances de relleno para tapar deficiencias, sino el lance en terreno comprometido, que resulta sereno, airoso, para que el toro se amarre al capote y no tenga tentación de volverse sobre su presa. Porque en id quite lo importante es salvar a un compañero. T para salvarlo hay que estar «allí». Y para estar allí hay que tener intuición del peligro, conocimiento de las suertes, dominio de los terrenos. Después se dirá del capote salvador que ha sido sabio, que ha sido providencial. Sabiduría y Providencia que se funden en un solo conocimiento: el solo Arte del Toreo. Y con este lance —en gallarda misión de hermandad— nos despedimos del capote de Antonio Ordóñez. El más ilustre que yo he conocido, aunque al escribir esto me punce en el alma el recuerdo de la verónica de Francisco Vega de los Reyes «Gitanillo de Triana». Y, sin ninguna duda, el de más espontaneidad creadora, el de mayor aptitud artística del tiempo presente.

Fuente: Semanario gráfico de los toros, El Ruedo. Madrid, 07 de febrero de 1963. Año XX, Nº 972.

CONTINUARÁ
EN LA PRÓXIMA ENTRADA…

martes, octubre 30, 2018

LA TAUROMAQUIA DE ANTONIO ORDÓÑEZ : ( Capítulo I )

El Desjarrete de Acho comparte con sus lectores, la Tauromaquía de Antonio Ordoñez, que el semanario gráfico de los toros, El Ruedo, publicó en varias entregas allá por el año1963, tras su primera retira en la Plaza de Toros de Acho, en la que gozó de mucho cartel.

"Presentada por Don Antonio
Fiel a sus compromisos, EL RUEDO  cumple la promesa que hizo a sus lectores de presentar la Tauromaquia, en sus más caracterizados intérpretes. Porque —tratándose de toros— el dejarse llevar insensiblemente de las emociones, de las preferencias, es algo tan inevitable, como estéticamete necesario. Sucede al escribir de toros, como con el toreo mismo; quien lo hace de manera perfecta, pero fría, no cala en la esencia misma de este arte, misterioso que es palpitación, relámpago, grito, gesto, olé.
AYER Y HOY 
Vaya por delante una afirmación. No creemos que los hombres hayan sido distintos en el pasado de los que hoy alientan sobre la faz de la tierra. No creemos que cualquier tiempo pasado fue mejor. Al leer los tratados básicos —en los que instintivamente piensa el aficionaido al que se habla dogmáticamente de Tauromaquia— las encontramos ciertas en sus principios, pero superadas en muchos de sus aspectos. 
Y lo mismo nos sucede con los toreros de antaño —que ponemos sobre nuestras cabezas—, pero que no pueden suscitar vivencias, emociones y afición en las generaciones que hoy se alejan de las plazas. Hace poco tiempo —por los días de la retirada de Antonio Ordoñez, en Lima— se celebró una Conferencia de Prensa entre los periodistas (peruanos y los toreros que participaban en la Feria del Señor de los Milagros de 1962). Una de las preguntas de los reporteros fue si los toreros actuales podrían con los toros de antaño; la respuesta fue unánime y afirmativa; en opinión de los espadas entrevistados, hoy existen en la torería andante toreros que hubieran sido figuras extraordinarias en las más gloriosas épocas del torero. Y yo comparto esta opinión. Sin distingos. Sin limitaciones. 
TAUROMAQUIA 
Por eso presento e inicio esta Tauromaquia de Antonio Ordóñez, que él no habria escrito ni dictado. Sencillamente, la fue dejando explicada sobre el libro abierto de los ruedos. Gracias a la magia oportunísima de los fotógrafos modernos —esos que tanto admiraba el «Guerra», según la vieja anécdota, de entre el montón enorme de momentos bellos que forman el archivo documental del torero, surgían las fotos que la vista iba ligando como se ligan los pases en las faenas. Instantáneas de distintas fechas, con diversos toros, en los ruedos más heterogéneos, podían ser encadenadas en una secuencia adímirable que hiciese parecer momentos distintos de una misma suerte. Era como una película cinematográfica que tomase movimiento solo con que la vista pasase de una a otra fotografía impulsada por la teoría de la continuidad del lance, dominada por el deseo de prolongar con más documentos gráficos la plástica de cada momento. 
Esto no se puede conseguir más que en los casos en que el torero es muy fiel a sí mismo, a su intuición del arte, a su sentimiento del toreo. Es decir, cuando nos encontramos —como en el caso de Antonio Ordóñez— con un torero de arrolladora personalidad, de excepcional lucidez para sentir, interpretar y esclarecer las normas clásicas, centenarias, de un arte inmutable en su esencia e incopiable en sus figuras más gloriosamente representativas. 
SENTIMIENTO Y DOMINIO 
¿Qué es el toreo para Antonio Ordóñez? A lo largo de su vida —y preguntado muchas veces sobre este tema—, el diestro ha contestado unas veces en serio y otras en broma muchas cosas distintas y hasta contradictorias. Pero en todas las respuestas hay dos constantes que se repiten: el sentimiento espiritual del torero —estética— y el dominio absoluto sobre el toro —técnica.
El primer movimiento queda patente en la contestación que Antonio da a una pregunta de Guillermo Sureda:
«Te diré que, a mi juicio, el toreo no es un oficio. En la Plaza, ante el toro, dos y dos casi nunca son cuatro. A veces son cinco y a veces solamente son tres. Yo no toreo como pienso, sino como siento. Para mí, torear es algo así como la necesidad de exteriorizar un sentimiento interior. Pienso que el toreo es un arte, un gran arte. Y el arte es algo que va de dentro a fuera y no al revés. Dicen que soy algo irregular y es debido a esa manera que tengo yo de entender el toreo. Yo creo que el torero, para ser bueno, tiene que sentirse en el momento que se realiza. A veces sentimos el toreo y entonces la faena es grande y luminosa y honda, y otras veces, aunque el toro no sea malo, no estoy en vena, no siento nada, y es entonces cuando no estoy lo bien que quisiera estar siempre.»

Pero Antonio, como todas las cumbres, tiene dos vertientes. Lo hemos contemplado desde la ladera del arte. Escuchémosle en la versión artesana —y realista— de su concepción torera, para entenderla completa. Esta respuesta me la dio a mí en una mañana del último mayo, cuando, vuelto herido de Tijuana, esperaba su curación con el deseo de hacer el paseíllo en la Plaza de las Ventas. Le conocí esa tarde. Y no hablábamos de toreó, sino de lo más antitorero que uno puede imaginarse. Tratábamos de los vetos de unos toreros a otros, desagradable y espinoso tema que estaba muy dé actualidad en la antesala de San Isidro de antaño, como recordarán los aficionados. Y le dije:
—Su postura en el toreo puede encauzar los rumbos de éste de manera decisiva.
—Los rumbos del toreo —me respondió - no están en manos de ningún torero, porque el toreo es uno y eterno. ¡El toreo! ¡Pero si torear es la cosa más fácil del mundo!
—¿He oído bien? —fue la interrogante respuesta.
—Lo más fácil. Total, todo es citar al toro, aguantar, templarlo, llevarlo donde quieres y dejarlo en situación de poder citarlo de nuevo.
O sea —deduje entonces y repito ahora—, dominar al toro, poder más que él, engañarlo para poderlo desengañar, ejercer poder técnico e inteligente sobre él. Y cuando esto, en un torero artista es ya puro reflejo, no aprendido instintivo, puede dar suelta al sentimiento del toreo. Y hacer la gran creación, sin que en la ágil y desganada belleza del cuadro se advierta el ingenio de la mezcla de colores ni el trazo artesano de la pincelada más allá de lo que él artista quiere.

Sentir un arte. Y por medio de este sentimiento dominar al toro. Ya dijo alguien que quien manda en el toro, manda en el toreo.
Por eso —y por las imperfecciones humanas— estábamos aquella tarde allí hablando del antipático tema de los vetos entre compañeros de profesión.

PERSONALIDAD Y ESTILO
No podemos seguir adelante en esta presentación de la tauromaquia de Antonio Ordóñez sin referirnos a su personalidad, a su estilo. Mas para ello habrá que aclarar conceptos taurinos que -por falta de una verdadera critica- se entremezclan en turbia confusión.
Antonio Ordóñez es un torero fundamentalmente clásico. Y, sin embargo posee una fuerte originalidad. No hay paradoja entre estas afirmaciones porque originalidad no es necesariamente invención -hallazgo de algo nuevo- sino visión distinta, interpretación nueva de lo ya conocido. Las reglas del arte taurino son centenarias y, más o menos, todos los toreros actúan de acuerdo con ellas. Lo original es practicarlas en forma tal, con tanta espontaneidad espiritual, que el resultado sea absolutamente creador, diferenciado,distinto.
Y asi llegaremos al hecho de que Antonio Ordóñez —que no se ha tomado la molestia de crear ningún lance nuevo para darle su nombre, tal vez porque  la mayoría de las veces esos lances son artimañas estéticas para hurtar el toreo- es, sin embargo, un torero inconfundible en la varia gama de su toreo, recogida en millares de excelentes fotografías; en sus actitudes; en su forma de recoger al toro; en su garbo para salirse de él. Ha tomado de las suertes los elementos básicos y los ha interpretado a su modo para hacerlas más acabadas y perfectas. Parece que para él se hizo aquella frase de «El Galio», cuando le preguntaban por lo que, para él, era clásico:

—Lo clásico es lo bien hecho, lo bien «ejecutao», lo bien «arrematao». Otras muchas cosas hubiera dicho Rafael «el Gallo» si hubiera estado en plena vigencia mental durante los años grandes de Ordóñez. Por ejemplo hubiera dicho que es el primer torero de la historia en que las dos grandes trayectorias del toreo —la que simbolizan los colosos Juan y José— se funden en un solo torero.

Porque «El Gallo» no lo dijo, me atrevo a decirlo yo. ¿Recuerdan los aficionados aquel modo de tomar un toro negro de Pablo Romero, de salida, en el tercio, un día de San Isidro? Era un toro grandé, bien armado y abanto, con prisa por huir; pero Antonio Ordóñez no tenia ganas de correr y decidió que no se fuera. Le metió, recogido, el capote en la cara, y, girando sobre la pierna doblada en ángulo recto, lentamente, sin que el animal dejase de ver el engaño lo dobló como si fuese un fleje de acero. Metía los corazones en un puño verle allí sujetando al toro, que tiraba carnadas y cabeceaba, descompuesto con la fuerza de su vigor intacto; la gente   estaba atónita, como si estuviese cubriendo la verdad del toreo; y el torero, sin ceder un paso, sin perder su puesto, sin descomponer su linea; fue el toro el primero que se rindió, al quedar clavado en el tercio, jadeante los ijares. Yo no recuerdo una ovación más grande, más sincera, más distinta que aquella, en la Plaza de las Ventas. Aquello era «Joselito» puro —según lo describieron sus críticos—, en alarde de dominio en una de sus decantadas faenas por bajo. Luego vinieron las verónicas de Antonio, citando de frente, parando con destreza, templando con armonía. Unicas. Inconfundibles. Belmonte depurado, modernizado, sin más desventaja que la mayor gallardía en la figura del rondeño. No me he equívocado; en la verónica de Antonio Ordóñez no faltaba más que aquella emoción que daba Belmonte al toreo cuando, desde el fondo de su figurilla desmembrada, parecía luchar no contra el toro y el público, sino contra todas fuerzas de la naturaleza, de la estética,del vigor, desatadas contra él.

SÍNTESIS DE TOREO

La llamada Edad de Oro -y a palabras de Corrochano me remito- no fue la de competencia de dos toreros, sino de dos toreos. La Edad contemporánea viene definida por la fusión de dos toreos -que durante decenios se influyen y aproximan- en un torero excepcional: que realiza una Tauromaquia también de excepción.

Yo estoy convencido de que Antonio Ordóñez —que ha hecho en el toreo muchas cosas hermosas— no ha dado de sí todo lo que podía, porque no encontró real competencia en su carrera. Lo que él dice a propósito de las tardes en que no sentía el toreo, no es más que expresión de esta falta de competidores. ¡Ya hubiera sentido el aguijón del arte si veía que alguien le iba a ganar la pelea! Como lo sintió cuando en el círculo familiar se organizó una competencia en los ruedos de fines comerciales. El sentido del toreo se impuso en Antonio por encima de todos los otros vínculos sentimentales, familiares, económicos, y después de dejar constancia cruenta en el redondel de que la competencia se había hechó real, pero era imposible, todo acabo con clara falta de armonía taurina. El torero —el artista— no había podido resistir la llamada del arte y se vio forzado a romper, seguramente contra su voluntad, todas las trabas concertadas, todas las posibles limitaciones previamente impuestas a su libertad de creación torera. 

Esto es casta. Esto es sangre guerrera. Pero el artista —sensibilidad a flor de piel— se adormece en ramalazos de indolencia cuando en el ruedo no tiene más oponente que el toro. Sabe que lo domina y —contamos con su propia confesión— se deja llevar por la desgana; a veces no le interesa la pelea, y pasa por el ruedo como de puntillas; en ocasiones busca el mayor peligro al buscar la mayor perfección, para después aliviarse ayudándose con el estoque en lances clásicos, en que la muleta, como engaño, debe ir a su caída natural; o perfilándose —con el mal llamado estilo nuevo— al engendrar las suertes, que él sabe iniciar, en las tardes gloriosas, dando el pecho.

Esto se le nota más en la suerte suprema. Antonio —que ha sabido matar y ha matado toros muy bien, muy clásicamente, y ha practicado a veces con perfección la suerte de recibir— ¡pasará a la anécdota y pequeña historia como el inventor del «rincón de Ordóñez» para dar estocadas bajas de efecto rápido. Esto será injusto — y el torero dirá alguna vez que el auténtico descubridor del «rincón» es el critico que por primera vez lo descubrió—, pero buscó este alivio tantas veces que será muy difícil de removerlo de los escritos del futuro; así se escribe la historia, que a veces, al decir la verdad, engaña; pero la verdad es que nos encontramos ante un torero de tan rara perfección plástica, de tan recio dominio, tan esencialmente torero —no podemos acabar estas líneas sin aludir a su estirpe rondeña—,tan verdadero y completo en su arte que bien podemos considerarlo como la síntesis vital y actualísima de cuanto las escuelas clásicas aportaron a la evolución histórica del toreo.

Pero dejemos esto —que es pura especulación— para ver al diestro en la arena. Tiempo tendremos de recreamos en la suerte, aprender lecciones y sacar consecuencias sobre el toreo actual en su mejor interpretaciónpara los días —presentimos de primavera— en que vuelva a sonar el clarín.

I.- EL TOREO DE CAPA

LA VERÓNICA
He aquí la verónica de Antonio Ordóñez. La más representativa de las suertes de capa. La preferida por él.  El dinamismo de la foto nos indica los elementos fundamentales, los principios de una Tauromaquía que, como la de Ordóñez, con razón ha sido calificada como exquisitamente clásica.
El cuerpo, en leve giro, aún casi conserva la posición inicial de los pies al hacer el cite. Este, como el pie izquierdo muestra con claridad, se ha hecho de frente, dando el pecho, un poco sesgado el cuerpo, como se deben tomar los toros. Las piernas, separadas un corto paso y adelantada un poco la del lado por donde se torea; es decir, saliendo al encuentro del toro: que en esto ciframos el valor y mérito del inimitable lance.
Cuando el toro ha entrado en jurisdicción y mete la cabeza en el capote —que citó enfrentado a la cara de la res—, el pie derecho gira levemente para ampliar el viaje, la mano izquierda baja y se pliega ceñida en dirección a la cadera contraria, mientras la derecha —que en este caso es la del lado por donde se torea— corre y templa a lo largo de la suerte con prodigiosa y suave exactitud.

Resultado de ese temple es el capote terso, la figura natural, el desahogo para cargar la suerte un poco hacia adentro, adelantar en el remate la pierna izquierda y poder ligar la verónica con el mismo lance por el lado contrario, que en ligar está el supremo saber.
La verónica está ahí. La de Antonio Ordóñez. El lance tiene todo lo que hemos dicho y mucho más. Tiene gracia. Pero esto es una Tauromaquia y no un tratado del elogio sin tasa. Por eso dejamos que la emoción estética de cada cual se manifieste libre y espontánea en su admiración por esta suerte.

COMO RECOGER A LOS TOROS
1. —El arte de recoger los toros está adulterado por mil corruptelas de los peones. Estos, en pureza, deben correr los toros por derecho en los medios y traerlos toreados a una mano hasta el tercio, donde los recoge y tantea el matador. Es el momento en que vemos a Antonio. En teoría, esta debe ser la ocasión en que se empieza a torear al toro a dos manos.
Ordóñez lo hace «echando línea» hasta en este esfuerzo de la brega, en que el toro es un huracán difícil de templar. La pierna del lado por donde torea, en ángulo recto; el pie casi hundido en la arena; conciencia de que se ha citado en buen terreno, y no habrá que enmendarse. El compás abierto, pero solo hasta el extremo, en que una flexión de las piernas hará recobrar su normal estabilidad a la figura. El pie izquierdo, aún indica que se citó de verdad.
Lo importante es el ritmo del capote —siempre de frente a la cara del toro— para que el animal no huya, para que quiera coger y no coja, para, que intente enganchar y no enganche. Técnica de verónica, con el capote girando sobre la pierna que torea.
Buen ejemplo para los toreros que, al intentar recoger un toro, echan el percal al suelo, con lo que el animal no lo ve y sigue su carrera. «¡Era abanto!», dicen después. Abanto..., porque no le dejaron ver el engaño. Porque se hizo, tal vez, que deliberadamente no lo viera.
2. —Todo lo contrario que hace Antonio. El lance anterior viene ligado con otro por el lado izquierdo. Siempre todo el vuelo desplegado frente a la cara del toro. Siempre sus vuelos girando alrededor de la pierna que torea. Siempre el torero dueño de la situación y del toro.
Estos lances iniciales han servido al matador para conocer el estilo y ritmo de la embestida. Son más, y más violentos, si el toro es duro y de mucho poder, porque habrá que empezar a pegarle fuerte, pero sin exceso; queda toda la lidia por delante.
Pero si el toro es bueno —Antonio con esta técnica los hace buenos a casi todos— ha llegado el momento de estirarse.

VARIEDAD EN LA VERÓNICA 
3.-Hemos iniciado esta Tauromaquia con la presentación de la verónica prototipo de Antonio. Pero éste, dentro de las normas clásicas del arte, domina diversos matices del toreo de capa, tan variados como bellos.
Lo vemos en una verónica con los pies unidos. No soy partidario a ultranza del toreo a pies Juntos. Pero lo aplaudo cuando se la ejecuta con quietud y—sobre todo— cuando se cita y se consuma la suerte con los pies Juntos, que no es igual que juntarlos cuando, ha pasado la cabeza del toro. El lance es de gran belleza. Lo difícil está en ligar con el siguiente sin enmendarse; que eso es la esencia del toreo: ligar.

También el cite, aunque Antonio lo ha hecho con los pies Juntos, ha tenido que ser de perfil. Por eso digo que no me gusta este estilo de toreo más que en algún momento de adorno. Porque es de perfil, porque —por falta de base de sustentación— necesita casi siempre enmienda.
4. —Vuelve el lance por el lado izquierdo. Un poco más espatarrado —un poco más gitano—y jugándose la femoral del lado izquierdo. Vean el capote enroscado sobre la pierna que torea. Y el aplomo de los pies sobre el suelo. Y el mando del brazo izquierdo obligando a seguir la embestida a un toro que se queda corto; la cara del animal debía estar a la altura de la pierna izquierda en el centro del capotillo. Y Antonio lo esperar ahí con el vuelo lento del templado engaño.
5. -Un poco más acentuado en esta verónica su modo de cargar la suerte. Antonio lleva al toro prendido en el centro del capote y se recrea en el lance obligando al toro a describir un semicírculo a su alrededor. Es decir, «cambiando los terrenos al toro», como decían los clásicos. El engaño llega a su máximo vuelo, momento en que Antonio adelanta la pierna izquierda y saca el percal por debajo del belfo del toro para quedar nuevamente en suerte y repetir el lance por el otro lado.
6.-La verónica es exquisita. Las manos bajas, muy bajas, sin caer en el vicio la «huelga de brazos caídos», ese modo vicioso de torear, ya pasado de moda, en que los diestros llevaban las manos a la altura de las rodillas. Recreado Antonio en la suerte, su lance es precioso; casi preciosista. Las manos bajas hacen que el embroque resulte más prieto y más espectacular, porque cuando se baja la cara a los toros se manda con más facilidad en ellos.
7. -Ya he dicho que lo esencial, en el toreo, es ligar. Por eso damos seis verónicas de Antonio Ordóñez. La serie de Saludo debe de constar de un número de lances mayor que el de las Gracias y menor que el de las Musas. Entre tres y nueve. Seis hemos elegido en el repertorio de Antonio Ordóñez para captar con ojos de aficionado las variantes del estilo que, en esta foto, se ha puesto más de perfil, aunque el pie izquierdo trate de engañar al ojo aficionado.
8.-Elogio y vituperio de un lance admirable. Elogio en el modo de llevar templado al toro, de bajar las manos, de crear un momento estético de espléndida belleza en el despliegue armonioso del capote. Vituperio, porque Antonio torea con la ventaja de cubrirse los pies y quedar atrincherado tras el engaño, lo cual elimina gran parte del riesgo. Los toreros saben bien lo que significa que el toro les vea los pies y quedar descubiertos. En este magno lance, el riesgo se elimina. Pero el resultado— verónica de Antonio Ordóñez— es incomparable. Una de las más ilustres en el toreo de todos los tiempos. Y la más ilustre de nuestra época actual, sin duda alguna. 
LA MEDIA VERÓNICA
Remate lógico —el más frecuente— de la anterior serie de lances es la media verónica. Una variedad del recorte que con Juan Belmonte ha tenido consagración de lance fundamental y es practicado con definida personalidad por toreros de excepción. Porque—es opinión mía— en la manera de rematar las suertes es donde se ve más que en otro momento la personalidad del torero. Antonio Ordóñez, que ha citado al toro de frente —su pie derecho, bien asentado, lo indica—, en mitad de la verónica recoge el vuelo del capote sobre la cadera. El toro quedará fijo después de doblarse, al seguir el camino que le muestra el engaño, en un escorzo de gran poderío. 
En esta foto, Antonio nos explica—como en una cátedra de Tauromaquia —la práctica de la media verónica. Nos explica, incluso, por qué se la llama así. La suerte se ha iniciado como en la verónica, la mano derecha ha ido en busca de la cadera contraria; la mano que torea —en este caso la izquierda—ha corrido la mitad de su viaje y vuelve a recogerse también sobre la cadera; el vuelo del capote se abre como una corola y el toro, tras un giro quebrantador, queda quieto, sometido al dominio del maestro.
A veces este bello recorte no se ejecuta con el brío poderoso que destronca a un toro con fuerza, sino con una cierta languidez, un cierto desmayo, que añade estética y quita poder al movimiento de capote; tal es la concepción de este remate en media verónica de Antonio por el lado izquierdo: el matador lleva al toro tan embebido en los vuelos del capote que, al dejar caer este en una mano, queda gallarda la figura torera erguida en el semicírculo que limitan los cuernos y el rabo del toro; pocas sensaciones plásticas superiores a ésta en el toreo grande.

Fuente: Semanario gráfico de los toros, El Ruedo. Madrid, 31 de enero de 1963. Año XX, Nº 971.
CONTINUARÁ
EN LA PRÓXIMA ENTRADA…..

sábado, octubre 20, 2018

Domingo Ortega: La geometría del toreo

"Pero sólo con preguntarle a Domingo Ortega qué es para él torear, echa pie a tierra y, tirado el bastón, cita adelante la mano, templa su movimiento, carga la suerte sobre la pierna mala, que se le pone milagrosamente buena para el arte, y hace llegar hasta la consola de la estancia de su casa donde nos encontramos al imaginario toro negro, que entró fiero al pase y salió de él sumiso."
A Domingo Ortega, el legendario maestro del pequeño pueblo toledano de Borox, 80 años a punto de cumplir, 30 que dejó la cátedra por jubilación voluntaria sin que, desde entonces, nadie haya hecho méritos bastantes para ocuparla, le duele la cadera, la que le operaron hace dos años ("en ésa no tenía ninguna cornada y en la otra sí; qué cosas"), y ni aun arrellanado en la butaca favorita deja de apoyarse en el bastón. Pero sólo con preguntarle a Domingo Ortega qué es para él torear, echa pie a tierra y, tirado el bastón, cita adelante la mano, templa su movimiento, carga la suerte sobre la pierna mala, que se le pone milagrosamente buena para el arte, y hace llegar hasta la consola de la estancia de su casa donde nos encontramos al imaginario toro negro, que entró fiero al pase y salió de él sumiso.

Uno le recuerda: "Cuando usted les andaba a los toros, maestro...". Se lo recuerda sin ánimo de ofender, ni nada; todo lo contrario. Pero el maestro se solivianta, menudo temperamento: "¿Cómo que les andaba a los toros, oiga? ¡Yo me quedaba quieto, para que te enteres!". El maestro no se pone de acuerdo con el tú y el usted, ni con el término andarles a los toros, y él mismo nos da la razón andándole al negro toro fiero, llevándole sometido, porque ése -proclama- es el fundamento deltoreo.
En los años treinta y cuarenta se decía Ortega y había que aclarar cuál: ¿el maestro o el filósofo? El maestro Domingo y el filósofo José fueron muy amigos; había entre ellos una admiración mutua. José Ortega y Gasset entendió la tauromaquia y Domingo le oyó lamentarse de no tener tiempo para estudiarla a fondo. Distinto es que los taurinos entendieran a José Ortega y Gasset. Cuando Rafael El Gallo preguntó, el día que se lo presentaron, "¿a qué se dedica ese chico tan agradable?", y le respondieron que era filósofo, sentenció aquella maravilla de "tIe qu'haber gente pa to".

"Ortega y Gasset era excepcional por muchos motivos", comenta el maestro; "su cultura y su sencillez me maravillaban. Ahora bien, ja, ja, no se le podía llevar la contraria. Yo no se la llevaba, claro, pero porque él siempre tenía razón. El año 1946 fuimos juntos a los carnavales de Hamburgo. Se vistió de romano, y a mí me hizo vestir el traje corto. Fue una fiesta enorme. Ortega y Gasset tenía gran prestancia y poseía una personalidad arrolladora. Las chicas jóvenes le adoraban. ¿Usted no le conoció? Pues se lo perdió. Cañabate también vino y se enamoró de una alemanita preciosa que le presentó Ortega. No vea cómo se enamoró; hasta el punto de que que la fiebre le duró meses. Pero ésas son cosas de la humanidad".

Usted también era un conquistador, no se lo calle (el maestro pone carilla de circunstancias cuando se lo decimos) pues hay referencias de ciertos lances. "No sé...". Se habla, por ejemplo, de que le alivió los cuidiaos a una famosa vedette, junto a un árbol del Grao de Valencia. "Esas cosas, mejor no recordarlas". Pero algo recuerda: "Precisamente me dijo Domingo Dominguín, que era mi apoderado: 'Mañana toreas y espero que no estarás como estuviste anoche con la chavala'. Le contesté: 'Tiene razón, y durante la temporada no me volveré a acostar con ninguna mujer'. Y lo cumplí. ¿Sabe usted lo que pasa? Que la cosa sexual hace que te importe tres pepinos todo. La cosa sexual influye más en la cosa cerebral que en la cosa física. El torero debe sobre todo concentrarse, o de lo contrario está más perdido que Carracuca. El toreo hay que vivirlo muy seriamente".
"Son mis formas"
Los intelectuales advirtieron de inmediato la personalidad torera y humana de Domingo Ortega y buscaron su amistad. El paleto de Borox, una inteligencia vivísima, aprendía de los intelectuales y los intelectuales intentaban entender su maestría. "José Ortega me pedía que le explicara mi toreo, y yo le respondía: 'Son mis formas". Con el doctor Jiménez Díaz y con Ignacio Zuloaga tuvo gran amistad. "Esa amistad fue total. Zuloaga venía a todos los tentaderos de mi ganadería. Cuando se sintió enfermo de muerte, me llamó y me dijo: 'Quiero dedicarle unos dibujos que tengo preparados sobre Cervantes'. Los firmó un día por la tarde, y a la mañana siguiente moría. Su hija me los hizo llegar, y aquí los conservo".

Pinturas y esculturas enriquecen el gran vestíbulo de la casa de Domingo Ortega. Hay obras de Benlliure, los dibujos cervantinos, pinturas de Zuloaga y Solana. "Falta el Solana grande", indica el maestro, señalando un amplio paño de pared, "pues se lo han llevado al sitio ese de aquel príncipe con gafas que se casó con la chiquita española, para que lo vean las gentes de allá, y espero que me lo devuelvan pronto". BruselasEuropalia admiten estos circunloquios, que da gloria oírlos. La casa de Domingo Ortega se encuentra en el barrio más señorial de Madrid. Su famoso retrato en jarras vestido de luces comparte con el Solana, a ver si lo devuelven, la presidencia del vestíbulo; y en una consola se alinean las gorras, sombreros y guantes que cada mañana elige el maestro para ir a su finca. En el saloncito donde celebramos la entrevista abundan fotos de familia y del torero, trofeos, diplomas, pinturas y un pequeño busto de arcilla realizado por Sebastián Miranda.

Domingo Ortega ha perdido mucha memoria, así lo confiesa, pero la pérdida es selectiva y conserva nítido el recuerdo de lo que importa. Entre lo que importa está Cañabate, por quien sintió mucho afecto y admiración: "Fue una persona excelente. Decía que la crítica taurina da un trabajo enorme y le creo. Fui testigo de las angustias que pasaba para escribir aquellas crónicas tan bonitas. Luis Calvo le metió en eso y le hizo la puñeta. Jamás admitió ni un regalo El Caña. Prefería pasar hambre antes que pedir nada. Era de una honorabilidad total".

Había en los años treinta un plantel de matadores extraordinarios y posiblemente fue la época de mayor plenitud en la historia del toreo. Ortega parece estar en ello. ¿Y la actual? "El toro marca diferencias con el toreo de mi tiempo. El de ahora sale noblote, pues tiene menos movimiento intelectual. Antes había mayor número de toros complicados y es con ellos con los que se funde el arte de torear".

La biblia orteguiana
En 1940 Domingo Ortega dictó en el Ateneo de Madrid una conferencia sobre el arte de torear, que causó sensación, y es la biblia taurina. Fue a instancias de Pedro Rocamora y de Cañabate y hay quien supone que éste dio forma fiteraria a las ideas del maestro. Sin embargo, el propio Cañabate nos manifestó, poco antes de su muerte, que la escribió personalmente Ortega, de su puño y letra, a lápiz, en papel timbrado de un hotel. "El toro coge por error del torero" es uno de los teoremas de la biblia orteguiana. "El toro no ha de coger nunca", confirma el maestro. "En la lidia sólo hay dos verdades: o mandas tú o manda el toro". Esto quizá explique la convicción popular de que Ortega a un toro malo lo hacía bueno. "Sí, decían eso. Y significa que el buen torero corrige los defectos del toro. Si puntea el engaño, en cuanto le hagas creer que puede cogerlo -pero sin pemitir que lo alcance-, irá más largo, para atraparlo, y acabará por no tirar derrotes. Para el punteo, la regla fundamental es dar y alargar, ¿comprende?".

Geometría del toreo
Cuando les andaba a los toros, echándoles la muleta abajo, ¿notaba que se le entregaban? "Sí, echándoles la muleta abajo, se entregan. Pero ¿qué es eso de que yo les andaba? Hay que distinguir, joven". Y el maestro, por ahí el bastón, olvida la cadera, se pone de pie, y torea. "Se trata", explica, mientras carga la suerte, "de que la muleta, en vez de quedarla aquí, la quedo allí. Y el toro se obliga, y vuelve, y entonces yo estoy parado. Claro que luego me vengo allá". Hace la geometría del toreo con tal pureza que es un gozo. Igualito que en el festival homenaje a El Gallo, cuando estaba de espectador, acompañado de Gregorio Corrochano y Thomas, y el público pidió que bajara a matar el sobrero. Bajó, y toreó de locura. Quedando la muleta donde se debía, el novillo surcaba arabescos en torno, sin rozarle el traje de franela gris, que tras la monumental faena estaba tan impoluto como cuando lo mudó. Y el público daba saltos de entusiasmo, gritaba ,"¡maestro, maestro!".

A los cánones del toreo -parar, templar y mandar-, Domingo Ortega añadió "cargando la suerte". Y dice por qué: "Sin cargar la suerte, el toro entra y sale por donde quiere; y no, ha de ser por donde quiera el torero. Hoy, los muchachos, como no cargan la suerte, dejan al toro tan fresco después de 50 pases; ¡y eso no es torear! El toro, después de cargarle la suerte en 8 o 10 muletazos, ha de acabar hecho una birria. El toreo es también temple, que está en la palma de la mano. Que la quiera coger y no pueda. El diestro que se deja tropezar los engaños no torea de verdad, por muy en tipo que se ponga y aplauda el público". A juicio de Ortega, el mejor fue Curro Puya. Y entre los de la posguerra, Antonio Bienvenida: "Este muchacho tenía un gran sentido del toreo".

Se ha dicho que de Despeñaperros para abajo se torea y de Despeñaperros para arriba se trabaja, y ahí discrepa Domingo Ortega. "Hombre, le diré; yo, que me hice torero para no tener que trabajar...". De chiquillo vivía en mi pueblo, en Borox. "Nos manteníamos de unas tierras que poseía mi padre allá en el Tajo. Mi madre murió cuando yo tenía 15 años, y era el mayor de cinco hermanos. Así que dije: ahora corresponde que arrime el hombro. Y me hice torero. La afición me venía de la vecindad de la ganadería del duque de Veragua" (el maestro la compré años después). "De manera que decidí probar suerte y me asesoré de Salvador García, un paisano novillero que, en cambio, él no había tenido la suerte que yo buscaba. Era el año 1927. Nos fuimos a la novillada de Almorox y uno de los torerillos sufrió una cornada tremenda. Cogí su muleta y su espada, y maté al toro. Ése fue mi debú. Luego, todo transcurrió rápido: ocho novilladas por los pueblos, dos en Tetuán de las Victorias y tres en Barcelona, al filo del invierno de 1930. Tuve tanto éxito que contraté la alternativa para el año siguiente en la rnisma plaza. Me la dio Curro Puya y ese día solemne también armé un alboroto. En Madrid me la confirmó Nicanor Villalta. Así que se puede decir fui figura nada más empezar".
De 'paleto' a maestro
Desde sus comienzos, Domingo Ortega mantuvo siempre el mismo estillo. "Salvador García", recuerda, "me había explicado lo que era la cosa del arte de torear. No obstante, en el primer festejo de Almoi ox, voy y le junto lo pies al novillo, y en ese momento oigo una voz que me insulta: '¿Qué haces, desgraciado?". Era Salvador, claro. Al acabar, dice: 'Me habrás oído. Le digo: ''Sí, y te prometo no volverle a juntar nunca más los pies, a un toro'. Tenía razón y se la dí: él no había visto nunca juntar los pies, toreando, ni a Gallito ni a Belmonte".

El paleto de Borox se transformó en el maestro de Borox, un hombre culto, al que admiraban intelectuales. Hizo ganadería, que aún posee, en el término de Segovia. Contrajo matrimonio con la marquesa de Amboage, que falleció al poco tiempo de casados, de una septicemia. Domingo Ortega se casó en segundas nupcias el año 1946 con María Victoria Fernández y López Valdemoro.

Ortega se retiró en plena gloria y volvió un año después porque se lo pidió el apoderado, para que le diera la alternativa, en Bogotá, a su hijo Luis Miguel Dominguín. "Me llamó desde allí y me dijo: 'Estoy aquí con la familia, sin nada; Domingo ven a salvarme'. Sin pensarlo dos veces cogí el avión, y le di la alternativa a Luis Miguel, que era un niño".

Domingo Ortega reapareció en España y siguió en el toreo activo hasta el año 1954. Después toreó en festivales y en los tentaderos, lo ha seguido haciendo, sin parar, hasta que ocurrió lo de la cadera. Cuando cumpla los 80 años, que será dentro de unos meses, el homenaje del mundo taurino le será debido a Domingo Ortega, el maestro de la ciencia de parar, templar y mandar, cuya cátedra continúa esperando sucesor.

Domingo Ortega en Acho

jueves, octubre 18, 2018

La ruta de la tartanilla: 16-10-2018

Continuando con la ruta esta semana don Pedro García Macías y Toni Hernández comentan  lo sucedido en  la feria de Otoño de Madrid  y la feria del Pilar de Zaragoza.

domingo, octubre 14, 2018

MENTIRAS VERDADERAS DE "EL JULI"

" Callejuelo" de Los Maños, torete escogido por "El Juli" y veedores para su "gesta" en Zaragoza.  Veinte años de alternativa imponiendo una vez más el 1/2 TORO.
"Callejuelo", anovillado y sospechoso de pitones   
"Jardinero", un pavo con perchas intactas (VIC FEZENSAC  2017)
El fraude: una ofensa a la dignidad de la fiesta
Todo un "Tio" imponiendo respeto a su salida de chiqueros
"Poderio" desprovisto  de arte y  personalidad
El Juli, "Figura del toreo" aliviándose con un novillo
Tipo de TORO, al que las "figuras" deberían desafiar un día sí y otro también
Michelito, torero "modesto" plantándole cara a un TORO
Tumbando al torete, de artero y alevoso  "Julipie", tapando la cara.