EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de la Ganadería los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. Corrida Concurso VIC FEZENSAC 2017. Foto : Pocho Paccini Bustos.

lunes, enero 14, 2019

LA OBLIGACIÓN Y LA DEVOCIÓN

Texto original de la crónica de Alfonso Navalón Grande, publicada en diciembre de 1964 en el semanario gráfico de los toros, El Ruedo

 Fuente: Semanario gráfico de los toros El Ruedo, Madrid, 15 de diciembre de 1964. Año XX, Nº 1069.

sábado, diciembre 29, 2018

LA TAUROMAQUIA DE ANTONIO ORDÓÑEZ : (Capítulo IV)

" (...) pase regular es todo el que se da con la izquierda; por consiguiente, el pase natural solamente puede ser dado con la mano más cercana al corazón (....) en la faena clásica no hay mano izquierda y mano derecha, sino mano de torear y mano de matar."

EL PASE NATURAL
NO hay punto en que discrepen tanto las tauromaquias como en la terminología de los pases regular y natural. Para muchos es el mismo. Para otros tantos son conceptos absolutamente diferentes. Unos —como «Pepe-Hillo» - dicen que se ha de dar con la izquierda; otros —como «Paquiro»— admiten que se pueda hacer con la mano de la espada, lo cual «aun cuando no está mal visto, no es tan airoso”. Y de aquí en adelante, la polémica se enciende, los tratadistas se dividen, y como la anfibología es tan evidente como personales las interpretaciones, se mantiene el desacuerdo al llegar a Cossio y Corrochano, a los que citamos como ejemplo de críticos que han estudiado a fondo el toreo de ayer, vivieron el de José y Juan y han publicado sus doctorales escritos en nuestros días, después de Domingo Ortega y «Manolete».

Pero como las dimensiones de este borrador de Tauromaquia no fueron concebidas para hacer crítica de críticos, sino para exponer con lisura cómo practicó el toreo Antonio Ordóñez, diré brevemente que me sumo a la escuela, cuyo último representante, es don Gregorio Corrochano, y que, para mí, pase regular es todo el que se da con la izquierda; por consiguiente, el pase natural solamente puede ser dado con la mano más cercana al corazón. ¡Como que hay que ponerlo entero en el lance!
Ved la foto, en la que todas las premisas del arte están cumplidas con rara perfección y nítida claridad. Parece que Antonio se haya vuelto antes al tendido- como  hacía en algunas tardes inspiradas- para preguntar «Vamos a ver si es así»-¡Claro que es así ¡
El torero ha ido al toro de frente, dejándose ver, con la flámula en la mano de torear —porque en la faena clásica no hay mano izquierda y mano derecha, sino mano de torear y mano de matar— y dando el pecho. La muleta cuadrada, a su caída, hacia  el terreno de afuera y cogida por el centro del palo. La distancia, la que exijan las condiciones de bravura y ligereza del toro; la que aguante el corazón del torero; en esto no hay más medida exacta ni más criterio que el conocimiento del toro que —a esta altura de la faena— debe tener su lidiador; no debe ser tan corta distancia que el toro se ahogue; ni tan larga que pierda el celo y quede suelto; la verdadera dimensión —la distancia torera— es la resultante de una ecuación cuyas dos incógnitas son la bravura del toro y la guapeza del torero para aguantarla.

Hay toros que se arrancan como un huracán de codicia. Otros —la mayoría de los que vemos lidiar- llegan a este trance escaso de pies y fuerza, poco boyantes; a estos hay que adelantarles en el cite la pierna contraria, siempre la derecha en el natural clásico, movimiento con que el torero llama la atención al toro, lo provoca y —al mismo tiempo— le coloca centrado con él; es decir, el tronco del torero, el que ha de cimbrearse al encauzar la embestida, queda «en el centro» del compás abierto de las piernas y puede girar como eje para cargar la suerte erguido con holgura, con mando, sin retorcimiento.

Mientras tanto, la espada —que siempre lleva la mano de matar— debe apenas reposar sobre la cadera de ese lado. No debe intervenir ni ayudar en el logro del pase para que éste no pierda pureza. Y la muleta —que aquí está aún un poco atrasada en relación con el cuerpo— irá adelantando, poco a poco para atraer la mirada del animal, como para hacer el quite a la pierna derecha, que es último elemento móvil del cuerpo torero que el toro advirtió. Todo está a punto para provocar la embestida y trazar el pase más bello y fundamental de cuantos pueden esculpirse sobre la arena.

Para los pueblos mediterráneos —más sutiles— tiene un encanto mucho mayor la lucha entre la fuerza bruta y la inteligencia; los refinados romanos hacen lidiar a los gladiadores, pero Ies dotan de distintas armas; al más fuerte lo cubren con gran casco y coraza defensiva y le dan como arma una aguzada y corta espada; al más ágil le hacen pelear con una red en la mano izquierda, un tridente en la derecha, y sin otra protección.
Así, el torero y el toro. Como moderna versión de una noble y cruel tradición clásica, ahí está Antonio Ordóñez, tendiendo al toro la muleta, engañosa red, donde queda prendida la bravura, hasta llevar el desigual combate a un final de muerte y triunfo.

PERO vengamos del Coliseo al casticismo garboso de la Plaza….  Cuando el toro embiste y al llegar a jurisdicción, se le para —es decir se destruye su ataque, se le engancha en  la muleta o, como dicen los castizos se le «embarca» para llevarle muy toreado— y se le marca la trayectoria necesaria para la más perfecta ejecución del pase, por alto o por bajo. En las tauromaquias clásicas se aconsejaba llevar toreado al toro en línea recta y apurar la suerte cargándola hasta que el toro volviese y se le pudiera echar por delante con el pase de pecho. Y así parece ser el primer tiempo del pase natural de Antonio Ordóñez, que, con el compás exactamente abierto, corre el brazo templadamente en su longitud. Pero como Antonio es torero de su tiempo, empieza a mandar en el viaje, dándole trayectoria curva, describiendo con la muleta un tercio de círculo antes de buscar el remate.
HE aquí, con nitidez, la técnica del perfecto pase natural. En el centro de la suerte, el tronco del torero se mece —en un juego flexible de cintura— y, a la vez que el brazo alimenta con temple la embestida del toro, el peso del cuerpo torero, que gira, pasa de la pierna derecha a la pierna izquierda, sobre la cual se carga la suerte. Es en este momento, en el centro del pase, cuando el pecho se pone paulatinamente de perfil, paralelo al viaje del toro. Esto quiere decir que todo lo que sea citar de perfil es demérito de la suerte, quede esta idea muy clara; demérito no quiere decir que el citar de perfil para el natural sea cosa deleznable, sino que la suerte no es tan gallarda, ni tan torera, ni tan clásica. En este pase, la muleta, llevada por un brazo que torea suelto, espontáneo, natural, luce su brillante tersura.
Y llegamos al remate de un pase bien dado. Pero antes queremos llamar la atención sobre otro detalle de autenticidad de este natural; que está dado con los terrenos invertidos, dando al toro los adentros, lo cual supone la renuncia del torero a toda licita ventaja. Ahora ya es el pie izquierdo el que recibe el peso del cuerpo del diestro, mientras el derecho se va levantando suavemente a fin de avanzar y quedar de nuevo en posición de torear en el siguiente pase.  Porque —como antes he dicho— Antonio es torero de su tiempo y a veces liga los naturales, haciendo toreo en redondo, hasta cuajar una serie que en cada lance gana perfección y angustia, hasta lograr el clima propicio para que todos —toro, torero y público- desahoguen, aquél su celo, estos su asfixia de placer, en el inmenso y emocionante alivio del pase de pecho.


Fuente: Semanario gráfico de los toros, El Ruedo. Madrid, 28 de febrero de 1963. Año XX, Nº 975.

Continuará en la próxima entrega.....


viernes, diciembre 21, 2018

FELIZ NAVIDAD 2018

EL DESJARRETE DE ACHO desea que en esta NAVIDAD la unión reine en el corazón de sus seguidores y amigos; y que la paz alegre sus corazones.
Al empezar el nuevo año, EL DESJARRETE DE ACHO desea que el 2019 sea para todos próspero y feliz; para ganaderos honestos, toreros valientes, empresarios responsables y aficionados que amamos al TORO y la FIESTA, pedimos la mayor suma de venturas.
   

Por una vez el toro salta a la arena anunciando felicidad para todos, y por muy seria que tenga la cara, sin malas intenciones para nadie.

POCHO PACCINI BUSTOS. Lima, 21 de diciembre de 2018

miércoles, diciembre 19, 2018

ACHO 2018: RESUMEN DE UNA PANTOMIMA

Puede parecer pesimista, y nos gustaría relatar otra cosa, pero esta es la triste realidad de la fiesta en esta plaza de toros de Acho.

La denominada “Feria del Toro” de Acho 2018 comenzó con la novillada fuera de abono, festejo que fue de bostezo por los mansos y descastados ejemplares de la ganadería de Checayani. Destacable la actuación del mexicano Arturo Gilio por la voluntad y ganas que debe tener un aspirante, mientras que David Bolsico y Álvaro Passalacqua demostraron su falta de rodaje. Recordar que en las pre feriales de no hace mucho venían a Acho novilleros camino a la alternativa y algunos ya volvían doctorados a la temporada del Cristo Morado. La incompetencia de la empresa, una vez más, nos privó de mejores opciones en cuanto a ganado y novilleros. Algo que preocupa sobremanera es la labor de los lidiadores de las cuadrillas por su falta de oficio, conocimiento de la lidia y colocación en el ruedo.

La primera corrida de toros fue de la ganadería peruana de La Viña y alternaron Juan Carlos Cubas, Diego Silveti y Román. Toros chicos, sospechosos de pitones, flojos, nobles y con recargo en el peso, ya que no reflejaban los kilos que anunciaban las tablillas. Un esperpento de corrida con la incondicional ayuda de la autoridad que premió al peruano Juan Carlos Cubas con la salida a hombros por una faena pueblerina con todas las ventajas a favor del torero: sin temple, ligazón y ni mando.

Toros de El Olivar se lidiaron en la segunda de abono, con un primero y sexto con presuntas sospechas de manipulación y un cuarto cojo de salida. Dos de los toros en el tipo de la ganadería de Juan Bernardo Caicedo. En el tercio de varas solamente recibieron refilonazos. Este día se vivió un bochorno de altura al concederse el indulto al tercer toro de la tarde, lidiado por Álvaro Lorenzo. Un animal que sólo recibió un picotazo y sin recargar, y que finalmente terminó rajándose. La autoridad volvió a dañar el prestigio de la Plaza de Acho, convertida hoy en una plaza de talanqueras. El quinto, que tocó en suerte al peruano Simpson, era de triunfo grande. Noble con un goterón de bravura, se rebozaba y humillaba. Se fue con las orejas puestas. Emilio de Justo mostró detalles de torería ante el peor lote, entre ellos el cojo aprobado por la incompetente autoridad. 


No ahondaremos, justamente por falta de hondura, en la tercera de feria. Corrida de corte circense y del gusto del público de aluvión por el numerito de las banderillas. Alternaron Padilla, Fandila y Ferrera. Inicialmente anunciada con dos hierros, se acabó de remendar con un tercero.


La denominada corrida del arte, cuarta de abono, se celebró con desechos del Puerto de San Lorenzo, La Ventana del Puerto y un remiendo de Peña de Francia para Morante de la Puebla, Manzanares y el peruano Joaquín Galdós. Los toros llegaron enfundados a los chiqueros de la Plaza de Acho. Un encierro presentado en escalera, descastados y mansos, con cabezas impropias de una plaza de primera y con los más altos precios del orbe taurino. Morante llegó en plan de "conquistador de nuevo cuño" y se quiso ir de rositas sin justificar su presencia y con una actitud impropia de un matador con tantos años de alternativa, lo que ocasionó una respuesta propia de antaño, de la que fuera una entendida afición, y el torero recibió una bronca monumental, despidiéndole entre pitos y gritos de “ladrón”. Manzanares componiendo la figura como de costumbre, empalmando los muletazos (que no es lo mismo que ligar) detrás de la oreja, aliviándose. Mató con la eficacia conocida. El peruano Galdós logró una puerta grande por la localía. El sexto toro era de triunfo importante, dio muchos pases pero le faltó torear con hondura a un toro que metía bien la cabeza. No confirma su larga estadía en España ante el poco progreso taurino demostrado este año en Acho.

Con la quinta corrida culminó la Feria del torete chico, sospechoso de pitones y falto de fuerzas. Esta vez fueron novillotes de Sánchez Arjona para Ponce, El Juli y Roca Rey. Animales impropios de una plaza de primera -por los altos precios que se pagan- con el bochorno que produce el triunfalismo imperante de los espectadores hambrientos de orejas a cualquier precio y donde todo vale.

La empresa tiene que entender que el Toro debe mínimo de 4 años, de buena procedencia, con el trapío propio de su encaste, defensas intactas y fuertes que asegure un desarrollo adecuado del espectáculo taurino, que además es el más caro de América. Lo que no es de recibo es que la empresa siga presentando novillos adelantados, desechos de cerrado, brochos, faltos de fuerzas, bajos de temperamento, de codicia y si no molestan (entiéndase bobos) mucho mejor. Así fue el torete de la llamada “Feria del Toro” de Acho 2018, que no necesitan ser picados, y que dan lastimosos capítulos de invalidez y mansedumbre.


El buen aficionado ama, respeta y disfruta con desbordada pasión el espectáculo de la fiesta y de la presencia del Toro Auténtico, que es la base de la corrida, todo ello sin intereses secundarios de por medio. Por ello exige y premia lo que pueda hacer el torero con valor y arte. Lo que no es de recibo es la impunidad e indefensión ante el Fraude con el Toro por parte de la empresa, ganaderos, toreros y apoderados, así como los abusos que se dan con el respaldo de la autoridad, la cual debería velar por el aficionado que es el sostén del espectáculo. Y todo ello con el silencio cómplice de la mayoría de la prensa, que abdica de su noble misión informadora y educadora para convertirse en maquinaria publicitaria de este negocio, en el que los perdedores son la FIESTA, el TORO y el AFICIONADO que pasa por taquilla.

Por Pocho Paccini
Aficionado
Ex abonado de la Plaza de Toros de Acho


viernes, diciembre 07, 2018

LA TAUROMAQUIA DE ANTONIO ORDÓÑEZ : ( Capítulo III)

"En las tardes que sentía el toreo tomaba a los toros, los encelaba, les cargaba la suerte y peleaba tan bravamente con ellos que, a la larga,  ganaba la pelea a todos, incluso a matadores con leyenda de toreros largos como de aquí a Lima. Y esto en tal medida que, por no encontrar competidor, acabó por no hallar acicate que espoleara su afición y se fue del toreo dejando en los aficionados una añoranza... como de Lima a aquí."
   
EL TOREO POR BAJO 
HEMOS llegado al tercio final, el que, por evolución del sentido del toreo, es fundamento y compendio del mismo. La faena de muleta. Por ella se mide en la actualidad la valía real de un torero. Cuando he visto a Antonio a lo largo de muchas temporadas, hacer faena a más toros que sus compañeros, me ha asaltado muchas veces una pregunta que, lo confieso, peca de ingenuidad:
—Pero, si parece tan sencillo como él dice ¿por qué no lo hacen todos? 
Y la respuesta no puede ser más simple. Porque no tienen la dimensión torera de Antonio. Dicho en otras palabras; porque no saben. A veces estuve tentado a creer que el secreto estaba en la depuración y elegancia del estilo torero del diestro; pero toreros depurados y estilistas los hemos conocido y los conocemos en la actualidad; especialistas de un lance o de un pase determinado, que practican con tan rara perfección que se hallan a un paso del amaneramiento, y que, precisamente en esta exquisitez, tienen su mayor limitación. Lo que Antonio Ordóñez ha hecho —en las tardes que sentía el toreo— ha sido tomar los toros en tal terreno, encelarlos, cargarles la suerte y pelear tan bravamente con ellos que, a la larga, ha ganado la pelea a todos, incluso a matadores con leyenda de toreros largos como de aquí a Lima. Y esto en tal medida que, por no encontrar competidor, acabó por no hallar acicate que espoleara su afición y se fue del toreo dejando en los aficionados una añoranza... como de Lima a aquí.
Para estos aficionados —y para aquellos otros que opinan que el presente, sin el pasado, es agua en charco— traemos este pase de Antonio Ordóñez en una faena por bajo, cómo se deben tomar los toros broncos o huidos, fluencia en el río caudaloso, ancho y hondo del toreo eterno que representó hace cincuenta años Joselito.
A un toro áspero, de sentido defensivo, no se le puede torear má s que de este modo, tomándolo muy cerca, flexionadas las piernas para que la del lado que torea recoja al toro, echando la muleta abajo para hacerle humillar, pero templando mucho y con dureza para obligar al toro a doblarse. Sacar despues la muleta por debajo de la cara y avanzar en flexión la pierna contraria —momento qne recoge la foto— como metiéndose en el toro, como avanzando a buscar el centro del arco que forma el dominado animal. Y cuando éste se rehace y vuelve en busca de la muleta —cuya vista nunca ha acabado de perder, por arte del diestro—, erguir la figura y ligar el siguiente pase con el mismo dominio, con la misma poderosa gracia, con la misma invencible casta. Esa sí que es la emoción del toreo» que no es bonito —porque en toreo lo bonito es casi sinónimo de malo—, sino hermoso, plásticamente bello, dinámicamente esplendido.

Hay más vida en la inmovilidad de esta foto que en cientos de faenas que hemos visto orejeadas a favor de la casualidad. Y , por encima de todo, lo que de ella se desprende es el dominio. Después de verla se comprende mejor aquella definición, que siempre tengo cierta, de que el toreo es el arte de dominar los toros.
ASÍ,de rodillas, sigue la faena por bajo. Mejor dicho, con una rodilla apenas ingrávidamente apoyada en tierra. Tiene muchos detractores este tipo de toreo, porque dicen que no se templa y no se manda con él. Estos se refieren a los lances con las dos rodillas, que ni son ni han sido toreo nunca. Pero hay veces en que apoyarse en las piernas flexionadas es necesario, no solo para matizar y enriquecer una faena, sino para hacerla más eficaz y artística. Para hacerla, también más emocionante, no con esa emoción sin clase que es el susto a palo seco, sino con la renuncia del diestro a la ventaja de estar de pie para aumentar el riesgo y aumentar también el arte que emplea para vencerlo. He aquí un lance perfecto, que viene a demostrar al gentío, que se agolpa en los tendidos, que la muleta no solamente tiene una misión ornamental y decorativa, sino que —por encima de esto— es instrumento de eficacia antes que de lucimiento. Cuando eficacia- y belleza se reúnen es que hemos llegado a ver una de las cimas de la tauromaquia
INVITAMOS a estudiar con detenimiento esta serie de pases por bajo y detenernos en una observación tan elemental como difícil. Y es que —en todos ellos— el toro siempre tiene ante sus ojos la muleta desplegada como una bandera. ¿Por habilidad del fotógrafo? Evidentemente, no. No puede ser habilidad, ni casualidad, el que en todas las posiciones, desde todos los ángulos de encuadre, se registre este impecable acoplamiento del toro al engaño, esa holgura de movimientos qué indica a las claras el dominio, ese desahogo de terrenos —en que «el toro sería libre de ir y venir si no lo atenazase férreamente el poder torero del brazo que sostiene la muleta— en que está, más que en el tremendismo, el mayor peligro. Porque el toro «puede ver» si por falta de temple deja de perseguir el engaño. ¿Y por qué de rodillas?, vuelven a preguntar esos aficionados que en cuanto ven al torero en esa actitud creen que les escamotea el arte de verdad. Pues torea de rodillas, simplemente, porque en esa postura humilla más al toro bronco y huido; porque así puede dominar sin encorvarse, en una postura de magistral serenidad, más plástica, más bella. Pero ya vamos a complacer a los que tienen ideas fijas. Y podremos ver cómo, sin descomponer la línea, con temple, el torero se levanta al mismo ritmo que torea.
SIGUE el castigo por bajo. El toro —que ha empezado arrancando muy descompuesto —es un mar de áspera bravura, pero la pierna en él ángulo recto y la muleta son los diques que la técnica pone a ese oleaje. El castigo, sin embargo, no se puede prolongar. Antaño, sí. Cuentan los viejos aficionados—y no hay motivo serio que nos permita dudarlo—que la dureza del toro de ayer obligaba a darle leña desde que salía del chiquero. Pero con el toro disminuido de hoy, bastan tres o cuatro pases que lo doblen bien para que se entregue, jadeantes los ijares, la lengua fuera, el morro desbordante de espuma.
Y como castigar por castigar no tiene sentido, el torero busca, siempre ligando los pases, sin descomponerse, mandando, la línea vertical. El toro ha quedado mermado en su poderío y habrá ganado en igualdad la embestida; habrá aprendido —como se dice ahora— a embestir, por el milagro de una muleta bien templada.
VAMOS hacia el remate de la serie. Paso adelante con la pierna contraría —avanza ahora la izquierda, porque se torea por el lado derecho del toro— a fin de ganarle terreno, de doblarlo por última vez. El animal queda en tal forzada postura, que se ve forzado a levantar las patas traseras y girar sobre las manos para recobrar su posición normal. Un alarde de dominio del matador.
Pero al que vamos a poner reparos. Y es que, hasta ahora, la faena por bajo emocionante, dominadora, eficaz, torera— ha sido derechista. Yo no voy a negar la valía del toreo con la derecha — ¡líbreme Dios!—, pero creo que las suertes de muleta tienen su función lógica en la mano izquierda. El toreo con la derecha puede ser muy bello y hasta necesario  aunque «Paquiro» diga de él que es indicio de miedo, y el viejo Domínguez le llame «toreo de Mary Juye»—, pero no se puede basar en él una faena importante.
¡Esa izquierda, Antonio! ¡A ver esa izquierda!
UNA vuelta airosa, un cambio de mano y un remate sensacional... con la izquierda. ¿Es así?
Y el toro hecho un ovillo y siempre con la cara frente a la muleta que ahora —sin trampa ni cartón—torea a su caída natural.
El ciclón que el toro era al empezar la faena templa ahora sus acometidas. Que —como dicen los clásicos— eltoro no se quebranta tanto porque pase, sino porque pasa obligado a pasar como quiere elmaestro y hasta donde quiere, que es el punto en que se marca el remate.
Lo demás, eso de que el toro vaya a su aire y el torero le acompañe, son retozos del animal que va suelto. Lo que realmente tiene fuerza y castiga es llevarlo toreado, es decir, mandado. Es no dejarle que huya, ni se vuelva por el lado contrario, ni enhebre la muleta, sino embarcarle en la franela, tirar de él  y obligarle a seguir y volverse en el sitio donde el matador —como aquí Antonio Ordóñez— quiere que siga y vuelva.
CINCO o seis pases han bastado para este principio de faena. Tras el remate no queda ya más que irse. No por enmienda, sino para buscar terreno propicio al cite y dejar que el jadeo del animal se serene un poco. Por muy duro que el toro sea, siempre hay que cuidarle; mejor dicho, cuidar la lidia para que no se desluzca y aplebeye.

Con Antonio Ordóñez no hay cuidado. Ha salido de la dureza de estos pases iniciarles —los más difíciles, porque son los que acoplan toro y torero y marcan rumbo a la faena— con la ropa intacta, con el gesto holgado, sin despeinarse, sin una mancha. En el garbo con que el matador se va del toro, en la sandunga con que le anda, en el aspecto dócil del animal que sigue claramente dominado a la muleta, está resumido ese acoplamiento de bravura y arte que hace posible la espléndida y milagrosa realidad del toreo.

El tendido estalla en júbilo. Antonio va a citar para una nueva y ligada serie, adentrado ya en la verdad de la faena. La muleta —compañía y arma, torera hasta en el adorno—siempre ante los ojos del toro, mientras una gran ovación estalla en la Plaza.

EL AYUDADO POR ALTO
OTRA de las formas clásicas de tomar los toros al principio de la faena es por medio de ayudados; es decir, pases en que los dos brazos torean conjuntamente. En la faena por bajo —que hemos visto hacer a Antonio Ordóñez únicamente sobre la mano derecha—se usaba antaño el ayudado; era la consecuencia lógica de ir al toro como se debe ir, con la muleta en la izquierda y la espada en la derecha; con el mayor poderío y menor extensión que impone el doble juego de los brazos, se doblaba con más fuerza al toro o se le recogía mejor si tenía tendencia a huir. Pero este estilo — emocionante y bello— ha sido postergado, y hoy se torea por bajo a una mano, con lo que si se gana en plástica se pierde en eficacia.
Claro es que la eficacia —con los toros que hoy se lidian— está en riesgo de ser demasía en cuanto se pegue duro unas cuantas veces. Seguramente por eso Antonio Ordóñez no incorporó a su toreo, como norma general, el ayudado por bajo. Pero sí, como un bello preludio de faena, el ayudado por alto, en el que logra una plástica admirable.
MÁS el diestro no se conforma con esto. No se trata de dar un pase por el que digan: «¡Es Belmonte resucitado!», sino de torear, es decir, de marcar al toro una trayectoria pensada y obligarle a seguirla y a volverse para ligarle el siguiente pase. Es lo contrario del «parón», que muchos llaman despectivamente «poste». El ayudado, tal como lo Interpreta Antonio Ordóñez, marca con claridad la trayectoria curva de la embestida de la res, que sigue el viaje empapada en trapo. Obsérvese la actitud general del diestro: el cite se ha hecho de frente, adelantando la pierna contraria, en este caso la izquierda. Cuando el toro embiste, se gira, cargando la suerte sobre la pierna derecha, mientras los brazos, al unirse con di esfuerzo, realizan uno y otro inversa función, pues mientras el izquierdo torea como en el pase de pecho, el derecho marcha en su suerte natural; si la muleta estuviese en la mano derecha, el viaje del toro se podría prolongar mucho más, alejando el peligro; al estar en la izquierda, este brazo —que cruza torero por delante del pecho— acorta y ciñe la suerte, con la que esta resulta, cuando está bien rematada, mucho más emocionante, mucho más eficaz y mucho más arriesgada.
PERO hasta a la eficacia hay que poner un límite, ya que —como he dicho— son raros los toros que hoy aguantan mucho castigo sin aplomarse y quedar sin faena; por eso sigue Antonio Ordóñez esta bella serie de ayudados, pero con más suavidad, con menos dureza; la muleta ya no obliga al toro a seguir una trayectoria curva, impuesta, con imperio de temple y mando, sino que acompaña al viaje alegre y natural del toro para desahogarlo, para dejarle ver horizonte y probar su celo y bravura. Que en esto está el mérito de una gran faena; en alternar las suertes de tanteo, castigo y adorno en tal forma que —ofreciendo al espectador una obra sin fisura, ligada, continua y bella— se obtenga la máxima seguridad para el lidiador, no sólo en lo que se refiere al riesgo de ser cogido, sino a la posibilidad de continuar la perfección de su faena; por eso, la muleta, a la que antes hemos visto baja y ceñida, elevada apenas para barrer con su vuelo los lomos de la res, vuela más alegre aquí para animar al toro a que corra y ver si tiene pies y celo bastantes para el momento fundamental de la faena, que ya no admite espera.
EL toro -buena casta y bien templada por la muleta torera ha vuelto. Y Antonio ha rematado su serie con un último pase de largura extraordinaria en todo el cual el animal ha ido prendido del engaño, se eleva en el momento final del espléndido remate, y los ojos del toro se vuelven atrás para buscar esa llama roja que le burla cuando él la creyó presa segura. La muleta, que una vez pasada la cabeza vuelve a descender para recobrar su posición natural saldrá limpiamente por la penca del rabo. Y cuando el toro se vuelva, codicioso, jadeante, tomándose un respiro para seguir la desigual pelea, encontrará al torero —menos fuerte, pero más rápido, más ágil, más inteligente— con la muleta en la izquierda para citar al toreo fundamental. He aquí la mejor demostración de que la faena debe ser un todo armónico sin parches ni enmiendas, sin movimientos inútiles ni cambios de mano caprichosos. En buena teoría, la muleta no debe moverse más que en función del toreo que realiza. Por eso es tan clásico este pase ayudado; no solamente por su emocionante plástica, sino porque, lógicamente, sin forzar nada, torero y toro quedan emplazados —cuando éste gira para buscar enemigo— para el pase natural.
ANTES de entrar en la glosa del natural —básico en el toreo, fundamental en toda faena de muleta digna de este nombre—, quiero detenerme ante otra versión que Antonio da del pase ayudado por alto, porque es totalmente diferente a las anteriores y tiene variedad de matices muy toreros. No me refiero con esto a que el diestro esté descalzo — necesidad impuesta, sin duda, por el estado resbalad izo del albero—, sino que torea, aunque de perfil, con los pies juntos y metidos en la montera.
Ya he dicho en algún momento anterior que, como norma general, no soy partidario del toreo a pies juntos pero lo acepto y aplaudo cuando toda la suerte, desde el cite al remate, se hace con absoluta inmovilidad de pies; así no se manda, indudablemente, por falta de base de sustentación, pero se da muestra de gallardía; y en este caso concreto, se adereza el gesto gallardo con los granitos de sal que tiene ese gitano poner los pies en la montera, en demostración de inmo bilidad absoluta. La muleta se eleva en un pase de telón. Deja libre paso al toro de pies ligeros; no es momento de dominio sino de adorno, plena, graciosamente conseguido, acreedor de innúmeros «olés» flamencos.
Fuente: 
Semanario gráfico de los toros, El Ruedo. Madrid, 14 de febrero de 1963. Año XX, Nº 973.
Semanario gráfico de los toros, El Ruedo. Madrid, 21 de febrero de 1963. Año XX, Nº 974.

Continuará en las próximas entradas....

sábado, diciembre 01, 2018

FUERZA PEDRITO

Amigo Pedrito, en estos momentos de dolor recibe nuestras condolencias y mucha fortaleza. Que la tierra le sea leve a tu  amada Giséle y  que ya D.E.P.
Pocho y Citlalli

viernes, noviembre 09, 2018

LA TAUROMAQUIA DE ANTONIO ORDÓÑEZ : ( Capítulo II )

¿Qué es torear para Antonio Ordóñez? : ESTÉTICA (el sentimiento espiritual del torero)  y  TÉCNICA (el dominio absoluto sobre el toro).Torero de arrolladora personalidad, de excepcional lucidez para sentir, interpretar y esclarecer las normas clásicas, centenarias, de un arte inmutable en su esencia.

LA LARGA CAMBIADA
¿Que se ha hecho del toreo a una mano? Alguien llegó a decir que si en la época moderna surgiese un torero que practicase las suertes variadas y bellas del antiguo toreo de capa, no hubiera hallado ni toro ni público que las comprendiese. Aquí está Antonio Ordóñez para desmentir la rotunda afirmación. Antonio, juvenil, cuadrado en la rectitud del toro, con el capote ante sí, cogido a una mano para dar una larga. ¿Natural? ¿Cambiada? Lo explicaré, porque a los espectadores de hoy hay que explicarles muchas cosas, y Ordóñez es buen profesor. Si el espada —cuando el toro se arranque— sigue cuadrado, mueve el brazo derecho en su viaje natural y da salida al toro por los adentros, la larga es natural, porque el cuerpo del torero no se mueve y se cita con el capote en la mano derecha para torear por el lado derecho del toro.
Sipor el contrario, el cuerpo gira y el brazo que torea es el opuesto al del lado por el que pasa el toro, la larga es cambiada. Veamos a Antonio. Ha citado de frente —como en la foto anterior—, pero con el capote en la izquierda. Al entrar el toro en jurisdicción ha girado y con el brazo izquierdo cambia los terrenos y, sin perder el suyo, señala la salida al toro por el lado derecho, por los adentros» por el costado derecho de la res. Esta es la larga cambiada. Una bellísima suerte para correr los toros cuando están muy levantados. ¡Labor de subalternos!, dicen algunos toreros de hoy. ¿De subalternos? Que se lo pregunten al «Guerra», que fue el fenómeno de su tiempo. Sin ir tan lejos: que lo pregunten a quienes vieron y vivieron el momento de la foto.
Tal vez este otro lance no necesita tanta explicación, porque la larga cambiada afarolada de rodillas es suerte que se practica con frecuencia y está en uso. Pero definiremos. Larga: porque el capote es corrido en toda su extensión y a una mano. Cambiada: puesto que el capote en la mano derecha lleva y da salida al toro por el lado izquierdo. Afarolada: porque el camino no se consigue con un giro del cuerpo —como en la foto anterior—, sino pasando el brazo por encima de la cabeza. De rodillas: a la vista salta. Aunque esto de torear de rodillas, si tiene mucho mérito cuando la suerte sale limpia y bella, quita muchas posibilidades estéticas al toreo..., aunque Marcial Lalanda, solía decir que si se ponía de rodillas siempre que le entraban unas ganas locas de huir, para no hacerlo. Volviendo a la larga de rodillas: la hemos visto como un gran barullo infinitas veces. La hemos visto con esta rara precisión geométrica —templando el vuelo del borde del capote— muy pocas. A casi nadie.

AL COSTADO POR DETRÁS
Citar al toro con un brazo cruzado por la espalda y el otro extendido, mostrando el capote por detrás del cuerpo, es gallarda manera de citar. Pero un gran capeador da más belleza a la suerte si el primer lance —en el quite— lo engendra como verónica o farol para poner el capote a la espalda. Antonio Ordóñez, en la foto, inicia el lance como verónica; casa al fin de la misma la mano Izquierda suelta el capote —que sigue su vuelo natural— y pasa por la espalda a recogerlo nuevamente por la esclavina y ligar el nuevo lance, éste ya al costado por detrás.

Esta suerte tiene en el rondeño una peculiar y exacta interpretación, dentro ya del toreo de perfil. Torea con los pies juntos y sobre las puntas de los mismo, atiende más a la belleza del momento que al dominio del toro en la suerte; y sin embargo, véase cómo el toro va toreado, siguiendo la onda del vuelo del capote hasta la terminación de la suerte; con lo que Antonio habrá conseguido el milagro de dar este arriesgado lance, apenas con base de sustentación y sin tener necesidad de enmendarse para buscar mejor terreno en el capotazo siguiente.

LA CHICUELINA
Ya hemos dicho que Antonio Ordóñez ha sido — ¿es? — un torero con personalidad definida. Una de las manifestaciones de esta personalidad fue el haber sabido interpretar todas las suertes clásicas y no haber incorporado a su toreo ningún lance extraño, ninguna —o casi ninguna— «ina». Le vemos, sin embargo, en la chicuelina, la graciosa y sevillanísima variante de la navarra. El diestro ha citado como para la verónica, con el capote un tanto ceñido; deja que el vuelo del engaño haga pasar al toro mientras, pausadamente, con los dos pies pisando fuerte, gira en sentido contrario, para
repetir la suerte. Lance de adorno, tangencial —como el molinete—, pero que cuando se da así, cuando el toro pasa —y no cuando pasa el torero— tiene una positiva elegancia.
EL GALLEO A LA MARIPOSA
Antonio Ordóñez es torero tan clásico como variado; intenso, pero largo. Escapa a esa regla inexacta —que algunos toman por axioma— de que la intensidad acorta el toreo. Y Antonio, que da la verónica como ningún contemporáneo suyo la ha dado, no elude cuanto en el tercio inicial sea eficaz o, simplemente, bello. A veces, no con la frecuencia que hubiéramos querido, ampliaba su repertorio habitual con la esencia de suertes que fueron y ya no son; por ejemplo, los galleos. ¿Qué son los galleos?, oigo preguntar a los nuevos aficionados. Pues... eran. Eran suertes que se ejecutaban andando con el capote delante del toro —sin que éste pasara— y adornándose en su ejecución. El más moderno de ellos fue el de la mariposa, actualizado y perfeccionado por Marcial Lalanda, y que Antonio Ordóñez ejecuta en este momento de la lidia. Es la más bella de cuantas suertes se pueden ejecutar al toro por la cara; con el capote a la espalda, aleteante como las alas de mariposa, la cabeza del toro pendulea en una alternativa embestida, que el torero elude andando con gracia hacia atrás, y rematando con una alegría, una airosa vueltecilla, un desplante; eso que no es «na» y que arma un terremoto en el tendido.

LOS REMATES
Hemos hablado hasta ahora, casi exclusivamente, del clasicismo de Antonio Ordónez. Vamos a hablar ahora de su sevillanía. Para mí es -sobre todo- la gracia necesaria para irse de la cara del toro de forma bella. Como hace Antonio en esta serie de remates, que presentamos en su Tauromaquia. Remates que no son de adorno, de puro adorno. ¿Hay quién dude de la eficacia de ese capote, diestramente llevado a una mano, ayudado con una flexión de rodilla -siempre en ángulo recto, geometría del buen toreo, para fijar la serie inicial de verónicas?
Pero ese mismo capote —que dibuja a una mano un recorte de hierro para calmarlos nervios de un torito picante— es flor desmayada que levemente adorna una serie de lances, cuando el toro no necesita quebranto.En el momento anterior, el recorte —con su efectividad— era un magnífico exponente del toreo defensivo. Sí, he escrito defensivo, no medroso; son cosas totalmente distintas. Toreo defensivo, porque tiende directamente a quebrantar al toro, a quitarle agresividad. En este lance, la figura erguida, el brazo flamenco, el pliegue reposado del capote nos dicen solamente una cosa: belleza...

preludian el giro gitano, el paso garboso, la gracia sevillanísima con que Dios premia a aquellos buenos toreos que saben hacer toreo, según su sentir y dentro de las regias. Saber estar en el toro necesita un valor incomparable. Saber irse del toro... En eso no hay Tauromaquia que encuentre regla precisa, porque la inspiración no tiene norma fija, no se ajusta a moldes, es una llamarada que vive un leve segundo en la imaginación y se realiza si la imaginación cuenta con reflejos rápidos, instintivos, muy hondos, muy raciales.
Ese irse de Antonio —llevándose el crujido de gozo del tendido, ese crujir que parece el de la corteza del pan caliente— no se ha ensayado, no se ha previsto. Para explicarlo habría que acudir al estudio de la veta de sangre gitana de su estirpe.

LA REVOLERA
Torero grande es aquel que sabe que el toreo, en esencia, es el dominio sobre el toro, pero lo practica como si fuese un arte puro, un alegre divertimiento, una incruenta creación estética. Es aquel en el cual, el arte, se crea por encima de un macizo poder que le sirve de base

Antonio está — ¿estuvo?— en ese difícil punto de equilibrio en que se cuidan todos y cada uno de los detalles de la lidia, pero nunca se despojan de sus más atrayentes fulgores: arte, salero, plasticidad. La demasiada atención a la lidia –falsa excusa tras la que se esconden toreros holgazanes o temerosos— no da derecho a terminar con el toreo de capa. Ni con su rica variedad. Muchos hay que, con el pretexto de que el tercio de varas es puramente puyazo y quite —aun hoy en que ni uno ni otro se practican—, se eximen de echar un capotazo, y no practican más que la verónica del saludo con mediocre monotonía. El capote de Antonio Ordóñez —incluso en el tercio de varas— sabe distinguir entre la plaza y el tentadero. Quede para éste la faena sobriamente aderezada. Y para la plaza, la alegría revoloteante del capote en espléndida y rica variedad de suertes. Como esa revolera —¿quién habrá que pueda describirla? — que hace pasar ante los ojos del toro salpicao, en alegre fuga, todos los colores del arco iris.
este otro remate en revolera —de rodillas, por bajo— que une lo bello a lo eficaz, a lo útil. Todo en la plaza debe responder a una finalidad de dominio, de poder, de buena lidia. Tal vez un principiante, al ver esta foto de Antonio, trataría de imitar el lance. ¿Cuántas veces lo habremos visto? Pero lo que el principiante deberá saber es que el
ponerse de rodillas, el rematar por bajo, el adornarse con la corola florida de una revolera, el espada trata de bajar los humos a un toro que salió levantado y al que las varas no han bajado la cabeza para dejarla ahormada, en su sitio, maduro para una gran faena. Ese era el problema presentado al toreo. ¿Qué opinan los aficionados de la solución?.

EL PROVIDENCIAL QUITE
ya cierro este capítulo sobre el toreo de capa de Antonio Ordóñez, trayendo ante los aficionados un documento del momento en que no hay más dominio que el del corazón: es el momento del quite. Pero cuando lo hace, de verdad, un torero puede tener norma taurina, ser engendrado como una verónica; puede obedecer a la regla inmutable de que para llevar toreado al toro hay que mantener el engaño templadamente frente a su cara; puede seguir «echando línea», cuando aún no se han calmado los gritos de temor en el tendido. Quite torero de Antonio Ordóñez. No la serie de lances de relleno para tapar deficiencias, sino el lance en terreno comprometido, que resulta sereno, airoso, para que el toro se amarre al capote y no tenga tentación de volverse sobre su presa. Porque en id quite lo importante es salvar a un compañero. T para salvarlo hay que estar «allí». Y para estar allí hay que tener intuición del peligro, conocimiento de las suertes, dominio de los terrenos. Después se dirá del capote salvador que ha sido sabio, que ha sido providencial. Sabiduría y Providencia que se funden en un solo conocimiento: el solo Arte del Toreo. Y con este lance —en gallarda misión de hermandad— nos despedimos del capote de Antonio Ordóñez. El más ilustre que yo he conocido, aunque al escribir esto me punce en el alma el recuerdo de la verónica de Francisco Vega de los Reyes «Gitanillo de Triana». Y, sin ninguna duda, el de más espontaneidad creadora, el de mayor aptitud artística del tiempo presente.

Fuente: Semanario gráfico de los toros, El Ruedo. Madrid, 07 de febrero de 1963. Año XX, Nº 972.

CONTINUARÁ
EN LA PRÓXIMA ENTRADA…

martes, octubre 30, 2018

LA TAUROMAQUIA DE ANTONIO ORDÓÑEZ : ( Capítulo I )

El Desjarrete de Acho comparte con sus lectores, la Tauromaquía de Antonio Ordoñez, que el semanario gráfico de los toros, El Ruedo, publicó en varias entregas allá por el año1963, tras su primera retira en la Plaza de Toros de Acho, en la que gozó de mucho cartel.

"Presentada por Don Antonio
Fiel a sus compromisos, EL RUEDO  cumple la promesa que hizo a sus lectores de presentar la Tauromaquia, en sus más caracterizados intérpretes. Porque —tratándose de toros— el dejarse llevar insensiblemente de las emociones, de las preferencias, es algo tan inevitable, como estéticamete necesario. Sucede al escribir de toros, como con el toreo mismo; quien lo hace de manera perfecta, pero fría, no cala en la esencia misma de este arte, misterioso que es palpitación, relámpago, grito, gesto, olé.
AYER Y HOY 
Vaya por delante una afirmación. No creemos que los hombres hayan sido distintos en el pasado de los que hoy alientan sobre la faz de la tierra. No creemos que cualquier tiempo pasado fue mejor. Al leer los tratados básicos —en los que instintivamente piensa el aficionaido al que se habla dogmáticamente de Tauromaquia— las encontramos ciertas en sus principios, pero superadas en muchos de sus aspectos. 
Y lo mismo nos sucede con los toreros de antaño —que ponemos sobre nuestras cabezas—, pero que no pueden suscitar vivencias, emociones y afición en las generaciones que hoy se alejan de las plazas. Hace poco tiempo —por los días de la retirada de Antonio Ordoñez, en Lima— se celebró una Conferencia de Prensa entre los periodistas (peruanos y los toreros que participaban en la Feria del Señor de los Milagros de 1962). Una de las preguntas de los reporteros fue si los toreros actuales podrían con los toros de antaño; la respuesta fue unánime y afirmativa; en opinión de los espadas entrevistados, hoy existen en la torería andante toreros que hubieran sido figuras extraordinarias en las más gloriosas épocas del torero. Y yo comparto esta opinión. Sin distingos. Sin limitaciones. 
TAUROMAQUIA 
Por eso presento e inicio esta Tauromaquia de Antonio Ordóñez, que él no habria escrito ni dictado. Sencillamente, la fue dejando explicada sobre el libro abierto de los ruedos. Gracias a la magia oportunísima de los fotógrafos modernos —esos que tanto admiraba el «Guerra», según la vieja anécdota, de entre el montón enorme de momentos bellos que forman el archivo documental del torero, surgían las fotos que la vista iba ligando como se ligan los pases en las faenas. Instantáneas de distintas fechas, con diversos toros, en los ruedos más heterogéneos, podían ser encadenadas en una secuencia adímirable que hiciese parecer momentos distintos de una misma suerte. Era como una película cinematográfica que tomase movimiento solo con que la vista pasase de una a otra fotografía impulsada por la teoría de la continuidad del lance, dominada por el deseo de prolongar con más documentos gráficos la plástica de cada momento. 
Esto no se puede conseguir más que en los casos en que el torero es muy fiel a sí mismo, a su intuición del arte, a su sentimiento del toreo. Es decir, cuando nos encontramos —como en el caso de Antonio Ordóñez— con un torero de arrolladora personalidad, de excepcional lucidez para sentir, interpretar y esclarecer las normas clásicas, centenarias, de un arte inmutable en su esencia e incopiable en sus figuras más gloriosamente representativas. 
SENTIMIENTO Y DOMINIO 
¿Qué es el toreo para Antonio Ordóñez? A lo largo de su vida —y preguntado muchas veces sobre este tema—, el diestro ha contestado unas veces en serio y otras en broma muchas cosas distintas y hasta contradictorias. Pero en todas las respuestas hay dos constantes que se repiten: el sentimiento espiritual del torero —estética— y el dominio absoluto sobre el toro —técnica.
El primer movimiento queda patente en la contestación que Antonio da a una pregunta de Guillermo Sureda:
«Te diré que, a mi juicio, el toreo no es un oficio. En la Plaza, ante el toro, dos y dos casi nunca son cuatro. A veces son cinco y a veces solamente son tres. Yo no toreo como pienso, sino como siento. Para mí, torear es algo así como la necesidad de exteriorizar un sentimiento interior. Pienso que el toreo es un arte, un gran arte. Y el arte es algo que va de dentro a fuera y no al revés. Dicen que soy algo irregular y es debido a esa manera que tengo yo de entender el toreo. Yo creo que el torero, para ser bueno, tiene que sentirse en el momento que se realiza. A veces sentimos el toreo y entonces la faena es grande y luminosa y honda, y otras veces, aunque el toro no sea malo, no estoy en vena, no siento nada, y es entonces cuando no estoy lo bien que quisiera estar siempre.»

Pero Antonio, como todas las cumbres, tiene dos vertientes. Lo hemos contemplado desde la ladera del arte. Escuchémosle en la versión artesana —y realista— de su concepción torera, para entenderla completa. Esta respuesta me la dio a mí en una mañana del último mayo, cuando, vuelto herido de Tijuana, esperaba su curación con el deseo de hacer el paseíllo en la Plaza de las Ventas. Le conocí esa tarde. Y no hablábamos de toreó, sino de lo más antitorero que uno puede imaginarse. Tratábamos de los vetos de unos toreros a otros, desagradable y espinoso tema que estaba muy dé actualidad en la antesala de San Isidro de antaño, como recordarán los aficionados. Y le dije:
—Su postura en el toreo puede encauzar los rumbos de éste de manera decisiva.
—Los rumbos del toreo —me respondió - no están en manos de ningún torero, porque el toreo es uno y eterno. ¡El toreo! ¡Pero si torear es la cosa más fácil del mundo!
—¿He oído bien? —fue la interrogante respuesta.
—Lo más fácil. Total, todo es citar al toro, aguantar, templarlo, llevarlo donde quieres y dejarlo en situación de poder citarlo de nuevo.
O sea —deduje entonces y repito ahora—, dominar al toro, poder más que él, engañarlo para poderlo desengañar, ejercer poder técnico e inteligente sobre él. Y cuando esto, en un torero artista es ya puro reflejo, no aprendido instintivo, puede dar suelta al sentimiento del toreo. Y hacer la gran creación, sin que en la ágil y desganada belleza del cuadro se advierta el ingenio de la mezcla de colores ni el trazo artesano de la pincelada más allá de lo que él artista quiere.

Sentir un arte. Y por medio de este sentimiento dominar al toro. Ya dijo alguien que quien manda en el toro, manda en el toreo.
Por eso —y por las imperfecciones humanas— estábamos aquella tarde allí hablando del antipático tema de los vetos entre compañeros de profesión.

PERSONALIDAD Y ESTILO
No podemos seguir adelante en esta presentación de la tauromaquia de Antonio Ordóñez sin referirnos a su personalidad, a su estilo. Mas para ello habrá que aclarar conceptos taurinos que -por falta de una verdadera critica- se entremezclan en turbia confusión.
Antonio Ordóñez es un torero fundamentalmente clásico. Y, sin embargo posee una fuerte originalidad. No hay paradoja entre estas afirmaciones porque originalidad no es necesariamente invención -hallazgo de algo nuevo- sino visión distinta, interpretación nueva de lo ya conocido. Las reglas del arte taurino son centenarias y, más o menos, todos los toreros actúan de acuerdo con ellas. Lo original es practicarlas en forma tal, con tanta espontaneidad espiritual, que el resultado sea absolutamente creador, diferenciado,distinto.
Y asi llegaremos al hecho de que Antonio Ordóñez —que no se ha tomado la molestia de crear ningún lance nuevo para darle su nombre, tal vez porque  la mayoría de las veces esos lances son artimañas estéticas para hurtar el toreo- es, sin embargo, un torero inconfundible en la varia gama de su toreo, recogida en millares de excelentes fotografías; en sus actitudes; en su forma de recoger al toro; en su garbo para salirse de él. Ha tomado de las suertes los elementos básicos y los ha interpretado a su modo para hacerlas más acabadas y perfectas. Parece que para él se hizo aquella frase de «El Galio», cuando le preguntaban por lo que, para él, era clásico:

—Lo clásico es lo bien hecho, lo bien «ejecutao», lo bien «arrematao». Otras muchas cosas hubiera dicho Rafael «el Gallo» si hubiera estado en plena vigencia mental durante los años grandes de Ordóñez. Por ejemplo hubiera dicho que es el primer torero de la historia en que las dos grandes trayectorias del toreo —la que simbolizan los colosos Juan y José— se funden en un solo torero.

Porque «El Gallo» no lo dijo, me atrevo a decirlo yo. ¿Recuerdan los aficionados aquel modo de tomar un toro negro de Pablo Romero, de salida, en el tercio, un día de San Isidro? Era un toro grandé, bien armado y abanto, con prisa por huir; pero Antonio Ordóñez no tenia ganas de correr y decidió que no se fuera. Le metió, recogido, el capote en la cara, y, girando sobre la pierna doblada en ángulo recto, lentamente, sin que el animal dejase de ver el engaño lo dobló como si fuese un fleje de acero. Metía los corazones en un puño verle allí sujetando al toro, que tiraba carnadas y cabeceaba, descompuesto con la fuerza de su vigor intacto; la gente   estaba atónita, como si estuviese cubriendo la verdad del toreo; y el torero, sin ceder un paso, sin perder su puesto, sin descomponer su linea; fue el toro el primero que se rindió, al quedar clavado en el tercio, jadeante los ijares. Yo no recuerdo una ovación más grande, más sincera, más distinta que aquella, en la Plaza de las Ventas. Aquello era «Joselito» puro —según lo describieron sus críticos—, en alarde de dominio en una de sus decantadas faenas por bajo. Luego vinieron las verónicas de Antonio, citando de frente, parando con destreza, templando con armonía. Unicas. Inconfundibles. Belmonte depurado, modernizado, sin más desventaja que la mayor gallardía en la figura del rondeño. No me he equívocado; en la verónica de Antonio Ordóñez no faltaba más que aquella emoción que daba Belmonte al toreo cuando, desde el fondo de su figurilla desmembrada, parecía luchar no contra el toro y el público, sino contra todas fuerzas de la naturaleza, de la estética,del vigor, desatadas contra él.

SÍNTESIS DE TOREO

La llamada Edad de Oro -y a palabras de Corrochano me remito- no fue la de competencia de dos toreros, sino de dos toreos. La Edad contemporánea viene definida por la fusión de dos toreos -que durante decenios se influyen y aproximan- en un torero excepcional: que realiza una Tauromaquia también de excepción.

Yo estoy convencido de que Antonio Ordóñez —que ha hecho en el toreo muchas cosas hermosas— no ha dado de sí todo lo que podía, porque no encontró real competencia en su carrera. Lo que él dice a propósito de las tardes en que no sentía el toreo, no es más que expresión de esta falta de competidores. ¡Ya hubiera sentido el aguijón del arte si veía que alguien le iba a ganar la pelea! Como lo sintió cuando en el círculo familiar se organizó una competencia en los ruedos de fines comerciales. El sentido del toreo se impuso en Antonio por encima de todos los otros vínculos sentimentales, familiares, económicos, y después de dejar constancia cruenta en el redondel de que la competencia se había hechó real, pero era imposible, todo acabo con clara falta de armonía taurina. El torero —el artista— no había podido resistir la llamada del arte y se vio forzado a romper, seguramente contra su voluntad, todas las trabas concertadas, todas las posibles limitaciones previamente impuestas a su libertad de creación torera. 

Esto es casta. Esto es sangre guerrera. Pero el artista —sensibilidad a flor de piel— se adormece en ramalazos de indolencia cuando en el ruedo no tiene más oponente que el toro. Sabe que lo domina y —contamos con su propia confesión— se deja llevar por la desgana; a veces no le interesa la pelea, y pasa por el ruedo como de puntillas; en ocasiones busca el mayor peligro al buscar la mayor perfección, para después aliviarse ayudándose con el estoque en lances clásicos, en que la muleta, como engaño, debe ir a su caída natural; o perfilándose —con el mal llamado estilo nuevo— al engendrar las suertes, que él sabe iniciar, en las tardes gloriosas, dando el pecho.

Esto se le nota más en la suerte suprema. Antonio —que ha sabido matar y ha matado toros muy bien, muy clásicamente, y ha practicado a veces con perfección la suerte de recibir— ¡pasará a la anécdota y pequeña historia como el inventor del «rincón de Ordóñez» para dar estocadas bajas de efecto rápido. Esto será injusto — y el torero dirá alguna vez que el auténtico descubridor del «rincón» es el critico que por primera vez lo descubrió—, pero buscó este alivio tantas veces que será muy difícil de removerlo de los escritos del futuro; así se escribe la historia, que a veces, al decir la verdad, engaña; pero la verdad es que nos encontramos ante un torero de tan rara perfección plástica, de tan recio dominio, tan esencialmente torero —no podemos acabar estas líneas sin aludir a su estirpe rondeña—,tan verdadero y completo en su arte que bien podemos considerarlo como la síntesis vital y actualísima de cuanto las escuelas clásicas aportaron a la evolución histórica del toreo.

Pero dejemos esto —que es pura especulación— para ver al diestro en la arena. Tiempo tendremos de recreamos en la suerte, aprender lecciones y sacar consecuencias sobre el toreo actual en su mejor interpretaciónpara los días —presentimos de primavera— en que vuelva a sonar el clarín.

I.- EL TOREO DE CAPA

LA VERÓNICA
He aquí la verónica de Antonio Ordóñez. La más representativa de las suertes de capa. La preferida por él.  El dinamismo de la foto nos indica los elementos fundamentales, los principios de una Tauromaquía que, como la de Ordóñez, con razón ha sido calificada como exquisitamente clásica.
El cuerpo, en leve giro, aún casi conserva la posición inicial de los pies al hacer el cite. Este, como el pie izquierdo muestra con claridad, se ha hecho de frente, dando el pecho, un poco sesgado el cuerpo, como se deben tomar los toros. Las piernas, separadas un corto paso y adelantada un poco la del lado por donde se torea; es decir, saliendo al encuentro del toro: que en esto ciframos el valor y mérito del inimitable lance.
Cuando el toro ha entrado en jurisdicción y mete la cabeza en el capote —que citó enfrentado a la cara de la res—, el pie derecho gira levemente para ampliar el viaje, la mano izquierda baja y se pliega ceñida en dirección a la cadera contraria, mientras la derecha —que en este caso es la del lado por donde se torea— corre y templa a lo largo de la suerte con prodigiosa y suave exactitud.

Resultado de ese temple es el capote terso, la figura natural, el desahogo para cargar la suerte un poco hacia adentro, adelantar en el remate la pierna izquierda y poder ligar la verónica con el mismo lance por el lado contrario, que en ligar está el supremo saber.
La verónica está ahí. La de Antonio Ordóñez. El lance tiene todo lo que hemos dicho y mucho más. Tiene gracia. Pero esto es una Tauromaquia y no un tratado del elogio sin tasa. Por eso dejamos que la emoción estética de cada cual se manifieste libre y espontánea en su admiración por esta suerte.

COMO RECOGER A LOS TOROS
1. —El arte de recoger los toros está adulterado por mil corruptelas de los peones. Estos, en pureza, deben correr los toros por derecho en los medios y traerlos toreados a una mano hasta el tercio, donde los recoge y tantea el matador. Es el momento en que vemos a Antonio. En teoría, esta debe ser la ocasión en que se empieza a torear al toro a dos manos.
Ordóñez lo hace «echando línea» hasta en este esfuerzo de la brega, en que el toro es un huracán difícil de templar. La pierna del lado por donde torea, en ángulo recto; el pie casi hundido en la arena; conciencia de que se ha citado en buen terreno, y no habrá que enmendarse. El compás abierto, pero solo hasta el extremo, en que una flexión de las piernas hará recobrar su normal estabilidad a la figura. El pie izquierdo, aún indica que se citó de verdad.
Lo importante es el ritmo del capote —siempre de frente a la cara del toro— para que el animal no huya, para que quiera coger y no coja, para, que intente enganchar y no enganche. Técnica de verónica, con el capote girando sobre la pierna que torea.
Buen ejemplo para los toreros que, al intentar recoger un toro, echan el percal al suelo, con lo que el animal no lo ve y sigue su carrera. «¡Era abanto!», dicen después. Abanto..., porque no le dejaron ver el engaño. Porque se hizo, tal vez, que deliberadamente no lo viera.
2. —Todo lo contrario que hace Antonio. El lance anterior viene ligado con otro por el lado izquierdo. Siempre todo el vuelo desplegado frente a la cara del toro. Siempre sus vuelos girando alrededor de la pierna que torea. Siempre el torero dueño de la situación y del toro.
Estos lances iniciales han servido al matador para conocer el estilo y ritmo de la embestida. Son más, y más violentos, si el toro es duro y de mucho poder, porque habrá que empezar a pegarle fuerte, pero sin exceso; queda toda la lidia por delante.
Pero si el toro es bueno —Antonio con esta técnica los hace buenos a casi todos— ha llegado el momento de estirarse.

VARIEDAD EN LA VERÓNICA 
3.-Hemos iniciado esta Tauromaquia con la presentación de la verónica prototipo de Antonio. Pero éste, dentro de las normas clásicas del arte, domina diversos matices del toreo de capa, tan variados como bellos.
Lo vemos en una verónica con los pies unidos. No soy partidario a ultranza del toreo a pies Juntos. Pero lo aplaudo cuando se la ejecuta con quietud y—sobre todo— cuando se cita y se consuma la suerte con los pies Juntos, que no es igual que juntarlos cuando, ha pasado la cabeza del toro. El lance es de gran belleza. Lo difícil está en ligar con el siguiente sin enmendarse; que eso es la esencia del toreo: ligar.

También el cite, aunque Antonio lo ha hecho con los pies Juntos, ha tenido que ser de perfil. Por eso digo que no me gusta este estilo de toreo más que en algún momento de adorno. Porque es de perfil, porque —por falta de base de sustentación— necesita casi siempre enmienda.
4. —Vuelve el lance por el lado izquierdo. Un poco más espatarrado —un poco más gitano—y jugándose la femoral del lado izquierdo. Vean el capote enroscado sobre la pierna que torea. Y el aplomo de los pies sobre el suelo. Y el mando del brazo izquierdo obligando a seguir la embestida a un toro que se queda corto; la cara del animal debía estar a la altura de la pierna izquierda en el centro del capotillo. Y Antonio lo esperar ahí con el vuelo lento del templado engaño.
5. -Un poco más acentuado en esta verónica su modo de cargar la suerte. Antonio lleva al toro prendido en el centro del capote y se recrea en el lance obligando al toro a describir un semicírculo a su alrededor. Es decir, «cambiando los terrenos al toro», como decían los clásicos. El engaño llega a su máximo vuelo, momento en que Antonio adelanta la pierna izquierda y saca el percal por debajo del belfo del toro para quedar nuevamente en suerte y repetir el lance por el otro lado.
6.-La verónica es exquisita. Las manos bajas, muy bajas, sin caer en el vicio la «huelga de brazos caídos», ese modo vicioso de torear, ya pasado de moda, en que los diestros llevaban las manos a la altura de las rodillas. Recreado Antonio en la suerte, su lance es precioso; casi preciosista. Las manos bajas hacen que el embroque resulte más prieto y más espectacular, porque cuando se baja la cara a los toros se manda con más facilidad en ellos.
7. -Ya he dicho que lo esencial, en el toreo, es ligar. Por eso damos seis verónicas de Antonio Ordóñez. La serie de Saludo debe de constar de un número de lances mayor que el de las Gracias y menor que el de las Musas. Entre tres y nueve. Seis hemos elegido en el repertorio de Antonio Ordóñez para captar con ojos de aficionado las variantes del estilo que, en esta foto, se ha puesto más de perfil, aunque el pie izquierdo trate de engañar al ojo aficionado.
8.-Elogio y vituperio de un lance admirable. Elogio en el modo de llevar templado al toro, de bajar las manos, de crear un momento estético de espléndida belleza en el despliegue armonioso del capote. Vituperio, porque Antonio torea con la ventaja de cubrirse los pies y quedar atrincherado tras el engaño, lo cual elimina gran parte del riesgo. Los toreros saben bien lo que significa que el toro les vea los pies y quedar descubiertos. En este magno lance, el riesgo se elimina. Pero el resultado— verónica de Antonio Ordóñez— es incomparable. Una de las más ilustres en el toreo de todos los tiempos. Y la más ilustre de nuestra época actual, sin duda alguna. 
LA MEDIA VERÓNICA
Remate lógico —el más frecuente— de la anterior serie de lances es la media verónica. Una variedad del recorte que con Juan Belmonte ha tenido consagración de lance fundamental y es practicado con definida personalidad por toreros de excepción. Porque—es opinión mía— en la manera de rematar las suertes es donde se ve más que en otro momento la personalidad del torero. Antonio Ordóñez, que ha citado al toro de frente —su pie derecho, bien asentado, lo indica—, en mitad de la verónica recoge el vuelo del capote sobre la cadera. El toro quedará fijo después de doblarse, al seguir el camino que le muestra el engaño, en un escorzo de gran poderío. 
En esta foto, Antonio nos explica—como en una cátedra de Tauromaquia —la práctica de la media verónica. Nos explica, incluso, por qué se la llama así. La suerte se ha iniciado como en la verónica, la mano derecha ha ido en busca de la cadera contraria; la mano que torea —en este caso la izquierda—ha corrido la mitad de su viaje y vuelve a recogerse también sobre la cadera; el vuelo del capote se abre como una corola y el toro, tras un giro quebrantador, queda quieto, sometido al dominio del maestro.
A veces este bello recorte no se ejecuta con el brío poderoso que destronca a un toro con fuerza, sino con una cierta languidez, un cierto desmayo, que añade estética y quita poder al movimiento de capote; tal es la concepción de este remate en media verónica de Antonio por el lado izquierdo: el matador lleva al toro tan embebido en los vuelos del capote que, al dejar caer este en una mano, queda gallarda la figura torera erguida en el semicírculo que limitan los cuernos y el rabo del toro; pocas sensaciones plásticas superiores a ésta en el toreo grande.

Fuente: Semanario gráfico de los toros, El Ruedo. Madrid, 31 de enero de 1963. Año XX, Nº 971.
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