EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bién los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no.-En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina- se suele decir". JOAQUN VIDAL VIZCARRO: El Toreo es Grandeza.

domingo, mayo 21, 2017

MARCIAL LALANDA HABLA DE TOROS (PARTE I )


CINCUENTA AÑOS VIENDO TOROS

"Marcial Lalanda  pronunció su primer discurso público en marzo de 1967 en la Peña de "Los de José y Juan" con éxito lisonjero. El RUEDO solicitó sus cuartillas, y él, amablemente, los ha complacido. Tienen el interés de lo auténtico, de lo vivido, de lo sufrido en el ruedo a lo largo de muchos años de vida torera y haber dado muerte a muchos toros dignos de ese nombre.
Por eso, lo juzgamos el documento digno de atención y estudio y lo publicamos; al hacerlo, podemos adelantar a nuestros lectores una buena noticia: a Marcial se le han despertado los recuerdos y los deseos de sincerarse y opinar del toreo, volcándose sobre las cuartillas. Marcial está decidido a escribir de toros, y EL RUEDO, que le anima, pone sus páginas a disposición del maestro —siempre joven maestro-— y lo presenta como un valioso fichaje. Y cedemos ya la palabra a Marcial en su conferencia":

"SEÑORAS Y SEÑORES, MUY BUENAS TARDES: 

Yo recuerdo un día en la Maestranza de Sevilla, allá por 1921, en que iba a tomar la alternativa, Al mirar a derecha e izquierda para ir a hacer el paseo me encontré entre Chicuelo y Juan Bélmonte.
Miré a Juan y sentí miedo. Si hubiera podido irme de allí lo hubiese hecho. Aunque yo sabía que estaba preparado para dar aquel paso, no pude evitar esa sensación de insuficiencia que produce el presentarse ante personas de valía superior.
Este momento me recuerda a aquél. No siento miedo, pero me parece que he estado un poco atrevido al presentarse aquí, donde sin saber leer ni escribir (como suele decirse) voy a hacerlo después que Jaime de Foxá acaba de decir unas cosas como él sólo sabe decirlas.
Su cordial afecto hacia mí, sus palabras cariñosas, que no merezco y que no sé cómo agradecer, me hacen sentirme un tanto empequeñecido como conferenciante, aunque sepa algo del tema a decir.
Gracias Jaime, como montero mayor que eres entre los monteros; te prometo no cortarte ningún venado si por coincidencia de puestos en una montería tuviera oportunidad de hacerlo".

1. "LOS DE JOSE Y JUAN"

Permitidme dar gracias por tener la oportunidad de estar aquí, en la cátedra de los decires, loando las actividades taurinas de la Entidad.
Yo soy un hombre hecho en la dureza de cuanto supone sobrevivir a lacircunstancias de la lidia, siempre difíciles, aunque fáciles parezcan a quienes la ven desde el tendido y se solazan o aburren con la suerte o desgracia de quienes en el ruedo están.

No esperéis, pues, de mi charla eufemismos melindrosos, que no le van a un montero castellano, que es lo que yo soy ahora. En el monte y en Castilla todo es como es. No obstante y renunciar a todo panegírico sobre cuanto Los de José  y Juan vienen haciendo en bien de la Fiesta nacional, tengo que proclamar mi admiración por el hallazgo del título de la Entidad.

Los de José y Juan (y entro con ello en el tema que va a ser objeto de mi breve comentario) es el título o razón social que me ha llevado a veces a a meditación. A veces me he preguntado: ¿Fue simplemente un acierto el de los fundadores al denominar a la Peña de José y Juan, o fue la conclusión de un discutido estudio entre todos los componentes? Fuera como fuere repito que muchas veces he cavilado sobre ello, José y Juan no sólo presentaron una época singular (única), sino que fueron una sala entidad de dimensiones increíbles en cuanto a la Fiesta atañe en cualquier momento de su gloriosa existencia.

José y Juan, a mi modesto ver, sin que ninguno de los dos haya sido todo en el todo de lo que el toreo debe ser, (cosa por otra parte imposible, so pena de que el torero fuera un ser divino, en vez de una criatura humana) todo lo reunieron entrambos y entre dos lo resumieron . Todo hasta el punto que en lo poco o mucho que de toros sé y en toros he visto, la obra de uno y de otro, estudiada conjuntamente, si os parece, amalgamada, es la única obra de la Fiesta nacional que mas se ajusta a nuestro espíritu: lo español, José y Juan fueron, precisamente, la imagen de la perfección de complementarse. Lo español, entre españoles, ha sido siempre, y será, obra de genialidades que se complementan. Más que rivalidad, rivalización, para terminar en la fusión y ser ramas, aunque distintas, de un solo tronco.

Bueno; ya llegaremos en su momento a apreciaciones más concretas sobre estos dos colosos que, sin parecerse nada uno al otro en da forma de torear, realizaron y sumaron el único «total» del toreo que como total ha tenido vigencia y la seguirá teniendo siempre, aunque, a veces, surja el fantasma de la parodia y se aplauda. Pero esto no pasa de ser un brote de un malestar originado en la difícil situación del mundo, que se presenta espontáneamente de vez en cuando sin que mengüe en nada la particularísima personalidad se cada uno. Sustancia y esencia son valores distintos a lo largo y ancho de la historia taurina; pero lo uno no afecta a lo otro. Hecha esta salvedad, voy a comenzar de una vez con mis “Cincuenta años de ver toros”.

En realidad no son cincuenta años los que llevo viendo toros; son más, porque mucho antes de que yo viese una corrida en la plaza, en el hogar de mi casa campesina, escuchaba a mi padre (que a la vez, heredó la sapiencia del suyo, mi abuelo, conocedor de toros bravos con treinta años de experiencia) objeciones sobre lo que el toro bravo es en el campo y lo que en la plaza es.  Explicaba por qué siendo el mismo se diferencia tanto en un lugar y en otro. Se lo decía a los vaqueros, y yo escuchaba con toda atención, porque era lo que más me gustaba, seguramente por ser lo único que conocía. De ahí, que aquellas charlas constituyeran, en la inconcreta imaginación de mi infancia, una especie de corrida fantástica; corrida en la que todo lo que en la plaza sucedía estaba supeditado al comportamiento o psicología de los toros. 

La escasa razón de mis poquísimos años me permitió, gracias a las charlas de mi padre con los mayorales, llegar a la conclusión de que mi padre «sabía» o adivinaba lo que los toros pensaban, y que yo llegaría a saberlo si (como él) me daba a la observación y al estudio de las reacciones del toro. Comprobé que un mismo toro reacciona ante el mismo hecho de distinta manera, no sólo por el cambio de lugar, sino en el mismo sitio y debido al estado anímico en que se halle; digamos, enfermizo o de plena salud.

A tanto llegaron mis observaciones que di con ellas en la creencia de que no existe el toro manso, sino menos bravo. Pensé entonces que si un día era torero (cosa que no dudé nunca) debería lidiar al toro según su estado, fácil de interpretar por las muestras que el toro da desde el momento que se le desambienta, incluso sin sacarle de su ambiente; esto es, en cuanto se altera su apacibilidad, esté donde esté.

Recuerdo que mi padre cuando me atreví a decirle que quería ser torero, me dijo: «Nunca sabrás lo que sus sin que lo torees más de una vez, dándole sus naturales ventajas. Nunca sabrás cómo el toro es sin haber entendido el comportamiento del toro en todos los terrenos y en todos los estados. Sólo toreando más de una vez el mismo toro donde nadie te vea será un buen torero ante el público, que no perdona la ignorancia”.
¿Te atreves a torear una misma becerra dos días seguidos? ¡Sí! , le contesté sin titubeos. Cuando me consideré suficientemente experimentado me puse ante la primera vaquilla, y tras torearla dos o tres días, aprendí lo que el toro era y, por ende, cuanto el torero debía saber para que el toreo resultase la conclusión de un encuentro racional entre el toro y el hombre.

Por primera vez fui a una corrida de toros, en el año 1913, precisamente cuando concluía una época del toreo, no por incompleta menos gloriosa; porque lo acontecido en esa época supuso un peldaño en la escalera de la ascensión, para la trayectoria profesional.

En aquel año de mi estreno como espectador se fueron Bombita y Machaco. Parece como si al sentarme por primera vez en una grada fuera para testificar cómo se iba lo bueno, que, hasta entonces, había sido lo mejor, y presenciar la entrada en el ruedo de lo que iba a culminar en conciencia precisa del toreo. Porque lo que a continuación vino fue la técnica de torear de Joselito y la antitécnica con que Juan comenzó, que al encontrarse y refundirse se convirtió en consagración de una tesis o norma científica por la gracia de las dos partes: la de José y la de Juan.

Antes de que Juan amaneciese con el barrunto de la promesa, Jose se había hecho el amo y señor de la Fiesta; pero como todos los mandones que no tienen contrincante, fue un amo relativo, porque le faltaba el antagonista que le obligara a la necesaria rectificación que le llevaría a la perfección. Por esto es por lo que he dividido mi medio siglo de ver toros en cuatro épocas (aunque mejor dicho estaría) en cuatro tiempos.

Las cuatro épocas de esta charla son: De la despedida de Bombita a la muerte de José. De ésta a 1936; del 1936 al 1947 y del 1947 hasta nuestros días. Cuatro épocas, una gloriosa; otra, en transición a la decadencia; la tercera, decadente, y la última (la presente), indeterminada, porque sobrepasa lo que entendemos por decadencia, al concurrir en ella la parodia con el mismo indumento que el toreo de verdad. Parodia que irrumpe como una erupción causada por varias circunstancias ajenas a la tauromaquia. No digo con esto que no haya hoy día buenos toreros, pues los hay como en cualquier tiempo. Lo de la parodia se les puede achacar a muy pocos toreros y sí a otros elementos de la Fiesta. Del toreo de hoy hablaré con desenfado cuando a él lleguemos.

Por si alguien me preguntara por qué arranco de 1913 y no desde los días en qué comienza el toreo a pie, me apresuraré a explicar que no es (Dios me libre) por menosprecio a cuanto entonces ha existido en el toreo, ni por ignorancia de cómo se produjo. Se muy bien que la matriz o el «ombligo» de cuanto conocemos por técnica está en Paquiro. A partir de él, el toreo dejó de ser un albur. Desde entonces fue preciso atenerse a sus normas, a sus concretas teorías. Las excepcionales técnicas de Cúchares, Lagartijo y Guerrita no son más que la superación, por lógica del tiempo, de la técnica de Paquiro, que debió ser un extraordinario observador de la psicología del toro; quizá el primer científico que el toro tuvo, y hasta puede que el mejor, por haberlo sido en los tiempos en los que el público bárbaro, por cualquier suposición adversa, tiraba al ruedo y contra el torero todo elemento arrojadizo, y cuando acababa con lo que había llevado para tirar a la plaza se tiraba a sí mismo, saltando al ruedo y haciendo imposible cualquier ejecución maestra. Debió resultar muy difícil ser técnico del arte de torear en años en los qué al torero todo se le fiaba a la suerte, menospreciando la técnica, o lo que es peor, considerándola como recurso de cobardía.
Los tiempos de las demás figuras mencionadas, aunque menos lejanos, no fueron mucho mejores; de ahí que el torero tuviera que ser más que valiente, bravucón ante el toro y en la calle, y la bravuconería es la antítesis de la técnica. Ser técnico de lo que sea es ser superior a quien ejercita la rutina.
Insisto en que mi partida desde 1913 obedece a querer concretarme a lo que he visto y estoy viendo. Hay en estas cuatro épocas o tiempos dos cambios trascendentales en la forma de torear, originarios por muy distintos motivos: 

Uno, la produce la llegada de Belmonte, que abrió el camino hacia la cumbre del toreo. Las maneras de José y Juan, la ciencia del primero y la revolucionaria forma de torear del segundo; en la refundición de una y otra, prevalece el dominio de los terrenos de toro y torero que consigue e impone Belmonte.
Pero, como es lógico, antes de referirme a los toreros que en aquellos tiempos actuaron, tengo que hablar del toro.
El toro a que me refiero, y que todos habéis contemplado en la plaza, era la base fundamental de la corrida. La palabra toro en cualquier aficionado significa un toro adulto en su natural desarrollo. Un toro hecho, porque el toro no es toro hasta no cumplir los cuatro para cinco años. Entre cuatro y cinco años es cuando el toro adquiere y mantiene su natural trapío; cuando la casta y fuerza alcanzan todo lo que el toro da, para que el torero lidie y toree como era y como será siempre el toreo cuando las cosas vuelvan a su rango original.
En la época de José y Juan, la técnica y el valor en superlativo eran imprescindibles para torear aquellos toros, en el mayor de los casos, poco castigados en el primer tercio, por lo que el torero debía suplir aquella falta con el conocimiento técnico, con el dominio racional y con la destreza de ideas superiores. Por el escaso castigo, los toros llegaban al último tercio con poder, casta y bravura codiciosa, de la buena y de la mala hasta en los mansos, que no por ello dejaban de ser prontos y broncos en la embestida. Cosa, por otra parte, indispensable para hacer el toreo completo en dimensiones y terrenos, que representan lo cabal para la comprobación de la bravura y la calidad del torero. Todo esto se escapa casi siempre al entendimiento del público. En aquel tiempo, el juego consistía en superar al toro y poder más que él; en la imposición de la inteligencia sobre el instinto, que en el toro aumentaba, en ocurrencia, debido a su gran poderío

He aquí él porqué de la necesidad de torear con sujeción a las reglas y terrenos que desde Paquiro en adelante, eran precisos si se quería ser figura del toreo, aun cuando la ejecución perfecta de estas normas sólo pudieran practicarlas los técnicos, que no siempre fueron máximas figuras..... (continuará).
Marcial Lalanda.

Fuente: Semanario grafico de los toros El Ruedo. Nº1,187. Madrid, 21 de marzo de 1967

domingo, mayo 07, 2017

Cuatro capotes mágicos (Antonio Ordóñez, Curro Romero, Rafael de Paula y Antoñete)

"Me los robaron para venderlos por veinte mil duros". 
Por: ALFONSO NAVALÓN GRANDE

Nunca he sido partidario de convertir mi casa en un museo taurino. Cuando me hice ganadero tenía en la finca unos cencerros que resumían la historia de las divisas más destacadas, colocados en lo alto de una estantería tenia los cencerros de Miura, Pablo Romero, Conde de la Corte, Urquijo y Graciliano Pérez Tabernero, más el de Manuel Arranz como fundador de mi ganadería.

Los toreros me ofrecieron muchas cosas (aparte de millones por ponerlos bien), pero ese mundillo me atraía muy poco y no quise llenar mi casa con vitrinas de trajes de luces de tardes de gloria. Sencillamente porque muy pocas veces la categoría artística no tiene nada que ver con la presencia humana de muchos ídolos de multitudes que en traje de paisano son como para echarse a correr.

Mi historia de hoy se resume en cuatro capotes que pasaron a la historia del toreo con letras de oro... Uno era el de la reaparición de Antonio Ordóñez en Málaga, cuando ya no era ni la sombra de lo que fue antes de los años sesenta. Me lo ofreció delante de todos sus acérrimos partidarios que se llevaron un gran disgusto, considerando que los hacía de menos regalándoselo a un crítico provinciano recién llegado al mundillo taurino. 

Son los mismos que se escandalizaron cuando en el Hotel Astoria de Valencia me dijo Ordóñez en las fallas de 1963, cuando solo había publicado cuatro crónicas en "El Ruedo": "tu serás la nueva gran figura de los críticos". Estaban delante José María Jardón, Pedro Balañá, Diodoro Canorea y el viejo Pablo Chopera con Barceló empresario de Benidorm y Alicante. El viejo Chopera cortó a Ordóñez "me parece que te estás pasando. Navalón sabe mucho pero tiene todavía más peligro. No nos conviene".

El otro capote era de Curro Romero en una tarde gloriosa de feria de Sevilla en la Maestranza donde al cabo de muchos años confesó que fue el día que mejor había toreado de capa en toda su vida. Como sería que le tocaron la música. Habíamos tenido un disgustillo por una mala interpretación de su mujer Conchita Márquez Piquer y Curro para congraciarse me regaló aquel capote histórico.
El otro pertenecía a Rafael de Paula y con él, ejecutó aquel quite por verónicas en un toro de Julio Robles, el año que se presentó a confirmar su alternativa en Madrid, después de trece años rodando por las plazas de Andalucía sin alcanzar más gloria que los cantes de los flamencos. 

Aquella noche lo fuimos a ver al Hotel Wellington con toda la plana mayor de los ejecutivos de Rumasa, que me habían contratado para dar ocho conferencias en Andalucía. Eran adoradores incondicionales del gitanito rubio, con Ruiz Mateos al frente en pleno poderío social y económico antes de que el actual marido de Isabel Preysler arremetiera con la expropiación. 

Aquella corte iba a llevarnos a cenar al restoran más caro de Madrid y se quedaron de piedra cuando le dije a Rafael que había sido una pena dar unos lances tan bonitos cambiando tanto el terreno en vez de ligarlos seguidos como lo había visto otras veces. Cuando trataban de increparme por mi osadía, Paula los aparcó: "Tiene toa la razón el de Salamanca. Otras veces he toreado mucho mejor con el capote. Lo que pasa es que en Madrid no me habían visto y le ha parecido mucho más de lo que ha sido".

El capote de Antoñete era el de la famosa media verónica que repitieron tantas veces en Televisión, y tampoco se le hizo justicia porque otras mucho mas perfectas y más lentas. Pero fue una tarde de gloria y la gente estaba loca con el viejo del mechón. Antonio tenía entregada la plaza y cuando remató la media, los tendidos se pusieron en pie con una ovación delirante.

Luego tuve más capotes. Cada vez que los toreros venían a torear a mi casa me dejaban un capote y una muleta. Tuve capotes de Capea, Manzanares, Roberto Domínguez, El Yiyo, Julio Robles y dos muletas de Andrés Vázquez. Me quedé con la gana de conservar algo de Rafael Ortega que ha sido el que mejor he visto torear en toda mi vida y con algún recuerdo de Manolo Vázquez que cuajó una vaca mía magistralmente. Pero no hubo ocasión. De todos estos capotes el que más usé toreando fue el de Antonio Ordóñez, pero tuve que acomodarlo a mis medidas porque era como una manta. Fue Tito el mozo de espadas de Andrés Vázquez quien le cortó más de una cuarta de los bajos para poderlo manejar a mi antojo. 

Ahora que recuerdo toree muchos festivales con un capote de Antonio Bienvenida que no tenía ninguna historia especial. Simplemente me lo regaló al terminar un tentadero en Huelva en la plaza de Tomás Prieto de la Cal. Una plaza que tenía un dolmen debajo del palco de invitados y donde nos tomó el pelo Miguel Litri que se quedó asando sardinas mientras nosotros pasábamos las de Caín con aquellas vacas jaboneras que se colaban por donde menos esperábamos. En uno de los atragantones de la lidia, Bienvenida me comentaba desesperado:" Con estas vacas se me ha olvidado torear ¡Ninguna va por donde la mando! " Cuando acabó el tentadero el Litri viejo se reía de nosotros "Ahora os enterareis por qué me quedé asando sardinas"…Desaparecieron

Cuando mi separación, mi difunta esposa se quedo con todo y los tres hijos se vinieron conmigo, por todo lo cual el juez me condeno por "abandono de familia" ¿Quién entiende eso si los hijos se vinieron conmigo? El caso es que la pobre señora sentía un apego especial por lo ajeno y aparte de muebles antiguos y obras de arte por valor de cincuenta millones, se quedó también con los capotes históricos, vendiéndolos por cien mil pesetas, cantidad ridícula porque todos estaban dedicados y firmados por aquellas grandes figuras. Un abogado de Madrid, amigo mío me contaba que el año siguiente pagó un anticuario doscientas mil pesetas por el de Curro Romero.

Como estaba escrito que no conservaría nada de mi historia de crítico y torero aficionado, un día vino un torero a uno de los últimos tentaderos y al día siguiente recordé que había dejado los trastos de torear y los zahones en un burladero, habían desaparecido porque alguno de mis invitados tuvo el acuerdo de virlarmelos. Le tenía especial cariño a los zahones, hechos con todo el capricho por el maestro guarnicionero de Puebla del Río (el mismo que trabaja para los Peralta). Tenía grabados en los bordes el hierro de las ganaderías de los amigos y encima de la bragueta el mío con una leyenda que decía "Escribir y Torear". También me robaron unas polainas repujadas que eran un primor de artesanía, a juego con unos botines de piel de becerro con la puntera puenteada en relieve. 
Ahora, como hace dos años que no toreo, ya no me hacen falta pero me queda la tristeza de haber perdido aquellas joyas del arte de torear.