EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de la Ganadería los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. Corrida Concurso VIC FEZENSAC 2017. Foto : Pocho Paccini Bustos.

viernes, octubre 15, 2021

ACHO 1967: LAS 24 HORAS DE ARRESTO DE PACO CAMINO

 

 “Estoy desolado; esta ha sido la peor tarde de mi vida». «...salió el quinto toro «Alpinero» rematadamente manso y pedí que me lo cambiasen. Salió «Actor» y era peor y por fin salió «Precioso», que de precioso nada, y no tardé en darme cuenta de que estaba toreado. No obstante lo habría matado si no llega a ser por la lluvia de almohadillas y hasta de botellas.”

                                                

Un lleno de bandera y un escándalo mayúsculo fueron las notas saltantes de la tercera corrida de la Feria Limeña del Señor de los Milagros que se celebró en la Plaza de Acho el 29 de octubre de 1967. El lleno fue por la reaparicáón del Viti, que en Lima goza de un cartel envidiable.  Y el escándalo corrió a cargo del joven maestro Paco Camino, quien se negó a matar un toro sin justificación de ninguna especie.

Se lidiaron cinco toros de la ganadería Yéncala y uno de La Viña. Los de Yéncala sacaron las mismas caracterísiticas de siempre: duros, movidos de cabeza, con nervio y sumamente incómodos para lidiarlos; acudieron con mucha fuerza a los piqueros, dando tumbos aparatosos, pero algunos salían de estampida apenas sentían el castigo. El mejor lote, es decir, el más lidiable, fue el de Curro Girón, quien supo sacar un gran partido a sus dos enemigos.

PACO CAMINO

Paco Camino tuvo una tarde gris. Su primero, que fue muy castigado con la pica, llegó en malas condiciones al úl timo tercio y no había lugar a faena.

Su segundo, un manso perdido, volvió a los corrales, saliendo en su reemplazo uno de La Viña, insignificante, que motivó fuertes protestas. Como, además, era manso también volvió a los corrales, saliendo otro de La Viña, con edad, peso y trapío y además, muy bien puesto de pitones; el bicho era astifino y destrozó los capotes en forma impresionante; Paco Camino no se confió en ningún instante y sólo se limitó a torearlo por la cara con el capote. 

                                            

Con la muleta dio dos trapazos por la cara y se perfiló para matar. Esto provocó airadas protestas. Entrando mal pinchó dos veces y, como la bronca era imponente y el ruedo se cubrió de almohadillas, el matador ordenó a su banderillero retirarse y ambos se marcharon al callejón, devolviendo los trastos de matar y negándose a ir al toro. 

Esa era la entendida afición  de Acho, no la de hogaño que es indocta y complaciente

La protesta fue enorme. El público de pie mostró su desagrado y la autoridad ordenó a la Policía detener al matador. Fue conducido y custodiado por el callejón rumbo a la enfermería. Y el toro permaneció en el ruedo hasta que se tocaron los tres avisos y volvió vivo a los corrales, en medio de una bronca imponente como se acostumbra en Acho cuando al respetable se le embauca.                                          

Por orden del Juez de Espectáculos del Rimac, el matador Paco Camino fue conducido de grado fuerza a la Comisaría del Distrito y detenido por 24 horas, siendo multado con la cantidad de 10,000 Soles. 

CURRO GIRÓN 

Regresaba a Lima Curro Girón, y esta vez lo encontramos más puesto con el toro, más calmado en su toreo y con el mismo valor de siempre. En sus dos toros realizó variadas, bellas y valerosas faenas, no pudiendo coronar la primera con el estoque, por lo que perdió las orejas. En cambio, en su segundo después de una gran faena, que el público aclamó de pie, la remató con una gran estocada, cortando las dos orejas y el rabo a su enemigo.

Ceñido natural de Curro Girón

Banderilleó a sus dos toros, dejando siempre los palos en todo lo alto, y realizó bellos quites, que fueron muy aplaudidos. En resumen, una tarde completa de Curro, quien, por recibir un fuerte golpe en un pie, tuvo que pasar a la en fermería daspués de muerto su segundo enemigo, dando lugar a que su banderillero Félix Rivera fuera quien diera la vuelta al ruedo con las orejas y rabo de su enemigo. 

EL VITI

Una continua ovación escuchó El Viti desde que hizo el paseillo hasta que abandonó la plaza de Acho en la tarde de su reaparición en Lima. En su primero al que toreó muy bien con el capote, le hizo una bella y valerosa faena de mu leta con pases ceñidos y artísticos al son de la música. Hubo naturales, de pecho y derechazos enormes. El público aclamó al espada y éste, entrando a matar con todas las de la Ley, dejó un estoconazo que tumba ai de Yéncala sin puntilla. Ovación grande, corte de una oreja y vuelta al ruedo recogiendo prendas. 

La media belmontiana de SM El Viti

Su segundo, un manso y peligroso pupilo de esta ganadería, tenía una fuerza grande ya que propinó sendos tumbos a los picadore. Trató de sujetarlo para uego comer muy bien la nano en una serie de valerosos pases; no acierta con la espada, pero al caer el bicho la ovación para El Viti es enorme, que le acompaña hasta que el espada abandona el ruedo de Acho. 

Los testigos del escándalo y bronca

LAS 24 HORAS DE ARRESTO DE PACO CAMINO

A los toreros mediocres les echan los toros al corral, cuando por falta de ciencia, de recursos, y de decisión, no consiguen matar un toro en el tiempo reglamentario. Los toreros de tronío, ayer y también hoy, se permiten el lujo de decir que «nones» a la hora de la verdad, y dejan pasar el tiempo reglamentario, escondiditos en el callejóny suponemos haciéndoseles esos minutos los más largos de su vida, mientras que la bronca arrecia. 

HORA H : ALMOHADILLAS Y BOTELLAS EN EL RUEDO 

SaIio el quinto de la tarde en la plaza de Lima y el refrán quedó por los suelos. ¡Pues si que hubo quinto malo!, manso y todos los demás adjetivos peyorativos. Así lo reconoce el público y la presidencia, y es sustituido por otro... peor. El de Camas que lo ha trasteado y ha visto las pérfidas intenciones del morlaco, trata de pasaportarlo después de un breve trasteo. El respetable se enfada y deja de ser respetable. Inunda el ruedo de almohadillas con las que tropieza el torero a cada momento. La cosa se pone peligrosa y Camino se refugia en el callejón. Más bronca, el lío, y la Guardia Civil.

                                                   

HORA PRIMA: COMISARÍA DEL RIMAC 

Paco Camino, ya un tanto sosegado, afirma: «Estoy desolado; esta ha sido la peor tarde de mi vida». Y cuenta su versión: «...salió el quinto toro «Alpinero» rematadamente manso y pedí que me lo cambiasen. Salió «Actor» y era peor y por fin salió «Precioso», que de precioso nada, y no tardé en darme cuenta de que estaba toreado. No obstante lo habría matado si no llega a ser por la lluvia de almohadillas y hasta de botellas. 

HORA TERCIA : PACO CAMINO ESTÁ ARRESTADO. 

Se realizan gestiones para que pueda trasladarse al hotel. Median el Cónsul señor Allende Salazar y el Consejero de Embajada señor Caro. También sus compañeros Aparicio y Cordobés y naturalmente el apoderado del torero arrestado, Luis Antonio Martínez. 

Las negociaciones fracasan. Hay que consumir veinticuatro horas de arresto y abonar la multa qqe se establezca. 

HORA QUINTA: CORDOBÉS SUMINISTRA VIVERES Y MANTAS 

Manuel Benítez sale de la comisaría a por «víveres» e impedimentas para acom pañar al compañero y amigo. Cordobés aún dirá a los limeños que se interesan por el «suceso» «Na, que no abandono a Camino hasta que no le levanten las rejas, por algo somos hermanos de sangre». No tardó en volver Manolo con galletas, latas de conservas, mantas, ropas de abrigo y seguramente un buen pisco de la tierra. Paco Camino, que había estado un poco nervioso hasta entonces, empieza a tranquilizarse. En la calle todavía permanece mucha gente esperando que todos se marchen a sus casas cuando de pronto el Comisario afirmó: «Veinticuatro horas de arresto obligatorio: es lo que dice el Reglamento». 

HORA NONA: LOS NERVIOS NO DEJAN DORMIR 

Se retrasa la hora de retirarse a las literas. El Cordobés ha llevado una guitarra y animó la velada cantando y taconeando para alegrar a detenidos y policías de la Guardia Civil. Allí estaban también Julio Aparicio que no abandonó al de Camas ni un solo instante. 

Los nervios se van relajando y el cuerpo pide la horizontal. Los toreros descansan de sus emociones. 

HORA DÉCIMOCUARTA: EL PARTIDO DE FUTBOL

Desperezamiento, aseo y a ver las cosas de otra manera. Con resignación. Las claras de día traen más optimismo. Desayuno e inmediatamente despues se organiza un partido de futbol. El detenido asombra a sus rivales en este deporte, por su dominio del balón. Contendía el equipo de los toreros y el personal de la Comisaría libre de servicio. No se po el resultado, pero suponemos que empatarían a simpatía.

                                             

VIGESIMA HORA: REGALA EL VESTIDO BURDEOS Y ORO 

Paco Camino decide regalar el traje que vestía al ser arrestado, al personal de la Cuarta Comisaría que le «hospedó». Su terno de burdeos y oro, taleguilla, chaquetilla, medias, zapatillas... todo, en fin, que sus anfitriones guardarán con agrado y valioso «sou venir». 

HORA VIGESIMOCUARTA: FIN DEL ARRESTO 

Sobre las cinco de la tarde, hora local, cumplidas las veinticuatro justas del arresto, Paco Camino abandonó la Comisaría del Rímac. Salió preocupado y un tanto demacrado. Había mucha gente en los alrededores. Le acompañaba El Cordobés, que no le abandonó durante estas veinticuatro horas pasadas en blanco.También Julio Aparicio. Camino, sólo pronunció unas breves palabras: «Pagaré la multa de diez mil soles, deseo hacer constar que en todo momento he sido tratado con consideración mientras ha durado el arresto». Camino se dirigió al Hotel Savoy, y más tarde a descansar unas jornadas en el campo. 

SE ABRIÓ UNA INVESTIGACION EN TORNO AL «CASO» 

La Guardia Civil de Lima anunció que se había abierto una investigación en torno al «caso» Paco Camino, motivado por la detención del torero español el pasado domingo 29 de octubre al negarse a matar uno de los toros que le correspondieron. 

Según se informa, el comisario, mayor Carlos Huaynalaya Trujillo concedió a Paco Camino una «serie de prerrogativas que no han sido bien acogidas por la opinión pública». «Y que, además, permitió —dice el diario «La Crónica»— la entrada en la Comisaría a los toreros Manuel Benitez «Cordobés» y Julio Aparicio los cuales —continúa afirmando dicho diario— estaban en evidente estado de embriaguez cuando abandonaron el centro policiaco al ser puesto en libertad el torero de Camas». 

La Comandancia de la novena región ha revelado que Cordobés y Aparicio «no durmieron en la Comisaría, y que tampoco ingirieron licor mientras acompañaban al diestro detenido». 

No obstante, la Prensa limeña publicó que los toreros habían participado en un partido de fútbol dentro de la Comisaria, e incluso insertaron fotografías del juego. 

Fuente: Semanario gráfico de los toros El Ruedo. Año XXIV Nº 1220- Madrid, 07 de noviembre de 1967.

sábado, octubre 02, 2021

ALFONSO NAVALÓN GRANDE y JOAQUÍN VIDAL VIZCARRO, LOS GRANDES de la CRÍTICA TAURINA.

 Dos grandes de la crítica taurina, que tanta falta hacen en nuestros días, para orientar a los aficionados y a los que gustan de la fiesta de los TOROS. Aunque habrá más de un junta letras que sostenga que la fiesta hoy en día goza de buena salud, y que como muestra de ello contamos con "figurones" del toreo, que se enfrentan al único encaste bodeguero que embiste. 

Los seguidores de este blog saben muy bien que eso que sostienen los ganapanes de esta "fiesta circo" es absolutamente falso y que por contra reina la PANDEMIA llamada monotonía, caracterizada por el aburrimiento, predictibilidad, vulgaridad, ventaja, triunfalismo, frente a moribundos y desmochados oponentes domesticados y cuidadosamente escogidos. Pero como en toda regla, también existen honrosas excepciones de TOREROS y GANADERIAS honestas, que son la clara demostración que OTRA FIESTA  SÍ ES POSIBLE.

Fuente: Revista de la Asociación Cultural Taurina Cerro de San Albín Nº 18. Año 2014. pp 153-156.

jueves, julio 08, 2021

VIC FEZENSAC: 10 y 11 de Julio, FERIA DEL TORO - 2021


                 

                    SAMEDI 10 JUILLET à 11 H – NOVILLADA DE “RASO DE PORTILLO”                                      


SAMEDI 10 JUILLET à 18 H – CORRIDA CONCOURS


En este blog, no se publican fotos de "TOROS" enfundados.

                      
                                            



DIMANCHE 11 JUILLET à 11 H – CORRIDA DE “HOYO DE LA GITANA”



     DIMANCHE 11 JUILLET à 18 H – CORRIDA DE “Don José ESCOLAR GIL”

En este blog, no se publican fotos de "TOROS" enfundados.

sábado, junio 19, 2021

Luis Vallejo Barajas "El Pimpi"

Puyazo de "El Pimpi"en la feria de Valencia 1948

PEQUEÑAS HISTORIAS DE LOS PICADORES DE ANTAÑO

"Ahijado, mozo de cuadra y "monosabio", fue Luis Vallejo Barajas, "El Pimpi" antes de ser picador de toros. Nos cuenta sobre la última noche de Manolete.


Fuente: Semanario gráfico de los toros El Ruedo.Año VI,Madrid 29 de diciembre de 1949. N°288.

sábado, marzo 27, 2021

Cuentos del Viejo Mayoral : “Siempre hay un peor”

"Una vez en el Perú...y en la ganadería de «Huando» para más señas, uno de los vaqueros, a quien, por no saber su nombre llamaremos Alifonsose empeñó en que el toro 73 tenía que ser un criminal de por fuerza, en vista del aire de su cara..."


En apoyo de una atrevida teoría filosófica, que acaba de explayarme, dijo con toda naturalidad:

—Una vez en el Perú..

Yo salté como granizo en albarda.

—Pero... ¿tú has estado allí?

—Para lo que iba a decir, no es necesario. Sin conocer el susodicho país puedo saber alguna cosa que haya pasado en él... Tú no has ido a China y no ostante sabes que los chinos comen el arroz con palillos.

—Tienes toda la razón.

—¡Vaya! Del lobo, un pelo. 

— Perdona; es que me ha cogido de sorpresa el hecho de que de pronto, te refirieses a una nación que está muy a trasmano.

—¡Y tanto! Como que, de lejos, debe quedar como de aquí a Lima.

—Una cosa así.

La teoría en cuestión era la siguiente, en pocas palabras. El mundo es una larga escalera, en la cual se colocan las gentes por su categoría social, de tal manera que las personas que ocupan cada escalón son poco más o menos de igual talento, educación, cultura, modos, maneras y circunstancias, con variaciones pequeñísimas, en general, de unos a otros. En estas condiciones, alguien sale un día diciendo, sin gran justificación, que Fulanito es muy amable, y si la frase hace fortuna, corre cual reguero de pólvora y queda ya consagrada como artículo de fe, sin que se sepa quien la inventó. Pero a veces ocurre lo contrario: que alguien se empeña en decir, con escaso fundamento, que Mengano es muy listo, y por más que lo repita y lo intente demostrar, nadie se lo cree, en vista de lo cual hace aquel el más espantoso de los ridículos, pues esta vez si que se sabe quién fue el inventor del infundio... Como supongo que el bondadoso lector hace penitencia con la lectura de estos cuentos, estoy seguro de que ahora mismo piensa que el mayoral trasladó en seguida estas ideas al terreno taurino...,y así fue en efecto. Dijo que hay quien descubre que el toro número 22 es muy fino, y todos lo aceptan y lo propalan; y en cambio, otra persona competente asegura que el castaño tiene cara de mansote, y nadie se lo cree, por mucho que insista el descubridor del defecto en el comentario. Precisamente al llegar a este punto de su exposición, fue cuando dijo: 

—Una vez en el Perú...y en la ganadería de «Huando» para más señas, uno de los vaqueros, a quien, por no saber su nombre llamaremos Alifonsose empeñó en que el toro 73 tenía que ser un criminal de por fuerza, en vista del aire de su cara. 

Y el caso es que el toro en cuestión era corriente y moliente: negro zaino, terciado, bien puesto de cabeza, ni muy fino ni ligeramente basto, ni alto de agujas ni corto de manos,ni bonito ni feo, ni gordo ni flaco.

Al mayoral de la ganadería se lo llevaban los demonios cada vez que oía al Alifonso insultar al toro sin motivo.

—Pero ven acá, cabeza de chorlito.

¿Qué te ha hecho el 73?

—Todavía, nada; pero el día que logre engancharme no me salva ni la paz de la caridad.

Don Fernando Graña, dueño de la vacada, le decía a menudo: 

—¿Sigues teniendo ojeriza al 73? 

—Sí, señor, no puedo remediarlo. 

—¿Qué has visto en el toro?

—Principalmente su mirada de asesino y su caráztertraicionero. Muchas veces va con la vista baja, como los cerdos, pero mirando de reojo... No se fíe usted de él, señorito. Algún día dará que sentir.

Otras veces, yendo de mudanza, "Alifonso"advertía a algún compañero con gesto temeroso:

—Fulano! Échate a un lao!  ¿No ves que se está encarando contigo el 73?

 Todo esto me lo contó un picador, cuyo nombre lo tengo en la punta de la lengua, el cual, pro haber hecho la América con distintos maestros, se sabía aquello palmo a palmo. Y lo curiosos es que, a pesar de estar nosotros a millones de leguas de ellos, las costumbres del personal que maneja el ganado de casta, y las de los propios animales, son muy parecidas a las de por aquí. Parece ser que en la mentada ganadería había un semental que estaba muy atropellado, por lo cual, al final de la cubrición, agregaron al lote en el que él padreaba un utrero adelantado para que repase bien  a las vacas. Al cabo de un mes o dos le quitaron y volvió a su partida. La gente de la casa, muy sobre aviso, hizo la junta y aunque se oían sordos gruñidos de mal humor, el asunto no pasó a mayores, y al oscurecer se volvieron los vaqueros a sus acomodos, convencidos definitivamente de que la paz reinaba en Varsovia, según dicho no sé de quién.

Al día siguiente, todavía de noche,según su costumbre, debió llegar el «aguatero» a la finca que está a la linde de la que ocupaban los toros. Era un viejito, como allí dicen, poquita cosa, torpe de oído y corto de vista. Para el oficio que desempeñaba no se requería más. Seguramente en tiempos había sido vaquero, y ahora tenía a su cargo ese menester de tan poca enjundia, pues el aguatero se limitaba a recorrer con su azadón las caceras de riego (muchas de las praderas que disfruta la ganadería de «Huando» son de regadío), destrancar lo que está encenagao,a fin de hacer alguna represita o ver el modo de reforzar las parés de la reguera, pues ya se sabe que el ganaocon su patajeo, todo lo echa a perder.

!Qué ajeno estaría el buen hombre de que aquel día, que no acababa de romper, iba a ser el último de su vida!

El primer vaquero que llegó después a la finca en cuestión se quedó horrorizaoal ver al pobre viejo, no sólo muerto, sino materialmente cosido a cornadas. No lejos de él bramaba enfurecido el toro causante de la desgracia, el cual, acosado y herido por sus compañeros, después de una gresca que duraría toda la noche, dio un pechugón a la tapia y se coló a la finca en donde no tenía que haber res ninguna, cosa que bien sabía el aguatero. Incluso no considerándose allí el toro muy seguro se había aquerenciao junto al portillo. El viejecillo entraría por él tan descuidao como si tal cosa. Ni vio al toro ni le oyó seguramente por su falta de vista y oído. Cuando quiso darse cuenta ya estaba en la eternidá implorando el perdón divino.

Afortunadamente el buen hombre no dejaba a nadie tras de sí. Su familia empezaba - y - acababa con él. Como era una gran persona, y estas muertes violentas son mucho más sentidas, tuvo en su entierro un acompañamiento como nunca hubiera podido soñar. Toda la familia de los amos; toda la servidumbre de la casa; todos los que habitaban en cinco leguas a la redonda le vieron dar tierra y rezaron por él.

A la salida del camposanto el ganadero y sus vaqueros seguían hablando del caso. Alifonso, que había estado comedido en palabras hasta entonces, echó al fin cuarto a espadas:

—Y menos mal que le cogió el 59…

¡Que si llega a ser el 73!

El amo le contestó:

—¡Ya estás de nuevo con tus tonterías! Más que matarle y dejarle convertido en verdadero guiñapo…, ¿qué le podía haber hecho?

—¡Ah! ¡Quién sabe! Siempre hay un peor, y ese toro va a hacer una que sea soná...  

—¡Calma¡ Ahora mismo voy a contestar esa pregunta que estás deseando hacerme.... El 73, cuando le llegó su hora, se lidió no sé dónde y lo mató no sé quién. Fue un toro corrientísimo. No se distinguió por nada ni en pro ni en contra. No levantó a nadie los pies del suelo; ni siquiera dio un achuchón. No fue ni bueno ni malo, ni noble ni plebeyo. Un toro completamente anodino, como dice el señorito Ricardo, que por algo escribe los papeles.

—¿Qué dijo el vaquero?

—No sé; pero no dejaría de seguir jalando. Diría que al toro no le dieron lugar para sacar sus istintos criminales; que gracias a sus alvertencias los toreros le habían tomao con precauciones; que el animal aquel día no estaba en caja…¡Cualquier cosa! Menos dar su brazo a torcer, porque aquel muchacho debía tener la cabeza tan dura como uno de los bolos de La Lonja.

 

                                                                                                            Luis Fernández Salcedo.

Fuente:El Ruedo. Semanario gráfico de los toros. Madrid, 9 de enero de 1964. Año XX. Número 1020.

domingo, febrero 14, 2021

FELÍZ DÉCIMO ANIVERSARIO "DESJARRETE DE ACHO"

EL DESJARRETE O MEDIA LUNA
Fuente: Los Toros, Tratado Técnico e Histórico. Tomo I.  Francisco de Cossío y Corral. Segunda Edición. Espasa Calpe, S.A. Madrid, pp 794 a 799.   
 

domingo, enero 10, 2021

La Tauromaquia de Domingo Ortega: Tercer y Último momento

"Cuando en arte uno sabe hacer con solturas lo que para los demás es un parto difícil, se le llama genio. No hay dramas más fáciles que los de Shakespeare.En esa misma línea de facilidad estuvo el toreo de Domingo Ortega"

 Boceto para una Tauromaquia de la Edad de Oro
El molinete. El toro no puede ir más toreado y de todo el lance se desprenda la más serena y armónica belleza

III

QUISMONDO

El tercer momento que evocaremos en la historia torera de Domingo Ortega es esencial para comprenderle en toda su dimensión: fue en un tentadero. Había pasado mucho tiempo desde aquella lejana tarde de Logroño y, sobre todo, había pasado la guerra sobre España. Esta fue fatídica para muchas cosas, entre las que se cuentan las carreras artísticas de los toreros de la época, hechas retazos por otras urgencias del más tremendo dramatismo. Creo con sinceridad que Ortega fue el más perjudicado por esta coyuntura, como ya he tenido ocasión de decir.

Tuve por entonces ocasión de verle en distintos momentos. Uno de ellos muy de cerca, cuando Ortega confirmó la alternativa a Mario Cabré el 7 de octubre de 1943 en las Ventas, montada a beneficio de las Obras Asistenciales del Sindicato Nacional del Espectáculo, cuando era jefe del mismo el señor Ramos Merillas. El cartel estaba formado por seis toros de doña María Montalvo para el borojeño Antonio Bienvenida y el polifacético toricantano barcelonés. Se agotó el papel, y Domingo tuvo una tarde maestra; pero su actitud, sus palabras, anunciaban una cercana retirada. Efectivamente, ésta se produjo poco después.

Es la segunda etapa de interrupción en la trayectoria taurina de Ortega; ésta, voluntaria. Si Ortega se asomaba a la actualidad no era en actividades taurinas (como no sean las de los festivales benéficos), sino en preocupaciones intelectuales. Hasta que llega el momento en que la añoranza puede más que la voluntad, porque el corazón se conservaba mozo, aunque las sienes háyanse plateado. Y Ortega reaparece, al cabo de unos años, en Valencia.

Tuvimos ocasión de verle en San Sebastián en una corrida del mes de septiembre, en el año que se celebró en la capital donostiarra el I Festival Internacional de Cine; lo recordamos porque la corrida se organizó en homenaje a los asistentes al Festival que transcurrió por aquellos días. Los toros eran de Guardíola y tuvieron mucho que torear. Por coincidencia, también figuraba en aquel cartel Mario Cabré, incluido por su doble condición de torero y galán de cine, que había tenido su romance y todo con Ava Gardner; y Domingo Ortega aún no había rodado su “Tarde de toros”.
El ayudado por alto dentro de la más pura ortodoxia. Adelantada la pierna que torea, muleta tomada de la mano izquierda y apoyada en la derecha la espada, resulta más ceñido que el de pecho

Para la difícil maestría de Ortega - ya  hablaremos de lo «fácil» y «difícil» en el arte de lidiar los toros - los Guardiolas no fueron obstáculo; no se planteó problema de lucimiento; los dos toros le duraron exactamente el tiempo que él quiso. Estuvo tan frío y tan exacto como una demostración matemática; y esto es lo que (en términos generales) se puede decir de la reaparición de Domingo Ortega: que fue más cerebral que apasionada.

Por ello, ni taurina ni emocionalmente, estas dos ocasiones —que sólo se citan de pasada— dejaron la huella de aquellas otras a las que nos hemos venido refiriendo, y que son las que  definen la personalidad del toledano. Ni tampoco produjeron la impresión de este tercer momento al que comenzamos a aludir: el de una actuación suya en el campo.
Una variante del kikírikí dado por bajo. Los codos —que en «Gallito» se elevan para buscar más gracia—, en Ortega, bajan porque a los toros dominados por bajo se les domina mejor. Vean esos pies.

La finca era “La Guadamilla”, de Celso del Castillo, en el término de Quismondo, en Toledo. Era una tarde de abril de hace poco años; para dar una pista a quienes tengan mejor memoria, les diremos que era la tarde en que jugaron España y Portugal su último partido internacional de fútbol (el que ganaron los nuestros por un gol de Di Stéfano al sacar una falta), ya que después de la tienta lo estuvimos viendo en la casa de la finca por la televisión. Era una tarde de frío glacial, crudísimo —pese a ser el mes de abril—, y por la noche nevó.

Había comprado Celso —excelente amigo y buen ganadero, al que no le gusta el ganado de dulce— unas vacas de Juan Guardiola; inauguraba placita de tienta, construida «orilla de la casa», como dicen por Toledo, y era Domingo Ortega el gran preboste de aquella solemnidad, celebrada (como se ha dicho, pero cuanto se insista es poco) con un frío tan intempestivo como siberiano. Pero las vacas salían con gracia, tenían que torear, y Domingo (que también se ha visto siempre atraído por el ganado con problemas, y buena prueba es su triunfo repetido e inigualado con animales fogueados) se encontraba tan a gusto en el ruedo nuevo como si el tiempo estuviese propicio para que floreciesen los naranjos.

Se trata de una eralilla adelantadilla, en su tercera hierba; cosa que —aunque en la moderna publicidad no se valora— no es ni muchísimo menos, un toro. Pero yo no recuerdo nunca a nadie una faena tan compacta, hermosa, artística, fenomenal. El frio, que antes se metía hasta la medula de los huesos, ya no se sentía porque la medula estaba estremecida por aquella perfección; no lo sentía Ortega, caldeado por el fuego interior, inspirado, que le animaba. Iba y venia la muleta en juego de suave cadencia, acompasada a la brava embestida, brillante a puro de tersa, armoniosa en el temple, graciosa en el adorno, rotunda en los remates; yo creo que es una de las tardes en que Domingo Ortega se ha complacido más a si mismo, más honda intimidad satisfecha ha sentido.
El molinete. Los ha habido emocianantes y magistrales en la historia del toreo. El toro no puede ir más toreado y de todo el lance se desprenda la más serena y armónica belleza

Celso del Castillo estaba entusiasmado por el juego que daba aquella vaca y la forma en que Domingo la toreaba. Hasta que uno de sus hijos, contagiado por el entusiasmo, se desbordó: —¡Qué maravilla de vaca! A ésa salgo yo...Dicho y hecho; salió animoso del burladero. Yo le había visto torear otras veces y sabia que no era un novato; desde chico había andado entre ganado bravo. Domingo, sonriente, le cedió la muleta y... A la tercera voltereta, el muchacho desistió. Había peligro de algo serio. -Es que como ya la han toreado... —se excusó mientras devolvía la flámula a Ortega.

Este volvió a citar a la vaca, y —como si el animal recitase una lección aprendida de memoria— no he visto sumisión más plena, docilidad más doméstica, suavidad más pastueña. Si antes había hecho Domingo una faena clásica, fundamental, escultórica, ahora la hizo por alegrías, adornos, recortes, molinetes.

Siempre recordaré aquella tarde de frío polar, como uno de los momentos más inspirados en la vida de un gran torero. como uno de los más emocionantes en mi vida de espectador. Como uno de los más luminosos para dibujar la definitiva personalidad torera de Domingo Ortega.

EN SU AMBIENTE

Lo primero que observé es que —quitado el frío, que puso la única nota desambientadora — el paisaje, el caserío, todo el cuadro (cuyo corazón, latiente en diástoles de naturales y sístoles de pecho, parecía ser la muleta) formaba un conjunto armónico, entrañable, racial, en el que no se echaba de menos el brillo del traje de luces.

Es más, desde entonces he tenido la impresión —puramente personal— de que en su intimidad, Domingo Ortega ha mirado el vestido de torear como algo ajeno a si, como un postizo, como un aislante interpuesto entre él y su afición; como una aceptación de la rutina de la Fiesta, que tan pocas concesiones ha hecho a la innovación de su indumento.

De modo evidente, al diestro le han atraído las Plazas, las ovaciones, la popularidad. Aún recuerdo su confiada pregunta al jefe (cuando a mediodía arreglaban asuntos de finanzas) pocas horas antes de la recordada corrida del Sindicato:

—Se habrán agotado los billetes de la corrida, ¿no?

Pero esto no era más que por conciencia de su propia personalidad, por el legítimo derecho e Inexcusable deber de mantenerse en el indiscutido puesto en que se entronizó mientras fue torero en activo. El era un ídolo y, con más o menos entusiasmo, tenía que mantenerse en su pedestal. Pero al margen de las Plazas ha toreado más metido en sí más espontáneamente, con un desbordamiento más caudaloso e íntimo de su personalidad.

En las Plazas el instinto de dominar y el de vivir (o, más bien, el de sobrevivir) entran en lucha. Sobrevivir no sólo físicamente, con el afán de conservar la vida intacta, sino artísticamente, en la estimación del público en un lugar de privilegio. En el campo, por el contrario, se cumplía en el ánimo del torero, en toda su amplitud, la quinceava obra de misericordia (que es, según Unamuno, «despertar al dormido»). Y en esta vigilia artística es cuando Ortega encontraba la intima razón de ser de su Tauromaquia.

En efecto; en los ruedos —habituados a ver realizar tradicionalmente las faenas de capote o muleta bajo una norma determinada—, cuanto más tiene Ortega que seguir el canon establecido por sus antecesores, tanto más tiene que reprimir su impulso expresivo de artista. Porque toda forma estética tiene sus leyes propias, que el toreo —como otra cualquiera de las artes— ha de obedecer si quiere alcanzarla.
Para quienes creen  que el toreo moderno comienza en ellos, este gracioso cambio Ortega, en plena juventud, ya lo daba

Y así vinieron a ser normas —y, por su abuso, rutinas— aquellas que sintetizaron Ramírez Berna! y más tarde Federico Alcázar, de que no se pase con la mano derecha siempre y continuadamente a una res boyante que atiende al engaño y lo sigue noble y dócilmente; aquella otra que no consiente que a un toro sencillo se le harte de pases con el solo objeto de que el espada de turno se ponga bonito; esta otra que no permite que el diestro mueva los pies sin colocarse en corto, fino o con pausa en el movimiento de la mano que torea temperadamente; esta que ordena no dar pases por bajo a la res que humilla por exceso de castigo o prohíbe que a los toros descompuestos de cabeza, que puntean y tiran derrotes, se les pase por alto; finalmente, la que rechaza el empleo del toreo en redondo con toros que carecen de fuerza y agilidad en las patas, ya que se trata de un toreo indicado para castigar y restar poder.
Estar con los toros es difícil. Pero tanto o más es irse de ellos con gracia. Para una revisión del concepto toreo de Domingo Ortega presentamos este remate con la izquierda al terminar la serie.
   
En la Plaza están los puritanos de una ortodoxia rutinaria que se atiene más a las reglas «de siempre» que a la creación; están los intransigentes de una forma de ver y hacer el toreo. También ellos fueron revolucionarios en su Juventud —y cuando Juan Belmonte desbarata todo lo legislado sobre terrenos lo aclaman como es de Justicia—; pero fijan la norma nueva como definitiva, como «suya», y convierten la clara corriente del rio del toreo en un solidificado y árido espejo, donde se miran para ver «su» toreo como el más hermoso de todas las épocas.

En el campo, por el contrario, el ánimo está lleno de naturaleza, de naturalidad; todo reflejo es libre; todo movimiento, espontáneo; el torero no torea para sus censores, sus idólatras, sus críticos, sino para sí, para la intimidad de su arte, para la cultura de su expresión. En el campo cesa —en el ánimo del torero artista— la oposición entre el impulso de la personal expresión y la aspiración a una determinada, prefabricada forma.
El pase por alto con la derecha tiene en Dominga Ortega el poderío que le dan su buena apertura de compás, el temple de su brazo, que acompasa la embestida, y la tersura de la muleta no enhebrada

Y así, Domingo Ortega, toreando aquella tarde en «La Guadamilla», arrastrado por el impulso de expresión de su sentimiento del toreo, está en peligro de vulnerar la forma académica de las Tauromaquias. Modifica el ritmo, el tiempo, las relaciones dinámicas entre él y el toro, como corresponde al estado momentáneo de su sentimiento, y corre el riesgo de perder de vista el respeto a lo que se tiene como verdad taurina intangible. Pero crea belleza. Hace del toreo una obra plástica, libre, espontánea, personalísima. Con un nuevo sentido dinámico del lance. Con un sentido pleno, independiente, conseguido al aire libre. Ese aire libre que trae el toreo de Domingo Ortega cuando viene del campo.

SU ÚLTIMO ESTILO

Aquellas vacas de Quismondo —suaves para Ortega, ásperas para los demás—, ¿qué pro-ductos dieron después para las Plazas?

Por referencias que me dieron mis amigos los ganaderos, salieron fuertes y difíciles. Seriamente difíciles, si hemos de juzgar por los resultados artísticos conseguidos por los diestros que los torearon. Estos —como en aquella ocasión el hijo del ganadero de «La Guadamilla»— se vieron en muchas ocasiones con los pies por el aire en vez de tenerlos plantados fijamente en el suelo. ¿Hubiera podido con ellos Domingo Ortega de haber estado en activo?
Dominador de toros que merecían  ser dominados, ha gustado Ortega de mostrar ese dominio a la manera más clásica: cogiéndoles por las astas. Así dicen que Belmonte hizo llorar a Eduardo Miura.

Posiblemente, sí. Aunque tal vez no hubiera intentado el lucimiento. Pero ¿poder? Desde el primer capotazo. ¿No venían de simular reata los Guardiolas que yo le había visto dominar en San Sebastián? Aquello tuvo un mérito inmenso; un mérito que no pasó inadvertido a los espectadores más superficiales, pero que ellos ya tenían clasificado en sus tópicos terminológicos, como «la difícil facilidad», con el acento puesto en la palabra «fácil».

Cuando en arte uno sabe hacer con solturas lo que para los demás es un parto difícil, se le llama genio. No hay dramas más fáciles que los de Shakespeare; no hay humor más fácil que el cervantino; ni más fáciles pinceladas que las de Velázquez, o más fácil arquitectura que la de El Escorial. En esa misma línea de facilidad estuvo el toreo de Domingo Ortega; y no rebajo un ápice.

(Esta facilidad —inasequible a los no geniales— tuvo sus inconvenientes, sobre todo en los tentaderos, al hacer pasar por buenas para el toreo muchas vacas que no lo eran; como en el ruedo ganó trofeos de toros condenados al tuesten. Las vacas de «La Guadamilla», por ejemplo, en sus manos fueron sensacionales, pero el ganadero las ha sustituido ya por otras de procedencia Santa Coloma.
Esta es la interpretación orteguiana de la "Manoletina". Para quienes piensen que aquí torea Ortega con el pelo canoso podemos decir que este lance estaba perfeccionado por él en el año 1934.

Siempre he oído comentar a los ganaderos que no conviene llevar toreros de dimensiones extraordinarias a las tientas si se quiere conocer a fondo las posibilidades de las reses tentadas. Dicen que, con excepciones, sus productos no van a ir a parar en la Plaza a manos de artistas extraordinarios, sino a las de aquellos toreros que forman el grueso del escalafón y tienen más limitadas posibilidades de dominio artístico.)

Volviendo a la «difícil facilidad» diré que, con su carácter de aparente elogio, tiene para muchos aficionados a toros un sentido peyorativo. Las consecuencias de la «difícil facilidad» la han sentido sobre si —en forma de sonoro desvío de los públicos— todos los toreros excepcionalmente dotados por la Naturaleza para alcanzar las cimas del arte; para ser sus clásicos. La masa aficionada, desde siempre ha mostrado sus preferencias por aquel torero cuyo esfuerzo se traslucía a flor de piel, antes que por aquel otro semidiós que difícilmente se ve en peligro. Estos hablan a la emoción; los otros, a la inteligencia; y desde Salomón está hecho, con meridiana claridad, el balance de los hombres listos. 
Toreo de rodillas. No «a pasa torito» y aprovechando el viaje, sino citando con un reposo y una serenidad que se ve pocas veces en esta suerte, practicada —tantas veces— en pleno frenesí nervioso

Por esta principal razón se agudiza la crítica del toreo de Domingo Ortega, precisamente en el momento en que éste se hace más maestro. A los leves pasos que da para mejorar su terreno en los embroques se les niega ortodoxia (porque los aficionados han olvidado lo que es el «toreo sobre las piernas») y se acusa al diestro de no aguantar e «irse al rabo», cuando la realidad es que estos lances, cuando los pies se movían, estaban hechos y terminados, y con ese movimiento solamente se les añadía más duración y se les daba mayor dominio. Se reiterará que no usa la izquierda, aunque en «Navalcaíde» esté la cabeza de un toro colorado de Aleas, cuya faena puede quedar en el toreo moderno como modelo de pureza clásica, de hondura impresionante en el toreo al natural; a su toreo por pases cambiados por bajo, trincheras, se le acusará de innecesario con muchos toros, y de monótono porque en el fondo se sabe que en él está el secreto del dominio del maestro y a la masa le gusta —en busca de emociones— que se transparente en los toreros el peligro.

El sentimiento con que se pudo ir «Guerrita» de los toros es el que se transparenta también en el rostro de Domingo Ortega cuando éste deja el toreo activo por primera vez en su vida.
Si en la foto anterior se citaba para el pase en redondo de rodillas, aquí se cita por alto, Un buen modo de dominar y vencer a toros levantados y prepararlos para un fácil trance con la espada. 

La verdad es que Ortega ha depurado su último estilo hasta hacerlo impalpable, como el polvillo que desprenden en su aleteo las mariposas. Parece imposible lograr tanta suavidad en tan tremendo y dramático oficio. Pero al mismo tiempo —aburrido en su trono, que con nadie comparte— permite que la señorial elegancia de su toreo se deje llevar, en ocasiones por la línea de menor resistencia, de mayor facilidad. Cada vez parece pesarle más el traje de luces y hallarse más a su gusto vestido a lo campero. La falta de una verdadera competencia en sus años grandes le desilusiona; solamente en los tentaderos o en los festivales recobra esa chispa que pone brillo en sus ojos, devuelve a su capote una sedeña prestancia, comunica a su muleta una omnipotencia ardiente.

Y si su último estilo es el que encierra una belleza más intima, es porque corresponde a la etapa en que Domingo Ortega más ha toreado para su empeño creador; más ha toreado pare sí.

SOBRE LA SOBRIEDAD Y LA MUERTE

Solamente he de hacer ya un par de breves indicaciones sobre perfiles en la personalidad taurina del maestro de Borox para dar por terminado este boceto. La primera se refiere a esa postura cómoda y encasilladora que ha colocado sobre Ortega la etiqueta de la «sobriedad castellana» como sinónimo de cortedad de medios expresivos de un arte lleno de autenticidad, con lo que el elogio se convierte, a la larga, en la evocación fantasmal de un torero triste.

Nada más lejos de esa tristeza que la realidad orteguiana. Para ello hemos elegido —entre otras muchas— el grupo de fotografías que adornan nuestras páginas, en que vemos al matador en varias suertes, unas fundamentales, otras de adorno —siempre éste supeditado a un fin de dominio—, pero impregnadas todas de un sentido de elegancia pocas veces logrado en el toreo. Elegancia, que es el difícil arte de lograr el máximo resultado plástico con los más simples elementos.
Un momento muy característico de Ortega. El adorno de rodillas, como consagración de un dominio logrado. Este momento y este adorno se conservaron a través de sus distintas etapas. 

Así llamaré la atención sobre la armonía del juego de brazos en el ayudado. Destacaré, la gracia de esa variante del quiquiriquí, que en Domingo Ortega se convierte en una trincherilla airosa sobre la mano izquierda. 

El molinete. Pero el molinete necesita un breve punto y aparte. Tanta es la elegancia, plasticidad de ese lance reposado, dominador, armonioso, realizado en bronce.

Y continuaremos con el cambio de espaldas —pictórico de sevillanía e inspirador de mil lances modernos— para seguir con los desplantes; podremos ver también la (llamémosla así para entendernos) manoletina, y las variantes dominadoras del toreo de rodillas. Para quienes dudan del torero artista, ahí toda esa gama riquísima de momentos que deliberadamente olvidan aquellos que nos hablarán de la «sobriedad castellana» mientras piensan en las llanuras, sin eminencias, de la Mancha. Domingo Ortega es eminencia, como lo son los montes de su Toledo.
El desplante. Es el detalle final, demostrativo de que toda la faena ha sido dirigida a un fin y éste logrado. 

Por lo breve le observaremos con el acero. Como todo torero de genio —no pongo ninguna reserva en llamarle y proclamarle genial— ha dado muchos ratos buenos a sus admiradores a la hora de matar. Pero ni aún contándome entre sus parciales puedo presentarle como un clásico de la estocada; dediquémosle entre los matadores habilidosos, que han matado con decoro y a quienes los toros no les han durado —con lo que los trofeos no han sufrido merma en su cuantía en el trance final— y dejemos ya este punto del acero, donde no está su gloria, para volver a recreamos en su arte torero, que (en otro lugar lo tengo ya dicho) quizá en este mismo instante esté realizando una faena solitaria, inimaginable, soñada. Concebida y realizada sólo para él. Porque el instinto torero de Ortega no le dejará nunca mientras el torero viva.
No fue Ortega un gran matador, pero sabia hacer perfectamente la suerte. Basta mirar la posición de esas manos, una en  la garganta, la otra adelantando  la muleta para presentir el cruce fácil y perfecto.
Al llegar el momento final, el  estoque venia a refrendar la obra bien hecha, con un sentido escultórico del toreo. P ara el  mármol, para el bronce, este encuentro del torero vencedor  y el toro herido
Domingo Ortega en  Acho,  plaza en la que gozó de gran cartel  
EPÍLOGO PARA BELMONTISTAS

Tenia ya pergeñadas las líneas finales para encajar la personalidad de Domingo Ortega en la historia del toreo, cuando recibo un escrito de controversia sobre la primera entrega de este trabajo, en aquel punto en que me refiero a la corrida de Valencia, donde digo que Ortega tuvo un triunfo y una espectadora gritó: «¡El verdadero Belmonte es Ortega!» 

Rehago, pues, el final de mi trabajo para hacer la evocación de estas dos personalidades en muy pocas líneas. Se equivocan aquellos belmontístas que crean que para ensalzar la personalidad de Domingo Ortega hay necesidad de aligerar y disminuir la talla inmensa de Juan Belmonte; ni las cosas son asi, ni a mi se me podía ocurrir tamaña estupidez cuando los documentos de autoridad de la época, y estos documentos vivos que son los aficionados que le vieron torear, proclaman su genialidad revolucionaria y artística, que es una de las verdades fundamentales en toda la historia del toreo.

Pero de la misma manera que en Calahorra, creo que el año 35, quienes fueron a ver a Belmonte vieron en verdad a Alfredo Corrochano (y un tercero que quiero recordar como «El Algabeño», aunque tal vez mi memoria falle), que estuvieron tanto o más lucidos esa tarde que el trianero (solamente por fueros de juventud, aunque no llegaran a la majestad culminante del maestro, por el cual únicamente recuerdo esta corrida), igual pudo en Valencia y en otra ocasión Domingo Ortega presentarse como astro naciente frente al inevitable declive que los años imponían a Juan, lo mismo que Victoriano de la Serna, el otro alternante de aquella tarde.

¿Que el «terremoto» fue aclamado y cortó orejas? De acuerdo, y lo celebro. Pero todo ello de cara a una definitiva retirada. Por eso, al escribir que «Ortega anuló a Belmonte», no quiero decir que lo hiciese en su colosal personalidad, ni en aquella tarde siquiera, sino en el curso temporal de la historia del toreo, en que uno aparecía cuando el trianero era tan solo una supervivencia de la más alta gloria torera conocida. Tampoco por eso doy ahora — ni di entonces — a la frase de la espectadora valenciana un valor peyorativo, sino enamorado; era un grito de consuelo ante a pérdida del trianero. «¡El verdadero Belmonte es Ortega!»; es decir, «me puedo consolar de que Juan ceda al paso de los años, porque en el torero que alborea se conserva todo su saber, todo su hacer, toda su emoción, como ha demostrado esta tarde».

Por eso —amigo Fidel Perlado, testigo de la faena de Ortega en «La Guadamilla», donde le derribó una de las vacas de Guardiola, belmontista entre los belmontistas y procurador que presenta el pliego de cargos en mi contra— diré que no rectifico el juicio aquél ni aunque se aporten en este pleito credenciales firmadas por el maestro Corrochano, pues estimo que mi juicio fue dicho en elogio del trianero que aquí se idolatra.

Y con ello paso a otro punto de la acusación. Se vuelve en ella al tópico de que José y Juan marcan la Edad de Oro del Toreo y que todo lo que viene en su seguimiento no está en esa altura. Yo no puedo ni quiero discutir las dimensiones colosales de la gran pareja; comparto el entusiasmo que pueda sentir por ellas todo aquel que no las ha visto torear, pues a «Gallito» no le alcance y la única corrida que en mi vida pude ver a Belmonte fue la ya citada de Calahorra. Pero cerrar la Edad de Oro a gusto de cada admirador, unos en el año 20 y otros en el año 35, lo estimo tan abusivo como ilegítimo.

José y Juan —como los grandes poetas del Siglo de Oro— iniciaron una época, dieron a ella su norma y su estilo. Y la dejaron abierta, como un paréntesis que no se ha cerrado. Si la Edad de Oro del varias veces centenario toreo es solamente de seis o siete años, en bien poca cosa dejan, quienes esto proclaman, la grandeza del arte de torear.

Domingo Ortega, belmontino en sus iniciaciones, personalísimo luego, perfecto en sus realidades y en el poderío de su armónico toreo, supera o perfecciona muchas de las formas que solamente dejaron esbozadas o sugeridas los colosos. Por eso puede entrar —como los héroes elegidos— en ese Walhalla taurino, en ese recinto sin fronteras de espacio ni tiempo que guardan en sus puertas José y Juan como dos ídolos colosales.

Y puede entrar mirándoles de frente. Yo, al trazar este boceto, lo hice con intención de aportar el recuerdo de mis «nociones a esta historia de la Edad de Oro del Toreo, en la que estamos inmersos en este preciso momento, en este alborear del año 1964.

 

Por Antonio Abad Ojuel «Don Antonio» 

Fuente: Semanario gráfico de los toros, El Ruedo. Madrid, 02 de enero de 1964. Año XX, Nº 1019. 

Edición y transcripción : Pocho Paccini Bustos.