EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de la Ganadería los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. Corrida Concurso VIC FEZENSAC 2017. Foto : Pocho Paccini Bustos.

sábado, noviembre 13, 2021

Recordando con Julio Pérez "Vito", lo que fue la suerte de banderillas.

Julio Pérez "Vito" le comentaba a Germán Urrutia Campos,  quien fuera encerrador de la Plaza de Acho, aficionado de gran bagaje y nuestro amigo personal, que: "Salir marchoso es y será la piedra angular de la Suerte de Banderillas".   ¡¡¡¡¡¡¡Ahí queda eso¡¡¡¡¡¡¡¡          

Julio Pérez  "El Vito", asomándose al balcón
        

Alfonso Navalón
A media mañana sonó una voz en el teléfono que se hacía familiar a pesar de los veinte años que llevamos sin vernos. Estuve dejándolo hablar hasta que soltó el: «¡Mi arma! ¿Pero ya no te acuerdas de tu amigo ‘Vito’?». Y de pronto saltaron un montón de recuerdos, de los muchos días que vivimos en entrañable armonía nuestra pasión por el toreo. Los que me siguen saben de sobra la profunda admiración que siento hacia este personaje singular, al que pongo siempre como ejemplo del más completo banderillero que he conocido. En la distancia, Julio ‘El Vito’ va recogiendo las crónicas que le mandan sus amigos o las que le pasaba un pariente que maneja Internet. El hombre ya no pudo aguantarse más y me llamó para contar lo feliz que se sentía con este reconocimiento, cuando los aficionados de ahora no saben lo que significó en la historia del segundo tercio. «¡Mi arma! ¡Guardo tus crónicas de ahora con más cariño que las que me hacía Corrochano en el ‘Abc’!». 

En mi larga historia de aficionado práctico no he disfrutado con nadie haciendo tentaderos como con este andaluz que derrocha gracejo y talento en sus chispeantes charlas. Para Julio es un vicio hablar de toros. No se parece a José Tomás ni a los toreros de ahora que se quitan el traje de luces y se convierten en ciudadanos anodinos, la gente que nos conoce dirá que estuve también muchos inviernos andaluces tentando al lado de Pepe Luis Vázquez y que no voy a comparar a un genio del toreo con un simple banderillero. Ya lo sé, pero Pepe Luis es más tímido y más reservado. Pepe Luis da muchas largas cambiadas porque no quiere complicarse la vida. A Pepe Luis hay que oírle después de las doce de la noche, cuando ya tiene encima media docena de güisquis. Como aquella madrugada en El Toruño’ de los Guardiola, cuando andaba escribiendo ‘Los Toros del Sol’ y Don Salvador me reservó una sorpresa emocionante: «Usted habrá toreado cientos de vacas, pero seguramente no se habrá puesto delante de un cinqueño». Así que tragué paquete y afronté la prueba. Era un toro que no se podía lidiar porque tenía un bulto en el costado. Y allí estaba Julio ‘Vito’ con el capote pronto por si pasaba alguna ‘esaborisión’, y Pepe Luis con su discreción de siempre. Esa noche nos dieron las tantas hablando de toros. Los hijos de Pepe Luis (todavía unos niños) dormían en los divanes mientras el maestro de San Bernardo, sabiéndose entre los cabales, derrochaba sabiduría. Domingo Ortega siendo también seco en palabras, era más abierto cuando sabía que tenía auditorio digno de su sabiduría. 

Una noche después de tentar en su finca de Segovia nos quedamos de sobremesa con Antonio Bienvenida, el escultor Sebastián Miranda y Luis ‘El Estudiante’. Faltó Cañabate, que por entonces ya estaba muy malito, mientras el trepa de Zabala rezaba para que le dejara cuanto antes la tribuna de las hipocresías del ‘Abc’. Fue una de esas noches inolvidables donde el viejo filósofo de toros sentó cátedra de lo que debe ser un buen torero. El toreo por dentro. Pero lo del ‘Vito’ era distinto a todo. Conocía el toreo por dentro y desde abajo, había sido figura de los novilleros, matador a la sombra de su padrino Carlos Arruza, luego el mejor banderillero de esta época y después también maestro en el arte de escoger en el campo la corrida que mejor le iba a cada torero, a cada plaza y a cada empresario. Entre Domingo Ortega y ‘El Vito’ hay la misma diferencia que entre una conferencia de Don Miguel de Unamuno y la vida del Lazarillo de Tormes. Por mucha gloria que alcance Unamuno, las aventuras de Lázaro quedarán para siempre en el alma del pueblo. Una hora me tuvo al teléfono. Un torrente de recuerdos. Entre lo mucho que habla Julio y lo poco que me gusta estar callado, había que recuperar el tiempo perdido. 

Lo conocí un invierno a principios de los sesenta cuando yo acababa de entrar en ‘El  Ruedo’ y paramos a comer en el Parador de Bailén con Luis Miguel, Jaime Ostos y Luis Segura. Lo más curioso de aquella reunión fueron las ocurrencias de Lucía Bosé (todavía bellísima) traduciendo al idioma casero los tecnicismos de Luis Miguel. Su conclusión fue gloriosa: «O sea, que según Luis Miguel, el secreto del toreo está en la altura y la distancia que debe llevar la muleta durante la faena». Eso es lo que nos había querido explicar su marido en media hora de pontificar. De pronto, nos quedamos sorprendidos ante dos hombrones que estaban pegando carreras y saltando los setos del jardín. Eran ‘El Vito’ y Luis González que entonces iban de ‘pareja-espectáculo’ en la cuadrilla de Ostos. Iban a torear un festival en Andújar y aquella tarde Luis Miguel dijo que me fijara en un muchachote fornido de Zaragoza: «Ése acabará cuajando en un gran banderillero». Y no se equivocó. Aquel mañico era Pepito Gracia, hijo del conserje de la plaza de Zaragoza y padre de ‘El Tato’, el inesperado nuevo ‘manager’ de El Juli, que de pronto ha olvidado todo el cariño que siempre me ha tenido su familia y de la sorprendente memoria de su padre que se sabía algunas de mis crónicas y las soltaba de golpe en las muchas noches de juerga que pasamos juntos. Aquellos tentaderos No puedo reflejar en esta crónica la historia de esa hora telefónica anotando cuando íbamos a los tentaderos de Urquijo en el Cortijo de ‘Juan Gómez’. Allí se tentaba después de la feria de Sevilla cuando ya el sol achicharra. Empezábamos al amanecer y tentábamos diez vacas hasta que empezaba a calentar. Luego volvíamos a las siete hasta que se hacía de noche. Entonces probamos aquel semental ‘Dominó’, un prototipo de Murube que salió extraordinario. Se lo compró Litri en un millón de los de entonces (cuando las corridas valían sesenta mil duros) y fue un desastre de semental porque no ligó con ninguna vaca. Otro día fui a tentar a lo de Joaquín Buendía, cuando aquellos santacoloma salían rabiosos de casta y los toreros decían que tenían ojos de locos cuando los miraban. Mi sorpresa es que al empezar en la placita de la ‘Hacienda Bucare’ se presentó de improviso ‘El Vito’: «Mi arma, m’enterao de cazualidá que venías a lo de Buendía en la Venta de Antequera y m’a fartao tiempo pa’vení. No te vayas a equivocá que ezto no lo conoces, que aquí una vaca te pué rajá encuantito te encantilles...». «¡Julio!, si yo estuve ya en los de Isaías y Tulio Vázquez, en lo de Albaserrada y en los gracilianos de Arranz. Pero Julio seguía en sus trece: «Y que no te vayas a equivocar, que aquí te puede pasar de todo cuando más descuidado estés». No pasó nada. Las vacas salieron muy picantes pero manejables si se les tapaba bien la cara con la muleta. Mi amigo ‘Vito’ no respiró tranquilo hasta que no le dimos puerta a la última. Entonces comprendí el gran respeto que les tenían los toreros a los torillos terciaditos de Santa Coloma. Y por qué las figuras de ahora no han descansado hasta quitarlos de todos los carteles. Prefieren los borregos de Domecq porque ¡Dios te libre de un Santa Coloma listo! Amigo leal, Julio defendió siempre mi amistad. Cuando el taurinismo empezó a odiarme por ‘derrotista’ siempre sacaba la cara por mí. Una noche en los premios de ‘Río Grande’ en Sevilla un grupo de cronistas andaluces empezaron a despotricar contra mí. Julio pegó un puñetazo en la mesa y los cortó en seco: «A los buenos toreros le hacen falta muchos críticos como Navalón, que sabe de esto y no cuenta mentiras como todos ustedes». Y desde entonces, cuando está él delante nadie se atreve a soltar una guasa contra mi persona. Algo parecido ocurrió años después con Antonio Ordóñez, también en los premios de ‘Río Grande’ cortó en seco a los difamadores y se extrañaron que siendo enemigos de muchos años sin hablarnos, el rondeño se pusiera de mi parte: «Entre todos vosotros no le llegáis a la suela del zapato». Seguimos otro par de años sin hablarnos hasta que un día hicimos las paces en la feria de Albacete, cuando Danielico Ruiz era solo el corralero de los Choperitas. Dios te guarde Julio ’Vito’, flor de los banderilleros, rumbo y señorío de los toreros viejos, de los pocos que vivieron enamorados del traje de luces como la ilusión suprema de su vida. Y que sirva de ejemplo cómo un crítico maldito y un grandioso torero pueden ser amigos hasta la muerte.


Antonio Díaz Cañabate


Fuente: ABC (Madrid) 05 de mayo de 1962. pagina 56.

martes, noviembre 02, 2021

Cuando el picador mexicano, SIXTO VÁZQUEZ, revivió la bella Suerte de Varas.

Sixto Vázquez, picando de largo a “Canastillo

La tarde del 31 de julio de 1955, Las Ventas vivió un acontecimiento inédito: tras su actuación frente al novillo “Canastillo” de Domingo Ortega, el picador mexicano Sixto Vásquez fue invitado por el público a acompañar a su matador en la vuelta al ruedo. 

Todo había comenzado días antes de esa fecha, cuenta Octavio Lara, «con una discusión entre subalternos mexicanos y españoles, que, si en España se podían o no picar los toros de largo, pues alegaban los piqueros peninsulares que allá por el peso y el volumen del toro, éstos no se podían picar de largo. Esta polémica se expandió rápidamente en los mentideros taurinos, así, el día de la novillada y en la prueba de caballos para la pica en los patios de la plaza de Las Ventas, todo el mundo, incluyendo a la prensa, ya sabía que ese día el picador azteca picaría un toro de largo, algo que, en España, hacía mucho tiempo no se veía. Ese día al abrirse la puerta de cuadrillas e iniciarse el paseíllo, la gente del tendido recibió al picador Sixto Vásquez con frases como “manito, estás loco, acá en España no se puede picar el toro de largo”, “acá en el tendido te esperamos manito”, todo haciendo alusión a lo que intentaría hacer el picador mexicano».

Zabala, relataba así lo que sucedió en el ruedo de las Ventas: «Hacía mucho tiempo que en España no se veía en todo su esplendor la suerte de varas, es decir ejecutar la suerte tal y como mandan los cánones, de largo, sin ventajas para el hombre de la puya, toreando a caballo en cite gallardo y lleno de verdad y hermosura, con la vara en alto, invitando al toro a una reunión sin mentiras, sin engaños, con la nobleza que siempre debiera existir en la más bellas de las fiestas, la Fiesta Brava». Dicha actuación le valió al picador mexicano Sixto Vásquez torear ese año 1955 más de 40 tardes en España, viendo su nombre en los carteles al mismo tamaño que el de los matadores.  

Vimos picar, surgir la suerte de varas

En el semanario gráfico de los toros, El Ruedo, Barico, señalaba lo siguiente de tan importante acontecimiento: «Si el espada mejicano Jaime Bravo no hubiera tenido la feliz ocurrencia de presentar en Madrid al Picador, también azteca, Sixto Vázquez, la novillada que se celebró en el ruedo de las Ventas el pasado domingo no hubiera merecido comentario alguno y bien servida estaba con una escueta referencia. 

Ni novillos ni matadores habían hecho méritos para ser recordados, hasta que apareció en el albero madrileño el cuarto astado, un bicho negro entrepelao, que fué saludado por Jaime Bravo con un farol, una Verónica y media, cuando ya los técnicos que habían instalado en el tendido ocho una magnífica cámara cinematográfica habían desmontado aquel artilugio, sin  un metro de cinta útil, convencidos de que allí no tenía nada que hacer. Y fue justamente entonces cuando se vió lo que raramente, por no decir casi nunca, se ve en los ruedos españoles: picar bien a un cosumado jinete que sabe torear a caballo, vimos  a un auténtico picador hacer la suerte a la perfección.

Lo ocurrido merece que echemos las campanas a vuelo. ¿Ustedes han visto picar irreprochablemente un toro  alguna Vez? ¿ Sospechaban, después de ver tanta calamidad en el primer tercio, que puede ser artístico el hecho de picar reses bravas? Sí, amigos, sí. Ahí está Sixto Vázquez, que picó al novillo «Canastillo», de Domingo Ortega, para demostrarlo. Sixto Vázquez, que merece, como en sus tiempos de subalterno consiguió «Guerrita», que su nombre se anuncie en los carteles en letras del mismo tamaño que las empleadas para dar los nombres de los espadas. 

Arte brillante este menester de picar cuando se realiza como lo hizo Sixto Vázquez. No es cosa fácil, aunque lo parezca a los no aficionados. La primera condición precisa para picar como él es saber montar muy bien a caballo. La segunda, tener el valor suficiente para prescindir de los «monos», y la tercera, conocer a fondo todos los secretos de la profesión.  ¡Poca cosa!.

Sixto Vázquez, picando de largo a "Canastillo" de Domingo Ortega                           

El picador que pretenda parecerse a Sixto Vázquez en este arte se coloca frente al astado, y, sin ayuda de nadie, hace que el caballo avance en derechura hacia su enemigo. Si estima que el burel va a tardar en arrancarse, procura alegrarlo levantando la vara, paralela al suelo, para que el bicho le vea, y hasta empinándose repetidamente sobre los estribos para que el astado responda a lo que al parecer, es una provocación; pero si, a pesar de todo esto, el toro no se arranca, hay que procurar que lo haga toreando a caballo, en un gallardo juego de avance y retroceso que no puede ser puro capricho del jinete, sino medida justa y perfecta que lleve rápidamente a la consecución del fin propuesto: la arrancada del toro. Una vez conseguida, no es licito, o, por lo menos, no debería serlo, esperar a que la fiera meta la cabeza en el peto, para entonces, impunemente, clavar la garrocha a mansalva. Sixto Vázquez hace cosa muy distinta: clava la puya cuando el burel está en su jurisdicción, antes de que llegue a cornear el peto, y detiene, en lo posible, la acometida. Luego, sin rectificar ni taparle al bicho la salida, pone a prueba la potencia de su brazo en pugna con la fuerza bruta de su enemigo, para terminar la suerte tirando de las bridas hacia su izquierda, mientras empuja con la puya hacía su derecha al toro. Así lo hizo, por tres veces, en el novillo «Canastillo» el magnífico jinete, el gran picador Sixto Vázquez.

La suerte de varas, hundida por la mediocridad de la inmensa mayoría de quieres la practican, ha sido reivindicada por ese picador mejicano que trajo a Madrid Jaime Bravo.

Tres varas, tres ovaciones; dos saludos castoreño en mano, otra ovación —con gran parte del público en pie— al retirarse, y, una vez arrastrado el novillo, una vuelta al ruedo.

¿Quién dijo que no interesa ya la suerte de varas? Cuando es un arte, interesa, emociona y entu siasma.

Al lado de lo que hizo el picador Vázquez, el resto de lo ocurrido en la novillada del domingo o tuvo poca importancia o careció de ella en absoluto.

El simpático y valiente novillero mejicano dio una vuelta al ruedo, a pesar de la opinión en contra de parte del público, y otra acompañando al picador Sixto Vázquez. Una y una suman dos; en este caso, una y una, igual a cero. Misterios de la Fiesta.

Jaime Bravo, que no estuvo muy lucido con el capote, se dedicó con la muleta a practicar el «tancredismo». Con el estoque demostró que para matar no le hace falta muleta; para matar mal, claro. A su primer novillo le dio treinta y cuatro muletazos, unos con la derecha, otros con la izquierda; unos mirando al novillo y otros mirando a la andanada. De torear, muy poquita cosa. Fue volteado, se cayó en la cara del bicho y no hubo, por fortuna, percance que lamentar. Mató de dos pinchazos regularcejos y media en su sitio. Siguió toreando con los pies juntos al cuarto. Veinticinco muletazos. Algún que otro susto y tal cual pase efectista. Un pinchazo regular, y después de brindar la suerte al público, otra sangría leve entrando con el brazo suelto. Otro pinchazo echándose fuera y prescindiendo de la muleta, otro pinchacito. Descabella al cuarto intento, y en vista de que hay división de opiniones va en busca del picador Sixto Vázquez, y con él da la vuelta al ruedo. ¡Qué muchacho más listo!».

La vuelta al ruedo de Sixto Vázquez

Joaquín Vidal en “El Toreo es Grandeza” recordaba así al picador michocoano: «Primero había que verle cabalgar, dominando la montura con técnica de jinete consumado y evolucionando con torería. Citar después, un tanto terciado el caballo, que adelantaba exponiéndolo por los pechos. Cuando se arrancaba el toro, Sixto Vázquez se inclinaba adelante, se dejaba caer lateral, la vara en ristre, y adelantándola a la extensión natural del brazo, recibía la embestida hundiendo la puya en el morrillo. Pero, al tiempo volvía el cuello del caballo para librarlo del hachazo y con ese leve giro, más la fuerza de su brazo, empujaba al toro hacia fuera de la suerte y prácticamente lo dejaba en los vuelos del capote que el matador presentaba para el quite. Dicen que la suerte de varas no gusta al público. En efecto, no gusta la suerte que se hace mal, pero la de Sixto Vázquez – y la de algunos excelentes varilargueros que aún quedan –, sobre gustar, entusiasmaba; ponía al público de pie, y engrandecía el tercio, que adquiría una emoción y una belleza máximas. Concluida la lidia Sixto Vázquez hubo de dar la vuelta al ruedo, y dio otras vueltas al ruedo en premio a sus actuaciones, tanto en Las Ventas como en otras plazas.

Cuando se recuerda esta forma de picar y se pide que el caballo no tenga tanto peso, sea más liviano el peto y menos mortífera la puya – lo cual se ha hecho en los debates serios sobre el tercio de varas-, uno de los líderes laborales que tienen los picadores hace uso de su apocalíptica oratoria y protesta:

–¡Señores! Ni el toreo en general ni la suerte de picar en particular son una partida de ajedrez. Los puristas, que desconocen totalmente la fiesta en general y nuestro oficio en particular, pretenden que los picadores salgamos montados en un caballo de cartón, protegido con un papel de fumar y utilizando en vez de puya un mondadientes.

La oratoria del líder, con semejantes argumentos, es contundente: nadie le replica. Y así sigue la fiesta, decayendo un poco cada día, imparable hacia su propio holocausto por culpa del desafuero vil de unos cuantos desaprensivos (…) ».

Y el domingo 7 de agosto del citado 1955, en el Puerto de Santa María, después de otros tres puyazos soberbios y tras la muerte del toro, la gente obligó al Presidente a otorgarle al picador una oreja.

Cuarenta y cinco años después, merced a la gran actuación de otro picador mexicano en Las Ventas, Efrén Acosta, don Joaquín Vidal recordó así a Sixto Vázquez el 15 de octubre de 2000: «Picaba con otro estilo más hondo. Citando de frente, vara en alto, cuando el toro se arrancaba Sixto Vázquez sacaba medio cuerpo paralelo al cuello del caballo para recibirlo, y tiraba la vara al morillo en acción de detener, que es la regla la suerte. Efectivamente detenía; y con destreza de caballista consumado vaciaba la suerte por delante del caballo dejando al toro prácticamente en los vuelos del capote del espada, que entraba por la izquierda al quite». 

Semanas más tarde de su triunfo madrileño, Sixto Vázquez daría otra clamorosa vuelta al ruedo en la Maestranza de Sevilla».

Sixto Vázquez, picando magistralmente en Las Ventas


Fuentes: 

Semanario gráfico de los toros, El Ruedo. Madrid, 04 de agosto de 1955. Año XII. N° 580.

Joaquín Vidal Vizcarro.  El Toreo es Grandeza. Ediciones Turner, Segunda Edición, Setiembre de 1994. pp.78. 

Revista- Libro Tierras Taurinas. Opus N°16. Septiembre de 2012. pp 106 y 107.

domingo, octubre 31, 2021

SOBRE EL AFEITADO DE LOS TOROS: ANTONIO DÍAZ - CAÑABATE

"Replica el barbero  (...) Aquí el que quiera parné tiene que contar conmigo. ¿No creéis que me merezco yo las dos orejas y el rabo, más que el mamaracho de Fulanito, que probablemente se los va a cortar gracias a estas manitas que hacen milagros?

                                                    PANORAMA DEL TOREO HASTA 1979 

                                                        Por : Antonio Díaz - Cañabate


EL AFEITADO DE LOS TOROS
No dudo en afirmar que el hecho de haberse llegado a cortarle los pitones al toro y de que haya cundido esta mutilación fundamental en nuestra fiesta, es el acontecimiento más importante que ha saltado a los ruedos desde el siglo XVIII; es decir, desde que la fiesta de los toros inició su época clásica de mayor esplendor y emoción en la forma en que todavía la conocimos los hoy ya viejos aficionados a ella. Asimismo no dudo de que la entrada y generalización de la trampa ha herido de muerte a la fiesta, pues sus efectos resultan muy difícilmente reversibles. En todo caso, la trampa ha transformado radicalmente nuestras corridas, pues la emoción que las sustentaba iba intrínsecamente unida al peligro. Al disminuir sustancialmente el peligro, ¿ en que se transforma?
Repito lo que siempre he dicho: en los espectáculos públicos que alguna vez han atraído y aficionado  a las masas, cuando en ellos se ha introducido la trampa, o mueren o pasa a llevar una vida lánguida y mortecina. A principios de siglo, en Madrid había diecisiete frontones donde se jugaba a pelota, casi siempre llenos de gente y de entusiasmo. Porque se jugaba y claro está, también la gente se jugaba el dinero con la emoción que produce el riesgo de perder o ganar. Como en tantas otras actividades, se introdujo el tongo por diversos intereses creados, hasta llegar a verdaderos abusos con el dinero del público. Lógicamente éste se fue dando cuenta, y hoy ya en Madrid solamente queda un frontón, en el que preferentemente suelen jugar señoritas raquetistas.... Otro tanto está pasando con el boxeo y es la amenaza que pende sobre el mismo fútbol, según indican los expertos.   
Los Toros. T. V.-6.
Últimamente he estado haciendo algunas indagaciones en las hemerotecas, sin resultados demasiado precisos en temas tan turbios, y la primera vez que se habla de mutilación de pitones es en una corrida de despedida de Marcial Lalanda en Valencia, en 1942. La organiza Cristobal Becerra, torero en sus mocedades y luego apoderado, quien por cierto y por otra parte me honró personalmente con su amistad de persona excelente. la verdad es que aquella noche el bueno de Marcial duerme en la cárcel por decisión del gobernador civil, uno de aquellos de armas tomar todavía recién terminada la guerra.
Existe ya un precedente en el cortijo de Los Merinales vecino a Sevilla, en el hueco donde se corregían los pitones defectuosos de los astados que allá se encerraban: un pitón torcido, un pitón más largo que otro, un pitón excesivamente veleto. Hablamos todavía de corregir, no de cortar. Pero el paso era fácil de dar, hacia lo menos arriesgado del toreo en la nueva sensibilidad de los años cuarenta. Se intenta y se lleva a cabo con éxito, hasta constituirse en auténtica plaga de la que solamente se ven libres unos cuantos ganaderos de prestigio, que se niegan al juego.
El afeitado comienza siendo promoción y exigencia de los apoderados, que han pasado ya al primer plano en la organización de la fiesta, desde su puesto anterior simplemente subsidiario del maestro. Lógicamente quienes más influencia ejercen en él son los apoderados que mayor número de corridas contratan y que apoderan a los primeros espadas del momento. Es, entre otros, el gran momento de Camará. Entre otras razones, el riesgo de las cogidas disminuye las posibilidades de torear sin solución de continuidad. En definitiva, hay que ganar dinero. 
Cuando ya el afeitado de los toros es un hecho generalizado entre los toreros de postín - no tanto para los desvalidos-, el público lo conoce y la trampa ya ha aguado la fiesta. Son los años cincuenta y el periódico ABC de Madrid promueve una campaña meritoria por la integridad del toro de lidia y la pureza del toreo. Su inspirador es ese torero fino, muy elegante y de buen gusto, que se llama Antonio Bienvenida, portaestandarte de una larga tradición torera familiar. Su impulsor y redactor, el valiente periodista Luis de Armiñán. La campaña obtiene sus frutos de concienciación del público en favor del toro limpio. En todo caso hubiera resultado mucho más definitiva si Bienvenida afronta decididamente la corrida inaugural de la campaña de Madrid, con toros de Conde de la Corte, uno de los pocos ganaderos con prestigio que se había negado terminantemente a cortar los pitones de sus toros. Hubiera sido el amo de la torería, pero le faltó decisión.
Al comenzar 1969, las cosas no han cambiado radicalmente, ni mucho menos. En la última Feria de  San Isidro el diestro Miguelín había protagonizado el incidente más espectacular de la temporada, con su desplante poco elegante hacia el Cordobés de saltar de mero espectador a enfrentarse con el torete minusválido sobre el que Manuel Benítez se encumbra. Los hechos han vuelto a desenmascarar ante el aficionado al toro pequeño, sin casta y sin peligro. Hay que cumplir el Reglamento, porque la fiesta es una irrisión. A las puertas de una nueva temporada lo denuncio en mi artículo "Continúa el afeitado de los toros" en "Los domingos de ABC" que tuvo cierta resonancia. En 1968 la Dirección General de Seguridad había multado a veinticuatro ganaderías españolas "por manipulación fraudulenta en las defensas de las reses de lidia". Entonces yo decía que el serrucho seguía funcionando. Y, si bien las cosas se han ido subsanando un tanto, la escena que aquí reflejo sigue de actualidad. 
Al caserío de una cortijada llega un automóvil. Descienden de él tres hombres con aire de personas importantes, que penetran en una fresca estancia, donde les recibe el dueño de la finca, ganadero de reses bravas, acompañado del mayoral y de un vaquero. Media la mañana de un día de agosto. Se chancea, se bebe un vinillo helado para aplacar el calor y el ganadero propone:
- Cuando queráis. Los caballos están listos.
Y a poco los seis montan a caballo. En lo alto de un cerrillo están agrupados hasta catorce toros. Hacia ellos se dirigen los caballistas y los toros los acogen con absoluta indiferencia. Todos los caballistas contemplan a los toros con ojos de mercader que examina una mercancía. Los toros ignoran que son toros comerciales. El silencio persiste. Al fin el ganadero pregunta:
-¿Qué os parece el veintisiete?
De los tres personajes que llegaron en el automóvil uno de ellos es el apoderado de un famoso torero y otro el experto, cargo éste novísimo en la torería, especie de oráculo definidor de las posibilidades comerciales de un animal, que tiene que representar el papel de toro sin que en ningún momento asome la oreja de su fiereza. El experto responde a la pregunta del ganadero:
-No me gusta. Es largo de cuello.
La selección sigue su tiempo, porque se discuten los menores detalles. Al cabo se eligen seis.
-Los seis dijes - concluye el ganadero. Y el apoderado dice tajante:
- Hay que arreglar por lo menos a cuatro. (Débil resistencia).   
-Tú verás -arguye el apoderado-. Si no quieres, te puedes quedar con los seis dijes y los metes en un estuche...
-¿Cuándo quiere usted que hagamos la faena? - pregunta el tercer personaje importante, nada menos que el hombre que afeita los pitones. Sin él, ¿qué sería de tanto torero famoso?
Se acuerda que la faena se realice la mañana del día en que se embarque la corrida.
El barbero está dispuesto. La barbería también. ¡Tremenda barbería, potro de tortura más bien, imaginado por un verdugo refinado! Allí entra el toro engañado por un juego de puertas.
 Queda amarrado fuertemente.
He presenciado varias veces el tan dramático como impotente forcejeo del toro. Pocos espectáculos he visto tan deprimentes. Se puede objetar -y es uno de los puntos de vista esgrimidos por los enemigos de la fiesta- la crueldad que se ejerce con los toros durante su lidia. Pero ésta es muy relativa y casi nula, si la idea se lleva a cabo conforme al Reglamento. Es indudable que el torero y el toro luchan noblemente. La victoria del hombre sobre el animal se debe a la inteligencia de aquél. Precisamente en esta pugna -no tan desequilibrada como aseguran sus detractores- se encuentra la singularidad de la fiesta, y con la singularidad su belleza. La belleza de que el peligro sea vencido no por medios arteros, sino cara a cara, buscando dentro de la gallardía arrequives artísticos. En este juego del arte con el albur es donde se halla el ser y naturaleza de la fiesta de los toros.
Pero volvamos al potro del tormento. El toro no se resigna. Se estremece la barbería, pero es sólida, no la desbaratan los empellones de la furia enmaromada. Los ojos es lo único que tiene libre. La última vez que vi un afeitado me situé frente a los ojos del infeliz torturado. Estaban sanguinolentos. Terrible y patética su mirada, mezcla de ira y tristeza. De pronto los cerró. En aquel momento el barbero mutilaba con el serrucho su pitón derecho. ¿En los ojos de los toros pueden nacer lágrimas? Sin embargo, creo que aquel toro lloraba. Se oía a continuación un chirrido desagradable. Era la lima que actuaba para disimular la mutilación.
El mayoral masculla:
-¡En buena hora me iba a imponer un chisgaravis de ésos este desaguisado!
-¿Qué ibas a hacer? - replica el barbero- ¿Comértelos con patatas? Aquí el que quiera parné tiene que contar conmigo. ¿No creéis que me merezco yo las dos orejas y el rabo, más que el mamaracho de Fulanito, que probablemente se los va a cortar gracias a estas manitas que hacen milagros?
El toro torturado, el toro cercenado en lo más noble del poderío de sus astas, parece contestar con un mugido débil y desesperado, al que acompaña una sacudida violentísima de su cuerpo aprisionado, con tal ímpetu que los tablones de la barbería amenazan con convertirse en astillas.
Como la misma fiesta que este toro minusválido va a protagonizar a los pocos días, habiendo perdido por completo el sentido de la distancia en su embestidascon la sangrante hipersensibilidad de sus mejores defensas, que ya son solamente un muñón herido por acicalado que estéQuienes entienden de ganado bravo de lidia nos dicen que ya definitivamente el toro queda postrado tras esta operación. Por otro lado su peligrosidad, salvo algún accidente en cualquier caso posible, no es ya mayor que la de un cómodo viaje en automóvil.
Un toro con los pitones afeitados es menos que un boxeador con muñones por puños, o que un futbolista cojitranco.
La fiesta sigue porque en algunas corridas se siguen viendo toros de verdad y la verdad del toro mantiene la mentira del torito con apariencia de fiera. Durante los años setenta -todo hay que decirlo- se ha subsanado en buena parte la situación anterior, pero todavía continua sucediendo algo y aun algos de todo ello. Salvo honrosas excepciones que no ha dejado de haber en unas cuantas ganaderías intactas -fomentadas incluso en su casta de siempre por ganaderos con ética y por los organismos competentes, que valoran en cuanto se debe esta raza brava, única en el mundo-, el toro que se cría y salta comúnmente a los ruedos es el toro cómodo, sin dificultad, que ha ido dejando su casta lenta pero irreversiblemente por las dehesas. Manipulando de una u otra forma, para poderlo comercializar. Es el toro que lógicamente nuestros diestros prefieren, pues es muy difícil -casi imposible- retrotraerse de una situación admitida a la anterior. De lo fácil a lo difícil, del menor al mayor peligro.
Cuando en la lidia de un pobre animal fofo, lleno de grasa y carente de nervio, ante las pamemas aclamadas por un público sugestionado por los espejismos propagandísticos, me acordaba de la degradante y terrible escena de la mutilación de los cuernos, no podía menos de compararla con aquella fiesta fundamentalmente viril y gallarda, basada en un sabio peligro y en una emoción incontenible. Entonces y después no he podido menos de ser pesimista. 
Por lo visto, las trampas son inevitables y ni la autoridad ni las multas las erradican por completo. Pero lo que más nos debe sublevar es que constituyan un privilegio de unos cuantos que mandan en la fiesta. Si ésta se tiene que transformar definitivamente en un toreo más edulcorado y sin peligro, por ejemplo a la portuguesa, que caigan los privilegios como las puntas todas de los toros "preparados" . Entonces muchos toreros modestos se podrán equipara con "los mejores", en vez de sentirse solos ante el peligro de los astifinos.

Fuente: Los Toros.Tratado Técnico e Histórico. Tomo V. José Maria de Cossio. Espasa - Calpe.  Madrid, 1981. Tercera Edición. Pp 68-76.
(El resaltado y subrayado son nuestros)
Transcripción in extenso : Citlalli Pérez Flores

sábado, octubre 23, 2021

HOMENAJE A ANTOÑETE + 22 - 10 - 2011 (Crónicas de Joaquín Vidal y Alfonso Navalón)

"La afición gozó con la restauración del toreo auténtico y el público en general descubrió que torear no es correr; que el toreo requiere parar, templar y mandar cargando la suerte y, además, ligar los pases. Con la muleta planchá, por supuesto"

El toro blanco. Enrique Martín 

(I)
Lección magistral de Antoñete
JOAQUIN VIDAL, - Sevilla - 23/04/1985
 Manzanares, satisfecho, "pero no lo suficiente"
El temple / templo inseguro de la Maestranza
Plaza de Sevilla
22 de abril. Cuarta corrida de feria. Cuatro toros de Carlos Núñez; primero y sexto de Belén Ordóñez. En general bien presentados, mansos y broncos. Antoñete. Media atravesada (palmas). Pinchazo, estocada corta y descabello (oreja). Curro Romero. Golletazo (bronca). Media atravesada (pitos). Rafael de Paula. Dos pinchazos y media estocada baja (silencio). Bajonazo descarado (gran ovación).
La Maestranza fue ayer cátedra para recibir una lección magistral de toreo puro. El catedrático,Antoñete. Mientras el torero de Madrid dictaba pausadamente los capítulos fundamentales de la tauromaquia, frente a aquel cuarto toro reservón que parecía inútil para el toreo de arte, la puerta del Príncipe se entreabría, una y otra vez se entreabría, e incluso estuvo de par en par, porque por allí tenía que salir a hombros el maestro, no podía ser de otra manera. Un pinchazo, sólo un pinchazo, cerró el portalón y fue también poquito a poco, con un lejano chirrido de pena.
Pocos toreros habrán tenido abierta la puerta del Príncipe con tanto derecho. El toro, ya se ha apuntado, era reservón, como toda la corrida; costó muchísimo llevarlo al caballo, esperaba en banderillas, buscaba tablas en la muleta. Mejoró porque lo lidia ron muy bien. No Antoñete, que no está para sudar la brega, sino un peón de la cuadrilla, Martín Recio que en cada intervención levantaba oleadas de ovaciones y, al término del primer tercio, el público, puesto en pie, pidió que saludara montera en mano. Y eso que en la brega Martín Recio no se pone bonito, sino feo, encorvado, se da un aire con Cuasimodo. Pero la eficacia de su capote, siempre abajo y templando la embestida, es de un valor que todo el mundo reconoce y hasta entusiasma, como ayer en la Maestranza. No saludó montera en mano y quien lo hizo fue, minutos más tarde, su compañero Bonichón. La Maestranza también era cátedra de banderilleros. Bonichón alborotó el tendido con dos pares de banderillas asombrosos; que de asombro era verle llegar a la cara del toro cobardón, despacito, relajado, bajos los palos, pisándole a la fiera los terrenos, y cuando ésta metía la cabezada, reuniendo entre los pitones y prendiendo el par en todo lo alto.
Sabor de lo auténtico
Y después, la lección magistral. También hubo de consentir Antoñete para encelar al toro tardo y reservón. Empezó con las dobladas, siguió con los redondos, ligaba con el pase de pecho. Todo tenía el sabor de lo auténtico y el ambiente era el de las grandes solemnidades. Pero todo quedó en pálido apunte cuando se echó la muleta a la izquierda y desgranó el joyel de los naturales, en tres tandas perfectas de ligazón y temple, abrocha das con el de pecho y con el ayudado. Abierta estaba para entonces la puerta del Príncipe, pañuelos flameaban en los tendidos y sólo faltaba el volapié para completar el monumento al arte de torear. No fue posible. Pero la lección magistral había empezado ya a enriquecer la añeja historia de la Maestranza. El primer toro había sido demasiado enterizo para las facultades de Antoñete, que lo pasa portó con brevedad. Curro ensayó la verónica, esta vez sin fortuna; tuvo el peor lote, y a un toro lo macheteó sin miramientos, mientras en el otro se dobló, porfió unos redondos, y en atención a la catadura del animal, lo macheteó también. Paula, con sus mantazos, era en el tercero la imagen del pánico.
En el sexto, Paula consiguió momentos sublimes junto a otros desastrosos. Es un torero irrepetible, en lo bueno y en lo malo; capaz de iluminar la borrascosa tarde con el trincherazo y el redondo de cartel, y de hacerla aún más lúgubre con sus trapaceos y sobresaltos. Tan vano intento sería pretender cambiarlo como convertir la noche en día.
Rafael de Paula es así, torpe, espantadizo y genial. A ese sexto toro le había instrumentado dos excelentes verónicas y media, nuncias de las esencias a cuentagotas que habrían de venir. Antoñete dio otras dos y media de altos vuelos. No mejores: distintas.
Antoñete proclamaba con esas verónicas su magister dixit. No volverá a la Maestranza, pero el recuerdo de su toreo va a permanecer vivo por siempre jamás.    
 
 (II)
                                              El toreo, un clamor

JOAQUÍN VIDAL - Madrid - 08/06/1985
Plaza de Las Ventas. 7 de junio. 25º corrida de feria. Tres toros de Santiago Martín y tres de Juan Andrés Garzón, desiguales de presencia, mansos, que dieron juego; sexto, condenado a banderillas negras.
Antoñete: media perpendicular (oreja con protestas); pinchazo y estocada (dos orejas y dos clamorosas vueltas al ruedo con aclamaciones de "¡torero!"). Curro Romero: estocada perpendicular, otra perdiendo la muleta y descabello (silencio); estocada delantera (oreja y clamorosa vuelta al ruedo). Curro Durán: estocada trasera caída (división cuando -saluda); pinchazo y estocada tendida (aplausos). Antoñete salió a hombros por la puerta grande.
Citaba Antoñete a la distancia, dejándose ver -iyú!, como le grita al toro-; el toro acudía alegre y cuando iba a entrar en jurisdicción, el maestro le cargaba la suerte, le embebía en el engaño y la plaza toda acompañaba la solemnidad del muletazo con un rugido sideral. Citaba Curro Romero a la distancia, más breve, esperaba relajado la embestida, fundía al toro en los vuelos escarlata con suavidad de seda, remataba convirtiendo en magia la quintaesencia de la naturalidad, y la plaza toda acompañaba las luminarias del arte con un rugido sideral. Allí, en Las Ventas, en una de las tardes más emotivas que se recuerdan, se estaba produciendo, sencillamente, el prodigio del toreo, y ese prodigio levantaba un clamor, un eco vibrante y sostenido que estremecía todos los rincones del coso.
Las faenas de Antoñete eran de una autenticidad irreprochable. Las faenas de Antoñete, dos lecciones magistrales de la mejor tauromaquia, tenían sobre todo una carga de torería que aromatizaba, no ya las suertes, sino cada uno de sus movimientos. La soledad trágica que viven el toro y el torero, frente a frente en el centro del ruedo, curvos horizontes difusos a su alrededor, emanaba ayer una emotividad máxima. Crecido el maestro en su arte, transfigurado, a ritmo procesional, iba creando una obra hermosísima que se remontaba a sí misma en cada pasaje. El entramado de la faena era el toreo fundamental, por naturales principalmente, luego por redondos, y la ligazón de los pases de pecho instrumentados con hondura.
Ciertamente en el transcurso de la obra había imperfecciones. El temple no se produjo con la necesaria continuidad y los enganchones de muleta pusieron motitas apenas perceptibles en el color encendido de cada suerte. Pero no eran el calibrador mecánico ni el espía electrónico miradores que pudieran tener acomodo en aquellas faenas para la historia. Únicamente lo tenían el sentimiento, la identificación colectiva con un rito insólito que sólo se produce cuando emana de un torero cabal. La primera faena de Antoñete fue importante y con la monumentalidad de la segunda el público entró en delirio. A ese segundo toro lo había lidiado Martín Recio con la técnica impecable que acostumbra, siempre por delante, abajo el capote, que es el artificio idóneo para que el toro mejore la embestida. Montoliú lo banderilleó llegando a la cara pausadamente, reuniendo y prendiendo en lo alto. Ambos tuvieron que saludar montera en mano, y el maestro los sacó a los medios al terminar sus clamorosas vueltas al ruedo. Cuando Antoñete, en su segunda faena, dibujaba el natural en el centro geométrico del ruedo, y volvía a alejarse del toro para reiniciar la creación del muletazo, la multitud prorrumpía en gritos de .¡torero!", flameaba pañuelos, ¡la locura! En medio de esa locura daría los mejores redondos de toda su actuación. Ganó a ley las dos orejas y en las vueltas al ruedo el público se rompía las manos y las gargantas de aplaudir y aclamar, lanzaba al ruedo todo cuanto tenía a mano para homenajear al maestro.
Después llegó Curro. Nadie podía hablar ahora de maestría, ni de nada podía hablar, porque lo de Curro trascendía cualquier pauta. La pulcritud, la suavidad, la caricia para embrujar al toro en aquellos redondos prodigiosos, que hicieron saltar al público de sus asientos; eso creó Curro en el crisol de su inspiración. Probó el natural, por donde el toro le cabeceaba, y volvió al toreo en redondo, aún más inspirado, aún más subyugadora su estética. A nadie importaban cánones, aunque había cánones, de pura escuela rondeña, ejecutados con la más escrupulosa exquisitez. Porque aquello era la conmoción del arte, la síntesis de la naturalidad. A brincos; sí, a brincos, siguió el gentío aquella faena memorable, y rompía en palmas por sevillanas, arrojaba puñados de romero alruedo, creía que era el fin del mundo.
Si el toreo es ciencia, ahí estuvo ayer Antoñete. Si el toreo es poesía, ahí estuvo, ayer Curro Romero.
La casta del primer toro había sido excesiva para las conformidades de Curro. El tercer espada, Curro Durán, tuvo una actuación valerosa, principalmente en su último toro, un manso sin fijeza, condenado a banderillas negras. Pero esos aconteceres no pasaron de ser anécdotas de la corrida, como tantas en la feria. Lo otro fue un clamor, el toreo, la gloria.
(III)
LAS VENTAS/ DESPEDIDA DE ANTOÑETE
La emotividad pudo más que la maestría
 Madrid - 01/10/1985
JOAQUÍN VIDAL
Antoñete tuvo una triste despedida. El torero estaba presto pero el hombre fue débil. La emoción pudo más que la maestría, y deambulaba por los tercios, incapaz de integrarse en la lidia. No pudo con los toros difíciles ni con los fáciles. Cuando tenía a su merced -y el público empujándole para que triunfara-, la nobleza del último toro de su vida, tampoco pudo sacarle partido porque la mano de templar había perdido el ritmo.
30 de septiembre. Última corrida de la feria de otoño. Despedida de Antoñete. Toros 1º (sobrero), 3º y 6º, de Jiménez Alarcón; 2º y 5º, de Belén Ordóñez; 4º, sobrero de Marcos Núñez. En general cojitrancos y deslucidos. Antoñete: Media baja, rueda de peones y descabello (silencio); media estocada tendida (pitos); dos pinchazos, media trasera tendida, rueda de peones y descabello (vuelta). Curro Vázquez: media atravesadísima y estocada trasera tendida (silencio); pinchazo y estocada perdiendo la muleta (aplausos y saludos); pinchazo, estocada que asoma y dos descabellos (silencio). Antoñete salió a hombros por la puerta grande.
La faena cumbre que se esperaba no llegó, ni podía llegar, con aquél hombre hecho un manojo de nervios, primero abrumado por la responsabilidad de la expectación sin precedentes, luego aplastado por el fracaso que se le venía encima, toro a toro, imparable. Y si no se produjo fue porque la sensibilidad del público tenía más fuerza que la propia realidad de la corrida. La afición en pleno estaba resuelta a proclamar su antoñetismo indestructible y rendir homenaje al titular de la causa por las memorables temporadas que ha ofrecido, las más hermosas del toreo contemporáneo.
La salida a hombros por la puerta grande, a despecho de reglamentos, que en esta ocasión no tenían sentido, constituyó el justo premio a una vida de torería irrenunciable, la consagración final de un torero noble y cabal que lo ha ofrecido todo en aras de la fiesta. Pues una despedida del toreo no es el examen final y definitivo de una oposición a cátedra -que esa ya estaba hecha, muchos años atrás- sino la ocasión solemne de que público y torero compendien y magnifiquen la mutua identificación que se consolido entre ambos a lo largo de tantos años.
Por eso es irrelevante que el diestro no lograra cuajar la faena cumbre que todos soñábamos; pues lo que de él se esperaba sólo era una muestra, hasta donde fuera posible, de la torería que define su personalidad artística. Y aquí es donde fracasó ayer Antoñete.
El maestro, según hizo en definitiva, podía abreviar con su incierto primer toro; no atreverse a ligarle pases al segundo, cuya arboladura imponía y tenía el peligro que conlleva la casta agresiva; destemplar la boyante embestida del quinto, pues a aquellas alturas el abatimiento le había hecho presa. Si no lo veía claro, era comprensible, ese día, que tomara precauciones.
Pero Antoñete ha sido elevado a maestro indiscutible y no podía ayer contradecir esta categoría, la más alta que concede la fiesta, aliñando desordenadamente, ni inhibirse de la lidia, ni permanecer en el callejón mientras su compañero Curro Vázquez se medía con el toro. Un maestro no puede consentir jamás, menos aún en su despedida, que los peones pongan los toros en suerte y hagan los quites, mientras él permanece alejado e indiferente; que un subalterno se gane la ovación de la tarde. por una brega que corresponde al matador. Martín Recio llegó a ser aclamado, y hubo de saludar montera en mano, por unos capotazos eficacísimos. Estuvieron bien, sí, pero eso, a una mano.
Dirigir la lidia
Un maestro debe dirigir la lidia, impedir a toda costa que degenere en capea, como sucedió; corregir los defectos de los peones y evitar sus excesos. Un maestro cuyo peón de confianza le suple capoteando a dos manos, ha de ordenarle ¡Tápese usted!, echarse adelante y mejorar los lances. Diferente es que el subalterno no deba lucirse. Debe lucirse, siempre que no saque los pies del tiesto. Montoliú, por ejemplo, ganó a ley las, ovaciones que premiaron sus templados pares de banderillas.
Curro Vázquez estuvo a pescar lo que cayera en la turbulencia del desconcierto. Lo hizo en un suave quite por verónicas. Sus toros eran deslucidos y los muleteó con mediocridad. Pero Curro no era el protagonista de la corrida, y prácticamente pasó inadvertido. El protagonista de la corrida, en quien convergía la atención y la pasión de una multitud. enfervorizada, deambulaba confundido a merced de las contrariedades que le atropellaban sin piedad, y hasta dio una vuelta al ruedo que el público pedía pero que su dignidad de máxima figura del toreo no debió consentir, porque su faena -la última-, no valía el premio.
La salida a hombros, esa sí estaba cantada; la ejemplar ejecutoria merecía el homenaje, y cuando atravesaba aquel umbral de la gloria torera, un golpe de emoción sacudió la plaza. Antoñete no volverá a estar en Las Ventas, vestido de luces; qué pena. La gente se iba desconsolada, rebuscando explicaciones maniqueas a lo sucedido: el empresario, que trajo un saldo de toros; el absurdo presidente, que no rechazó los protestados... Y mucho de eso pasó; pero ojalá sólo hubiera sido eso.
(IV)
LAS VENTAS
La penúltima lección
JOAQUIN VIDAL - Madrid - 04/07/1988
Al maestro le salió su toro y dictó la penúltima lección. El maestro el, Antoñete. La tauromaquia está viviendo la época de los maestros ciruela, aquí todo el mundo es maestro, la mitad de todo el mundo maestro y artista excelso a la vez, y hay a quien le dicen maestro de maestros, simplemente porque cierta tarde de soI y moscas y otra de nubes y mosquitos acertó a ligar los pases. Se trata, naturalmente, de maestros ciruela, pero con tanto maestro y tanto artista excelso como dicen hay, maestría y arte son conceptos devaluados; dices maestro y se sobreentiende un pegapases, dices artista y se sobreentiende un posturitas. Antoñete no es maestro ciruela: sabe; lo que pasa es que no se explica. A Antoñete le salieron en la feria de san Isidro toros para explicarse y nada, como si estuviera afónico. No eran su toro, es obvio. Tampoco lo era el primero que le salió ayer, quizá porque siendo noble le embestía fuerte, y ese es problema insoluble para quien doblado con creces el cabo de las tormentas, que es la cincuentena, se viste de luces. Ahora bien, en cuanto su toro puso la pezuña en el redondel, recuperó la dicción y pronunció un hermoso discurso, tan rico en ciencia, esencia, matices y figuras retóricas, que Castelar, a su lado, era tartamudo.
Torrestrella / Antoñete, Romero, Manili
Toros de Torrestrella, con trapío, cornalones astifinos, encastados; 4º muy noble, 6º peligroso. Antoñete: pinchazo, estocada corta delantera atravesada y cuatro descabellos (bronca); estocada muy trasera y dos descabellos (oreja). Curro Romero: media atravesada, tres pinchazos, rueda de peones y estocada corta delantera caída (bronca); estocada corta delantera baja (división). Manili: estocada contraria a un tiempo (oreja); tres pinchazos (ovación y saludos); sufrió un puntazo en un muslo, de pronóstico reservado. Plaza de Las Ventas, 3 de julio.
Empezó Antoñete con las verónicas, para lo cual fijó previamente al toro corretón y suelto mediante la técnica pura de echar el capote abajo arqueando la pierna. Cuando Antoñete arquea la pierna empieza a surgir el toreo en su más estricta autenticidad, según pudo comprobarse en las torerísima verónicas aquellas y en la exquisitez de la media, con el toro rendido al vuelo circular sobre el eje de la suerte cargada y olé.
El augurio de lo que habría de venir estuvo de nuevo en la pierna arqueada, para los ayudados por bajo, que sometieron al encastado toro y salió de ellos encelado para siempre jamás. De ahí en adelante Antoñete instrumentó tandas de naturales y de redondos, abrochados con los de pecho, los trincherazos o los cambios de mano, mejorando progresivamente la calidad de las suertes, pero, sobre todo, construyendo la faena. Ahí estuvo el maestro. No se trataba de dar naturales porque el toro era noble por el pitón izquierdo, o derechazos, porque lo era por el otro lado, y los de pecho para marcar una pausa y que la gente aplauda; se trataba de encadenar las suertes en un todo armónico cuya síntesis es el dominio absoluto sobre el toro, fundamento máximo del arte de torear.
Al doblar el toro, Antoñete hacía señas a los espectadores de las localidades bajas, y algunos las interpretaron como que ese era el último toro de su vida profesional. Otros prefirieron entender que: invitaba a unas copas. Mientras Antoñete pueda dictar lecciones magistrales y arquear la pierna sin herniarse, su sitio está en los ruedos.
Curro Romero vio la calidad del cuarto toro, salió a los medios a hacerle un quite por verónicas y de paso le dio una pista al maestro. Un buen detalle que mereció mejor recompensa. Por ejemplo, que también le saliera su toro, pero artista y público se quedaron con las ganas. El segundo no era su toro, pues embestía con excesiva codicia, y lo macheteó. El quinto tampoco pues estaba aplomado, y a fe que Curro Romero se cruzó un montón de veces con él, porfiándolo aunque asimismo es cierto que cuando, de tarde en tarde, el toro acudía al cite, pretendía embarcarlo con el pico de la muleta, y ese no es plan.
Pico mucho empleó ayer Manili y los aficionados, que le obligaron a saludar después del paseíllo, en recuerdo de recientes gestas, se lo advirtieron en el transcurso de su primera faena La cátedra es la cátedra. El pico era absolutamente innecesario, dada la nobleza del toro y la honradez del diestro, que toreaba con temple y ligazón, y aquel recurso feo debía ser secuela de su época de legionario, aún no olvidada. Y mejor si no la olvida, mientras le salgan toros como el sexto, que tenía peligro, y se rajó temerariamente con él hasta sufrir una tremenda voltereta.
Al final, Antoñete, que no se cortó la coleta ni nada, como había parecido indicar por señas. Sí, sería que invitaba a unas copas, según entendieron otros, para celebrar su penúltima lección magistral, que allí quedó, para enseñanza de los muchos maestros ciruela que hay por ahí.

(V)
FESTIVAL EN LAS VENTAS
La muleta 'pIanchá'
JOAQUÍN VIDAL - Madrid - 30/10/1995
Le pidieron a Antoñete que pusiese la muleta planchá, para que se viera. No es que Antoñete la fuese a poner arrugá sino que su forma de torear, al ortodoxo estilo -que demanda muleta planchá, ofrecer el medio pecho, cargar la suerte-  es lo que esperaba del veterano maestro la afición. "¡Ponga la muleta planchá, maestro!", se oyó gritar en el tendido. Y fue el maestro y la puso como para perpetuarla en bronce. La presentó Antoñete tan frontera al toro, tan geométricamente perpendicular a su lomo y su línea de flotación, que no cabía más. Cuando la afición se refiere a la muleta planchá quiere decir que no esté oblicua; quiere decir que no adelante el pico al pitón contrario para aliviar la embestida.
Novillos despuntados para festival: 1º, bravo y 4º, bravucón, de Joaquín Núñez; 2º,de Zalduendo, bravo; 3º de Palomo Linares, encastado; 5º de Alcurrucén, inválido y pastueño, y 6º de José Luis Marca, inválido, noble. Antoñete: media trasera perdiendo la muleta y dos descabellos (oreja). Rafael de Paula: estocada corta trasera y rueda de peones (aplausos y saludos). Palomo Linares: estocada trasera y descabello (ovación y salida al tercio). Curro Vázquez: pinchazo y estocada (oreja). Manzanares: media y rueda de peones (oreja). Ortega Cano: media caída, rueda de peones y descabello (oreja). Plaza de Las Ventas, 29 de octubre. Festival homenaje al banderillero Bojilla. Más de tres cuartos de entrada.
La muleta planchá era un símbolo y mostrado de avanzadilla en todo su esplendor; vino luego la verdad de la vida, la realidad del toreo, y ese lo interpretó Antoñete en su cabal grandeza. Toreo sobre la mano diestra, que por la siniestra el toro iba peor. Toreo de mando, temple y ligazón. Toreo ajustado en los pases y en los tiempos. El toreo tal cual es: tres redondos y el de pecho, y no hace falta añadir ninguna sesión a destajo. El de pecho de remate, o el cambio de mano, o la trincherilla, que también esperaba anhelante la afición.
Una trincherilla instrumentó Antoñete y la plaza se iba a venir abajo. La trincherilla constituía el símbolo número dos de la torería en estado puro. Resuelta en triunfo la actuación magistral de Antoñete, la afición aguardaba la trincherilla de Curro Vázquez, que es otro artífice paradigmático de esta bella suerte. Y el diestro correspondió con creces. Muy bien en los redondos, la trincherilla la bordó. Digamos que fue trincherazo; es decir, la trinchera clásica, corregida, aumentada y magnificada.
Venía la tarde triunfal, el público ovacionaba la comparecencia de cada, torero y le obligaba a saludar. Roto el paseíllo, saludó el homenajeado, Enrique Bernedo Bojilla, un banderillero retirado tremendamente popular. Lo hizo desde el tercio, con sobriedad y torería, sombrero en mano. Varios diestros le brindaron sus toros y se reprodujeron entonces las ovaciones. Al público no se le agotan las ganas de aplaudir y ahora que ha terminado la temporada, seguramente dará rienda suelta a su pasión aplaudiendo al amor de la mesa de la camilla lo que sea menester; por ejemplo, al televisor; por ejemplo, a la empleada de hogar, si quita el polvo.
…….
Ligar... La afición gozó con la restauración del toreo auténtico y el público en general descubrió que torear no es correr; que el toreo requiere parar, templar y mandar cargando la suerte y, además, ligar los pases. Con la muleta planchá, por supuesto. Y volcó en una ovación estruendosa su reconocimiento, al despedir al homenajeado y las cuadrillas, el maestro Antoñete al frente.
(VI)
ANTOÑETE EN LAS VENTAS
¡Torero!
JOAQUÍN VIDAL - Madrid - 25/06/1998
Volvió Antoñete igual que se fue: hecho un torero. Así se presentan en Madrid los toreros buenos. Venía a homenajear a la afición o quizá era al revés. Daba igual: había allí una comunión de conceptos y de sensibilidades sobre el toreo, su liturgia y su fundamento. Y Antoñete los ofició con la hondura y la sencillez que demanda el arte. Desde que hizo el paseíllo hasta que lo sacaron por la puerta grande cuanto hizo iba desbordante de torería. Torería en la seriedad del gesto, en las formas, en el mando en plaza. Nada para la galería; todo para el rito del toreo. Saltó a la arena el primer torillo y ya se había hecho presente el maestro Antoñete, ya echaba el capote abajo cargando la suerte, ya dominaba en la verónica ganando terreno, ya ceñía la media de su marca.
Dos toros de Las Ramblas, terciados, brochos de escaso pitón, 1º fuerte y 2º inválido, nobles. Antoñete, único espada: pinchazo y estocada corta (dos orejas); media atravesada y tres descabellos (oreja); salió a hombros por la puerta grande. Plaza de Las Ventas, 24 de junio. Homenaje del torero con motivo de su 66º cumpleaños. Cerca del lleno.
Y llegó el turno de muleta, que constituyó un completo curso de tauromaquia. Encelado el toro mediante el castigo de los ayudados, el maestro ya se echaba la muleta a la izquierda para ligar dos extraordinarias tandas de naturales abrochadas con el de pecho. Siguieron redondos, hubo trincheras, cambios de mano, la majeza para el desplante y para irse de la cara del toro con gallardía. Pinchó mal y luego la media estocada caló en la yema. Le dieron las dos orejas.
¿Y qué falta le hacían a Antoñete las dos orejas? ¿Qué a una afición harta de pegapases rutinarios y de públicos triunfalistas, ávida de reencontrarse con un torero cabal capaz de ejecutar el auténtico arte de torear? Antoñete le daría satisfacción plena durante la lidia del segundo toro. Primero al dibujar las medias verónicas; después con la emotividad de un faenón digno de sus mejores fastos. Empezó citando a enorme distancia. Recibió sereno la galopada y mediante el simple apunte del ayudado dejó colocado al toro para cuanto había de venir, que era una nueva lección de toreo puro.
La desplegó en el mismo terreno, sin necesidad de correr a cada pase según ahora es norma; parando, templando y mandando, tal cual dictan los cánones. Empezó con una serie de redondos. La muleta en la izquierda de nuevo, instrumentó dos tandas de naturales que pusieron al público en pie. Dos tandas de naturales que fueron lo nunca visto, el no va más. Lo nunca visto en la feria, se quiere significar; lo que difícilmente podrían igualar los actuales reyezuelos del escalafón.
Hubo, entre muletazos, dos coladas que el maestro eludió sin crisparse y no alteraron el ritmo del faenón, que ejecutaba entregado y ceñido. Al echarse el toro por delante en el pase de pecho largo, de cabeza a rabo, ya no cabía mayor emoción: la plaza era un clamor, el torero había de tomarse un respiro para liberar la emotividad de aquellos momentos mágicos.
No quería salir a hombros. A voces, casi a empujones también, pedía que lo dejaran solo. Tuvieron que auparlo a la fuerza. Y de esta manera sacaron al maestro Antoñete por la puerta grande mientras atronaban en el graderío los gritos de "¡torero, torero!".

¨Adiós a un torero de cristal, con su marcha se han cerrado las páginas de una torería inolvidable¨
ALFONSO NAVALÓN GRANDE
Antonio Chenel, genio bohemio del toreo, se ha ido de una forma patética, con un cigarro entre los dedos y arrastrando dolorosamente una decadencia física que no podía sobreponerse a su exquisito sentido del toreo. Ha sido el último artista que me ha emocionado en la plaza, y luego Curro Vázquez, hasta caer en el desierto de funcionarios y mecánicos del traje de luces. Antonio, golfo donde los haya y al mismo tiempo ingenuo como un niño, me ha brindado momentos irrepetibles. Hemos sido dos biografías disparatadas y sin provecho, mientras se hacían millonarios los chupones mediocres que nos rodeaban. Hemos toreado juntos un montón de festivales y tentaderos, y nos ha llegado el amanecer entre el humo y las copas. Y lo he visto gozar y luego llorar una noche en mi casa cuando se marchaba a América sin saber lo que iba a liquidarse esa temporada el dictador Chopera, después de salvarle su gran negocio de Las Ventas. Mientras Curro se 'ponía' millonario haciendo el paseo y poco más en La Maestranza. Antonio, al final de su vida cayó en manos de un proxeneta que lo embarcó en la crueldad de vestirlo de luces cuando ya no tenía ni salud. Antes lo estrelló Chopera en aquella despedida despiadada con seis moruchos destemplados. Luego ese falso cronista explotador paseó la ruina de su gloria para exprimir el respeto a su recuerdo con una ignorancia temeraria de lo que es ponerse delante de un toro. Todos sabíamos que cualquier tarde se le podía parar el corazón en esa locura senil de arañar unas pesetillas muy amargas. Nos dolía verlo hundido en ese disparate sin gozar de una mujer que lo adora y de un hijo-nieto que es el mayor tesoro de su vida. Y así, su gloria de artista acabó burdamente en el balón de oxígeno de una ambulancia cuando ya no tenía ni resuello para sostener la muleta. Mientras su explotador decía en los micrófonos que Antonio era el ser que más adoraba. Y todos sabíamos que estaba haciendo de sanguijuela y de puntillero. Se nos ha ido un torero de cristal y con él se han cerrado las páginas de una torería inolvidable.