EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de la Ganadería los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. VIC FEZENSAC 2017. Foto : Pocho Paccini Bustos.

jueves, mayo 03, 2012

LA EMOCIÒN EN EL TOREO

El riesgo como pilar de la tauromaquia 
El riesgo es fundamental en la fiesta de los toros. Una de las cualidades que distingue al diestro, al torero, es el valor: valor necesario para enfrentarse al riesgo, valor sereno, sin temeridad inconsciente, valor asentado sobre el conocimiento de las reses, de los terrenos, de la técnica de torear e insuflado de ese hálito divino que le hace sobreponerse a la fiera. 
Esa especial cualidad, cantada entre otras muchas, le distingue del público aficionado en muchos casos, quizá en la mayor parte de ellos; en otras será su maestría, su técnica o conocimiento, su especial estética, su mentalización. Y es que el toro es, debe ser, una fiera, cuyo impulso e instinto le hagan acometer al diestro, al caballo, al objeto que le irrita y que se le antepone en el rueGdo, en el coso o en la calle. 
En parte, a esa importante característica la llamaremos casta. Sobre la casta se edifica la fiesta, sin ella podremos contar con toros -porque su carga o potencial genético así los definirá-, pero no serán toros de lidia, toros bravos, “toros de casta” en definitiva. Habremos de abundar en esa principalísima cualidad del toro, que lo distingue y diferencia de otras razas bovinas, en estos editoriales. 
Pero, por hoy, adentrémonos en lo que supone la existencia y manifestación de esa casta, entre otras notables cualidades del toro de lidia: el riesgo. Riesgo para el que ha de enfrentarse a esa casta, al toro en su máxima plenitud: al toro con trapío, defensas íntegras, sin manipulaciones físicas ni químicas que mermen sus fuerzas o acometividad, con su plenitud de desarrollo anatómico y fisiológico, con su edad precisa. 
El toro, con todas ellas, es un animal capaz de generar esa situación de riesgo, capaz de infringir una cornada. La sombra de la muerte planea sobre el espectáculo, aunque sea felizmente alejada por el diestro, mediante su técnica y conocimiento, poniendo en juego sus recursos y habilidades, su serenidad de ánimo, su valor, capaz de sobreponerse a aquella sombra fatal. Pero, y ya que juega con superiores y poderosas armas, basadas en su inteligencia y conocimiento, no puede, ni podría nadie, menoscabar ese riesgo. 
Cualquier artimaña que ponga en juego, cualquier manipulación fraudulenta sobre el toro, menoscabará ese riesgo imprescindible para que consideremos a la fiesta como el más grandioso de los espectáculos públicos. Sin su esencia, sin la existencia de ese imprescindible riesgo, no sólo daremos armas a los abolicionistas, a sus más acerbos detractores, sino que también podemos llegar a convertir la fiesta en una tortura sin sentido a un pobre animal indefenso. 
No es eso la fiesta; no lo es, precisamente, porque existe ese riesgo del que nace la emoción que subyuga, porque hay, aunque sea remota por la habilidad y el valor del torero, una posibilidad de que aparezca la negra parca. Nada en tal sentido deseamos a ninguno de los que se visten de luces, aunque les exijamos que no minimicen ni adulteren ese peligro, ese riesgo que debe ser real y no hipotético. Sobre tal base todo lo que realice el diestro tendrá valor, bueno o malo, artístico o carente de gracia, acorde a los cánones o fruto de la casualidad o de su temeridad ciega, porque, en resumidas cuentas, será VERDAD. 
Si, por el contrario, el torero aprovecha su conocimiento o su técnica, amparadas por el recurso del valor, para burlar ese riesgo, para disminuirlo, estará obrando en contra de la propia esencia del festejo, y aproximándose a esa tortura tan cacareada por los anti-taurinos. Su actitud, como la de tantos otros que pululan sin deber hacerlo –como incómodos y peligrosos mosquitos transmisores de las peores enfermedades del festejo-, en torno al principal protagonista del festejo: el toro, debe basarse en la aceptación del riesgo, y su superación mediante esas cualidades necesarias e imprescindibles que sólo en ellos se dan. 
El torero que, contraviniendo este sagrado principio, se acoge a mil resabios escolásticos, a técnicas que disminuyan ese hipotético riesgo asentado sobre el peligro cierto, está obrando contra el propio espectáculo. El toreo debe estar impregnado de verdad, de autenticidad. No sólo es el toro el que debe estar en plenitud, también el espada, el lidiador, debe, en su labor, torear de verdad. Y no lo hace quien se aleja de aquél, quien lo menoscaba merced a triquiñuelas que, aunque engañen al espectador poco avezado, son notorias para otros muchos aficionados. El toreo desde fuera de lo que puede ser la recta embestida de la res; el distanciamiento de los pitones por abusar del pico con toros francos, nobles y sencillos –recurso, sin embargo, permitido y aconsejado en los toros que se ciñen y recortan, o en los que cabecean con peligro-, aunque luego el diestro se pegue -cual lapa- a las costillas o cuartos traseros del animal, o llegue a empapar su terno con la cálida y vital sangre del toro; el toreo perfilero, sin cargar jamás la suerte; el pasarse el toro lejos, permitiendo que entre el diestro y la res quepa toda la banda municipal; el toreo en paralelo, rematando hacia las afueras el recorrido de un toro al que no se fuerza en su trayectoria en ningún momento –recuérdese que según Domingo Ortega “torear es hacer que el toro vaya por donde no quiere ir”-; el dichoso paso atrás, recurso tan empleado hoy para prolongar el muletazo, iniciado tantas veces en la pierna atrasada, pero que supone no sólo no ganar terreno al toro, sino perderlo, retroceder, a la par que nos aleja de la cabeza de aquél; la pérdida constante de un paso entre muletazo y muletazo, sin ganar terreno hacia los medios frente a un toro bravo, sino perdiéndolo –cuántas veces hemos criticado que los espadas se doblen con los toros de salida, con el capote, reculando siempre-; el cuarteo o sesgo en la suerte suprema, perfilándose de lejos y con el brazo por delante para facilitar una salida franca, mientras que al toro se le despide de cualquier manera... Todo ello conduce a una disminución del riesgo, imprescindible en este espectáculo. Y cuántas veces, por el contrario, hemos aplaudido, nos ha emocionado y puesto en pie, la superación de ese riesgo con autenticidad, con valor, con exposición del propio matador, aunque la faena no haya llegado a culminarse con la estética, el arte, gusto o esencia necesaria. Incluso, sin gran técnica... Pero cuando un torero se sobrepone al riesgo, se juega en las aviesas embestidas del animal su frágil anatomía, y es capaz de burlar, una y otra vez las fieras acometidas de la res, surge la emoción, porque está presente el riesgo, porque ha hecho presencia la verdad. 
Cuando, por ejemplo, Luis Francisco Esplá, hace algunas ferias de Otoño madrileñas, se enfrentó a aquel toro de Victorino, de 605 kilos de peso, con taimadas arrancadas, que se había llevado por delante a El Califa de una cornada, y fue capaz de dominarlo, de poderlo, jugándose la femoral en docena y media de arrancadas que levantaban al público de sus asientos; cuando aquél añorado y a veces desaliñado Manili puso en pie al público en feria de San Isidro y meritorísima faena a un Miura; cuando Dámaso González pudo, lidió y doblegó a aquel pavoroso torazo de La Laguna hace dos decenas –o quizá algo más- de años, en el mismo platillo del coso venteño; cuando contemplábamos la emoción que destilaban aquellas estocadas de Rafael Ortega “Gallito” sólo entrevistas en algún festival; cuando tantas otras faenas se han construido sobre la misma base de la aceptación del riesgo, tengan o no la perfección del arte, se escribe con letras de autenticidad la más gloriosa de las páginas del arte de la tauromaquia, porque se escribe sobre el riesgo: innato, tremendo y consustancial a la fiesta. La fiesta de la vida, porque sin ella no hay muerte. La fiesta de los toros.


FUENTE: El nuevo blog de Rafael Cabrera "Recortes y Galleos", http://recortesygalleos.blogspot.com.es/



1 comentario:

  1. Buen artículo del Sr Rafael Cabrera. Antes sé citaba erguido,presentando la muleta adelante,en el embroque se adelantaba la pierna,se embarcaba reunido y se vaciaba hacia atrás.
    Dicen que hoy en día resulta muy difícil y peligroso hacerlo. ¿ ?
    Cada vez es más notoria la ausencia del toro auténtico,ese que arrebata al aficionado en el tendido,ese que se anhela ver torear de verdad.
    La fiesta está ayuna de emoción.
     
    Desde Surco

    ResponderEliminar