EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. VIC FEZENSAC 2017

sábado, enero 05, 2013

EL EMBRUJO DE SEVILLA (CAPÍTULO I )

El Desjarrete de Acho compartirá con sus lectores a lo largo del nuevo año, la novela que en su concepto, es la que mejor relató el mundo que circundó el TORO de siempre.
Que lo disfruten¡¡¡¡¡¡¡¡¡

ciantes, labradores y tratantes de bestias, circunspectos, bien trajeados, pulcros, aficionados al buen café y al buen cante, y que apuran lo uno y oyen lo otro con unción cuasi religiosa. Estas dignísimas personas no prorrumpen en alegres olés cuando se arrancan los del cante, ni jalean a las bailadoras, ni se corren a convidar a las artistas con unas cañas al descender del tablao y desperdigarse por las mesas de los amigos para apurar el gasto, entre cuadro y cuadro. Les sonríen al pasar, y a punto seguido, cambiando repentinamente de fisonomía, como quien se quita una careta y se pone otra, hablan, plegadas las cejas de astracán sobre los ojos inquisidores, de la alza o la baja del aceite, de las perspectivas halagadoras o malejas de las cosechas, de la peste de los manidos cochinos, de las próximas ferias de Mairena, de Carmona, de Utrera... Son gentes graves, de peso; dan la impresión de las cosas bien acomodadas a su fin, y de arraigar en lo útil y necesario como las peñas en la playa. Junto a ellos, los otros semejan los granos de arena que arrastre el viento.
«El Tronío» es, no sólo la Meca del cante, toque y baile flamencos, donde se conservan las viejas tradiciones de ese extraño arte o acrisolan sus nuevas modalidades, sino también una especie de lonja en la que se cotizan los méritos de la gente de coleta y los artistas del tablao, y negocian, al mismo tiempo, entre trago y trago y copla y copla, mostos, aceitunas, jumentos y bestias. Los empresarios firman allí muchas contratas; chalanes, corredores de granos, vinos y aceites, y hasta agentes de banca y usureros, tienen abiertas, cada cual en su respectiva mesa, las oficinas de sus negocios, la cual da pie, durante el día, a un bullicioso salir y entrar de gentes de todas clases y cataduras, que dilatan luego por toda Sevilla, y aun por buena parte de España, la influencia económico‐artística del café. Éste ocupa un vetusto edificio de techo de teja, cubierto de jaramagos y verdín, balconada de hierro y ancho patio de mármol blanco, con alicatado de desvanecidos azulejos y columnas de capitel mudéjar. En el centro del patio ríe una fuente diminuta, de mármol también, rodeada de tiestos de flores. Un chorrito de agua retozón surge de la fuente, se abre a un metro de altura y cae como una lluvia de diamantes en el tazón sonoro. La luz entra por una claraboya de cristales coloreados, cerrada en invierno, abierta e interceptada con un toldo, que imita una manta jerezana, en los rigores
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de la canícula; por este arte, el patio se conservaba luminoso y tibio en la estación fría, velado y fresco en el verano. Y en el ancho patio de paredes enjalbegadas de cal, bajo los corredores que forman abajo las galerías altas, y frente a frente, se hacen guiños y prestan mutua y eficaz ayuda el tablao y el mostrador, la gracia y el negocio. El resto del espacioso recinto lo ocupan las mesas. Los gabinetes reservados están instalados en el piso alto y disponen de una porción de la galería, apañada a manera de palco.
Desde allí se puede presenciar recatadamente el espectáculo del tablao y la concurrencia de la sala. A esos gabinetes misteriosos, para los boqueras y granujillas cielos del profeta, se asciende por la escalera principal, ubicada en un ángulo del patio, y también por otra secreta, con entrada propia por el fondo del edificio, que da a una callejuela estrechísima y sombría. Cuando concluyen los cuadros en el café principian las juergas a puerta cerrada en los gabinetes. Las hembras de la casa suben a ellos por la escalera principal; otras de fuera, solas o acompañadas hacen lo propio; algunas gachís de trapío y tal cual tapada, recogida la pollera, el rostro oculto en el embozo del mantón o los pliegues de la mantilla, ascienden furtivamente por la angosta escalera del fondo, mostrando unos ojos de huríes, unos dedos cuajados de sortijas, unos pies arqueados y corno tendidos siempre para disparar la amorosa flecha.
El mozo de guardia, muy solícito, las hace entrar a uno de los gabinetes; ellas toman posesión de él, y, suspirando, preguntan, poco más o menos, lo mismo:

‐¿No ha venido ese charrán?
‐Entoavía, no; pero no se azare usted, que ya está al caer. ‐¿Cómo lo sabes? ¿Te ha dicho algo?

‐Me lo da el corasón ‐responde el granuja, sonriendo con los ojos, y se va, y vuelve luego con una batea de cañas y algunas cosillas para hacer boca: aceitunas, anchoitas, camarones...
La sala está de bote en bote. No hay ni una sola mesa desocupada. Los palquillos también rebosan de gente. Las mujeres lucen más flores en la cabeza, y los hombres sus anchos y sus ternos de las grandes solemnidades. Mantones de Manila y rebocillos de colores fuertes
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ponen aquí y allí unas pinceladas vivas y gozosas. Oros afiligranados, diamantes, sellos antiguos y morrudos dijes brillan en las pecheras y los chalecos. Es Sábado de Gloria: el Señor ha resucitado, y los sevillanos se disponen a ahogar en vino y jolgorio las supuestas abstinencias y peniyas de la Semana Santa. Después de las impresiones dolorosas de la Pasión, la alegría de vivir recobra sus fueros. A las misas solemnes, los Pasos y las saetas, siguen las ferias, las corridas y los tangos. Termina la ostentación de las lágrimas y empieza el derroche de risa y la furia de gozar, ya con el vino, ya con la sangre, ya con la vida, ya con la muerte. Doble número de sedientos acude a los cafés, las ventas y los colmaos, algunos buscando el olvido de la embriaguez, otros la embriaguez del olvido. Sevilla, como su poeta, tiene «alegre la tristeza y triste el vino». La pena está en el fondo de la copa, y la copa en el fondo de la pena. ¡Beber, beber! En esos días el sol reverbera en las paredes blancas y arde en los tejados; la manzanilla corre a ríos, las ventanas florecen, las casas cantan, las hembras dejan al pasar un rastro perfumado. La ciudad entera huele a vino, a claveles y a ropa blanca de mujer. Suenan per todas partes guitarras, castañuelas y organillos. Los botones, las yemas, los capullos, las coplas, revientan en los patios, y en las bocas de las mocitas estallan los besos. Por las noches las rejas hablan. La primavera, cargada de aromas y cantares, viene de los jardines, las huertas y los campos; alegra los tugurios sombríos, las sórdidas callejuelas y transforma, con sus artes mágicas, la fealdad y la miseria en donosura y esplendor. El añil del cielo tórnase azul rabioso. Los azulejos fulguran. La luz viste la Giralda de sangre y fuego, reanima los revoques muertos de la Torre del Oro y del Alcázar y hace del Guadalquivir moreno un río de plata viva. Las gentes, ebrias de sol, circulan sin reposo por las calles sonoras; ríen, bromean, requiebran a las gachís de sayas almidonadas, que pasan derramando sal, y entran en las tabernas.
***
Como todos los años por Feria, «El Tronío» ha doblado el número de mesillas y reforzado el cuadro con algunos artistas de fuste, entre ellos, esta vez, la famosa «Trianera». Tornaba al café después de tres años de ausencia. Salió de Sevilla pobre, desconocida y en harapos, y volvía célebre y cubierta de joyas. Mil hablillas y especies corrían sobre su rara fortuna, fantástica historia en la que intervenían, como en la de Lola Montes, la Bella Otero, Anita Delgado y tantas otras, reyes, príncipes indios, duques rusos, lores, banqueros y potentados de diversa calaña. Pero de cierto nada se sabia, sino que era una real
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mujer y la mejor bailadora de España. «Cuando la Trianera echa los brazos al cielo, se vienen abajo del cielo los serafines», decían los hiperbólicos cronistas de Cádiz, Jerez, Málaga y la misma villa del Oso y del Madroño. Los parroquianos de «El Tronío» recordaban, sí, a la chavaliya sin formas de mujer aún, que, al pisar el tablao, ya se traía muchas cosas bailando; cosas propias, cosas que le salían de adentro y le imprimían a su baile, extremadamente apasionado, más gracia y más intención a la vez. Había mucho interés por verla. La aparición de una bailaora o un cantaor con puntas y ribetes de original sólo tenía parangón con el surgimiento de algún fenómeno del arte taurino, y ese año, las novedades del tablao no le iban en zaga a las novedades del ruedo, donde iban a torear en competencia el ídolo cordobés y el ídolo sevillano, y a tomar la alternativa y alternar con matadores de cartel Paco Quiñones, el famoso novillero. Éste era un señorito de la aristocracia que, al verse arruinado a la muerte de su tío y tutor, se había echado a la plaza, como con un trabuco pudiera haberse echado a los caminos, contestándoles a los parientes y amigos que intentaron disuadirlo de su descabellado propósito, haciéndole observar el desdoro y riesgo de aquella profesión, que «la miseria daba más cornadas que los toros», y que «la mayor de todas las vergüenzas era no tener una peseta». El señorito traía revolucionada a media España, porque metía el pie, y sin escupirse, sin echarse fuera, dejaba unas estocadas hasta las péndolas, consumando la arriesgadísima y difícil suerte de matar recibiendo, olvidada después del gran Domínguez.
Paco se había criado alrededor de los toros. Su tío poseía una dehesa de reses bravas a orillas del Guadalquivir. De chiquillo toreaba y acosaba en las tientas de la casa, y de mozo iba con sus amigos de «La Garrocha» a derribar reses o capotearlas a los cortijos de Miura, Murube, Orozco, marqués del Saltillo y otros ganaderos con los cuales tenía muy buenas relaciones o estaba emparentado. En todas partes lo querían bien porque era campechano, alegre, decidor, rumboso y extremadamente sociable: un verdadero andaluz, sin los flamenquismos ni las gitanearais que adulteran la gracia primigenia de la especie. Un singularísimo don de gentes, que le venía, sin duda, de haber frecuentado las bajas y las altas esferas sociales, hacía que se encontrase a sus anchas lo mismo entre labriegos que entre señoritos, sin que entre éstos o aquéllos dejase de ser lo que era siempre: un mozo crudo y un cumplido caballero, sin más defectillos que el acendrado amor a las cosas de la tierra, buenas o malas: el vino, el juego, las mujeres, los caballos y los toros. Chapurreaba el inglés y el francés; había leído un poco y viajado algo por el extranjero; pero ni
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material ni intelectualmente le gustaba salir del ambiente sevillano. Le parecía que el hombre sólo estaba bien montado en una jaca andaluza, o parado, con estoque y muleta, frente a un toro. Sus caballos de campo o de paseo tenían fama por lo hermosos y bien adiestrados; su silla vaquera, su manta jerezana, sus zahones eran de lo más primoroso y gitano que se conocía. Y cuando en las dehesas derribaba un becerro y echaba pie a tierra para darle unos mantazos o toreaba de capa y de muleta a las vaquillas en los muchos tentaderos a que concurría, nadie, ni aun los toreros de profesión, los hacían más frescos y ceñidos que él. Sin embargo, no había toreado nunca en las becerradas que, con presidentas de mantilla y falda corta, celebraban periódicamente los señoritos de Sevilla. No le gustaban las mojigangas. Pero por calaverada y con nombre supuesto, lo hizo, ya a pie, ya a caballo, en muchas plazas de los pueblos, donde los empresarios de malas entrañas solían echarles a los pobres maletas, que exponían el pellejo por cuatro duros, unos toros como catedrales y que, al decir de las gentes, sabían griego y latín. Allí el peligro era real, y a Paco le gustaba afrontarlo. Bromeando y desternillándose de risa hacía cosas que les ponía a sus camaradas los pelos de punta. Una vez dio un quiebro con un prójimo a babuchas; otra, en que los matadores se negaron de irse al bicho por ser muy grande y asesino, Paco se tiró del caballo en que hacía de picador, cogió los trastos y con monas y todo lo muleteó hasta dejarlo con la lengua colgando, echándolo luego al otro mundo de una estocada mayúscula. Volvió a la fonda entre una pareja de la Guardia civil y la escolta del pueblo que lo aclamaba. El caso se supo en Sevilla y aumentó los prestigios del mozo, ya muy popular por otras hombradas semejantes, líos amorosos y reputación de excelente caballista. Sus amigos de «La Garrocha» y del Circulo de Labradores, al conocer la aventura, le dijeron, palmeándolo cariñosamente:

‐¡Eres mucho Paco!
Y los granujillas al verlo pasar en su jaca torda, haciendo piernas y

desempedrando las calles, le gritaban:
‐¡Olé, los señoritos!...
Él los saludaba a cada uno por su nombre, les tiraba un puro y seguía su camino sin sonrojarse ni envanecerse, recibiendo aquellos homenajes como la cosa más natural del mundo. Aunque arrebatado por temperamento, poseía ese ostentoso dominio de sí o burlona entereza que admiran tanto los andaluces, sin que la suya degenerase
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en desahogo o arrestos de matón, como suele acontecer generalmente. Tomaba las cosas como venían, con musulmana aceptación del Destino, sin inquietarse, sin preocuparse, dejándose correr; pero si hacía falta resolverse lo hacia metiendo el pecho y cortando por lo sano. Los derrotes de la fortuna y los derrotes de los toros no se esquivan luyendo, sino parando, decía. Por eso cuando los ejecutores testamentarios de su tío le dijeron y demostraron con documentos a la vista que aquél había disipado sus bienes propios y también los que su hermana, la madre de Paco, le confiara, añadiendo que era necesario vender las propiedades para pagar a los acreedores y sanear un pequeño capitalito, él se quedó tan fresco, y por toda respuesta los invitó a tomar una copa da vino. Después da apurar la suya encendió un pitillo, echó una gran bocanada de azulado humo y dijo reposadamente:
‐Sabía que estábamos muy entrampados, pero no creí que llegase a tanto. Bueno está. No tengo nada que objetar a lo que ustedes dicen. Vendan los cortijos, los ganados y todo lo que haya que vender, salvo esta casa. Ésta me la quedo. Aquí nacimos Rosarito y yo, y de aquí sólo saldremos con los pies por delante.
‐Pero hijo ‐observó uno de aquellos graves señores‐, ¿cómo vas a componértelas para sostenerla, si apenas te alcanzará lo que queda para cubrir su importe?
‐Eso es cuenta mía ‐respondió sonriendo‐. Aseguraba el gran Cúchares que los toros tienen un criadero de duros en los morrillos. Allí iré a buscarlos yo.
‐¡Torero, tú...!
‐Torero... Apretado por la necesidad como yo, ¿no se ha hecho cómico un grande de España? ¿No alancearon toros el Cid Campeador, Carlos V y don Juan de Austria? ¿No rejonearon Pizarro el Conquistador, el duque de Medina Sidonia y el conde de Puñoenrostro? ¿No fue torero de profesión un noble descendiente de Guzmán el Bueno? ¿Yo mismo, no cuento entre mis antepasados a aquel famoso vizconde de Miranda, marqués de Torre Cuéllar, que mataba toros compitiendo con los estoqueadores de profesión? El que un español de buena casta sea bandido, conquistador o torero, está en el orden. Además, aquí, para no morirse de hambre, hay dos caminos que seguir: o político o torero. Lo segundo es más decente y también para lo único que sirvo yo. El
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trabajo oscuro, el ahorro paciente, los renunciamientos de la miseria no se han hecho para este fraile; el peligro y el rumbo, sí. Qué quieren ustedes, así me parió mi madre. Tengo veintiún años. Soy fuerte y ágil. No me falta corazón. Sé andar alrededor de los toros, porque entre ellos me crié, y sé también a ciencia cierta que, con el estoque en la mano, las mulas arrastrarán lo que me echen por la puerta del chiquero, y eso, créanme ustedes, es lo bastante para ganarse miles de duros y vivir como yo lo entiendo. Por otra parte ‐agregó dejando traslucir cierta emoción‐ no quiero que Rosarito, mi pobre hermanilla, descienda ni en un ápice de lo que fue.
Y no hubo más. Se dejó crecer el pelo, vistió de corto y desapareció de los centros sociales, que antes frecuentaba asiduamente. Sólo se le veía de tarde en tarde a caballo, de vuelta de algún cortijo, el ancho sobre los ojos negros, el barboquejo sobre los labios rojos. Su rostro, de facciones regulares, aunque un tanto duras, se hizo más huesoso y afilado; su mirada, más firme, y casi provocadores el gesto y la actitud. Tenía el arrogante continente del mozo andaluz, mucho de señoril y no poco de bandolero, sobre todo cuando iba en su jaca luciendo la indumentaria campera: los zahones, las polainas serranas y el marsellés. Un pliegue profundo le rugaba el ceño y partía la frente, antes tersa y pequeñita como la de una mujer; otro desdeñoso le bajaba los ángulos de la boca, grande y sensual. Apenas transcurridos tres meses de haber tomado la extrema resolución de echarse al redondel, rompía su compromiso de matrimonio, vestía el traje de luces y toreaba, con grande escándalo de la sociedad sevillana, en Huelva, luego en Alcalá, después en Murcia. Y empezaron a lloverle contratas. Las Empresas se lo disputaban. Entusiasmaba a los públicos ver a un señorito de la nobleza matando toros. Los periódicos venían llenos de su nombre. El culto del pueblo por el valor y la bizarría tuvo un ídolo más a quien levantarle altares; el amor de lo pintoresco y lo romántico sedujo a la aristocracia y la burguesía. Se supo que había amores contrariados y una niña muy bella que suspiraba... Sevilla no necesitó más. Paco se hizo célebre. Los cantadores le compusieron coplas y tangos, los ciegos letrillas, las cigarreras canciones. Aunque novillero, llegó a ganar tanto casi como los matadores de más cartel. Y cuando toreó por primera vez en Madrid, sus amigos de «La Peña», sintiendo que obraban castizamente y que hacían lo que España pedía, se mostraron con él por todas partes, en los teatros, en los paseos, en la calle. Y Paco se dejaba querer. Lejos de ocultar su nueva condición, hacía alarde de ella; vestía de corto siempre, aunque la moda iba cayendo en desuso; exageraba la nota pintoresca de su indumentaria
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como una reacción contra el señoritismo grotesco de la torería, y llevaba la coleta baja para que todo el mundo se enterase... Por lo demás, seguía siendo el simpático Paquiribilis de siempre, aunque algo menos manirroto, pero siempre dispuesto a correrla en toda ocasión y a jugársela también. Nunca estaba solo, y dondequiera que estaba, las miradas se dirigían a él. Esa misma noche, a pesar de encontrarse en la sala algunas celebridades del toreo, la mesa de Paco era la más concurrida. Además de sus acólitos de Sevilla, el pintor Cuenca, Pepe Mínguez y el picador Tabardillo, lo acompañaban varios señores y pollos de Madrid, que habían venido expresamente para verle tomar la alternativa. En aquella mesa se solía hablar tanto del problema español, que andaba de boca en boca perpetuamente, sin que se resolviera nunca, como de pintura, mujeres, toros, caballos y cante hondo. Cuenca elevaba el tono de la conversación a lo general y trascendente. Su imaginación de artista y espíritu razonador lo llevaban a establecer fantásticas relaciones entre realidades sin afinidad alguna en apariencia, sin parentesco, a veces antagónicas, y a verlo todo bajo el aspecto metafísico. Kant, Hegel y sus discípulos lo mantenían en perpetua ebullición cerebral. Además había leído muchos librotes viejos y raros; muchas crónicas peregrinas; muchos volúmenes de miniadas mayúsculas, y tenía sobre la pintura, el arte popular y las tradiciones españolas de toda laya una especie de erudición preciosa, que condimentaba, para mayor incentivo de sus disertaciones, con las sales de los filósofos. Así, en aquel ambiente refractario a las cosas espirituales y sutiles, sonaban los nombres de Platón, Séneca, Santa Teresa y otros más insólitos aún, barajados con los de artistas flamencos y lidiadores. El andalucismo de Paco, las tendencias conservadoras de Míguez y el amor a las antigüedades de Tabardillo, que por detrás de la iglesia lo casaban con la historia y la tradición, hacían que los tres oyesen a Cuenca con embeleso, festejaran sus fantasías y adoptasen en las charlas cafeteras el espíritu crítico‐filosófico del pintor. Éste no parecía sevillano. Tenla las barbas y el cabello casi rojos, por lo cual algunos le llamaban el Jaro; los ojos azules, la mandíbula inferior saliente, como los príncipes de la casa de Austria, y el cuerpo cenceño, anguloso y desgarbado; pero en su alma florecían todas las gracias de la tierra andaluza.
‐Peto vaya un capricho el tuyo, no haber querido torear aquí, donde naciste y tanto te quieren, y ¿por qué? ‐le preguntó a Paco don Gaspar del Busto, personaje muy conocido por ser el abogado de la Empresa de Madrid‐.
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‐Yo mismo no lo sé, don Gaspar; acaso por soberbia, acaso por humildad. El hecho es que desde un principio me dije: «No torearás en Sevilla hasta que estés cuajado y puedas quedar como Dios manda.»

‐Vamos, que querías estrenarte con un escándalo. ‐Yo creo que sí ‐respondió el torero riendo.
‐¿Y...?
‐Y en eso estamos.

‐Te saldrás con la tuya, Paco. Yo lo deseo con toda el alma.
‐Vaya, que si saldrá. Yo soy un mal picador, un mal ceramista y un mal anticuario ‐aseveró Tabardillo, que, en efecto, era las tres cosas a la vez‐; pero en el tendido chanelo, veo lo que pocos ven. Y yo le digo a usted, don Gaspar, que en España ninguno de los que gastan coleta echa más carne abajo que éste.
‐Pero ¿es cierto que recibes, Paco? ‐interrogó don Gaspar, entre asombrado e incrédulo‐. Ya sabes que cuando toreaste en Madrid estaba malo y no pude verte.
‐Eso dicen las malas lenguas, don Gaspar.
‐Tendría que ver, un señorito de familia noble haciendo lo que la gente de pelo en pecho no ha podido hacer nunca; porque eso que aseguran los libros de Romero, Curro Guillén, Montes, el Chiclanero y el tuerto Domínguez deben de ser cuentos, como las invenciones de José Cándido y Martincho vaciando los toros con la mano o el castoreño. Pamplinas; yo he visto intentar la suerte muchas veces a Frascuelo, a Cara‐Ancha; pero ejecutarla sin echarse fuera, nunca.
‐Ahora lo verá usted ‐afirmó, con absoluta convicción, Tabardillo‐.
Luego hablaron de los toros que iban a correrse al otro día y que esa tarde habían examinado en Tablada, después de haber asistido muy de mañanita a la prueba de caballos. Éstas atraían bastante gente, no tanto por el espectáculo en si, sino por las animadas reuniones que se formaban y las cosas que se oían mientras los picadores, con gravedad suma y haciendo alarde de maneras y pujanza, ensayaban los pencos,
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asestando formidables puyazos con el regatón de la garrocha en cierto muro de la plaza, a fin de hacerles la boca, enseñados a revolverse sobre las patas y salir de la suerte. Después de algunos tanteos, metían el palo en la pared, haciendo sentar de garrones a los jacos del encontronazo; gritaban, recalcando furiosamente la última sílaba: ¡torooo!, cual si, en efecto, estuvieran conteniendo un berrendo de grande poder, y salían volviendo el palo y corriendo las espuelas, como después de una vara en las medios del ruedo. Y, entre las pruebas de caballos, el examen de los toros en Tablada, el encierro el día de la corrida y los comentarios en el café, se les iban a los aficionados los días y las noches de la temporada sevillana, sin ocuparse en otra cosa ni hablar de otra cosa que de toros, lo cual los preparaba y ponía en punto de caramelo para experimentar intensamente las emociones y los escalofríos del espectáculo, cuando sonaba el clarín, se efectuaba el paseo de la cuadrilla entre olés y palmas y saltaba a la arena el primer toro con la muerte en los cuernos y la fortuna y la gloria en los morrillos.

Fuente: El embrujo de Sevilla, Carlos Reyles. Biblioteca Mundial Sopena Argentina S.R.L. Tercera Edición, JUNIO DE 1954.pp 5-13.


Cortesía de Germán Urrutia Campos.

1 comentario:

  1. La mejor novela taurina,una narración genial.
    Don Miguel de Unamuno y Jugo dijo: Nadie ha escrito jamás sobre el alma española con tanta novedad y profundidad.
    E.A.V.

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