La LIBERTAD, supone un compromiso con la VERDAD, que cual valor supremo
debe presidir todos nuestros actos. El REY de la fiesta, el TORO, exige que se predique de él con LIBERTAD.
EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de la Ganadería los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. Corrida Concurso VIC FEZENSAC 2017. Foto : Pocho Paccini Bustos.
El maestro salió al encerado, cogió tiza, trazó rayas y explicó La Distancia (teorema). Al maestro le llaman los alumnos democráticamente Antoñete. El maestro es un demócrata y un liberal, y todo aquello de bueno que pueda ser un maestro, y no le importa salir al encerado y explicarles el teorema de la distancia a unos alumnos que seguramente no le harán caso jamás.
Los toros se paraban, por descastados, y también porque los picadores les molían el espinazo, según costumbre. Sólo Mozo 1 hizo la suerte con ortodoxia, tirando la vara al morrillo, y se ganó la ovación. El Mozo es un caballero. También él debería salir al encerado para explicar ésta otra distancia, la de la suerte de varas, a ver si se enteran sus colegas de castoreño, que no dan una.
La distancia es, en este contexto, la que hay que darle al toro. La que hay que darle al toro para torear bien, se entiende, porque hay otras distancias. Por ejemplo, para torear mal, una distancia apropiada es la que le daba el Yiyo al sexto, que no era distancia ni nada, sino una impertinente aproximación al hocico, que le impedía al toro tomarse un respiro y acudir holgadamente al engaño.
Hasta se duda de que el toro pueda ver el engaño cuando se le cita de tan cerca. Haga usted la prueba: póngase en función de toro y pídale a su santa esposa que le cite con el periódico, poniéndoselo en las mismísimas narices. Comprobará que no ve absolutamente nada y que, por tanto, se le quitan las ganas de embestirla pastueño.
En cuestión de distancias, Antoñete es más que maestro y por esta razón tiene subyugado al personal. Claro que algo le cuesta. En el cuarto toro casi le costó un abceso pulmonar encontrar la distancia precisa para instrumentar aquellos redondos que dió, y que allí quedaron, inmortalizados en chiribitas, que tiene ya en los ojos la aficion para sus venideras ensoñaciones de toreo caro.
Los iniciados en la ciencia de la tauromaquia coincidían en que ese cuarto toro negro como carbón por los lomos y salpicao por las bragas, era noble, y Antoñete también estaba en ello, aunque no acertaba a templarle la embestida y sufría continuos acosones al rematar los pases. En el tendido decían: "Está con la boca abierta", y no se referían al toro. Llevaría el maestro malograda su docenita de pases o más cuando salió al encerado, cogió tiza, trazó rayas y explicó La Distancia (teorema).
Si el toro está allí, y tiene esos pies, y ese tipo de casta, y el viento sopla de poniente, y la temperatura es de 20 grados, y la humedad relativa del aire del 70% y son las ocho, hay que ponerse aquí y adelantar la muleta de esta forma -¡sin exagerar, no tanto!- y ladearse ofreciendo a la agresividad del pitón medio pecho. Lo hizo el maestro. Embistió entonces el toro noble y empezó la recreación del toreo puro, que siempre maravilla. Los olés atronaban el aula magna. Tres redondos, y el de pecho; tres redondos, y el trincherazo; tres redondos, el cambio de mano y el de pecho otra vez, pero ahora recreándose en el cite, cimbreando la cintura como oscila apenas el junco en la tenue brisa...
Mientras unos gritaban "¡torero!" otros declamaban odas, qué vamos a hacerle, que así es el tendido venteño cuando lo vuelve loquito el toreo de verdad. La distancia estaba explicada y la demostración práctica consumada con arte, para lo cual el maestro, en tarde de inspiración, la había aderezado con temple, mando, y ese empaque señorial que le hermosea el cuerpo en las solemnidades toreras. Después se echó la muleta a la izquierda y ya no era lo mismo. Los alumnos pudieron advertirle -y no lo hicieron por respeto- que, en el natural, el estoqueador se coje por el centro y no por la punta, como si fuera garrota, según hacía.
La verdad es que no importó demasiado a la cátedra. Hipnotizada por la distancia, el temple, el mando y el empaque señorial del toreo en redondo, los naturales le parecieron lo mismo aunque resultaban bien distintos, y los jaleó con igual estruendo. Si en vez de pinchar cobra la estocada, Antoñete habría salido ayer a hombros por la puerta grande.
Otra realidad fue que el maestro había estado haciendo novillos durante la clase. Con su primer toro, un destartalado morucho, tiró lineas en el encerado, no para explicar lecciones sino para emborronarlo. Los dos ejemplares se los lidiaban sus peones Martin Recio y Montoliú. Ayer lo hizo mejor Martin Recio, que corría a los toros siempre por delante, llevando muy bajo el capote para acostumbrar les a humillar, y prendió dos buenos pares de banderillas. El maestro tiene un tesoro en Martin Recio y Montoliú, que le lidian los toros y además son sus balones de oxígeno. Cuando las ferocidades del toro le ahogan, acuden veloces como el rayo y se lo quitan de en cima.
La lidia, por añadidura, transcurrió complicada en ese y en los restantes toros, pues eran moruchones y con semejante género es difícil lucirse. Curro Vázquez dibujó una verónica y media y estuvo lidiador con la muleta en su primero, y en el otro, que no embestía, porfió aburridamente para sacar tres pases inútiles. Yiyo le sacó al tercero de la tarde la media docena de derechazos que admitía y al sexto no le cogió la distancia, que decíamos.
Plaza de Las Ventas. Madrid - 19/05/1985
18 de mayo. Quinta corrida de feria. Cuatro toros de Atanasio Fernández; quinto y sexto (éste, sobrero), de Alcurrucén, Grandes y descastados. Antoñete. Pinchazo y estocada caída perdiendo la muleta (pitos). Tres pinchazos y estocada corta caída (gran ovación y salida al tercio). Curro Vázquez. Dos pinchazos, otro hondo delantero y descabello (silencio). Cuatro pinchazos y dos descabellos (silencio). Yiyo. Pinchazo en la suerte de recibir, otro pinchazo y descabello (palmas). Dos pinchazos y bajonazo (silencio).
22 de abril. Cuarta corrida de feria. Cuatro toros de Carlos Núñez; primero y sexto de Belén Ordóñez. En general bien presentados, mansos y broncos. Antoñete. Media atravesada (palmas). Pinchazo, estocada corta y descabello (oreja). Curro Romero. Golletazo (bronca). Media atravesada (pitos). Rafael de Paula. Dos pinchazos y media estocada baja (silencio). Bajonazo descarado (gran ovación).
La Maestranza fue ayer cátedra para recibir una lección magistral de toreo puro. El catedrático,Antoñete. Mientras el torero de Madrid dictaba pausadamente los capítulos fundamentales de la tauromaquia, frente a aquel cuarto toro reservón que parecía inútil para el toreo de arte, la puerta del Príncipe se entreabría, una y otra vez se entreabría, e incluso estuvo de par en par, porque por allí tenía que salir a hombros el maestro, no podía ser de otra manera. Un pinchazo, sólo un pinchazo, cerró el portalón y fue también poquito a poco, con un lejano chirrido de pena.
Pocos toreros habrán tenido abierta la puerta del Príncipe con tanto derecho. El toro, ya se ha apuntado, era reservón, como toda la corrida; costó muchísimo llevarlo al caballo, esperaba en banderillas, buscaba tablas en la muleta. Mejoró porque lo lidia ron muy bien. No Antoñete, que no está para sudar la brega, sino un peón de la cuadrilla, Martín Recio que en cada intervención levantaba oleadas de ovaciones y, al término del primer tercio, el público, puesto en pie, pidió que saludara montera en mano. Y eso que en la brega Martín Recio no se pone bonito, sino feo, encorvado, se da un aire con Cuasimodo. Pero la eficacia de su capote, siempre abajo y templando la embestida, es de un valor que todo el mundo reconoce y hasta entusiasma, como ayer en la Maestranza. No saludó montera en mano y quien lo hizo fue, minutos más tarde, su compañero Bonichón. La Maestranza también era cátedra de banderilleros. Bonichón alborotó el tendido con dos pares de banderillas asombrosos; que de asombro era verle llegar a la cara del toro cobardón, despacito, relajado, bajos los palos, pisándole a la fiera los terrenos, y cuando ésta metía la cabezada, reuniendo entre los pitones y prendiendo el par en todo lo alto.
Sabor de lo auténtico
Y después, la lección magistral. También hubo de consentir Antoñete para encelar al toro tardo y reservón. Empezó con las dobladas, siguió con los redondos, ligaba con el pase de pecho. Todo tenía el sabor de lo auténtico y el ambiente era el de las grandes solemnidades. Pero todo quedó en pálido apunte cuando se echó la muleta a la izquierda y desgranó el joyel de los naturales, en tres tandas perfectas de ligazón y temple, abrocha das con el de pecho y con el ayudado. Abierta estaba para entonces la puerta del Príncipe, pañuelos flameaban en los tendidos y sólo faltaba el volapié para completar el monumento al arte de torear. No fue posible. Pero la lección magistral había empezado ya a enriquecer la añeja historia de la Maestranza. El primer toro había sido demasiado enterizo para las facultades de Antoñete, que lo pasa portó con brevedad. Curro ensayó la verónica, esta vez sin fortuna; tuvo el peor lote, y a un toro lo macheteó sin miramientos, mientras en el otro se dobló, porfió unos redondos, y en atención a la catadura del animal, lo macheteó también. Paula, con sus mantazos, era en el tercero la imagen del pánico.
En el sexto, Paula consiguió momentos sublimes junto a otros desastrosos. Es un torero irrepetible, en lo bueno y en lo malo; capaz de iluminar la borrascosa tarde con el trincherazo y el redondo de cartel, y de hacerla aún más lúgubre con sus trapaceos y sobresaltos. Tan vano intento sería pretender cambiarlo como convertir la noche en día.
Rafael de Paula es así, torpe, espantadizo y genial. A ese sexto toro le había instrumentado dos excelentes verónicas y media, nuncias de las esencias a cuentagotas que habrían de venir. Antoñete dio otras dos y media de altos vuelos. No mejores: distintas.
Antoñete proclamaba con esas verónicas su magister dixit. No volverá a la Maestranza, pero el recuerdo de su toreo va a permanecer vivo por siempre jamás.
(II) El toreo, un clamor
JOAQUÍN VIDAL - Madrid - 08/06/1985
Plaza de Las Ventas. 7 de junio. 25º corrida de feria. Tres toros de Santiago Martín y tres de Juan Andrés Garzón, desiguales de presencia, mansos, que dieron juego; sexto, condenado a banderillas negras.
Antoñete: media perpendicular (oreja con protestas); pinchazo y estocada (dos orejas y dos clamorosas vueltas al ruedo con aclamaciones de "¡torero!"). Curro Romero: estocada perpendicular, otra perdiendo la muleta y descabello (silencio); estocada delantera (oreja y clamorosa vuelta al ruedo). Curro Durán: estocada trasera caída (división cuando -saluda); pinchazo y estocada tendida (aplausos). Antoñete salió a hombros por la puerta grande.
Citaba Antoñete a la distancia, dejándose ver -iyú!, como le grita al toro-; el toro acudía alegre y cuando iba a entrar en jurisdicción, el maestro le cargaba la suerte, le embebía en el engaño y la plaza toda acompañaba la solemnidad del muletazo con un rugido sideral. Citaba Curro Romero a la distancia, más breve, esperaba relajado la embestida, fundía al toro en los vuelos escarlata con suavidad de seda, remataba convirtiendo en magia la quintaesencia de la naturalidad, y la plaza toda acompañaba las luminarias del arte con un rugido sideral. Allí, en Las Ventas, en una de las tardes más emotivas que se recuerdan, se estaba produciendo, sencillamente, el prodigio del toreo, y ese prodigio levantaba un clamor, un eco vibrante y sostenido que estremecía todos los rincones del coso.
Las faenas de Antoñete eran de una autenticidad irreprochable. Las faenas de Antoñete, dos lecciones magistrales de la mejor tauromaquia, tenían sobre todo una carga de torería que aromatizaba, no ya las suertes, sino cada uno de sus movimientos. La soledad trágica que viven el toro y el torero, frente a frente en el centro del ruedo, curvos horizontes difusos a su alrededor, emanaba ayer una emotividad máxima. Crecido el maestro en su arte, transfigurado, a ritmo procesional, iba creando una obra hermosísima que se remontaba a sí misma en cada pasaje. El entramado de la faena era el toreo fundamental, por naturales principalmente, luego por redondos, y la ligazón de los pases de pecho instrumentados con hondura.
Ciertamente en el transcurso de la obra había imperfecciones. El temple no se produjo con la necesaria continuidad y los enganchones de muleta pusieron motitas apenas perceptibles en el color encendido de cada suerte. Pero no eran el calibrador mecánico ni el espía electrónico miradores que pudieran tener acomodo en aquellas faenas para la historia. Únicamente lo tenían el sentimiento, la identificación colectiva con un rito insólito que sólo se produce cuando emana de un torero cabal. La primera faena de Antoñete fue importante y con la monumentalidad de la segunda el público entró en delirio. A ese segundo toro lo había lidiado Martín Recio con la técnica impecable que acostumbra, siempre por delante, abajo el capote, que es el artificio idóneo para que el toro mejore la embestida. Montoliú lo banderilleó llegando a la cara pausadamente, reuniendo y prendiendo en lo alto. Ambos tuvieron que saludar montera en mano, y el maestro los sacó a los medios al terminar sus clamorosas vueltas al ruedo. Cuando Antoñete, en su segunda faena, dibujaba el natural en el centro geométrico del ruedo, y volvía a alejarse del toro para reiniciar la creación del muletazo, la multitud prorrumpía en gritos de .¡torero!", flameaba pañuelos, ¡la locura! En medio de esa locura daría los mejores redondos de toda su actuación. Ganó a ley las dos orejas y en las vueltas al ruedo el público se rompía las manos y las gargantas de aplaudir y aclamar, lanzaba al ruedo todo cuanto tenía a mano para homenajear al maestro.
Después llegó Curro. Nadie podía hablar ahora de maestría, ni de nada podía hablar, porque lo de Curro trascendía cualquier pauta. La pulcritud, la suavidad, la caricia para embrujar al toro en aquellos redondos prodigiosos, que hicieron saltar al público de sus asientos; eso creó Curro en el crisol de su inspiración. Probó el natural, por donde el toro le cabeceaba, y volvió al toreo en redondo, aún más inspirado, aún más subyugadora su estética. A nadie importaban cánones, aunque había cánones, de pura escuela rondeña, ejecutados con la más escrupulosa exquisitez. Porque aquello era la conmoción del arte, la síntesis de la naturalidad. A brincos; sí, a brincos, siguió el gentío aquella faena memorable, y rompía en palmas por sevillanas, arrojaba puñados de romero alruedo, creía que era el fin del mundo.
Si el toreo es ciencia, ahí estuvo ayer Antoñete. Si el toreo es poesía, ahí estuvo, ayer Curro Romero.
La casta del primer toro había sido excesiva para las conformidades de Curro. El tercer espada, Curro Durán, tuvo una actuación valerosa, principalmente en su último toro, un manso sin fijeza, condenado a banderillas negras. Pero esos aconteceres no pasaron de ser anécdotas de la corrida, como tantas en la feria. Lo otro fue un clamor, el toreo, la gloria.
(III)
LAS VENTAS/ DESPEDIDA DE ANTOÑETE
La emotividad pudo más que la maestría
Madrid - 01/10/1985
JOAQUÍN VIDAL
Antoñete tuvo una triste despedida. El torero estaba presto pero el hombre fue débil. La emoción pudo más que la maestría, y deambulaba por los tercios, incapaz de integrarse en la lidia. No pudo con los toros difíciles ni con los fáciles. Cuando tenía a su merced -y el público empujándole para que triunfara-, la nobleza del último toro de su vida, tampoco pudo sacarle partido porque la mano de templar había perdido el ritmo.
30 de septiembre. Última corrida de la feria de otoño. Despedida de Antoñete. Toros 1º (sobrero), 3º y 6º, de Jiménez Alarcón; 2º y 5º, de Belén Ordóñez; 4º, sobrero de Marcos Núñez. En general cojitrancos y deslucidos. Antoñete: Media baja, rueda de peones y descabello (silencio); media estocada tendida (pitos); dos pinchazos, media trasera tendida, rueda de peones y descabello (vuelta). Curro Vázquez: media atravesadísima y estocada trasera tendida (silencio); pinchazo y estocada perdiendo la muleta (aplausos y saludos); pinchazo, estocada que asoma y dos descabellos (silencio). Antoñete salió a hombros por la puerta grande.
La faena cumbre que se esperaba no llegó, ni podía llegar, con aquél hombre hecho un manojo de nervios, primero abrumado por la responsabilidad de la expectación sin precedentes, luego aplastado por el fracaso que se le venía encima, toro a toro, imparable. Y si no se produjo fue porque la sensibilidad del público tenía más fuerza que la propia realidad de la corrida. La afición en pleno estaba resuelta a proclamar su antoñetismo indestructible y rendir homenaje al titular de la causa por las memorables temporadas que ha ofrecido, las más hermosas del toreo contemporáneo.
La salida a hombros por la puerta grande, a despecho de reglamentos, que en esta ocasión no tenían sentido, constituyó el justo premio a una vida de torería irrenunciable, la consagración final de un torero noble y cabal que lo ha ofrecido todo en aras de la fiesta. Pues una despedida del toreo no es el examen final y definitivo de una oposición a cátedra -que esa ya estaba hecha, muchos años atrás- sino la ocasión solemne de que público y torero compendien y magnifiquen la mutua identificación que se consolido entre ambos a lo largo de tantos años.
Por eso es irrelevante que el diestro no lograra cuajar la faena cumbre que todos soñábamos; pues lo que de él se esperaba sólo era una muestra, hasta donde fuera posible, de la torería que define su personalidad artística. Y aquí es donde fracasó ayer Antoñete.
El maestro, según hizo en definitiva, podía abreviar con su incierto primer toro; no atreverse a ligarle pases al segundo, cuya arboladura imponía y tenía el peligro que conlleva la casta agresiva; destemplar la boyante embestida del quinto, pues a aquellas alturas el abatimiento le había hecho presa. Si no lo veía claro, era comprensible, ese día, que tomara precauciones.
Pero Antoñete ha sido elevado a maestro indiscutible y no podía ayer contradecir esta categoría, la más alta que concede la fiesta, aliñando desordenadamente, ni inhibirse de la lidia, ni permanecer en el callejón mientras su compañero Curro Vázquez se medía con el toro. Un maestro no puede consentir jamás, menos aún en su despedida, que los peones pongan los toros en suerte y hagan los quites, mientras él permanece alejado e indiferente; que un subalterno se gane la ovación de la tarde. por una brega que corresponde al matador. Martín Recio llegó a ser aclamado, y hubo de saludar montera en mano, por unos capotazos eficacísimos. Estuvieron bien, sí, pero eso, a una mano.
Dirigir la lidia
Un maestro debe dirigir la lidia, impedir a toda costa que degenere en capea, como sucedió; corregir los defectos de los peones y evitar sus excesos. Un maestro cuyo peón de confianza le suple capoteando a dos manos, ha de ordenarle ¡Tápese usted!, echarse adelante y mejorar los lances. Diferente es que el subalterno no deba lucirse. Debe lucirse, siempre que no saque los pies del tiesto. Montoliú, por ejemplo, ganó a ley las, ovaciones que premiaron sus templados pares de banderillas.
Curro Vázquez estuvo a pescar lo que cayera en la turbulencia del desconcierto. Lo hizo en un suave quite por verónicas. Sus toros eran deslucidos y los muleteó con mediocridad. Pero Curro no era el protagonista de la corrida, y prácticamente pasó inadvertido. El protagonista de la corrida, en quien convergía la atención y la pasión de una multitud. enfervorizada, deambulaba confundido a merced de las contrariedades que le atropellaban sin piedad, y hasta dio una vuelta al ruedo que el público pedía pero que su dignidad de máxima figura del toreo no debió consentir, porque su faena -la última-, no valía el premio.
La salida a hombros, esa sí estaba cantada; la ejemplar ejecutoria merecía el homenaje, y cuando atravesaba aquel umbral de la gloria torera, un golpe de emoción sacudió la plaza. Antoñete no volverá a estar en Las Ventas, vestido de luces; qué pena. La gente se iba desconsolada, rebuscando explicaciones maniqueas a lo sucedido: el empresario, que trajo un saldo de toros; el absurdo presidente, que no rechazó los protestados... Y mucho de eso pasó; pero ojalá sólo hubiera sido eso.
(IV)
LAS VENTAS
La penúltima lección
JOAQUIN VIDAL - Madrid - 04/07/1988
Al maestro le salió su toro y dictó la penúltima lección. El maestro el, Antoñete. La tauromaquia está viviendo la época de los maestros ciruela, aquí todo el mundo es maestro, la mitad de todo el mundo maestro y artista excelso a la vez, y hay a quien le dicen maestro de maestros, simplemente porque cierta tarde de soI y moscas y otra de nubes y mosquitos acertó a ligar los pases. Se trata, naturalmente, de maestros ciruela, pero con tanto maestro y tanto artista excelso como dicen hay, maestría y arte son conceptos devaluados; dices maestro y se sobreentiende un pegapases, dices artista y se sobreentiende un posturitas. Antoñete no es maestro ciruela: sabe; lo que pasa es que no se explica. A Antoñete le salieron en la feria de san Isidro toros para explicarse y nada, como si estuviera afónico. No eran su toro, es obvio. Tampoco lo era el primero que le salió ayer, quizá porque siendo noble le embestía fuerte, y ese es problema insoluble para quien doblado con creces el cabo de las tormentas, que es la cincuentena, se viste de luces. Ahora bien, en cuanto su toro puso la pezuña en el redondel, recuperó la dicción y pronunció un hermoso discurso, tan rico en ciencia, esencia, matices y figuras retóricas, que Castelar, a su lado, era tartamudo.
Torrestrella / Antoñete, Romero, Manili
Toros de Torrestrella, con trapío, cornalones astifinos, encastados; 4º muy noble, 6º peligroso. Antoñete: pinchazo, estocada corta delantera atravesada y cuatro descabellos (bronca); estocada muy trasera y dos descabellos (oreja). Curro Romero: media atravesada, tres pinchazos, rueda de peones y estocada corta delantera caída (bronca); estocada corta delantera baja (división). Manili: estocada contraria a un tiempo (oreja); tres pinchazos (ovación y saludos); sufrió un puntazo en un muslo, de pronóstico reservado. Plaza de Las Ventas, 3 de julio.
Empezó Antoñete con las verónicas, para lo cual fijó previamente al toro corretón y suelto mediante la técnica pura de echar el capote abajo arqueando la pierna. Cuando Antoñete arquea la pierna empieza a surgir el toreo en su más estricta autenticidad, según pudo comprobarse en las torerísima verónicas aquellas y en la exquisitez de la media, con el toro rendido al vuelo circular sobre el eje de la suerte cargada y olé.
El augurio de lo que habría de venir estuvo de nuevo en la pierna arqueada, para los ayudados por bajo, que sometieron al encastado toro y salió de ellos encelado para siempre jamás. De ahí en adelante Antoñete instrumentó tandas de naturales y de redondos, abrochados con los de pecho, los trincherazos o los cambios de mano, mejorando progresivamente la calidad de las suertes, pero, sobre todo, construyendo la faena. Ahí estuvo el maestro. No se trataba de dar naturales porque el toro era noble por el pitón izquierdo, o derechazos, porque lo era por el otro lado, y los de pecho para marcar una pausa y que la gente aplauda; se trataba de encadenar las suertes en un todo armónico cuya síntesis es el dominio absoluto sobre el toro, fundamento máximo del arte de torear.
Al doblar el toro, Antoñete hacía señas a los espectadores de las localidades bajas, y algunos las interpretaron como que ese era el último toro de su vida profesional. Otros prefirieron entender que: invitaba a unas copas. Mientras Antoñete pueda dictar lecciones magistrales y arquear la pierna sin herniarse, su sitio está en los ruedos.
Curro Romero vio la calidad del cuarto toro, salió a los medios a hacerle un quite por verónicas y de paso le dio una pista al maestro. Un buen detalle que mereció mejor recompensa. Por ejemplo, que también le saliera su toro, pero artista y público se quedaron con las ganas. El segundo no era su toro, pues embestía con excesiva codicia, y lo macheteó. El quinto tampoco pues estaba aplomado, y a fe que Curro Romero se cruzó un montón de veces con él, porfiándolo aunque asimismo es cierto que cuando, de tarde en tarde, el toro acudía al cite, pretendía embarcarlo con el pico de la muleta, y ese no es plan.
Pico mucho empleó ayer Manili y los aficionados, que le obligaron a saludar después del paseíllo, en recuerdo de recientes gestas, se lo advirtieron en el transcurso de su primera faena La cátedra es la cátedra. El pico era absolutamente innecesario, dada la nobleza del toro y la honradez del diestro, que toreaba con temple y ligazón, y aquel recurso feo debía ser secuela de su época de legionario, aún no olvidada. Y mejor si no la olvida, mientras le salgan toros como el sexto, que tenía peligro, y se rajó temerariamente con él hasta sufrir una tremenda voltereta.
Al final, Antoñete, que no se cortó la coleta ni nada, como había parecido indicar por señas. Sí, sería que invitaba a unas copas, según entendieron otros, para celebrar su penúltima lección magistral, que allí quedó, para enseñanza de los muchos maestros ciruela que hay por ahí.
(V)
FESTIVAL EN LAS VENTAS
La muleta 'pIanchá'
JOAQUÍN VIDAL - Madrid - 30/10/1995
Le pidieron a Antoñete que pusiese la muleta planchá, para que se viera. No es que Antoñete la fuese a poner arrugá sino que su forma de torear, al ortodoxo estilo -que demanda muleta planchá, ofrecer el medio pecho, cargar la suerte- es lo que esperaba del veterano maestro la afición. "¡Ponga la muleta planchá, maestro!", se oyó gritar en el tendido. Y fue el maestro y la puso como para perpetuarla en bronce. La presentó Antoñete tan frontera al toro, tan geométricamente perpendicular a su lomo y su línea de flotación, que no cabía más. Cuando la afición se refiere a la muleta planchá quiere decir que no esté oblicua; quiere decir que no adelante el pico al pitón contrario para aliviar la embestida.
Novillos despuntados para festival: 1º, bravo y 4º, bravucón, de Joaquín Núñez; 2º,de Zalduendo, bravo; 3º de Palomo Linares, encastado; 5º de Alcurrucén, inválido y pastueño, y 6º de José Luis Marca, inválido, noble. Antoñete: media trasera perdiendo la muleta y dos descabellos (oreja). Rafael de Paula: estocada corta trasera y rueda de peones (aplausos y saludos). Palomo Linares: estocada trasera y descabello (ovación y salida al tercio). Curro Vázquez: pinchazo y estocada (oreja). Manzanares: media y rueda de peones (oreja). Ortega Cano: media caída, rueda de peones y descabello (oreja). Plaza de Las Ventas, 29 de octubre. Festival homenaje al banderillero Bojilla. Más de tres cuartos de entrada.
La muleta planchá era un símbolo y mostrado de avanzadilla en todo su esplendor; vino luego la verdad de la vida, la realidad del toreo, y ese lo interpretó Antoñete en su cabal grandeza. Toreo sobre la mano diestra, que por la siniestra el toro iba peor. Toreo de mando, temple y ligazón. Toreo ajustado en los pases y en los tiempos. El toreo tal cual es: tres redondos y el de pecho, y no hace falta añadir ninguna sesión a destajo. El de pecho de remate, o el cambio de mano, o la trincherilla, que también esperaba anhelante la afición.
Una trincherilla instrumentó Antoñete y la plaza se iba a venir abajo. La trincherilla constituía el símbolo número dos de la torería en estado puro. Resuelta en triunfo la actuación magistral de Antoñete, la afición aguardaba la trincherilla de Curro Vázquez, que es otro artífice paradigmático de esta bella suerte. Y el diestro correspondió con creces. Muy bien en los redondos, la trincherilla la bordó. Digamos que fue trincherazo; es decir, la trinchera clásica, corregida, aumentada y magnificada.
Venía la tarde triunfal, el público ovacionaba la comparecencia de cada, torero y le obligaba a saludar. Roto el paseíllo, saludó el homenajeado, Enrique Bernedo Bojilla, un banderillero retirado tremendamente popular. Lo hizo desde el tercio, con sobriedad y torería, sombrero en mano. Varios diestros le brindaron sus toros y se reprodujeron entonces las ovaciones. Al público no se le agotan las ganas de aplaudir y ahora que ha terminado la temporada, seguramente dará rienda suelta a su pasión aplaudiendo al amor de la mesa de la camilla lo que sea menester; por ejemplo, al televisor; por ejemplo, a la empleada de hogar, si quita el polvo.
…….
Ligar... La afición gozó con la restauración del toreo auténtico y el público en general descubrió que torear no es correr; que el toreo requiere parar, templar y mandar cargando la suerte y, además, ligar los pases. Con la muleta planchá, por supuesto. Y volcó en una ovación estruendosa su reconocimiento, al despedir al homenajeado y las cuadrillas, el maestro Antoñete al frente.
(VI)
ANTOÑETE EN LAS VENTAS
¡Torero!
JOAQUÍN VIDAL - Madrid - 25/06/1998
Volvió Antoñete igual que se fue: hecho un torero. Así se presentan en Madrid los toreros buenos. Venía a homenajear a la afición o quizá era al revés. Daba igual: había allí una comunión de conceptos y de sensibilidades sobre el toreo, su liturgia y su fundamento. Y Antoñete los ofició con la hondura y la sencillez que demanda el arte. Desde que hizo el paseíllo hasta que lo sacaron por la puerta grande cuanto hizo iba desbordante de torería. Torería en la seriedad del gesto, en las formas, en el mando en plaza. Nada para la galería; todo para el rito del toreo. Saltó a la arena el primer torillo y ya se había hecho presente el maestro Antoñete, ya echaba el capote abajo cargando la suerte, ya dominaba en la verónica ganando terreno, ya ceñía la media de su marca.
Dos toros de Las Ramblas, terciados, brochos de escaso pitón, 1º fuerte y 2º inválido, nobles. Antoñete, único espada: pinchazo y estocada corta (dos orejas); media atravesada y tres descabellos (oreja); salió a hombros por la puerta grande. Plaza de Las Ventas, 24 de junio. Homenaje del torero con motivo de su 66º cumpleaños. Cerca del lleno.
Y llegó el turno de muleta, que constituyó un completo curso de tauromaquia. Encelado el toro mediante el castigo de los ayudados, el maestro ya se echaba la muleta a la izquierda para ligar dos extraordinarias tandas de naturales abrochadas con el de pecho. Siguieron redondos, hubo trincheras, cambios de mano, la majeza para el desplante y para irse de la cara del toro con gallardía. Pinchó mal y luego la media estocada caló en la yema. Le dieron las dos orejas.
¿Y qué falta le hacían a Antoñete las dos orejas? ¿Qué a una afición harta de pegapases rutinarios y de públicos triunfalistas, ávida de reencontrarse con un torero cabal capaz de ejecutar el auténtico arte de torear? Antoñete le daría satisfacción plena durante la lidia del segundo toro. Primero al dibujar las medias verónicas; después con la emotividad de un faenón digno de sus mejores fastos. Empezó citando a enorme distancia. Recibió sereno la galopada y mediante el simple apunte del ayudado dejó colocado al toro para cuanto había de venir, que era una nueva lección de toreo puro.
La desplegó en el mismo terreno, sin necesidad de correr a cada pase según ahora es norma; parando, templando y mandando, tal cual dictan los cánones. Empezó con una serie de redondos. La muleta en la izquierda de nuevo, instrumentó dos tandas de naturales que pusieron al público en pie. Dos tandas de naturales que fueron lo nunca visto, el no va más. Lo nunca visto en la feria, se quiere significar; lo que difícilmente podrían igualar los actuales reyezuelos del escalafón.
Hubo, entre muletazos, dos coladas que el maestro eludió sin crisparse y no alteraron el ritmo del faenón, que ejecutaba entregado y ceñido. Al echarse el toro por delante en el pase de pecho largo, de cabeza a rabo, ya no cabía mayor emoción: la plaza era un clamor, el torero había de tomarse un respiro para liberar la emotividad de aquellos momentos mágicos.
No quería salir a hombros. A voces, casi a empujones también, pedía que lo dejaran solo. Tuvieron que auparlo a la fuerza. Y de esta manera sacaron al maestro Antoñete por la puerta grande mientras atronaban en el graderío los gritos de "¡torero, torero!".
Fuente: Semanario gráfico de los toros El Ruedo. Año X. Madrid 21 de mayo de 1953. N°465
SUPRIMER TRIUNFO EN LAS VENTAS
Antoñete, el día del "Santo de 1953”
JAVIER MANZANO 15/05/1993
Poseídos, magnetizados por aquel efímero pero denso y sincero toreo, le sacaron en volandas por la puerta grande con el unánime consentimiento de la afición, que por aquellos .años -hoy hace 40- tenía por costumbre dar el visto bueno a semejante honor sin tener en cuenta el número de trofeos conseguidos. Cruzaron velozmente la explanada que separaba la magia y la civilización, y se encaminaron calle de Alcalá arriba decididos a encumbrarle en la plaza de Manuel Becerra. Al alcanzar la esquina de la calle de Bocángel, varias voces rectificaron los planes de la turba. Giro a la izquierda y, a modo de pagana procesión, los costaleros apretaron el paso hacia la casa del nuevo as de la tauromaquia.Con el temo azul y oro literalmente destrozado, huérfano de caireles y alamares que acababan de convertirse en reliquias, tomó el ascensor. Al llegar al descansillo, la puerta fue casi arrancada por la fuerza del cariño y el torero se fundió en un largo e intenso abrazo con su madre. Su padre le besó con lágrimas en los ojos, sin poder articular palabra, vestido aún de monosabio. En la calle, decenas de personas seguían rompiéndose las manos aplaudiendo hasta que salió al balcón y saludó con más timidez que nunca, porque la emoción acababa de reivindicarse como secuestradora de su voluntad. Lloroso, se fue hasta la cocina y gritó un merecido: "¡Por fin, lo he conseguido!".
Antonio Chenel, Antoñete, acababa de ver cómo se hacía realidad su sueño: salir a hombros por la puerta de su casa, de la Monumental-madrileña. Sólo dos días antes sufrió desde la impotencia por no haber podido hacer nada en su confirmación de alternativa, pero ese 15 de m ayo del 53, día del Santo, puso las cosas en su sitio. Compartiendo cartel con Rafael Ortega y El Ranchero, la responsabilidad y el orgullo se apoderaron de su corazón y pronto dejó constancia de que era su día con un arriesgado pero, como siempre, artístico quite de frente por detrás al segundo toro de Fermín Bohórquez.
Salió el tercero, noble, franco, hambriento de muleta..., ideal para demostrar sin ningún género de dudas que su mano izquierda era mágica. Con una preciosista facilidad, le embarcó una y otra vez, ligó sin dificultad series y más series de naturales, de derechazos, de adornos... Hasta cuajar una gran faena premiada con dos orejas que él utilizó como sofisticadas herramientas quirúrgicas con las que se arrancó la espina que su plaza le había incrustado en lo más delicado de su alma.
Parecía que estaba todo hecho cuando apareció por la puerta de toriles un enorme animal de fiera estampa y enorme arboladura llamado Empresario. Olvidada la presión, se relajó como tantas y tantas tardes en las que dibujó imaginarias faenas sobre aquel albero que alfombraba el patio de su casa. Antoñete no reparó siquiera en la pujanza de su enemigo, en su salvaje y violento acometer, y sin pensárselo se fue a los medios a trazar una faena honda, suave, rítmica, mandona, de inmejorable calidad, con la que entusiasmó al respetable. Mientras, él, absorto y embrujado, no atendía más que a sus impulsos sin darse cuenta de que en realidad estaba toreando para sí mismo con insuperable exquisitez. Pinchazo, estocada, dos descabellos... una oreja.
Entrada la madrugada, después de festejar el triunfo con toda la familia en una afamada casa de comidas de la madrileña Cuesta de las Perdices, Antoñete recordaba en su cama cada instante de aquella seductora y merecida conquista. Poco antes de que llegara el sueño sonrió satisfecho dejándose llevar por la sensación de que ya estaba todo hecho. A la mañana siguiente, nada más despertar, fue plenamente consciente de que, en realidad, estaba empezando todo.
Cayetano: "El toreo se ha estancado y no llega a los jóvenes"
El matador reaparece en la corrida goyesca de Ronda tras una lesión sufrida en julio
ROSA JIMÉNEZ CANO- Madrid - 02/09/2011
Su imagen aparece en todos los aeropuertos. No sale toreando pero sí como matador para promocionar un perfume de lujo. Cayetano Rivera Ordóñez (Madrid, 1977) es el último exponente de las dinastías Ordóñez, Dominguín y Rivera, las dos casas de toreros más importantes del siglo XX y de los pocos espadas del momento cuya fama trasciende los ruedos. Decidió hacerse matador de toros algo más tarde de lo normal, entrado en la veintena. Ahí comenzó su historia de superación personal: frente al toro, el público más exigente y los percances que jalonan su trayectoria. El torero, que ha recibido a EL PAÍS en su residencia madrileña, analiza su trayectoria y el momento actual que vive la fiesta mientras ultima su reaparición en mañana Ronda, la plaza símbolo de su familia.
Pregunta: El 14 de julio sufrió una fractura en su mano derecha, desde entonces, no ha toreado en público, ¿cómo está siendo la rehabilitación y preparación? Respuesta: La concentración ha sido clave en las últimas dos semanas. Solo he podido prepararme estas dos últimas. P.: Casi todas las temporadas sufre algún percance grave que le aparta de los ruedos. ¿Por qué cree que esto sucede y cómo lo afronta? R.: Principalmente pasa porque es una profesión de riesgo. Es un poco desesperante a veces, pero es la profesión que he elegido. Intento asimilarlo, pensar sobre ello y superarlo para volver cuanto antes a los ruedos. P.: ¿Cómo va a ser lo que resta de temporada? R.: Después de Ronda tengo cerrado el mes de septiembre. Quizá haga una excepción y toree en octubre. P.: Este año su hermano Francisco no estará en el cartel... R.: Me gusta torear con mi hermano pero pocas veces porque paso muchos nervios y bastante tengo con los míos, pero ahí sí es especial. De niños jugábamos ahí a hacer el paseíllo, vernos ahora en serio, me emociona. Es la única tarde en que de verdad disfruto con él. Entiendo que como empresario abra el cartel a más figuras. Antes de irme volveremos a torear. P.: ¿Qué piensa de que se anuncie en los carteles como 'Paquirri'? R.: A mí me parece muy bien. Le hace ilusión, es su padre y tiene todo el derecho del mundo. Lo hace con mucho orgullo. Si él se siente tan 'Paquirri', yo feliz. P.: El planteamiento de temporada ideal, ¿cómo sería? R.: Depende del momento en que me encuentre y de que ayuden los toros. Lo ideal sería ir a plazas que me motiven, que me sienta a gusto, que pueda disfrutar, se llame como se llame. Ronda es la más especial, claro. Estoy haciendo un esfuerzo por llegar en las mejores condiciones. Es mi cita más importante del año. Ronda es todo. P.: ¿Habrá alguna sorpresa? R.: El vestido, por ejemplo, que está inspirado en unas ideas de Cayetana, solo por eso ya es especial para mí. Está basado en un corte muy clásico, muy de la época de Goya. Es diferente. A mí me gusta. Los trajes goyescos solo me los pongo una vez y pasan al armario. P.: ¿Qué ganadería prefiere? R.: Tengo más experiencia con el encaste Domecq. Creo que es el que más se acerca al toro ideal para mi toreo. Es el que me deja estar más a gusto. En concreto, Zalduendo es una ganadería protagonista de mis días importantes: debut, alternativa, presentación en Bilbao, en Sevilla, el toro del indulto en León... P.: ¿Qué piensa de la dicotomía entre ganadería comercial y ganadería dura? R.: No me fijo en ello. Comercial o dura me da igual. Voy a la ganadería que me inspira más confianza y posibilidades de triunfo. Voy a la plaza a disfrutar, a emocionarme y a intentar emocionar a la gente. De acuerdo en que cada tarde para mi es un examen, pero no una lucha. Tienen mucho mérito los toreros que lidian esas ganaderías consideradas duras, muchísimo, pero no van con mi tipo de toreo. De acuerdo en que salen toros bravos en cualquier sitio pero los toreros muchas veces nos basamos en experiencias anteriores para escoger. P.: ¿Dónde se ve dentro de 10 años? R.: En mi casa. Retirado. Haciendo otra cosa, la verdad. El hecho de haber empezado más tarde creo que me limita la duración de la carrera por el desgaste físico y mental. P.: Llama la atención que en las tardes en que aparentemente tiene todo en contra saque lo mejor de sí. Dos ejemplos: la reaparición de José Tomás en 2007 y la confirmación en Las Ventas. ¿Necesita llegar a una situación extrema para motivarse? R.: Quizá el hecho de ser una cita importante siempre ayuda a entregarse pero no debo pensar así. Cuanto más importante sea una corrida y el marco más relevante más lo vives, con más intensidad. Me influye, me pone nervioso, pero me ayuda a concentrarme. Los días así me gustan. También he tenido suerte. P.: De la época de su abuelo Antonio Ordóñez a ahora, ¿ha cambiado mucho el toreo? R.: Ha cambiado mucho el toro y el torero, pero no el toreo en sí. Había más ganaderías que embestían, tenía otro tamaño. Los toreros también eran más variados. Al mismo tiempo creo que ahora también se nos exige más. El nivel de exposición es mayor pero también es necesario. P.: Una vieja reivindicación, el paso del toreo del Ministerio de Interior a Cultura se ha hecho efectivo este año, ¿en qué afectará a la fiesta? R.: Hay mucho que matizar todavía, pero pronto se verán cambios. De momento sigue siendo la Policía la que vigila que todo siga su cauce en los espectáculos. Cuando se cree un departamento taurino en el Ministerio de Cultura se verá que es lo mejor para la fiesta, para que tenga un ritmo acorde con los tiempos que corren, pero buscando una mayor protección y difusión. Hay que intentar rebajar los costes de cada tarde y que repercuta en el espectador. P.: ¿Va a dejar de haber policías en los palcos? R.: Me da igual si es policía, arquitecto o albañil, lo que tiene que ser una persona aficionada, con conocimiento y con mucha sensibilidad. El toreo no es matemática. Hay faenas en las que la estocada se va un poco caída y se malogra el triunfo. Hace falta que sepan captar lo que el público quiere. Creo que la primera y la segunda oreja deben ser potestad del que paga y no tanto llevar el reglamento a rajatabla. P.: En este futuro departamento taurino del Ministerio, ¿qué papel tendrá el aficionado? R.: El aficionado debe estar tranquilo. Todos los toreros, ganaderos, empresarios, apoderados, todos, vamos a mirar por el bien del espectáculo en general. A buscar mejores condiciones para ellos, que son los que dan sentido a todo. Debemos contar con todas sus ideas y apoyo. Hay que escuchar a todo el mundo y trabajar juntos. Todavía no ha tomado forma esta entidad, el paso a Cultura es el primer paso. P.: Para unos, estamos en el mejor momento de la Historia del Toreo. Para otros, estamos cerca del final. ¿Cuál es su opinión? R.: Pienso que hay un plantel muy interesante de toreros. Necesitamos ciertos cambios para adaptarnos a los tiempos que corren, pero con cuidado. Por otro lado siempre surge la duda de si se deben hacer cambios en la lidia, quizá por darle ritmo a la corrida, pero manteniendo la tradición y el respeto a nuestra cultura. Estoy dispuesto a escuchar pero hay que estudiarlo muy bien. Tampoco podemos estancarnos. Lo importante es intentar entender la situación. P.: El 25 septiembre se dará la última corrida de toros en Barcelona, ¿qué sentimientos le produce? R.: Es una plaza muy especial, la guardaré en el corazón, ojalá algún día se pueda recuperar. Me entristece no haberme despedido de su afición, que se pierda su Historia, su marco. Siempre he defendido que se pueda elegir. Si se dejan de dar toros porque no va la gente a la plaza, de acuerdo, que se acabe. Pero prohibir ni lo entiendo ni lo comparto. P.: ¿Por qué cree que no va mucha gente a los toros, especialmente jóvenes? R.: Principalmente, por la crisis. Los jóvenes no van porque no hay facilidades tampoco con los precios, ni con la organización de las ferias. Nos hemos estancado y no llegamos a los jóvenes. Tenemos que involucrarnos y trabajar todos juntos. El mundo del toro nunca ha sabido unirse. Desearía que se usase mejor Internet para llegar a ellos, que es básico en la actualidad. P.: ¿Qué cambiaría?
R.: Sobre todo la promoción, la forma en que se hace la venta de entradas. En los tiempos que corren no tiene sentido que no se hagan ofertas más atractivas. P.: A medida que ha ido tomando experiencia, ha abierto el repertorio. ¿De dónde toma las ideas? R.: Viendo vídeos antiguos. El quite rondeño, por ejemplo, lo saqué de una corrida de mi abuelo en México. A base de repetir y darle una personalidad lo haces tuyo. P.: Como torero de dinastía, ¿qué ha tratado de tomar de las figuras de la familia? R.: De mi abuelo, todo. Para mí ha sido el torero más completo. De mi padre, su amor propio, valor y facultades. De Luis Miguel Dominguín, su personalidad, su carácter. De Curro Vázquez, su sentimiento, su temple, su arte... Bueno, es mi maestro, aunque intento beber de muchas fuentes él es el principal, es con quien paso más tiempo, viajo, hablo. Es muy importante en mi vida. P: ¿Pondrá alguna vez banderillas? R: No me veo. Quizá algún día haga una excepción. Antes de retirarme un día tengo que ponerlas, pero solo un día. P.: ¿Qué se plantea como meta antes de irse? R.: Bueno, todavía tengo ilusión y amor propio para solventar y corregir lo que deba. En este tiempo he aprendido a sacar un mayor rendimiento. Creo que en concentración y profundidad puedo mejorar. P.: Usted quiso ser torero algo más tarde de lo habitual, con una vida hecha, ¿por qué? R.: Porque no quería quedarme con la duda de conocer qué se sentía haciendo aquello por lo que toda mi familia se ha jugado la vida. Entiendo más mis raíces. El toreo es único.
Varios pasajes del festejo de rejones de ayer y las actuaciones completas de Manuel Vidrié y Joao Moura, fueron amplio muestrario del mejor toreo a caballo. Cada año, por la feria, hay un reencuentro con la versión ecuestre de la tauromaquia y se puede constatar que siempre eleva su nivel de calidad. Ojalá con el toreo a pie ocurriera igual. Desde aquella época del rejoneo de posguerra, que casi podría considerarse la prehistoria de esta modalidad torera, hasta nuestros días, el toreo a caballo ha evolucionado tanto como desde la invención de la rueda a los viajes interplanetarios. Las suertes que hacen hoy los rejoneadores, entonces hubieran parecido imposibles. Esos quiebros, en un palmo de terreno, que ejecutaban ayer Vidrié, Moura y Buendía en la década de los años cuarenta, sólo imaginarlos habría parecido locura.
Plaza de Las Ventas
26 de mayo. Undécima corrida de feria. Cinco toros de Antonio Ordóñez y sexto de Carmen Ordóñez, con trapío y romana, pero con los pitones excesivamente cortados. En general, dieron juego. Álvaro Domecq, aplausos y saludos. Manuel Vidrié, dos orejas. Joao Moura, aplausos y saludos. Javier Buendía, oreja. Por colleras, Domecq-Moura, petición y vuelta; Vidrié-Buendía, dos orejas.
La propia concepción del toreo a caballo que hoy se hace habría parecido una locura. Hoy se torea con un temple de tal naturaleza que admitiría comparación con el de muleta, interpretado por un Belmonte en las cumbres de la inspiración. En la corrida de ayer, Vidrié fue el mago del temple, tanto por su toreo a una vez sobrio y técnicamente perfecto, como por el mismo temple del toro, que era ideal para ejecutarle todas las suertes que hay inventadas.
La actuación de Vidrié transcurría con una precisión y un ritmo sorprendentes que tenían encandilada a la afición, y cuando quebró en los medios prácticamente en la misma cara del toro, saltó, enardecido, el público, porque aquél era un alarde de emoción máxima; y era, al tiempo, la muestra más palpable del dominio técnico que ha llegado a alcanzar este torero el cual accede, por derecho propio, a la cabeza de los de su especialidad. Lo que ayer hizo Vidrié se diría que es insuperable. Pero tal como evolucionan los rejoneadores cada año parecería ocioso dar por culminados su valor y su creatividad.
Y Joao Moura, el revolucionario torero portugués de escuela, no fue menos que el madrileño. Su tarea resultó más difícil, porque el toro también lo era. El toro estaba querencioso y reservón, se arrancaba a oleadas o no se arrancaba en absoluto. Moura le pisaba el terreno, consentía, arriesgaba, y cuando el manso, que se creía seguro de su presa, le saltaba encima, vaciaba el derrote con limpieza, reunía al estribo y salía limpiamente de la suerte. Los caballos de Moura, ante la fiera y para encelarla, daban verónicas, literalmente veíamos verónicas en su caracoleo y en su piafar; median los terrenos, una veces dando distancia, otras acortándolas; porfiaban el cite con sus encastadas evoluciones de maravillosa flexibilidad. Después Moura realizó quiebros impresionantes, citando tan en corto que parecía imposible no saliera arrollado y, como Vidrié, alcanzaba un éxito legítimo.
Sin embargo mató muy mal Moura, porque siempre mata mal y, como otras veces le sucede, tuvo fallos garrafales al prender los hierros. En su actuación por colleras, con Álvaro Domecq, puso un par de banderillas en el brazuelo, y se quedó tan ancho. Rarezas de los genios.
Domecq toreó mejor que el collero Moura en el quinto toro, y en el que abrió plaza, que tuvo nobleza y pronta arrancada, lució su excelente técnica. Igual que Javier Buendía, que tuvo ayer su mejor actuación en Las Ventas. Ambos imprimen a su toreo fragancias camperas, que enriquecen las suertes y acoje gozoso el público urbano de Madrid. En el sexto, cayó el caballo de Buendía en la cara del toro, pero éste no hizo por ellos sino que los brincó y fuese, para general alivio. Equino y jinete se repusieron pronto del trastazo y el rejoneador pudo dar réplica al toreo de Vidrié, que de nuevo se mostraba fácil y puro.
Entre los toros hubo de todo, bravos y mansos, pero se uniformaban en trapío y fortaleza. Ninguno se cayó. Los taurinos dicen que los toros de rejoneo no se caen "porque no se emplean". Tiene gracia. Los toros de lidia ordinaria se caen en cuanto dan dos carreras, mientras los que sacan para rejoneadores se pasan la faena corriendo de un lado para otro a toda velocidad, les obligan a doblar mil veces, clavan en sus lomos un bosque de hierros, y ahí andan, tan frescos (o así), hasta que los fulminan de rejonazo bajero.
Un gran éxito, el triunfo del toreo a caballo, constituyó la corrida de ayer. Volvemos hoy a la lidia, que es lo que de verdad gusta en esta plaza, y a la realidad de la feria que, hasta ahora, en el paso de su ecuador, ha sido cruda. Veremos qué pasa. Veremos qué pasa, sobre todo, con los percherones que sacan para picar, pues ayer estaban en la cuadra, pero se asomaban para ver pasar a las hermosas y pizpiretas jacas de los rejoneadores, y se ponían a cien.
El Juan Palomo, o sea, Julián López El Juli, se hizo acreedor de lo poco bueno y lo mucho malo-malísimo de la corrida de ayer. ¿Por qué? Porque los toros de Núñez del Cuvillo son los que El Juli impuso para torear su segunda tarde en Pamplona. Los cuatro primeros toros no podían con su alma. Doblaron las manos, eran inválidos, al que tenía los cuartos traseros decentes se le doblaron las manos. El segundo toro, el que correspondió a Juan Palomo, se desplomó en plena faena. Tuvieron que apuntillarle en la plaza. Mas no se crea que fue porque se lesionara. No. No se levantó porque ni tenía fuerza ni ganas de levantarse, y porque, especialmente, carecía de raza alguna. Aquel toro, no era toro, era un animal de especie cobarde desconocida. Una vergüenza con cuernos.
NÚÑEZ / MORA, JULI, CASTELLA
Toros de Núñez del Cuvillo: desiguales de presentación, escasa fuerza, algunos como almas en pena. El más toreable, el quinto.
Juan Mora: media estocada desprendida (silencio); durante la faena a su segundo sufrió dos estremecedoras cornadas, una en la bolsa escrotal y otra en el muslo. Mató su toro El Juli: dos pinchazos, estocada trasera y descabello (saluda un miembro de la cuadrilla de Juan Mora).
El Juli: (el toro fue apuntillado en la plaza) (silencio); bajonazo trasero (dos orejas, sale a hombros).
Sebastián Castella: pinchazo hondo y dos descabellos (silencio); estocada caída (palmas).
·Plaza de toros de Pamplona. Décimo y último festejo de feria. Lleno.
Luego llegó el quinto toro, al que no le picaron. Otra modalidad. Como El Juli vio que el toro no tenía fuerza, no quiso que le picaran. Es esa otra modalidad que decimos, torear a un toro no picado. Luego dirán los palmeros de este torero que hizo una faena cumbre, con poder, pero hay que decirles que de ese modo no se puede aplaudir a torero alguno. Si no hay toro, por muchas monerías que se hagan delante, no merece el honor que se le quiere dar. Para lograr el éxito que le ofrecieron en Pamplona, hubiera necesitado enfrentarse a un toro con la fuerza debida. Encima, después de matar de un bajonazo, le concedieron las dos orejas, por lo que salió a hombros.
Juan Mora pasó a la enfermería en su segundo. Lo mató El Juli. El tiempo que estuvo Mora ante la cara del toro dejó aromas de bello toreo. Doblones muy toreros y unos naturales con esencia de terciopelo [El parte médico emitido por el equipo del doctor Hidalgo dice que Mora presenta una cornada grave "en la parte superior cara posterior del muslo derecho, con dos trayectorias, una ascendente de 20 centímetros hasta la pelvis y otra transversal de 15 centímetros hasta el fémur].
De Sebastián Castella poco que decir. No hizo nada en su primero, por falta de fuerza del toro. En su segundo, un toraco de 600 kilos, elaboró una faena sin relieve, ni siquiera llegó a mostrar ese toreo suyo con vocación de estatua de La Place Concorde.
Acabaron los Sanfermines 2011. Hace 50 años moría Ernest Hemingway, gran promotor de las fiestas de Pamplona. Y hace nueve y cinco años, respectivamente, morían Joaquín Vidal -inolvidable crítico de este periódico- y Alfonso Navalón. Mucho hubiera dado el hombrón de Illinois por entender de toros y escribir de la fiesta brava como lo hicieron los dos críticos españoles nombrados. A Joaquín Vidal por decir la verdad sin paliativos se le consideró un detractor de la fiesta. Ahí estaban los profesionales del halago, palmeros sempiternos de las figuras, para corroborarlo, capaces de crear tumescentes campañas en su contra. Pero como si decían misa con capuz de esmeraldas. Vidal los despreciaba con su silencio a todos y a cada uno. A partir de la muerte de Joaquín Vidal, volvieron a cobrar vuelo los reyes de la coba, esos aguamaniles de la fiesta. Algunos bajo el estigma de críticos corruptos y otros como críticos alondra (esos que escriben permanentemente para las madres de los toreros).
Ante tanta mediocridad inherente la fiesta brava durante los últimos años, nada extraño contenía el bolígrafo azul de Vidal que no estuviera impregnado de verdad. Nada ni nadie le hizo cambiar. Su muerte supuso para los buenos aficionados una pérdida mayúscula. Se quedaron sin la referencia profunda, seria, cabal de aquel que contaba la verdad, sin ambages ni camelancias. ¡Qué pena más grande sentí cuando la muerte se lo llevó por delante!
Bartolomé / Robles, Ortega Cano, Sánchez Puerto Toros de Felipe Bartolomé, terciados pero con trapío y casta; para el 2, de excepcional nobleza, se pidió la vuelta al ruedo. Julio Robles: estocada trasera caída (división y sale a saludar); pinchazo y estocada (oreja, petición de otra y dos clamorosas vueltas al ruedo). Ortega Cano: pinchazo, media y rueda de peones (oreja); estocada (oreja). Sánchez Puerto: bajonazo descarado y bajonazo (palmas y pitos); gran estocada (vuelta por su cuenta). Ortega Cano y el mayoral de la ganadería salieron a hombros por la puerta grande. Plaza de Las Ventas, 2 de junio 1987 .
Todos de acuerdo, de súbito, y todos contentos. A la tarde 191 de la feria, coincidieron por fin público, afición, toros, toreros, y aquello fue un espectáculo memorable. Embestían con casta los toros, los toreros se superaban en la interpretación de su arte y la afición madrileña estallaba en júbilo. "¡Viva la fiestaaa.'", atronó la andanada, sí, la misma de las protestas en corridas de trapisonda, y el tendido siete, que cierra filas cuando surge el fraude, respondía al grito, ivivaaa.l, y ole los toreros buenos y los toros bravos.
No había ira, ni ganas de reventar el espectáculo, ni afán de protagonismo, ni nada de todos esos sambenitos que los taurinos quieren colgarle a la afición de Madrid para justificar sus atropellos. Había lo que de verdad es la afición de Madrid: un volcán de aplausos, de piropos, de alegría de vivir, cuando la lidia se produce en su más estricta y gloriosa autenticidad, en liza el toro serio y encastado, el diestro pundonoroso y valiente.
Allí estaba el toro de Madrid, que es, sencillamente, el toro de trapío, que hasta puede ser terciado, como los de ayer. Toro rematado, con las proporciones y la seriedad propias de sus años y del tipo característico de la ganadería, con la casta que es el atributo fundamental de su especie. Luego será bravo o manso, boyante o complicado, como ayer, que hubo de todo. Pero si tiene trapío y casta, ahí hay toro, y la afición lo aplaude, y cuanto ocurra durante la lidia adquiere un mérito singular.
La divisa de Felipe Bartolomé alcanzó un gran éxito con estos toros, de los que fueron extraordinarios los dos primeros. El que abrió plaza era la representación más pura de la casta Santa Coloma: cárdeno de capa, terciado de lámina, engatillado de pitones, muy serio y tremendamente codicioso y noble. Julio Robles lo toreó sin complicarse la existencia: porque se le revolvió en un natural, no utilizó la izquierda; porque la embestida iba fuerte, se aliviaba con el pico.
El segundo era chico pero también era una máquina de embestir. Desde donde lo citara Ortega Cano, allá acudía, alegre, fijo al engaño, y lo perseguía engolosinado, hasta donde el torero lo quisiera llevar. Ortega Cano se esforzó en depurar su toreo, ligaba los pases, abrochaba las tandas cerrando en torno el de pecho, acabó con unos ayudados por alto de filigrana. Todo lo hizo sin mácula y, efectivamente, la faena constituyó un compendio de perfección técnica; pero se quedó en los umbrales de la faena soñada, mientras el toro había sido de ensueño.
Más importante fue aún la faena de Ortega Cano al quinto, un toro complicado. Desbordante de valor y torería, Ortega Cano construyó un muleteo de altas calidades, y toreó ceñidísimo, vibrante, ahora inspirado de verdad, porque no hacía ostentación de los artificios del arte sino que toreaba para él mismo, gozándose del poderío y del riesgo que ponía a contribución para dominar al toro.
La tarde ya era entonces un clamor y venía de antes, de la competencia que entablaron en quites Julio Robles y Ortega Cano. En el cuarto se midieron por chicuelinas los dos: suaves y de manos bajas Ortega, emocionantes las de Robles, tomando al toro de muy largo.
Arrollador Robles
De ahí en adelante la actuación de Robles fue arrolladora: empezó la faena de muleta con un afarolado y derechazos de rodillas, y el público siguió prácticamente en pie todo lo demás, los redondos largos, ligados y mandones, los naturales, los de pecho. El toro iba y venía sometido al mando de aquella muleta poderosa y aún más al arrojo impresionante del diestro, que confía los pases, sin importarle el roce de los pitones en los alamares. Aquello fue el delirio.
Y aún hubo otro estilo de toreo hondo, purísimo, en Sánchez Puerto, que vivió el drama profundo de la imposibilidad de triunfar cuando un triunfo era ayer su vida. Dibujó la verónica clásica y la modalidad del delantal, instrumentó medias verónicas belmontinas y, con la muleta, cargó la suerte sin una sola concesión ni al alivio ni a la galería. Pero los toros se le aplomaban, unas veces no embestían, otras se le paraban a mitad del pase. Sánchez Puerto aún consiguió redondos y naturales, trincherazos y ayudados a dos manos; y cuando en el sexto ya el toro se negó rotundamente a embestir, lo provocó metido entre los pitones, jugándose a la última carta de la cornada el derecho a ser torero mañana también y siempre.
A hombros levantaron a Ortega Cano, y al mayoral, y el público no se cansaba de aplaudir, ni quería irse de allí, nunca. Y el gnito "¡Viva la fiesta!" volvía a rubricar el júbilo de una tarde memorable donde toros, toreros, público, por fin, estuvieron todos de acuerdo.