EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. VIC FEZENSAC 2017

sábado, agosto 04, 2012

Tertulia 11º Los trofeos

Escrito por ELCHOFRE   
viernes, 25 de febrero de 2011

Así es como llaman ahora a las orejas y rabos de los toros y, es la verdad que se abusa muchísimo de ellos. Se conceden demasiadas orejas, rabos y patas.

Los trofeos los otorga la omnímoda voluntad delos espectadores. Sobre tal materia no hay nada previsto en el vigente Reglamento; por consiguiente, cuando el público pide la oreja hay que concederla, si insiste en la petición se tiene que dar la otra, y así sucesivamente, el rabo, la pata, la otra, la otra... 

Esto es la cosa más absurda del mundo, cuya existencia, tan exuberante como dañina para la propia fiesta, se debe solamente a un exceso de benevolencia, desconocimiento y «patanatería» de la gente. 

El origen histórico de esta costumbre es el siguiente: En un principio, cuando el toreo era una cosa «seria», no se daban orejas. Eran rarí­simas y excepcionales actuaciones, en las cua­les el torero había realizado una labor asombrosa y extraordinaria en los tres tercios de la lidia, aquel público, tan aficionado y tan cono­cedor del toreo, le regalaba al torero el toro (que acababa de matar y allí mismo, en el ruedo, antes de arrastrarlo le cortaban la oreja y se la entregaban al matador.

Era una representación simbólica, fehaciente y justificativa, de que, como recompensan a tan colosal actuación, aquel toro o lo que es lo mismo, su importe (entonces un puñado de reales) le pertenecía al lidiador. 

También era ésta una forma de recompen­sa o retribución económica a los toreros que tan cumplidamente habían acreditado merecerla. 

Téngase en cuenta el modo de cobrar y la cuantía que percibían entonces los toreros, y no se olvide que en los festejos llamados menores a base de toreros humildes y principiantes, al concluir tenían éstos que pasar los capotes, para recoger la regalía a voluntad de los espectadores. 

Sabido esto, fácilmente se comprende, el absurdo y lo improcedente de que se concedan dos orejas, rabo y pata o patas. Pues en el supuesto —que ya es suponer— de que hoy un torero, con un toro, «toro», esté tan divinamente bien que merezcan la concesión de esa «lluvia de trofeos», es cosa totalmente opuesta a la tradición y además carece de todo significado. 

Es decir que si el torero está tan extraor­dinariamente bien —y siempre teniendo en cuenta la clase de toro que ha toreado— lo más que se le debería conceder es una oreja, puesto que siendo ésta, simbólica y tradicionalmente, equivalente a la concesión del toro, el toro no se le podría regalar al torero nada más que una sola vez.

Que la oreja —una sola oreja— no se le puede otorgar nada más que al torero que esté extraordinariamente, en los tres tercios y en todas las suertes, es algo que el público no debe olvidar si es que deseamos que los dies­tros se estimulen y no cameleen tanto como hasta ahora lo hacen, a sabiendas de que con cuatro manoletinas y otras tantas pamplinas (todas terminadas en «ina») ya se han ganado todos los apéndices del bravo animal. 

Pero no ocurre así. El público de hoy es extremadamente generoso y candido, lo da to­do. Unas veces por simpatía, otras por fasti­diar a los otros matadores de la terna y otras por el espejismo de la reputación periodística del «fenómeno coletudo» (apelativo este poco afortunado ya, pues hoy ni coleta tienen los artistas del ruedo). 

No sabe el público el daño que causa a la Fiesta cuando, con tanta insensatez, saca su pañuelo injustamente. Pues aquel torero corta las orejas y lo que sea, el suceso lo difunden rápidamente las agencias informativas, ense­guida aparece en la prensa de toda España, y ahí tenemos a ese espada engañando a quienes no lo han visto e imponiéndose a los empre­sarios de las demás plazas de toros. 

Además, en el noventa y nueve por ciento de los casos, cuando el torero ha estado muy bien, es porque la bravura, la casta y la nobleza del toro lo han permitido.


Por esto, ya que el público actual no puede remediar su manía de cortarle cosas al toro para dárselas al torero, lo justo es que si al to­rero se le concede una oreja, se le dé al toro una vuelta al ruedo en el arrastre, o dos si son dos las orejas que le han cortado.
Esto sería de justicia estricta, pero a los toreros no les gusta que se haga, pues les resta mérito y, en su afán embaucador, no confor­mes con los apéndices que les han «regalado» quieren también que parezca siempre que el toro era un «barrabás». 

Aquí en nuestra plaza hemos presenciado que alguna vez las cuadrillas se han opuesto violentamente, a que los mozos de las mulas de arrastre inicien la vuelta al ruedo del toro, ¡es que se aquilata tanto por los «fenómenos» de ahora! 

Protesto, como aficionado, de que se pro­duzca ese lastimoso, carnicero y hasta repulsivo espectáculo en el que se mutila —a veces medio se descuartiza— ante el público, al noble animal que, con su bravura y buen estilo de pelear, ha hecho posible aquel apoteosis torerista.

Considero que, lo que casi siempre ocurre, ese paseo de una carga de «trofeos» con olvi­do absoluto del comportamiento del toro, es una tremenda injusticia que se le hace al ganadero y a su paciente e ignorada labor duran­te muchísimos años. Cuando al toro se le cor­tan muchas orejas y rabos es porque ha sido muy bravo y muy noble. No debemos o lvi­darlo.
Fuente autorizada por  http//:www.elchofre.com

1 comentario:

  1. Hace algunos años no había el aguacero de trofeos como hoy,ahora las faenas perfileras y ventajistas las culminan con el clásico sartenazo y obtienen trofeo.
    Un toro de casta,íntegro,con edad y poderoso inquieta a las figuras,con los bobos se las arreglan.
    Cada vez es más notoria la ausencia del aficionado,lo que abunda es el público festivalero que si no se cortan orejas cree que no ha visto torear.
    La prensa al servicio del taurineo es la que apoya estos desmanes y al verdadero aficionado lo tiene en la mira con una campaña constante;que hoy se torea mejor que nunca,con esa actitud contribuyen a la decadencia de la fiesta.Son de un servilismo vergonzante.
     
    Leromo.

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