EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de la Ganadería los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. VIC FEZENSAC 2017. Foto : Pocho Paccini Bustos.

martes, marzo 05, 2013

EL EMBRUJO DE SEVILLA (CAPÍTULO V)


V.

Rosarito dejó el chocolate sobre la mesilla de luz y corrió las cortinas de la ventana, poco a poco, al principio, y luego de un golpe, cuando se enteró que su hermano estaba despierto.
‐¡El gran día, Paco! ¡Mira qué cielo, qué sol, y ni una miaja de viento! ¿Has dormido bien?
‐Como los ángeles; ¿y tú?
‐Yo, así, así ‐y después de besarlo se sentó a los pies de la cama, como de costumbre, mientras él se desayunaba, y añadió: ‐Estaba nerviosilla. Una balumba de cosas me andaba por la cabeza. Pensaba en ti, en Pastora, en mí, en la corrida de hoy, ¡qué sé yo!... Me levanté, volví a pedirle a la Virgen por nosotros, escuché a tu puerta, y desde que te sentí dormir como un bendito, me tranquilicé y pude concitar el sueño.
‐He dormido doce horas de un tirón.
‐¡Qué cuajo! Por supuesto, haces bien en tener confianza. Yo también la tengo. Saldrás de esta prueba decisiva como de las otras. Tú tienes Dios aparte, Paco. Esa idea no me deja pensar nunca que los toros puedan darte un disgusto. Cuando te veía en los pueblos salir de la fonda para la plaza, con el puro entre los dientes, y meterte en el coche como si
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fueras a darte un paseíto por las Delicias, me decía: c La suerte y las mujeres siempre serán de ese perdío.
Él la atrajo hacia sí, la acostó sobre su pecho, y acariciándola mientras hablaba, le dijo:
‐¡Ay, qué hermaniya más zalamera tengo! Pues mira, cuando veo estos cachetes, que dan ganas de comerlos, y esta nariz, que no se diría sino que está a todas horas oliendo claveles, y esta boquita, que sabe decir cosas tan dulces, y estos ojos traviesos, me digo: con una hermaniya tan salada y que tanto reza por mí, no hay desdicha ni toro que me echen mano.
Rosarito mentía. Lejos de estar tranquila, vivía llena de zozobras y pesadumbres, que le ocultaba cuidadosamente a su hermano. Desde que éste le comunicó, tres años antes, su extrema resolución, y comprendiendo cuán inútil y pernicioso habría sido afligirse o contrariarlo, se propuso prestarle el arrimo de amor que su instinto de mujer le decía iba a necesitar el novel torero para sobreponerse a los sinsabores que lo esperaban, vencer en la lucha y llevar a buen término su propósito. De la noche a la mañana cambió; la cigarra convirtióse en hormiguita; el pájaro cantor, en mujer hacendosa, sin dejar de ser por eso la alegría de la casa. Cantaba todo el día, pero siempre mientras hacia algo. Aminoró la servidumbre y redujo los gastos, dejó de surtirse de ropas, sombreros y perfumes en las casas de Madrid; renunció, no sin pena, a su viajecito a la corte, en invierno, y a San Sebastián, en el verano, y por no exponerse a sufrir un desaire o sentirse humillada, no quiso seguir concurriendo a los bailes ni a las grandes reuniones de Sevilla. Como Paco, dejó de hacer visitas, pero recibía a las personas que, a pesar de la ruina, primero, y del escándalo, después, se mostraron deseosas de conservar las relaciones con ellos. Por último, le devolvió a Pepe Míguez, su novio, la palabra de casamiento que él le había dado. Pepe, que era muy noblote y la quería de la entraña, puso el grito en el cielo, y le hizo mil protestas de cariño; pero ella permaneció erre que erre, terminando la entrevista con esta declaración:
‐Seguiremos hablándonos, Pepe; pero quiero que seas libre, que no te creas obligado por tu palabra. Tú no eres solo. Tu padre, aunque estima mucho a Paco, se opone formalmente a que su hija sea la novia de un torero, y yo me figuro que tampoco querrá para novia de su hijo la
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hermana de aquél, y aunque lo quisiera, yo, en tales condiciones, no lo querría.
Nada sabía Paco de todo esto, ni de otros sacrificios de Rosarito, ni de las atribulaciones que pasaba desde que él exponía la existencia en las plazas, para poder vivir con el desahogo de antes; pero, seguramente, lo sospechaba, porque muchas veces, sin venir a pelo, le cogía la cara entre las manos, la miraba enternecido, y le decía con voz ronca:
‐¡Hermaniya, hermaniya, tienes un corazón que no te cabe en el pecho! La que mata toros, eres tú, no yo.
Los paliques a la hora del desayuno eran para Paco y Rosarito un verdadero regalo. A veces sonaban las once en la iglesia de San Marcos, y todavía estaban de charla. Paco se reía mucho con ella, porque tenia salidas muy ocurrentes y una manera categórica y desenfadada de juzgar, que movía a risa, por lo ingenua y sorprendentemente suspicaz a la vez. Cuando hablaban de cosas graves, Paco la oía con mucha atención, admirando, no pocas veces, la justeza con que discurría ella sobre asuntos extraños por completo a su experiencia de la vida y que le hacían preguntarse a él de dónde sacaba tanto y tan cabal discernimiento. Se lo preguntaba, y ella le respondía siempre lo mismo, señalando el corazón.
‐De aquí, Paco ‐y luego explicaba: ‐Tenemos dos maneras de juzgar, como tenemos dos maneras de cantar; una, de cabeza, y otra, de pecho; los hombres juzgan con la cabeza y con el pecho las mujeres. No sabemos nada y lo sabemos todo. Si no lo comprendes eres un tonto de capirote, un lila borrao.
Después del chocolate, con churros, Paco apuró un vaso de leche; al dejarlo vacío en el velador, preguntó:
‐Siempre vas a los toros con Pastora y su familia; ellos vienen por ti, ¿no es eso?
‐Ellos, no; ella sola... ‐corrigió Rosarito. Y riendo del asombro de él, repuso:
‐Quiere darte un apretón de manos antes de la corrida. Sábelo todo de una vez: Pastora está loquita por hablar de nuevo contigo. Siempre te
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quiso; si ha conservado la amistad conmigo y me busca y me zarandea, es por ti.
‐¿Y los chicoleos con...?
‐Tonterías; ha tenido mil pretendientes, y en serio no le ha hecho caso a nadie. Coquetea para mostrar que tus devaneos no le dan frío ni calor; pero a mí no me la pega. Y tú, Paco, haces mal en darle achares. Ella no tiene la culpa de lo que piense el papá; además, que el papá piensa bien. Ponte en el caso de él. ¿Qué habrías hecho tú si mi novio hubiera salido un día con la tripa rota de hacerse torero?
‐Le habría dicho: ¡Olé los niños barbianes! ‐¡Mentira! Lo habrías enviado a tomar el fresco. ‐Eso sí que es verdad.
‐¿Lo ves...? Ella no pudo hacer otra cosa que lo que hace: tragar saliva, quererte en silencio y esperar. Y aunque no me lo dice, porque es muy orgullosa, yo sé que pasa muy malos ratos. Cuando toreas no vive; a cada minuto manda preguntar si no se ha recibido el telegrama que tú me pones siempre, después de las corridas, con el famoso sin novedad. ¡Si vieras lo bonita que está! Con razón la llaman, como a la Virgen, la Divina Pastora. Y tú la quieres mucho, ¿verdad, Paco?
‐No lo sabes tú bien, Rosarito ‐murmuró él, cerrando los ojos.
Entró el mozo de espadas. Traía los estoques para que el matador los examinase, como tenía por. costumbre hacerlo antes de vestir el traje de luces.
‐¿Están bien afiladiyos? ‐preguntó Paco. ‐Cortan un pelo en el aire ‐respondió el mozo.
Y como si cumpliese una ceremonia litúrgica, solemnemente los fue sacando de la vaina uno a uno y enseñándoselos a su amo.
Dos de aquellas hojas llevaban los gloriosos nombres de las dos espadas del Cid, tantas veces teñidas en sangre de moros, y célebres en la Historia, no sólo por lo hazañosas, sino también por haber formado
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parte de los ricos presentes que les hizo el de la barba bellida a los Infantes de Carrión, cuando casaron con sus hijas. La más pesada se llamaba Tizona y la otra Colada. A la tercera llamábanle la Joyosa, en recuerdo de la tajadora que esgrimió Carlomagno. El cuarto estoque era más pequeño y liviano, un verduguillo, y así se le designaba. Paco lo usaba sólo para descabellar. Este tanteó el filo y luego la punta de las pesadas y relucientes hojas; miró si tenían bien acentuada, como él quería, la curva, que los toreros llaman la muerte del estoque, y dio su aprobación.
‐¿Qué traje estrenamos, Rosarito? El que tú elijas me traerá la buena suerte.
‐El borra de vino y oro viejo; de los tres nuevos es el que te va mejor.
‐Ya lo sabes, Gazpacho. Anda y prepáralo todo.
Rosarito salió seguida del mozo. El novillero cruzó las manos detrás de la nuca, clavó los ojos en la labrada viguería del techo y se quedó pensando. La estancia amplia, sonorosa y solemne era la antigua alcoba del marqués de Torre Cuéllar. Los muebles que la adornaban, incluso la cama portuguesa, de columnas y cumplido dosel, le habían pertenecido. Paco no quería desprenderse de aquellos venerables objetos.
Vendió por intermedio de Tabardillo, a fin de completar lo necesario para quedarse con la casa y disponer de algún dinero, las curiosas colecciones de cacharros antiguos y azulejos de fábrica sevillana, y los cueros de Córdoba que desde tiempos remotos venían transmitiéndose de padres a hijos en la familia; se deshizo también de todos los cuadros de escuela flamenca y gran parte del suntuoso, pero muy destruido mueblaje que adornaba la sala y el comedor, y sólo se reservó lo necesario para que no quedasen las habitaciones completamente destartaladas, amén de lo contenido en el dormitorio del marqués. Los pesados cortinajes y los paños de damasco, descoloridos y rotos en partes, que tapizaban las paredes, casaban muy bien sus tonos desmayados y enfermos con la vieja alfombra de Alcaraz, la roja vaqueta de Moscovia de las sillas y las maderas pulidas por el uso del historiado bargueño, la cómoda italiana con profuso adorno de concha y nácar y el escritorio salamanquino que ocupaban los espacios comprendidos entre las puertas. En los muros veíanse sólo dos
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cuadros, un Cristo del Mulato y un monje, amarilloso y tétrico, atribuido a Zurbarán.
Después del desayuno, en la recogida media luz de la alcoba, gustaba Paco ajustar cuentas consigo mismo cuando Rosarito no estaba allí. En aquel instante, como el alpinista que llega a una cumbre, avizoraba las lejanías y los horizontes que a sus ojos descubría el porvenir. De un vuelo había llegado a la cúspide de su arte, sin recoger en el trayecto recorrido, aparte de algunos trompicones y varetazos de los toros, otra cosa que provecho, aplausos e impresiones placenteras. La suerte le sonreía; la fama se le entregaba sin defensa, como una mujer seducida; el dinero le llovía como un maná del cielo. El recuerdo de los contrariados amores con Pastora era la única sombra de su dicha y el único tormento de su amor propio. No le podía perdonar a la moza que se hubiese mostrado tan sumisa a la autoridad del padre, ni a éste que le hubiera dicho en cierta ocasión: Paco, yo te estimo mucho; pero si te haces torero, renuncia a la mano de mi hija. A lo cual él, que era tan susceptible como voluntarioso, contestó secamente: «Delo usted por hecho desde ahora mismo». Y quedaron cortadas las relaciones, que se volvieron muy tirantes con el ganadero después del altercado de marras. Dejaron de saludarse. Lo dicho por Paco en «El Tronío» tenía irritadísimo al soberbio señor de media Andalucía, que ponía todo su orgullo y hasta su honor en la bravura de los toros que criaba. Por otra parte, estaba habituado a que nadie le llevase la contra y a que todo el mundo le bailase el agua, particularmente los toreros, por la necesidad que de él tenían y el miedo al mal que, si se le antojaba, podía hacerles dentro y fuera de la plaza. La arrogancia del novillero lo ponía fuera de sí, y se propuso humillarlo haciéndole públicos desaires. Paco a éstos contestaba con otros mayores, y así se estableció entre aquellos dos caracteres altivos, recios y rijosos, una guerra sorda de orgullo a orgullo, en la que el poderoso señor tuvo la nobleza de no mezclar a Pastora ni a Pepe, ni tampoco a Rosarito, ahijada y protegida suya. El, tan autoritario y duro con los extraños, era bondadoso y hasta débil con sus hijos. Los quería entrañablemente, satisfacía sus menores caprichos y juzgaba que por ser hijos de él tenían derecho a todo. Las calaveradas y disipaciones de Pepe, lejos de enojarlo, lo llenaban de secreto orgullo. La belleza y la gracia de Pastora halagaban sobremanera su vanidad de papá andaluz. El que todos reconociesen que en los bailes y las fiestas fuera siempre Pastora la primera le placía tanto como el que sus toros quedasen por encima de los otros en las corridas. Salvo en muy contadas circunstancias, dejaba obrar a Pepe y a Pastora con entera independencia y hacer lo que les diese la real
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gana. Por eso, después del altercado con Paco, no se le ocurrió siquiera inmiscuirlos en sus cuentas con aquél ni la trató a Rosarito con menos cariño. Las relaciones de familia siguieron siendo las mismas; pero desde que se rompió el compromiso oficial entre él y la hija del ganadero, Paco dejó de ir a la casa. A hurtadillas siguió viendo a Pastora. Esta no se atrevía a desacatar abiertamente la autoridad paterna ni a romper definitivamente con el novio, y esperaba que Paco a última hora renunciase a sus proyectos tauromáquicos. Cuando toreó por la primera vez con el escándalo consiguiente, riñeron. El padre se llevó la moza a Madrid, donde fue muy festejada y requerida por los principales chicos de la nobleza. Pastora tuvo muchos noviazgos, y Paco muchos ruidosos líos. Pasaron dos años. Algunas veces se encontraban y no sabían que decirse. Pero los ojos hablaban. Paco recordaba aquellas entrevistas fugaces que, sin poder discernir la causa secreta, lo dejaban lleno de reconcomios. Ella se hacía la indiferente y él también. El mozo sentía que debajo del corpiño de raso y encaje, latía un corazón tan altanero como el suyo. Y por igual lo acometían ímpetus de decirle ya cosas dulces, ya cosas acerbas. Frecuentemente en los últimos tiempos la veía en el «Paseo de las Delicias» o en los jardines del Alcázar, donde casi todas las mañanas iba a pasearse Pastora en compañía de Rosarito. Paco no las detenía para darles palique; las saludaba afectuosamente y seguía su camino sin volver la cabeza. Pastora palidecía y apretaba los labios.

***
«Peliyos a la mar», se dijo de pronto tirándose de la cama, y después de vestirse a la ligera, se echó al bolsillo algunos terrones de azúcar y bajó a la cuadra. Covacha había concluido de lavar el coche y canturreando unas tarantas muy garganteás limpiaba los collarones de cascabeles, los metales y los bordados cueros de las guarniciones jerezanas. El mozo de cuadra, también templándose por lo bajo, adornaba la crin y la cola de los caballos con vistosos cordones y borlas de color amarillo y rojo. Cuenca andaba dando vueltas por allí como de costumbre lo hacía todas las mañanas antes de coger los pinceles. En la cuadra a esa hora encontrábanse habitualmente los dos amigos. El amor al caballo era otro lazo de unión entre ellos. Cuenca no tenía ninguno, pero montaba los de Paco, y los regalaba y quería como si fuesen propios.
‐¡Hola, Cuenca! ‐le gritó Paco al verlo.
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El pintor se acercó a su amigo, le puso las manos sobre los hombros y luego, contemplándolo un instante, lo abrazó sin proferir palabra.
‐Gracias, Jarete ‐murmuró Paco, comprendiendo lo que aquella muda demostración de cariño significaba.
Observaron un momento el trajín de Covacha; examinaron detenidamente el correaje amarillo y la gala del arreo jerezano y se fueron a los pesebres, solazándose en palmear los morrudos cogotes de las jacas y darles algunos terrones de azúcar. Eran cinco hermosas bestias, apenas con tres o cuatro dedos sobre la marca, robustas de lomo, anchas de pecho y muy finas de remos y cabeza. Todas ellas se ataban y montaban. Dos, las que usaba el novillero como jacas de campo, tenían fama en los cortijos de Sevilla por lo valientes y bien educadas. Con la Perica acosaba Paco sin freno ni mando alguno, y había que ver cómo el inteligente animal adivinaba las intenciones del jinete; cómo arremetía en cuanto la garrocha se clavaba en el anca del toro, y cómo cuarteaba en cuanto este se revolvía, o se salía de entre los pitones con un salto de costado, pero sin huir, dando siempre la cara, aún en los casos de más grave peligro. Además poseía Paco un potro que Brageli le estaba adiestrando. Preguntaba por el hermoso bruto cuando entró el desbravador de vuelta del paseo que le daba todos los días. El potro traía la boca llena de espuma y los ijares rayados por las espuelas.
‐¿Cómo va eso, Brageli? Veo que ese tunante ya se deja pegar.
Brageli contestó acentuando cada afirmación con un ademán.
‐El caballo tiene la boca como una sea; se revuelve bien; echa atrás, da el paso de costao, pero entoavía no conseguí ponerle la cabeza en su sitio; por eso no le he quitao la cerreta. Y aluego no se eleva andando lo que él puede y yo quisiera. Véalo usted.
Y empezó a caminarlo por el reducido patio y a revolverlo a derecha e izquierda, explicando al mismo tiempo los defectillos que tenía y cómo iba a corregírselos. Brageli era un desbravador de primera: caía en la montura con garbo; gustaba lucir su destreza, su brío y sus hechuras, y no hacía ningún movimiento que no acusara empaque, maneras, la presunción estilizada del caballista andaluz, hábil, gracioso y bravo. A los dos amigos les placía verlo correr las espuelas con los arrestos
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clásicos del bandolero de Sierra Morena y adornarse, luego de revolver el caballo, como un matador a la salida de un quite.
‐Ahí tienes a otro artista de la bizarría y la majeza ‐decíale el pintor a Paco entre burlas y veras, mientras Brageli mostraba sus habilidades‐. En este momento nuestro hombre se cree un José María, acaso el Cid campeador. Por sus venas bulle ahora mismo la sangre generosa de los caballeros, capitanes, caballistas, bandidos y diestros que bregaron en los cosos, los campos de batalla, las sierras y los redondeles. No hay que darle vueltas, Paco, todos somos unos. Nosotros hemos heredado, más integralmente que otro cualquier pueblo de España, el culto de la valentía. No hay sevillano que no quiera ser valiente y majo, sea con el estoque, las espuelas, la guitarra o la sartén. Ese buen Brageli que ves ahí es un émulo del conde de Puñonrostro, del duque de Veragua y de tu pariente el vizconde de Miranda, marqués de Torre Cuéllar, aquel que tenía celoso con sus hazañas en la arena al mismísimo Pedro Romero. Mira, Paco, cómo retrepa el busto; fíjate con el ímpetu de matón que achucha la jaca y las miradas de navaja fría que les lanza a invisibles espectadores a fin de meterles bien en el alma que el es mucha cantiá de hombre. Para que nosotros lo reconozcamos, si no le dices que se apee, se va a estrellar.
‐Quieres callarte ya... ‐exclamó Paco, riendo‐. Si se entera Brageli te arma una bronca. ¡Bueno, Brageli, bueno! ‐le gritó luego al desbravador, que, en su entusiasmo, estuvo a punto de hacer costalar al caballo varias veces.
Brageli se apeó; pegóse un par de tirones de la chaquetilla con mucha sacudida de hombros, y después de darle una sonora palmada en el anca al potro, que dio un bote y tomó el camino del pesebre, fue a saludar a los dos amigos.
Paco, luego de alabarle su habilidad y ofrecerle una copa de Rute para matar el gusano, le preguntó por la familia.
‐Curra y las chicas, bien ‐contestó Brageli‐; en cuanto a la Pulida, cada vez peor. El granuja de Argüeyo, no contento con mangarle cuanto gana, la avergüenza en público como mujer y como cantaora; la muele a golpes, y por quítame allá esas pajas, la echa del cuarto en camisa. Ayer mismamente nos llegó en paños menores y con un ojo negro.
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Y con la mayor naturalidad, como si se tratase de la cosa más corriente del mundo, les refirió mil pormenores de la aperreada existencia de su hija y del cantador. Hacía diez años que vivían juntos en una reducida y mal aireada habitación del corral de las Jabanillas, casi exclusivamente habitado por artistas del tablao. Lo que ambos ganaban cantando se lo gastaba el en vino y postín, cosa que ella encontraba muy justa porque lo quería y la enorgullecía sobre toda ponderación que su hombre alternase y luciese.
A veces no había para el garbanzo. La Pulida, como si fuese de ella la culpa, pagaba los vidrios rotos. Las reyertas eran frecuentes. Oíanse juramentos, ayes y gritos. Los inquilinos, habituados a tales escenas y sabiendo por experiencia propia cómo terminaban, salían al patio o a los corredores y hacían palmas y ruido para que la bronca no se oyese desde la calle, pero no se les pasaba por las mientes inmiscuirse en los asuntos del prójimo, por aquello de cada cual en su casa y Dios en la de todos. Era la ley del corral; violarla exponía a serios disgustos; el que se metía a redentor salía infaliblemente crucificado. <Ya escampa>, se decían al concluir la batahola, y tornaban a sus cuevas tranquilamente. Entonces, un silencio extraño, una quietud misteriosa reinaba en la habitación de Argüello y la Pulida. Escuchando atentamente percibíase sólo algún caricioso murmullo, algún desmayado suspiro. La luz, contra lo ordinario, no alumbraba la estancia hasta la hora de ir al café. Juntos y cogidos del brazo, como dos amartelados novios, Argüello y la Pulida ganaban la calle. Pero no siempre concluían las peleas así. Por las noches, cuando el cantador volvía con una copa de más, las cosas tomaban otro cariz. El iracundo majo arrojaba a su chula de la alcoba y cerraba la puerta con llave. Ella se quedaba allí tiritando de frío y gimiendo. Al cabo de un buen rato, él, lleno de magnanimidad, abría, le arrojaba una manta y se acostaba de nuevo, dejando la puerta cerrada, esta vez sólo con el pestillo. Cuando lo sentía dormir, la Pulida entraba y sigilosamente se metía en el lecho, tibio y como aromado por el cuerpo del cantador. Aquella tibieza y aquel acre tufillo le producían un deleite punzante, ácido, que en secreto gozaba con fruición y vergüenza a la vez. Pero desde algún tiempo a aquella parte, desde que el Pitoche le quitaba las palmas en el tablao, el carácter de Argüello hablase tornado tan díscolo y agresivo, que a la Pulida le iba ya siendo imposible vivir con el. Se complacía en ofenderla y mortificarla en su orgullo de mujer y de artista, llamándola guasona y patosa a cada paso, y echándole en cara lo que precisamente el público decía de él: que no tenía estilo propio; que imitaba a este y al otro; que en su cante todo
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era mentira. Una vez que la oyó canturrear distraída una malagueña del Pitoche, estuvo a punto de matarla.
‐Yo estoy decidío a intervenir, y si yo intervengo... ‐concluyó Brageli.
La llegada de los banderilleros de Paco lo interrumpió. Venían a saludar al mataor antes de la corrida. Eran dos maletillas que antes toreaban por los pueblos y a quienes Paco había sacado de la oscuridad y hecho toreros. Les llamaban la pareja relámpago porque le adornaban los morrillos a los toros con cuatro pares de rehiletes en un abrir y cerrar de ojos. Bregando siempre estaban en su sitio. Metían un capote cuando hacia falta meterlo, y no se cansaban nunca. Iban siempre muy currutacos; tenían sus dijes, sortijas, botones de brillantes, y aunque pequeños y feuchos, presumían de guapos y afortunados con las mujeres. Cuando pasaban frente a un escaparate, ambos se empinaban, a fin de parecer el uno más alta que el otro. La primera vez que Paco los sacó a torear les pagó veinte duros, una fortuna para ellos, que se gastaron inmediatamente en puros y calcetines de seda. Desde entonces vivían en el quinto cielo, sin más preocupación que la de lucir dentro y fuera de la plaza y gastar alegremente el dinero que ganaban arriesgando la vida. Pero esto último no les quitaba el sueño.
Llegaron luego Tabardillo y su compañero el picador Alegre, a quien llamaban todos respetuosamente don Juan, porque frisaba ya en los cincuenta y había sido, en sus buenos tiempos, un jinete consumado y el picador más hábil y duro de toda España. Era muy presuntuoso y disipado, y aunque estaba ya en plena decadencia y se acercaba el día de quitarse de los toros, no pensaba en ahorrar para la vejez. Cuando alguien le hacía alguna amistosa observación sobre el asunto, de un tinguiñazo se echaba el sombrero a la nuca, se ponía en jarras, encorvaba salerosamente el cuerpo hacia adelante y decía:
‐Me gustan tres cosas: el vino, el juego y las mujeres. En eso me gasto siempre hasta la última peseta. Y cuando se acaba el dinero, a la cara de los toros a por él. Mientras pueda picar too irá al pelo. El día que no pueda, al hoyo, y que me quiten lo bailao.
Formóse en el patio de la cuadra, empedrado al modo moruno, animada reunión. Covacha escanció el viejo jerez, rojo de puro viejo, que Paco gustaba tomar como aperitivo. Los diestros sólo apuraron una sopa de aguardiente; los días que toreaban no bebían.
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‐Mataor, nos echan un marrajo de Míguez que es como la catedral de Burgos ‐dijo Alegre‐. ¡Josú! ¡Vayan arrobas y vayan pitones! ¿No lo ha visto usted en Tablada? Pues en los chiqueros parecía más grande. Don Antonio se ha despachao a su gusto.
‐Pues verá usted, Alegre, cómo a la catedral de Burgos también la arrastran las mulas ‐respondió Paco, sonriendo.
‐Eso lo tengo olvidao de puro sabio.
‐Lo que no debe usted olvidar, ni tú, Tabarda, tampoco, es que hay que volverle el palo, darle el primer puyazo con el regatón, que será lo mismo que arrearle una bofetada al ganadero. Así se lo prometí y urge cumplir la palabra empeñada.
‐¡Menudas caídas nos va a dar! ‐exclamó Alegre‐. Pero se hará lo que usted mande, mataor ‐y poniéndole la mano a Tabardillo en el hombro, agregó: ‐¡Compare, hoy se quedan las boticas sin árnica!
Siguieron bromeando con ese buen humor un tanto jactancioso de los placeadores que no conocen aún el miedo. Aunque no ignoraban que la corrida seria de prueba, los cinco diestros estaban tranquilos y ardiendo en sus deseos de lucirse, cada uno en lo suyo.
El mismo Alegre, que ya sólo picaba con muchas camándulas y echando mucho pulo por delante, se proponía dar esa tarde algunos puyazos de los suyos clásicos, como hacía siempre, para conservar el cartel en las plazas de Madrid y Sevilla. De pronto Paco se incorporó, cesó de reír y dijo:
‐¡Ea, caballeros, ha llegado la hora de vestirse! Hoy tomo la alternativa, y quisiera no sólo quedar bien yo, sino que quedase bien toda mi cuadrilla. Conque... apretarse bien los cordones.
Unos tras otros los banderilleros y los picadores, descubriéndose, estrecharon efusivamente la mano del matador, le desearon buena suerte con sentidas palabras y se fueron braceando y luciendo el cuerpo con esa soltura, presumida y graciosa, que hace en Sevilla del caminar un arte sutil. 


Fuente: El embrujo de Sevilla, Carlos Reyles. Biblioteca Mundial Sopena Argentina S.R.L. Tercera Edición, JUNIO DE 1954.pp 69-80.

Cortesía de Germán Urrutia Campos.

1 comentario:

  1. Que bueno el retomar la entrega de tan interesante novela taurina con los ingredientes clásicos del toreo y sus entretelones.
    Desde Surco.

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