EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de la Ganadería los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. VIC FEZENSAC 2017. Foto : Pocho Paccini Bustos.

domingo, marzo 24, 2013

EL EMBRUJO DE SEVILLA (CAPÍTULO VI)

VI.   
A eso de las dos empezaron a llegar los amigos, los partidarios, los admiradores que venían a ver vestirse al torero. Para muchos, para casi todos los aficionados, eso era algo así como una parte integrante o preámbulo de la corrida. Si a él no asistían, el espectáculo les resultaba incompleto. Pero esa vez la afluencia de curiosos era tanta, que la mayoría tuvo que contentarse con estrechar la mano del señorita torero y partir. Las habitaciones, los corredores y el patio rebosaban de gente. Diríase que Sevilla entera, sin excluir a sus autoridades, se había dado cita allí para acompañar con sus votos al mozo de rumbo y de chapa que esa tarde iba a inscribir un nombre más en los gloriosos anales del toreo, de ese arte del valor que, según la copla popular, venia del cielo. Cuenca y Míguez tuvieron que hacer despejar la alcoba del antiguo marqués de Torre Cuéllar para que su descendiente pudiera vestirse. Quedaron sólo en la pieza, por especial privilegio, los amigos íntimos de la corte y de Sevilla. Paco, que había salido para lavarse volvió ya afeitado y peinado. Con el impudor característico de los atletas, se despejó de la bata y apareció desnudo. Parecía tallado en madera dura. La epidermis morena, mate y sin vello casi, cubría, como una malla de seda cruda, el cuerpo fino y de músculos apenas diseñados en el reposo, pero que adquirían extraordinario resalte al menor movimiento. Sus amigos lo contemplaban como se contempla a un purasangre. Gazpacho, muy solícito, le ayudó a ponerse la camiseta de seda valenciana, luego los calzoncillos cortos de hilo finísimo, después las medias blancas, sobre ellas las de color carne y por último las zapatillas nuevas, que ató con prolijo cuidado.
‐¡Vaya canela, Paco! ‐exclamó don Gaspar examinando con delectación amorosa el traje de luces tendido sobre la cama‐. ¡Y el capote!... ¿Quién te ha bordado esta maravilla, chico?
‐Unas monjitas, don Gaspar, que me quieren mucho. ¿Le gusta a usted? Hoy lo estreno.
‐Es de primera. Si toreas como te vistes, les vas a quitar los moños a todos los que gastan coleta.
Paco no respondió, absorbido en la delicada y peliaguda tarea de ponerse la largísima faja. Gazpacho la tenía tirante por un extremo, mientras él, girando sobre sí, se iba envolviendo en ella. A cada vuelta, al principio, se detenía y acomodaba los pliegues. Cuando faltaron sólo
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dos metros dio unas cuantas vueltas rápidas, sin detenerse, y la faja quedó puesta.
‐¡Ni pintada! ‐aseveró Cuenca.
Antes de ponerse la pesada y joyante chaquetilla, se colocó la montera, cogiéndola por los borlones o machos con ambas manos, y apretándosela mucho. Al verlo ya vestido, realzada la esbeltez del cuerpo por la seda, el oro y la pedrería, tan arrogante, tan gallardo, tan majo, a don Gaspar se le antojó que aquel mozo era la encarnación viviente y la cifra de la gracia y del machismo andaluz; un símbolo de lo más hondo y enjundioso del alma sevillana; una granazón cumplida de la raza que había dado al mundo los Gonzalo de Córdoba, los Pizarro, los Corteses, y levantando en alto la copa de Jerez que bebía, exclamó, entre risueño y conmovido:
‐Paco, tú vas a revolucionar el arte; tú vas a revolucionar a España; tú vas a remover muchos rescoldos de nuestra tierra, y quizá hagas brotar de las cenizas alguna llama. ¡Salud, Paco!
‐¡Bien dicho, don Gaspar, bien dicho! ‐prorrumpió Cuenca, radiante‐. Yo estaba pensando en lo mismo. ¡Salud, Paco!
‐Es curioso, y yo también ‐añadió Míguez.
‐Por favor, señores; no me hagan ustedes creer que voy a salvar a España, como Pelayo en Covadonga.
‐Hay muchas maneras de Covadongas en la vida de un pueblo, Paco. En tu esfera puedes ser, y eres ya, un hombre catastrófico. El que sólo vea en ti un señorito torero no ve más allá de sus narices ‐repuso Cuenca, gravemente.
Rosarito entreabrió la puerta de la saleta, que separaba sus habitaciones de las de Paco, y preguntó: ‐¿Necesitas algo?
‐Sí, hermaniya..., besarte el hociquito mono. Anda, muéstramelo por entre las cortinas.
‐No seas guasón y ven un instante, si puedes. El torero salió. En la saleta encontróse de manos a boca con Pastora.
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‐Paco, quería desearte buena suerte; aunque no lo mereces yo siempre pienso en ti, con cariño, con mucho cariño. En cambio, tú...
Él le cogió las dos manos, las apoyó contra su pecho, y le dijo, esforzándose por sonreír:
‐Mira, Pastora; mira cómo salta el que está ahí dentro. ¿No lo sientes? Ese tac, tac, tac, está diciendo: «Te quiero, te quiero...»
‐¡Paco, Paco!... ‐murmuró ella, mirándolo tierna y a la vez desesperadamente.
Paco comprendió.
‐No, no me digas nada; no me reconvengas con esos ojos, que meten miedo de puro hermosos.
‐Juegas con tu corazón y con el mío; es peligroso, Paco. Entre la fama y yo elegiste lo primero, sin necesidad, por capricho, por el mero gusto de jugar con la vida. Ese traje se me antoja la mortaja de aquel cariño tan grande que nos tuvimos.
Su voz era como un canto con sordina; su rostro, el de tina Concepción de Murillo; su continente, el de una maja de Goya. Los ojos, negros y aterciopelados, despedían vivos fulgores cuando hablaba, y entonces una onda de carmín teñía la tez pálida. pálida y mate, como la hoja de la magnolia. Las cejas, los ojos y el cabello, renegridos, hacían resaltar aquella extraña blancura de virgen, en la que ponían los labios de fresa un toque sensual.
‐¡Pastora, Divina Pastoral... ‐¡Para lo que me sirve!... ‐¿No eres dichosa?...
‐¿Y tú me lo preguntas?... ¡Qué malas entrañas tienes, Paco! Tú sabes muy bien que vivo sufriendo por ti. Mira que ya no puedo más; mira que voy a hacer una barbaridad... Escucha, es preciso que hablemos. Me pasan cosas muy graves. Ve esta noche al baile del Círculo de Labradores. Allí te las diré. ¿Irás?
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‐¡Vaya si iré!
‐Señorito, es la hora ‐advirtió Gazpacho, desde el otro lado de la puerta.
En aquel instante entró Rosarito, vestida de pollera de medio paso, mantilla de madroños y gran peina. junto a Pastora parecía más menuda y pequeñita. Ésta dijo, procurando ocultar su emoción:
‐Paco... ‐iba a decir «Paco mío», y se contuvo‐, hasta luego. Con toda el alma te deseo buena suerte.
Rosarito exclamó, toda pálida y temblorosa:
‐El corazón me dice que vas a quedar como un Dios.
Él, sin poder hablar, les tendió los brazos a las dos, y las dos apoyaron la cabeza en el fornido pecho del torero. Junto a la alcoba de Rosarito, en una pieza muy reducida, se encontraba el oratorio, y en él penetraron las mozas. Las largas y maravillosas velas del altar estaban encendidas. Una virgen, de talla antigua y corona de plata, mostraba el corazón atravesado por las siete espadas del dolor. Pastora y Rosarito, sollozando, cayeron de rodillas. En la lobreguez solemne del recinto, los vivos colores y la alegría del traje andaluz hacían que parecieran dos ramos de flores colocados al pie del altar.
Entretanto, el novillero descendía las escaleras repartiendo apretones de manos. En la puerta de la calle había una gran aglomeración de gente; en las rejas y los balcones, muchas mocitas de mantilla y jacarandosos atavíos. Paco, con el capote sobre el hombro izquierdo y el puro en la boca, afectando serenidad y despreocupación, ocupó el principal asiento del coche; a su lado se colocó don Gaspar, y en los asientos fronteros Míguez y Cuenca. Todos sentían como un mareo de gozo y ansiedad. Gazpacho saltó al pescante, donde ya había colocado las espadas y los capotes. Covacha, luciendo cordobés y terno nuevos, requirió el látigo de larga tralla; tanteó las riendas, y el coche partió entre los aplausos y los olés de la concurrencia. Las jacas parecían ufanas bajo la gala del arreo andaluz y martillaban el suelo con ritmo brioso y gallardo. El sol esplendente le ponía estofas y recamos de oro, ya fúlgidos, ya mates, al pelaje sedoso de los nobles brutos; cabrilleaba sobre los bordados cueros, las hebillas y las borlas de los arneses y extendía sobre todas las cosas un espeso barniz de luz. Numerosos coches seguían al de Paco, formando alegre cortejo. Cuando entraron
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en la calle de los Reyes Católicos, de las floridas rejas, de las manolas que pasaban veloces, de los trenes, llovían olés y vivas. El torero iba de continuo con la montera en la mano, saludando. Aquella pompa y alarde de arrogancia, que en otro cualquier diestro hubiera parecido inoportuno y petulante, se lo aplaudía el público a Paco porque había sido siempre un señorito de tronío, y era, en aquel momento, el dechado del mozo crudo y además la esperanza oculta de Sevilla en el ruedo. Causaba gracia y emoción a una que fuera a medirse con los fenómenos del arte, haciendo soberbia ostentación de su orgullo y valentía, y como diciéndoles a las gentes: Aquí va el que mete el pie y el que quita el hipo.»
‐¡Vaya rumbo y vayan hígados! ‐se decían los sevillanos al verlo pasar, fumando su soberbio veguero, como si tal cosa.
‐¡Arza, Perica, arza! ‐gritaba de tiempo en tiempo Covacha, haciendo restallar el látigo. Las niñas majas que pasaban en carroza volvían la cabeza para mirar al torero. Algunas le sonreían. Brageli, que iba a caballo, más ufano en su silla que un emperador en su trono, le gritó a la pasada, quitándose el ancho en medio de una corveta:
‐¡Viva el lujo y quien lo trujo!
Paco sonreía, quitábase la montera, saludaba con la mano. Experimentaba con fuerza inaudita el orgullo de vivir. Las manifestaciones de simpatía del pueblo, la admiración de los hombres, las sonrisas de las mujeres lo embriagaban. Iba dispuesto a no dejarse quitar las palmas ni por el mismísimo beato Pablo; dispuesto a meter miedo, a volver loca a Sevilla, a ofrecerle, jugando con la muerte, un espectáculo inolvidable, único. Y, sin embargo, estaba tranquilo. En el sentimiento de plenitud gozosa que lo embriagaba no entraba ninguna sensación deprimente. Sabía que, por grande que fuese cl alarde heroico que le pidiera a su corazón, éste habría de responder. No se le pasaba por las mientes siquiera que pudiese quedar mal. Confiaba en su estrella ‐había elegido para sí la más grande del firmamento‐ , y sentía, no con la fe supersticiosa del jugador, sino con la seguridad de la conciencia justa y neta del propio poder, que el triunfo sería suyo.
‐¡Arza, Perica, arza...! ‐seguía gritando Covacha, que en aquel instante no hubiese cambiado su fusta por el cetro del rey.
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Un coche arrastrado por un soberbio tronco de tordos rodados, que lucían el hierro de Romero, se adelantaba rápidamente La maja de rumbo que lo ocupaba iba como en sueños, con los ojos ganchosos fijos en la manola de Paco. Al pasar, sacó el esbelto busto fuera de la victoria, y saludando al torero con el abanico gritóle, vibrante y jubilosa:
‐¡Buena suerte, Paco...!
‐¡Adiós, Puriya! ‐contestó éste quitándose la montera e inclinándose luego con ella puesta sobre el pecho; y, sintiendo emociones muy dulces, siguió con ojos lumbrosos la mantilla que se alejaba aleteando como una paloma blanca. Después pensó en Pastora, a tiempo que contemplaba distraído las casas floridas, las hileras de árboles, los vehículos que pasaban entre restallidos de látigos y música de cascabeles.
Grupos de gentes gozosas y bullangueras se dirigían a la plaza. Los vendedores de agua, helados, cacahuetes calentitos, avellanas, almendras garapiñadas y pasteles rellenos aturdían con sus pregones; los gritos de los cocheros les hacían coro.
‐¡Allá vaaa, arzaaa! ‐y pasaban llevándoselo todo por delante.
Los árboles vestían nuevas hojas, y el sol también parecía nuevo por la fuerza con que brillaba. Alegre y Tabarda, vestidos ya de picadores y a caballo, avanzaban con airoso continente y gesto despreocupado por el medio de la muchedumbre, el barboquejo sobre la boca, la mano derecha sobre la cadera.
‐¡Allá va eso...! ¡Arza, Perica, arzaaaa...! ‐continuaba vociferando Covacha.
En la puerta del callejón que conduce a los chiqueros y al patio de caballos se detuvo el coche. Paco les dio un fuerte apretón de manos a sus amigos, y diciéndoles:
‐Aquí nos encontraremos al salir, ¡abur, señores! ‐entró en la plaza seguido de Gazpacho, cargado con las espadas, las muletas y los capotes.
‐De esa madera se hacían nuestros héroes ‐reflexionó don Gaspar.
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 ‐Y también nuestros santos y nuestros bandidos ‐añadió el pintor, riendo.
‐Las astillas que necesitamos ahora, según dicen: los banqueros, los industriales, los capitanes modernos, ¿podrán salir de ese palo? ‐interrogó Míguez.
Don Gaspar contestó poniéndose muy serio:
‐Paco, a su manera, es un estimulante de energías; un hombre providencial.
‐Nadie sabe lo que nos hace falta ‐aseguró Cuenca‐; pero suscitar entusiasmos, fiebres, ardores, no ha sido ni será nunca tarea baladí. A otros les corresponde encauzar esas fuerzas.
‐He ahí el problema. ¿Qué nos hace falta? Si lo supiéramos, otro gallo nos cantaría ‐suspiró don Gaspar.
Y los tres, discurriendo así, se mezclaron a la muchedumbre, torrente humano que corría impetuoso al mar del redondel.
***
Ocuparon sus barreras del tendido número 2, que venían a quedar donde los toreros colocan los capotes de lujo después del paseo de la cuadrilla.
‐¡Vaya un lleno; no cabe en la plaza ni un alfiler! ‐aseguró Cuenca, paseando sus ojos ávidos por las gradas y los palcos.
Y como siempre, trató de equilibrar en su retina las masas de color que se le ofrecían a la vista: abajo, el amarillo y rojo del ruedo; en el medio, la abigarrada coloración de la muchedumbre; en lo alto, el azul rabioso del cielo, tamizado aquí y allá por nubes tan tenues y transparentes que parecían finas puntillas sobre la seda del espacio. Las mantillas de negros madroños o níveo encaje, las peinas jacarandosas, los claveles y las rosas de fuego, los ojos gachones, las bocas de sangre y nieve derramaban en los palquillos la sal y canela de Andalucía. Sobre los antepechos de éstos, los mantones de Manila, extendidos, parecían arriates de flores. Miradas pegajosas como moscas revoloteaban
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 alrededor de los cuellos frágiles y los descotes mórbidos. El sol caía a plomo sobre la arena trocándola en topacio fulgurante. Oíase como un zumbido de abejas. De vez en cuando una exclamación graciosa, un dicho oportuno hacía reír a la plaza entera. El aire hervía. Los abanicos aleteaban en las palcos, y en los tendidos de sol las botas de vino circulaban de mano en mano. Por aquella parte, la sombra de los anchos les ponía negros antifaces a los rostros de los hombres. Los mantones de talle y las blusas de las hembras destacaban sus colores rotundos sobre la masa del público; los rebozos de espumilla negra tenían reflejos tornasolados; las cabezas, cargadas de claveles reventones, parecían vivas mariposas.
Desde la bóveda del patio de caballos Paco contemplaba el imponente espectáculo de la plaza. Los otros toreros que discurrían por allí, fumando y riendo, examinaban con respetuosa curiosidad al señorito que metía el pie, y que tenía fama de traérselas dentro y fuera del redondel. Su condición social, carácter enterizo, fama de rumboso y hasta la manera de expresarse, firme y categórica, les inspiraba alta consideración y así como un acatamiento tácito. Hasta el mismo Califa, al hablar con Paco, se sentía cohibido, sintiendo, a pesar de su natural soberbioso, que el más fuerte no era él, sino el chico de la nobleza.
«Ahora entra Pastora», se dijo Paco; «qué bonita está; no hay maja de Goya ni de Fortuny que se le iguale», y vio que la garrida moza, Rosarito y otra señorita, que no conocía, ocupaban la delantera del palco, mientras el famoso ganadero se sentaba detrás. Paco frunció las cejas. «A ése necesito yo meterle los monos en el cuerpo», pensó, y apartando la vista siguió recorriendo los palquillos hasta divisar a la Pura. Luego se abstrajo en sus pensamientos y cesó de ver. Pensaba en mil cosas a la vez, y, sobre todo, en la rápida carrera que había hecho, barajando el recuerdo de las luchas y las desazones de su peligroso arte con los dulces nombres de Pastora y la Pura. «Pero vamos a ver», se dijo de pronto, «¿las quiero acaso a las dos? A Pastora no hay que hablar; siempre la quise y consideré como novia. Y la sigo queriendo a pesar de la oposición del padre. ¿Qué se habrá figurado ese tío? ¿Por qué se obstina Pastora en que me corte la coleta, sabiendo que yo necesito dinero, mucho dinero, entre otras cosas, para poder casarme con ella? ¡Yo de príncipe consorte, en la vida, y con los humos del papá...!, primero que me aspen. La Pura no exige nada. Estoy seguro que me querría, fuese yo lo que fuese. Eso es querer, lo demás... Y yo, ¿la quiero? sí, no, no sé; es otra cosa, pero me tira, vaya si me tira, más que...» Y pasando a otros pensamientos, prosiguió: «Con tal que el
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 migueño no sea un buey asesino. ¡Bah!, de cualquier manera, le echaré al otro mundo de una estocada hasta el pomo».
Los alguaciles, vestidos con la ropilla del tiempo de Felipe IV, saludaron al presidente y fueron a ponerse a la cabeza de la cuadrilla, ya formada. Sonó un paso doble muy alegre y popular, y empezó el clásico paseo entre los aplausos y los gritos de la concurrencia. El ídolo de Sevilla iba a la izquierda, a la derecha el ídolo de Córdoba, y en medio, Paco, que, desde luego, llamó la atención por el tipo, la manera graciosa de liarse el capote y el paso arrogante y garboso.
‐Mire usted qué bien camina, don Gaspar.
‐Ya lo veo; parece que fuera diciendo: «a templao no me gana nadie».
‐Y es verdad ‐añadió Cuenca‐. Quiera Dios que la suerte lo ayude hoy y siempre para que cuajen las cosas serranas que ese muchacho lleva en sí. Observe cómo balancea el brazo y saca el pie. ¡Vaya sal y señorío! ‐y no pudiendo reprimir su entusiasmo, gritó, poniéndose las manos junto a la boca para reforzar la voz:
‐¡Ooolé los señoritos valientes...!
‐¡Olé, olé! ‐repitieron en algunos puntos de la plaza.
Pastora y Rosarito lo veían adelantarse pálidas y trémulas. La Trianera se había puesto en pie y lo miraba respirando ansiosamente. El avanzaba con la cabeza erguida, el ceño un tanto fruncido y los ojos clavados en la Presidencia. Al llegar bajo de ésta, los matadores, juntando los pies y quitándose la montera, hicieron una profunda cortesía; los banderilleros los imitaron; los picadores quitáronse el castoreño, mostrando sus rostros de mozos crudos, los tufos relucientes, los jopos gitanos. Y vino el cambio de los capotes de lujo por los de brega. Paco le envió el suyo a Rosarito. Ésta y Pastora lo extendieron sobre el antepecho del palco, y el público, que observaba adónde iba a parar el capote del señorito, al verlas tan bonitas y saladas, las aplaudió respetuosamente. Ellas se pusieron como dos granadas; luego sonrieron y tornaron a sentarse.
Los picadores de tanda requirieron las garrochas, y al galope desarticulado de los pobres pencos dieron una vuelta al ruedo. Volvió a sonar el clarín; hubo algunos instantes de ansiosa expectativa, y saltó a
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 la arena el primer bicho, un cárdeno de Orozco de regulares libras y muchos pies. Era el toro que el ídolo sevillano le cedería a Paco para darle la alternativa. Éste lo observaba con esa atención intensa con que los espadas examinan las bestias que les corresponde matar. El toro después de algunas carreras, se paró en los medios, desafiando. Paco, adelantándose, lo citó, haciendo flamear el capote, y el toro se arrancó como una exhalación; él lo dejó llegar, y le dio un quiebro con el capote al brazo. Manoliyo intentó pararle los pies con algunas verónicas muy ceñidas, pero el toro, demasiado boyante, se le fue; Paco lo recogió muy oportunamente, lo lanceó de capa sin darle casi salida, y lo dejó en suerte con una media verónica en que parecía llevar el hocico del cornúpeto cosido a los pliegues del capote. Estallaron los aplausos. Sin volver la cara el toro tomó ocho puyazos y despanzurró tres jacos. Los matadores entraban a los quites con mucha valentía, y desde un principio el público comprendió que se disputarían las palmas encarnizadamente.
Los tres se las traen, se decían los entendidos.
En la última vara, Tabardillo cayó al descubierto; los matadores acudieron al quite, pero no había por dónde entrar. El toro estaba entre el picador, el caballo y la barrera, y volvía el temible testuz, ya hacia el uno, ya hacia el otro. De pronto se arrancó sobre el picador. Paco, con grande exposición, le tapó la cara con el capote y lo volvió hacia el caballo a fin de sacarlo por allí; pero el bicho hundió los cuernos en el vientre de la acémila, la levantó en alto, la dejó caer y se revolvió otra vez contra Tabarda, que daba vueltas sobre sí, procurando alejarse del peligro. Entonces el Califa saltó por encima del penco, le pegó una sonora palmada al toro en el anca, lo hizo volver y girar pegándose a las costillas del cornúpeto, y abanicándolo con el capote se lo llevó a los tercios, donde, después de un ceñidísimo recorte, que dejó al toro como clavado en la arena, le volvió las espaldas casi entre los cuernos, y sin cura de lo que dejaba detrás echó a andar lentamente hacia la barrera, entre los aplausos atronadores del público.
En un periquete los banderilleros de Paco le adornaron al toro el redondo morrillo con tres pares de rehiletes. Tocaron a matar, Manolo se dirigió al novillero con el estoque y la muleta para cedérselos, según el rito acostumbrado, y darle, con aquella ceremonia, la alternativa de matador de cartel. Paco le salió al encuentro. Cuando estuvieron frente a frente, se cuadraron y quitaron la montera.
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 ‐Señorito Paco ‐dijo el ídolo sevillano presentándole los trastos de matar‐, que tenga usted mucha suerte con los toros, y que no le den sino gloria y dinero.
‐Gracias, Manolo; lo mismo te deseo a ti ‐contestó el mozo, tomando la espada y la muleta.
Luego se dieron un fuerte apretón de manos, y Paco se dirigió a la Presidencia para brindarle su primer toro.
Al verlo plantado casi debajo de su palquillo, y en trance de ir a jugarse la vida, Pastora palideció y cerró los ojos.
‐¡Por Dios, no te pongas así, mira que te ve! ‐le dijo Rosarito, cogiéndole una mano.
Pastora se la oprimió nerviosamente y cubriéndose el rostro con el abanico, murmuró:
‐¡Rosarito, Rosarito, me siento morir!...
‐Yo también, Pastora; pero hay que tener valor.
Cuando Paco, después de brindar tendió el brazo con la montera en la mano y descubriendo un rapidísimo círculo la arrojó a lo alto por detrás, dando una violenta vuelta sobre sí para lanzarla con más ímpetu, las dos señoritas majas, haciendo de tripas corazón, se incorporaron y aplaudieron. Salero y el Templaíto corrieron al toro y lo dejaron en suerte. Paco avanzó hasta el cárdeno y se cuadró frente a él, con los pies juntos. Lentamente, haciendo alarde de valor y confianza, retiró el estoque de la muleta, y desplegándola en la cara del bicho, aguantando mucho y llevándolo siempre empapado en el trapo, sin abrirse de piernas casi, le dio un pase redondo en el que pareció liarse el toro al cuerpo como una faja, rematando con otro de pecho forzado, que levantó al público y lo hizo prorrumpir en delirantes exclamaciones. En medio del tumulto se oyó una voz estentórea que decía:
‐¡Apareció, al fin, el gachó del arpa...!

‐¡Pero qué valiente y fresco es este chico! ‐exclamó don Gaspar‐. Tenla

usted razón, Cuenca; su toreo no se parece al de nadie ‐y viéndolo
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 muletear siempre metido en el terreno del toro y salvándose de los derrotes como por milagro, añadió:
‐Verdad que mete miedo. Yo nunca he visto pararle así a los toros. Mire usted, el torero y el toro hacen un lío. Que lo va a coger. ¡Ole!, otro pase de pecho..., un natural, un molinete entre los cuernos. ¡Jesús, qué barbaridad...!
‐¿Y eso?, ¿y eso? ‐repetía Cuenca a cada pase.
El toro quedó igualado. Paco lió la muleta. Algunos aficionados se pusieron en pie comprendiendo que iba a suceder algo gordo.
‐¿Recibe hoy el señorito? ‐gritó un guasón.
Paco, sonriendo, volvió la cabeza e hizo un signo afirmativo. Los dos fenómenos del toreo salieron de la barrera, dando visibles muestras de inquietud. Intensa emoción se apoderó del público. Reinó un silencio preñado de ansiedad. Paco se perfiló como si estuviera delante de un espejo, levantó el estoque a la altura de la cara, inclinó un poco la cabeza sobre el hierro, y después de algunos instantes citó resueltamente, adelantando la pierna izquierda y metiéndole al toro la muleta en los mismísimos hocicos.
‐¡Anda, valiente...!
El toro se arrancó empapado en la muleta. Paco, juntando los pies y haciendo la clásica cruz, lo vació con extraordinaria limpieza, dejándole en los rubios una estocada hasta la taza que hizo rodar al bicho como una pelota, mientras él quedada inmóvil y con el brazo derecho levantado en actitud gladiadora. Y la masa humana estalló en un tumultuoso clamoreo. Los cigarros y los sombreros caían a los pies del novel matador, que, pálido, pero sonriente, se dirigía a la Presidencia, saludando a uno y otro lado.
‐Apareció el gachó del arpa, boca abajo too er mundo ‐repetía la voz estentórea.
‐Sevilla tiene un matador de toros ‐vociferaban otros.
Rosarito y Pastora se cubrieron el rostro con el abanico para ocultar las lágrimas, lágrimas de gozo, lágrimas de amor...
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 ‐¡Paco, Paco, Paco!... ‐murmuraba la Pura extenuada.
Cuenca y Míguez habían enronquecido a fuerza de tanto gritar.
‐¡Señores ‐exclamó don Gaspar radiante de júbilo‐, si pudiéramos meter en la vida esta emoción, esta fiebre!... ¿Qué tendrá este redondel mágico para exaltarnos así?
‐Yo lo siento, lo sé; pero no encuentro palabras para decirlo ‐respondió el pintor‐. Ese círculo nos transfigura, nos sublima porque reviven en él acaso las energías y las virtudes de nuestro heroico pasado; todo aquello que nos hizo grandes y fuertes.
‐En este momento todos deliramos, todos nos sentimos capaces de cargarnos al mundo y sus arrabales ‐agregó don Gaspar, aquilatando el entusiasmo del público‐. Mire usted esos rostros. Sólo a los héroes y a los grandes artistas les es dado suscitar emociones semejantes.
‐Sí, sí; esto no es jojana; esto no es cosa baladí; de aquí puede que salga un día el trueno gordo, lo que va a despertarnos de un largo sueño. Tienes razón, Cuenca. Los que suponen que este delirio es sólo barbarie son unos pobres mentecatos ‐aseguró Míguez, contemplando la alborotada turba.
Mientras las mulas arrastraban al toro y a los caballos muertos, Paco, montera en mano, daba una vuelta al ruedo, saludando a la multitud que lo aclamaba. Ya había salido el segundo toro, y todavía duraba la ovación. Paco saltó la barrera y se acercó a sus amigos, que le estrecharon la diestra efusivamente.
‐Darme un trago, que me muero de sed.
Cuenca le alcanzó la bota, muy pequeña y cuca, que siempre llevaba a la plaza.
‐Paco ‐le dijo don Gaspar‐, has quedado como los propios dioses. Por fin puedo asegurar que he visto recibir con todos los sacramentos, como está escrito en la biblia del toreo. Chico, te debo una tarde inolvidable.
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 ‐El toriyo era muy noble, don Gaspar ‐contestó negligentemente Paco, fijando los ojos en el Califa que en aquel instante remataba un larga de gran lucimiento‐. Vaya un torerazo, ¡qué hecho se lo trae todo! Digan ustedes que no ha habido un torero más completo desde que se lidian toros. Y no olvido a Frascuelo ni a Lagartijo.
A todas luces, el Califa venía dispuesto a demostrarle a Sevilla que él era el amo. Toreaba entre los pitones, saliendo limpio y airoso siempre; entraba a los quites con gran valentía; jugaba con los toros, y quieras que no, le arrancaba nutridos aplausos al público, que había venido dispuesto a silbarlo. El sevillano también apretaba de firme; pero ni aun esforzándose y exponiéndose a tomar una cornada, saliendo trompicado a veces, lograba hacer lo que el otro, sin esfuerzo ni exposición, aunque toreaba muy cerca y quieto. Y cuando el cordobés, luego de banderillear él solo a su primer bicho con tres pares que ni bordados, lo toreó de muleta magistralmente, y entrando a matar, corto y por derecho, lo despachó de un volapié monumental, todos comprendieron que no había que hacer, que nadie podría arrancarle el cetro al coloso de Córdoba, y el favor del público cambió mostrándose hostil al diestro que habla defraudado las esperanzas de Sevilla. Todas las palmas eran para el Califa. A Paco mismo no le aplaudieron como merecía su trabajo en los quites, ni los prodigios de valor que hacía para no quedar deslucido junto al maestro. La gente, enloquecida con los adornos, elegancias y temeridades de éste, parecía haber olvidado la estocada recibiendo de Paco, la suerte que por falta de hígados, según decían los entendidos, ya no ejecutaba ningún estoqueador. Antes de salir el sexto toro, el pobre Manolo, sentado en el estribo de la barrera, lloraba de despecho. Paco pasó por delante de él, rugó las cejas y colocándose en los tercios de la plaza esperó la salida del toro que le tocaba matar. Era un pavo de seis yerbas, tan grande como cornalón.
«¡Vaya una perita en dulce que me ha echao mi suegro!», se dijo, y volviéndose hacia el palco del ganadero quedóse mirando en aquella dirección con ojos retadores.          
El toro salió barbeando las tablas y casi coge al Templaíto, que le tiró el primer capote. Cortaba terreno, no hacía caso del engaño, se iba al bulto. Los peones sólo podían correrlo de burladero a burladero. El marrajo se colaba por debajo de los percales.
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Parecía toreado; el público, que estaba en antecedentes de lo que había pasado entre el ganadero y Paco, lo creyó así y empezó a protestar.
«Este niño es capaz de echarme el público encima», pensó el excelentísimo señor de Míguez, tratando de ocultarse detrás de Pastora y Rosarito.
‐Padrino, ¿le ha enseñado usted latín al toro para que hable con Paco? ‐interrogó ésta última con mucha sorna.
‐Le echao un toro con toda la barba para que se luzca ‐respondió el ganadero, muy quemado. ‐Por mi parte, le agradezco la intención.
‐Papá, me parece que esta tarde te cargas la gran bronca ‐exclamó Pastora, riendo.
Pepe Míguez, avergonzado de la charranada del padre, bajaba la cabeza.
Paco, mordiéndose los labios, miraba ya al toro, ya al palco del ganadero. De pronto el jabonero se le arrancó. Parecióle al mozo que se le venia encima una montaña. Se abrió de capa y le dio un lance sin moverse, a pesar de que el toro se acostaba; al segundo salió trompicado, y cayó de espaldas. Revolvióse el toro y le hubiera empitonado sin la oportunísima intervención del cordobés, que literalmente le envolvió la cabeza con la capa y se lo sacó, pero también sufrió una colada, y esta vez fue Paco, que ya se había puesto en pie, el que estuvo al quite. El público les hizo una gran ovación, armándole luego una bronca al ganadero. Muchos increpaban al presidente, y le pedían que volviese el buey asesino al corral. Paco, pálido de ira, le hacia señas al público de que se calmase y dejara al toro en la arena. Para cortar por lo sano, le tiró al bicho la montera y lo esperó con los brazos cruzados. La muchedumbre, sobrecogida por aquel acto temerario, enmudeció.
‐¡Dios nos asista! ¿Qué va a hacer ese chico? ‐exclamó don Gaspar, incorporándose.
‐Pues darle un quiebro ‐respondió Cuenca. ‐¿A ese toro ladrón? Imposible, lo va a coger...
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‐Ahora verá usted lo que es quitar el hipo.
‐Yo no quiero verlo ‐declaró Míguez, cerrando los ojos.
El toro se había arrancado con las de Caín. Paco, vibrante de coraje, lo veía venir. La seda y el oro del traje de luces brillaban menos que los ojos del torero. «Vente, vente por uvas, que yo te voy a dar lo que te hace falta, ladrón», pensaba viéndolo llegar, y en la mismísima cabeza le dio tan rápido y ceñido quiebro que el toro, perdiendo el equilibrio al derrotar, cayó de costillas. El mozo, rápidamente, reculó algunos pasos y esperó otra vez a pie firme. El toro tornó a arrancarse; Paco lo dejó llegar casi hasta él y le dio otro quiebro por el lado contrario. El toro se fue de hocicos sobre la arena; al pararse quedó jadeando con la lengua fuera. El griterío de la electrizada multitud ensordecía. Paco, sin oír, sintiendo hervirle la sangre en las venas, les gritó a los picadores:
‐¡Duro con él y no olvidarse de lo dicho!
Alegre se adelantó al toro templando el palo, y cuando estuvo en suerte, lo volvió, no sin gran estupefacción del público, recibiendo el encontronazo con el regatón. El toro suspendió al jinete y al caballo en el aire, y como una masa informe los arrojó contra la barrera. Tabarda también le volvió el palo al jabonero, y sufrió un terrible porrazo, del que quedó tendido en la arena sin conocimiento.
‐¡Picadores, picadores! ‐gritaba el público delirante.
Alegre tornó a montar, se escupió la mano, arrojó el castoreño al tendido, y gritando Vaya por ustedes, se adelantó al toro paso a paso, con grande estilo, y tanto se echó sobre el palo para castigar, esta vez de veras, que al caer el penco con las tripas colgando, cayó él sobre los morrillos del toro. Los dos matadores entraron al quite. Viendo al picador en el suelo y en inminente peligro, el Califa se fue a la cola y Paco se colgó de un cuerno.
‐¡Ole los valientes!, a ese gachó no hay quien se la gane ‐gritó un chulo.
Lejos de intimidarlos el tremendo poder del toro y las terribles caídas que daba, los varilargueros, enardecidos, se disputaban los puyazos como los matadores los quites. Caía un picador y ya estaba el otro en suerte. El toro, furioso, seguía destripando pencos. La plaza se venia abajo de aplausos. Las rosas de sangre florecían en la arena y en los
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pómulos de la afiebrada turba. Una racha de exaltación heroica dilataba los pechos y ponía en las bocas un gesto trágico.
‐¡Duro, duro con él, que ya es nuestro...! ‐les gritaba Paco a los picadores.
E iban los ardorosos jinetes a la cara de la fiera, y se hundían los cuernos en el vientre de los jacos y las garrochas en los morrillos del toro.
‐¡Caballos, más caballos...! ‐seguía gritando el público, ebrio de emoción.
Después de un lucido recorte, el Califa quitóse la montera, y, sin soltarla, se la puso al toro en el testuz, permaneciendo en aquella arriesgada posición algunos instantes. Era una temeridad tratándose de aquel bicho, que sólo quería coger. En el quite siguiente Paco aguantó tanto al darle una verónica, que el toro hizo un cerrado círculo en torno del mozo, tirándole cornadas. Al rematar la suerte, aprovechando el destronque que sufría el jabonero, hincó una rodilla en tierra y le rascó la frente.
En los palcos, los tendidos y las barreras la gente gritaba frenética, como poseída por furiosa locura. Cuando tocaron a banderillas quedaban seis pencos en la arena florida. El cordobés le cogió la diestra a Paco, y juntos, saludando al público, que los aclamaba, fueron a sentarse al estribo.
El toro, que gracias a la faena de los matadores habla estado bravo, aunque asesino, en el primer tercio de la lidia, volvió a mostrar las aviesas intenciones de la casta. Salero y Templaíto por más que hicieron, sólo lograron clavarle medio par de banderillas cada uno, y eso a la media vuelta y saliendo de naja Por delante no había quien le entrase. Paco observaba atentamente la faena del toro. El Califa y Manolo, también.
Sonó el clarín. Gazpacho le presentó al matador la muleta y el estoque. ‐Dame la tizona ‐le dijo Paco.

‐¿Qué va usted a hacer con ese avechucho? ‐le preguntó Manolo.
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 ‐Primero, brindárselo a mi hermaniya; después, veremos. Manolo y el Califa se miraron sorprendidos.
‐Mire usted que el toro está jecho un ladrón ‐observó este último‐. Échelo afuera de un golletazo; no merece otra cosa.
‐El animalito sólo pide que se le arrimen ‐respondió Paco, buscando con los ojos a su hermana.
En los tendidos, comprendiendo que iba a brindar, cosa que sólo los matadores hacen cuando los toros son muy nobles y creen posible lucirse, se preguntaban las gentes si el temerario mozo habla perdido el juicio. Éste plantóse debajo del palco del señor Míguez, juntó los pies, y con la montera en alto, y el cuerpo arrogantemente echado hacia atrás, subrayando cada frase con un movimiento del brazo, dijo, con voz firme y potente:
‐Rosarito, hermaniya: brindo por España, la bien plantada del mundo; brindo por las hembras salerosas y los mozos crudos de mi tierra, y ¡ole!, por tus amores y por los míos ‐y arrojó la montera, con tal ímpetu, que fue a dar contra la baranda del palco.
‐Nunca he visto ni más valentía ni más arrogancia ‐declaró don Gaspar.
‐Paco es así, lo hace todo metiendo el pecho y de poder a poder ‐dijo Cuenca‐. Cuando a un hombre de estos lo acompaña la suerte, se traga al mundo.
El toro estaba en los medios, dominando el redondel con su fiereza. Paco pronunció la frase sacramental:
‐¡Fuera todo el mundo!...
Y se fue a él con los trastos de matar en la mano izquierda. Salero, a pesar de la orden dada, intentó seguirlo, y entonces Paco, volviéndose, insistió:
‐Fuera he dicho.
Manolo y el Califa hablaron algo y lo siguieron a cierta distancia. Don Gaspar, Cuenca y Míguez se habían parado inquietos.
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  ‐Pero ¿qué va a hacer este chico? ‐repetía don Gaspar. ‐¿Por qué no le corren el toro? ‐preguntaban algunos. ‐No ha querido ‐respondían otros.
‐Quiere probarle al ganadero lo que es la vergüenza torera, y se lo probará ‐aseguró un espectador, dirigiéndose a los que hablaban detrás de él.
Y los tres amigos, ansiosos, vieron que Paco, muy tranquilamente, sin apresurarse, llegaba a la cabeza del toro y se plantaba frente a él como si fuese de madera.
‐No cabe más frescura ‐exclamó don Gaspar‐. Este chico se me antoja el valor de la mismísima España de Carlos V y de los Conquistadores ante el peligro y la muerte.
El toro miraba encampanado aquella cosa inmóvil y refulgente que tenía delante. De pronto, lanzando un bufido, dio media vuelta, alejándose algunos pasos; luego, volviéndose, se encampanó otra vez. Paco permaneció quieto.
‐Ha asustao al toro ‐repetía, riendo, la gente.
Paco, acercándose lentamente, lo tanteó con la izquierda; el toro dio un paso atrás. Cambió la muleta de mano y se la metió en el hocico; el toro reculó otro paso; no tomaba el trapo; tenia los ojos fijos en el vientre del torero. Éste, notándolo, sonrió y se dijo: «Si tú sabes latín, yo también; verás, ladrón», y tapándole la cara totalmente con la muleta, al propio tiempo que, por debajo de ella, le pegaba un sonoro puntapié en el hocico, gritóle:
‐¡Vente, alma mía!...
El bicho dio una arremetida feroz. Paco se lo echó por delante, se pegó a las costillas y ya no se desprendió de él. A cada muletazo le crujían los huesos al animal, que se revolvía furioso tirando terribles derrotes. Diestro y toro formaban una epiléptica pelota. Los adornos y cabos de la chaquetilla volaban por el aire; el trapo subía y bajaba impetuosamente.
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 ‐Ya se ha apoderado de él, ya es suyo ‐gritaba Cuenca fuera de sí‐. ¡Viva España, que es inganable!
Un clamoreo ensordecedor estalló en las barreras, en las gradas, en los palcos. Los olés y los vivas reventaban como bombas. Aquella faena, nunca vista, parecía una pelea de perros. Y seguían volando los adornos y los cabos. Media chaquetilla flameaba en jirones. Una rasgadura de la taleguilla dejaba ver los calzoncillos blancos. Después de un muletazo de mucho castigo, el toro quedó quieto e igualado. Paco, sin apresurarse, lió, se perfiló, se echó el estoque a la cara, y entró a matar con ímpetu, al mismo tiempo que el toro embestía, y se le vio acostarse sobre el morrillo, hundir el estoque hasta las péndolas en la carne blanda y caer de rodillas del encontronazo. La fiera se revolvió, buscándolo. Paco, en vez de levantarse, ebrio de bravura, presa del vértigo heroico, sintiendo acaso que había llegado el momento de darle a Sevilla el espectáculo de la valentía soberana que esperaba de él, abrió los brazos en cruz y mondó el pecho en actitud de supremo desafío. El toro humilló y engendró el viaje. Los rostros se desencajaron, los ojos se salieron de las órbitas. Oyéronse exclamaciones, juramentos, gritos de horror, y en seguida un jubiloso y delirante clamoreo. El toro había rodado por tierra y quedado con las cuatro patas en el aire; el torero estaba en pie, erguido, ceñudo, fiero como Don Juan delante del Comendador. Y como si aquella muchedumbre frenética hubiese establecido, repentina y distintamente, la relación íntima entre la bravura arrogante e indomable del Burlador y la valentía retadora del descendiente de los vizcondes de Miranda, alguien gritó primero, y mil bocas repitieron después, esta frase que fue rebotando por todos los ámbitos de la plaza:
‐¡Don Juan Tenorio ha resucitao...! ‐mientras los admiradores más entusiastas se arrojaban a la arena y corrían hacia el matador para levantarlo en hombros.
A Paco le parecía que el compacto y revuelto gentío que lo aclamaba era una sola criatura, un monstruo enorme, un monstruo de mil cabezas, con mil ojos fulgurantes, con mil bocas sanguinosas y un solo corazón, que él, Paco, había hecho palpitar y que palpitaba por él. 

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