EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. VIC FEZENSAC 2017

martes, diciembre 25, 2012

LA TAUROMAQUIA DECONSTRUIDA

toro-deconstruido

Uno en su resignada vislumbre transita sospechas que la ya macerada experiencia le confirma fehaciente y reputada obviedad. El hombre no es ser proclive a la proeza y a la gesta. Su medular constituyente aspira a regalías, prebendas, ventajas y dispensas. Es la humana naturaleza compendio de vaguedades, muestrario de galbanas y expositor de desidias. ¿Y qué fue de los héroes?, se preguntará el comunal optimista. Sepa, mi infeliz inquiridor, que el héroe es sólo el resultado de una huida hacia adelante. Nadie desagua a este mundo voluptuoso y sensual amparado en desprendimientos, generosidad y esplendidez, muy al contrario, la suntuosidad, la ostentación y el boato adormecen voluntades y espolean quimeras, de modo que el hombre se ovilla en el mullido almohadón de la inapetencia y el hastío.
Contadas son las personalidades que hacen de su vida filantrópico altruismo y, casi todas las que a esa sima llegan, producto de vivencias derivadas de cataclismos y convulsiones que les llevan del laberinto al treinta para reiniciar una partida más sosegada, de invertida aspiración y con un fin meramente emancipador.
En la vespertina primavera de los balbucientes candores, uno despertaba al mundo abriendo los ojos como platos ante la inexplicable y proteica figura que componían la aleación de hombre y toro. Observaba en esa desordenada catarsis un orden inverso, una matemática soluble, una armonía vitral. No existía razón para ese escorzo, no había explicación para esa innecesaria prolijidad de formas y cadencias. Y ahí radicaba su grandeza. Precisamente.
Al descubrir la exponencial fecundidad de lo baldío y lo estéril es cuando el hombre, como aconteció con Plutarco, descubre que vivir no es necesario, lo necesario es navegar.
Pero llega el día, también, en que el hombre, no contento con navegar, aspira a obtener el mayor rédito y partido de su singladura, eso que le hace derivar de soñador en comerciante. ¿Cómo? Pues como aquel picador de Belmonte que llegó a gobernador civil: degenerando.
Y así llegamos a este atolondrado, aparente y fingido hoy en que los tenderos de la prestidigitación y el camelo nos venden como milagro la artería y la componenda.
Hay quienes en aras de una desnutrida y fingidora evolución orquestan el artificio de una tauromaquia presumible y conjeturable, puntual en exceso y arancelaria de resultados que engarzan con el apriorismo más exacto. Uno sólo de los encastes fundacionales mantiene su velamen y su rumbo a costa de tirar por la borda a cuantos derivados del mismo no les cabe la denominación Domecq. Y así nos va. Es la Tauromaquia de hoy el patente prontuario de poses, fingimientos y baladronadas con que se empaqueta el mohoso producto al que la propia sociedad ha vuelto la espalda. Y es que por no haber, ni siquiera hay autenticidad.
Del toro se pretende hacer un “colaborador”, un “instrumento”, un “material” fungible y auxiliar, es decir, la triste mentira con que se vienen haciendo ejercicios de arte y ensayo. Toros enfundados y disminuidos, ingenuas y tristes comparsas del pecuario pelotazo con el que se lo están llevando crudo los instalados. Tipos que venden su excedente sin control y sin miramientos. Individuos que no observan embarazo en bastardear aún más las potencias y virtudes del toro, haciéndolo derivar de toro “artista” en toro “folclórica”, pues no en balde se le venden cabezas de ganado a capitales de tan dudoso embrión como los derivados de las hediondas cuentas de la Pantoja y su enamorado Cachuli. Toros cuyo trapío no se aviene al más elemental rigor y que hacen de esos pobres animales el extemporáneo icono de una mascota malhumorada.
Una tauromaquia, pues, en que se pretende la venta y exposición de alardes en un juego fallido en el que quien siempre tiene las de perder es la natural y obvia víctima propiciatoria.
No hay autenticidad, y sin verdad no hay liturgia. Los matadores de hoy, lejos de los rigores y exigencias de aquellas mocedades rituales que propiciaban toros como ese Cucharrero, a cuya cabeza disecada Lagartijo tundía a bastonazos por el miedo que le hizo pasar en la plaza, eluden cualquier tentativa de ensanchar las veredas ganaderas de una liturgia que convalece por consanguinidad y endogamia.
Perece la ritual costumbre de ascendente mitraico que nos exorcizaba de la insípida inercia, para dar paso al negociado de la calcografía. Aquella Tauromaquia boreal, légamo primigenio de nuestra raíz, agoniza sin auxilio. Aquellos sabores auténticos, especiados de contenido, han dado paso a una nueva modalidad, evaporada, desabrida, insustancial y sosa en que ha derivado el toreo de hoy: La tauromaquia deconstruida.
Francisco Callejo.

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