EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de la Ganadería los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. Corrida Concurso VIC FEZENSAC 2017. Foto : Pocho Paccini Bustos.

domingo, junio 23, 2013

EL EMBRUJO DE SEVILLA: CAPÍTULO XI


XI.
Cuenca tornó a subir a las habitaciones superiores. Los chicos de la cuadrilla y varios amigos estaban en el comedor; el señor Míguez, su hijo Pepe y algunos señores de fuste, entre ellos el Obispo, el Capitán General y el Gobernador, en la sala, y junto a la cabecera de Paco, Rosarito y Pastora. Muy temprano, estando acostada todavía, recibió ésta la noticia por boca de Pepe, a quien Cuenca le había escrito comunicándole lo ocurrido. La moza lanzó un grito, llevóse las manos al corazón y se desmayó. Luego, ya repuesta, sin curarse de la presencia de su hermano, se arrojó de la cama y empezó a vestirse de prisa y corriendo.
‐Yo no sé si está bien lo que haces, Pastora ‐le dijo Míguez camino de la casa de Paco.
‐Yo lo sé, Pepe; está muy bien.
‐Papá se pondrá hecho una furia.
‐Pues que le den un caldo. Mi novio se muere y a cuidarlo voy. Mientras esté grave, no me separaré de su lado ni de día ni de noche. Papá se opuso a que Paco me hablase, pero no pudo hacer que mi corazón no lo quisiera. Lo quise y lo quiero, ¡ea!, ¡lo demás son cuentos!
‐Pastorita, no desbarres. Primero y principal, tú no eres la novia de Paco, sino la novia del marqués de Peñablanca; segundo, tú no eres libre, no puedes hacer lo que te dé la real gana.
‐Para mí, Paco siempre fue mi novio. Al marqués nunca lo pude tragar. Papá lo sabia; si hay escándalo, la culpa será suya. En cuanto a lo de no ser libre, te equivocas, Pepe. Tengo veintitrés años, y la firme voluntad de disponer yo sola de mi corazón.
‐Escucha, hermaniya; haz lo que quieras, pero a mi no me metas en líos ‐replicó Pepe, que, a la buena de Dios, era muy egoísta cuando se trataba de su tranquilidad‐. Que no sepa papá mi participación en esta fuga, porque esto es una fuga con todas las de la ley; desacato de la autoridad paterna, abandono del hogar y el resto, que es lo peor...
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‐Nada de mentirolas ‐interrumpió la moza‐. Así que me dejes en la casa de Paco, te vas a la nuestra y le comunicas a papá mi resolución.
‐Eso es, para mi el hueso de la corrida...
‐Haz por mi, Pepete, lo que yo he hecho por ti en tantas ocasiones. Rosarito te lo agradecerá.
‐¡Todo sea por Dios! ‐concluyó Míguez convencido con el último argumento‐. Si Rosarito y tú creéis que está bien hecho lo que haces, bien estará. Ustedes saben más de esos tiquis miquis que yo. Te confesaré que si no fueses mi hermana, tu arranque me parecería muy castizo, muy salao, y te diría: ¡ole las niñas sabiendo querer!
‐Ahora pídele a Dios que salve a Paco, porque, de lo contrario, te quedas sin hermana; tomo los hábitos.

‐¡Qué estás diciendo, mujer!

‐Lo que oyes. Algo me dice que yo tengo la culpa de lo que sucede. Yo
debí permanecer erre que erre en mi querer.
Al desembocar en la callejuela donde se levantaba la casa de Paco, le dio a Pastora un vuelco el corazón. La calle estaba cubierta de paja. Apiñada multitud estacionada frente a los balcones; mujeres del pueblo rezando, pasaban en hilera por delante de la puerta, que guardaban Covacha y Gazpacho. Los hermanos llegaron a ella llenos de angustia y ansiedad.
‐¿Qué hay, Dios mío? ‐acertó a preguntar Pastora, más muerta que viva.
‐Aquí estamos esperando lo que Dios quiera que sea. El señorito sigue igual. Suban ustedes, suban ‐respondió Covacha.
La moza estuvo a punto de desvanecerse, y se agarró a su hermano para no caer. La cabeza le daba vueltas, el corazón se le salía por la boca. Los señores que había en el zaguán, el patio y la escalera, le abrieron paso muy solícitos, descubriéndose muchos de ellos respetuosamente, como en signo de aprobación. Todos conocían los contrariados amores de Paco y Pastora, y apreciaban en lo que valía la conducta de la moza.
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‐¿Han visto ustedes el colorcito que lleva la niña? ‐exclamó uno de aquellos señores‐. Ganas me han dao de decirle: ¡Ole ahí, las mujeres sufriendo con riñones! ¡Cabayeros, por esa puerta ha entrao la Virgen del Carmen, y la muerte, que andaba por aquí rondando, no tiene más remedio que tomar el olivo!
‐Dios lo oiga a usted ‐suspiró otro.
‐Que sí, hombre; con una hembra así a su vera no hay cristiano en el mundo que quiera morirse. Mire usted, yo estaba muy preocupao y afligido, como que tengo por Paco, más que cariño, verdadera pasión. Y ahora respiro confianza. Algo me dice aquí dentro que salvará.
Covacha y Gazpacho tenían que hacer esfuerzos inauditos para contener a la gente, que se agolpaba en la puerta y quería entrar. Sólo dejaban pasar a los conocidos. Por la tarde, la calle quedó interceptada; los coches no transitaban por ella; aun marchando a pie era difícil abrirse paso hasta la casa. La noticia del gravísimo estado del torero había corrido por toda Sevilla, y toda Sevilla acudía al sitio donde el ídolo popular, el héroe de chicos y grandes, luchaba con la muerte. Los rostros delataban honda y sincera aflicción. Los chicuelos permanecían quietos y graves. Algunas viejas, mirando extáticas a los balcones, corrían las cuentas del rosario. En las iglesias y las capillas particulares se encendían muchos cirios por la salud de Paco.
Cuando Rosarito vio entrar a Pastora, le echó los brazos al cuello y le dijo:
‐¡Cuánto te agradezco que hayas venido, Pastora; pero a la verdad, no esperaba menos de ti! ‐¿Cómo está Paco...?
‐Aún no ha recobrado el conocimiento. Ha perdido mucha sangre. Ven a verlo. Lástima que no pueda reconocerte para agradecerte la visita.
‐No vengo de visita, Rosarito; vengo a cuidarlo junto contigo.
‐Eres muy buena, Pastora ‐murmuró Rosarito, tornándola a abrazar.
Entraron en la habitación. Una lamparilla de aceite iluminaba a medias la estancia. En la semioscuridad de la alcoba, el rostro afilado y lívido de Paco parecía de marfil. Pastora se acercó temblando y cayó de rodillas junto al lecho. Con la mano de él entre las suyas y mirándolo
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como miran las Dolorosas, lloraba silenciosamente. Rosarito se hincó del otro lado de la cama. Y allí permanecieron las dos, hasta que entró la enfermera con unos potingues que puso sobre el escritorio salamanquino, donde ya había dos cubetas de porcelana, algunos frascos y varios paquetes de gasa y de algodón. Al levantarle la cabeza para darle de beber un medicamento, Paco abrió los ojos, y reconociendo a Rosario y a Pastora, murmuró:
‐¡Pobrecillas, no afligirse...!
Míguez, después de hablar con Cuenca y Tabarda y hacerse referir al pormenor lo sucedido, tornó a su casa para darle al ganadero el recado de Pastora. El despacho estaba en el piso bajo, y allí se dirigió el mozo, seguro de encontrar a su padre leyendo los diarios o revolviendo papeles. Era una habitación amplia, con dos ventanas a la calle. Parecía un museo taurino. Adornaban las paredes hasta una docena de formidables cabezas de toros, cuyos nombres, célebres en los anales del toreo por su bravura o algún hecho especial, le daban lustre y fama a la divisa y al hierro de la famosa ganadería del señor Míguez, una de las más largas de Andalucía. Allí estaba el temible Carcelero, un retinto de grandes y afilados pitones que había muerto once caballos y herido dos matadores. A la derecha de aquella histórica testa velase la del toro que aguantó diez y nueve varas y causó la muerte de un banderillero de fuste, y a la izquierda la del último cornúpeto estoqueado por el gran Domínguez. Luego seguían colocados a igual distancia y altura otras siniestras cabezas, entre las que figuraba la del cárdeno que le había dado a Frascuelo una tremenda cornada, y la del jabonero que, después de picado y banderilleado, acudió a la voz del vaquero y se dejó rascar la frente. De las orejas de algunos de aquellos trofeos espeluznantes colgaban las banderillas de lujo con que les habían adornado los morrillos; del morrudo cogote de otros, las historiadas moñas que ostentaron. Innumerables retratos de toreros, pinturas y fotografías de acosos, tientas y escenas camperas, cuajaban los blancos muros. Un cuadro de ébano atesoraba, como reliquias, las coletas de algunos estoqueadores celebres, entre ellas la del Gordito, la de Bocanegra y la de Chicorro. Debajo de él, metida en la vaina y colocada horizontalmente, atraía la atención del curioso la espada que el Tato le envió a Lagartijo como recuerdo al retirarse del oficio. Viejos muebles de caoba y jacaranda, que habían pertenecido a los fundadores de la nobleza rural de la familia, amueblaban la estancia. La mesa de escribir, cubierta de papelotes y revistas tauridas: La Lidia, El Toreo, Sol y Sombra, y otras de menor cuantía, ocupaba el espacio entre las
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dos ventanas. El muro que las separaba ostentaba, a guisa de escudo o guerrera panoplia, las garrochas de tentar, las sillas vaqueras, la mantas, los zahones bordados primorosamente, las espuelas y los retratos, en traje de campo y a caballo, de los dos últimos poseedores de la dehesa, el abuelo y el padre de don Antonio, por los cuales sentía éste una especie de orgullosa veneración. Eran dos buenos mozos de ojos duros, patillas de boca de hacha y empaque de bandoleros. En la pared frontera y en tamaño más pequeño veíase la borrosa fotografía de don Diego Hidalgo Barquero, canónigo de la Catedral y criador del lote de vacas bravas que con otras dos procedentes de Vicente José Vázquez y del conde de Vistahermosa, sirvieron de base para la formación de la opulenta ganadería, que se iban pasando de padres a hijos los Míguez, y que constituían el orgullo y el timbre de honor de la familia. El actual propietario se placía en aquel ambiente taurino más que en ninguna otra habitación de la casa, Allí despachaba sus negocios, recibía a los amigos íntimos y se entretenía leyendo continuamente y consultando los registros de sus vacadas y las crónicas de los toros suyos que se comían.
Cuando entró Pepe, agitado y con el rostro descompuesto, el buen señor le miró por encima de las gafas y le preguntó:

‐¡Hola, Pepe! ¿Qué te pasa? ¿Ocurre algo?

‐¡Una friolera! ¡Anoche le han dado a Paco una puñalada y está

gravísimo! Fue Argüeyo, el cantador, por robarlo...

El ganadero se incorporó, pegó un puñetazo sobre la mesa, y arrojando

el paro que fumaba, exclamó:

‐¿Qué estas diciendo?... Pero, Señor, eso no puede ser. ¡Paco mal
herido; Paco, gravísimo!... ¿Estás seguro de lo que dices?
‐Vengo de su casa.
‐¡Jesús, Jesús!, esto es el fin del mundo. Si Paco se las galga se acaba el toreo. Anda,. di que enganchen; vámonos allá. Yo estoy muy mal con él, oyes,. pero en estas circunstancias todo debe olvidarse, ¿no te parece? Despáchate..., y que Pastora no se entere de nada. Le daría un sofocón, y luego sería capaz de hacer una bien sonada.
«Aquí va a ser ella», pensó Pepe, y luego, en voz alta, añadió:
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 ‐Ya está hecha. Esta mañana, en cuanto supo la noticia, me dijo que la acompañara a la casa de Paco, y te manda decir que mientras esté grave, permanecerá a su lado.
‐¡Que permanecerá a su lado!...
‐Justo, de día y de noche...
El ganadero abrió la boca, iba a decir algo gordo, luego se contuvo, metióse las manos en los bolsillos del pantalón y empezó a pasearse de un extremo a otro del despacho, seguido por las miradas siniestras de los cornúpetos. Pepe también lo seguía con les ojos, esperando que estallase la bomba. Pero no sucedió así. Al cabo de algunos minutos, don Antonio ordenó, sin levantar la cabeza:
‐Di que enganchen.
A Pepe esto le pareció peor. Pensó que su padre se proponía ir a la casa de Paco para armar allí una bronca mayúscula y llevarse a Pastora. Cuando volvió de dar la orden encontró al ganadero sentado y fumando tranquilamente un enorme puro. Tanta filosofía me escama», se dijo después de haberlo observado algunos instantes.
‐Qué dices de todo esto? ‐se atrevió a preguntar. El ganadero, en medio de una nube de humo, contestó:
‐Digo que Pastora ha obrado bien. Yo, en su caso, hubiese hecho lo mismo. Pero hay que evitar las murmuraciones, y por eso voy a casa de Paco, para autorizar, con mi presencia allí, el desplante de la niña.
Pepe vio el cielo abierto; sin poder contener su alegría, exclamó:
‐Papá, ¿quieres que te diga una cosa? Eres muy salao...
‐Salao, no; castizo, sí ‐replicó el señor Míguez‐. En esta ocasión no puedo olvidar que tu madre, que era una santa, se vio obligada a hacer algo semejante para casarse conmigo, porque mi futuro suegro, que, entre paréntesis, era muy bruto, no me podía ver ni en pintura, a causa de haberse dado con mi padre de puyazos en el campo, a raíz de una acalorada disputa sobre si los toros de uno tenían más casta que los del otro. Mi pobre Merceditas se arrancó de la casa, se refugió en un
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convento, se cortó el cabello al rape y se lo envió al buen señor con estas líneas: «No quiero casarme contra tu voluntad; pero como nunca podré olvidar al hombre que quiero ni querer a otro, he resuelto tomar los hábitos, si mientras dura mi noviciado, no cambias de parecer. Yo soy la carne; tú, el cuchillo; corta por donde quieras». Naturalmente, el hombre no cortó. Yo no quería que mi hija se casara con un toreriyo, pudiendo hacerlo con un príncipe, y me parece que tenía razón. Pero el toreriyo se ha hecho un torerazo, un soberano artista, el representante genuino de una cosa muy grande y muy nuestra. Pastora lo sigue queriendo, y cuando a una niña como esa se le mete un novio en el moño, las mulas, Pepe. Además, tú quieres a Rosarito, en lo que te alabo el gusto, y yo estoy harto de hacer el ogro. Es un papel que no me tira. Por otra parte, siempre quise a Paco, aunque estuviera muy abroncao con él por lo que me dijo en «El Tronío» y porque creí que se proponía desacreditar mi ganado. Pero sé de buena tinta que en todas las plazas ha hecho lo que estaba en su mano para que mis toros cumplieran, y eso yo se lo agradezco con toda el alma. Y después, después..., reconozco que estuve mal con él, y quiero enmendar la zuerte. Tú sabes, Pepe, que a bronco no me gana nadie, pero a noble tampoco..., cuando me entran por el lado izquierdo.
‐Siempre esperé que te colocases en ese terreno. Es el que a ti te corresponde ‐declaró Pepe‐. Y ahora, ¿qué le vas a decir al conde de Peñablanca?
El ganadero se rascó la cabeza, y luego contestó:
‐Le diré que si no ha sabido enamorar a la moza, la culpa no es mía. Pero no podía ser, Pepe. A mí se me subieron los grandes de España a la cabeza, y no pensé que una sevillana de pura cepa como Pastora, hija y descendiente de ganaderos de reses bravas, que sabe acosar y darse dos pataítas con gracia fina, no podía querer sino a un mozo crudo de su raza y de su medio. El conde hubiera sido en la familia un Juan de Afuera; aquí necesitamos un mozo de los nuestros, sea Paco u otro cualquiera.
‐A mi me agradaría que fuese Paco.
‐Y a mí, ahora, también. Y lo será. Él y Pastora se consideraron desde pequeñitos corno novios; tú lo quieres como a un hermano y yo como a un hijo.
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 Un criado anunció que el coche estaba listo.
‐Por lo pronto hay que pedir a Dios que lo salve ‐concluyó el señor Míguez, cogiendo su sombrero y su bastón‐. Y que cure pronto para que pueda cumplir sus compromisos de la próxima temporada. Tiene contratadas la friolera de ochenta corridas, veinte en Madrid, las cinco de la Feria de Sevilla, todas las de San Sebastián, todas las de Bilbao, ¡qué sé yo...! Además, mata él solo seis, a diez mil pesetas, entre ellas, dos mías, una en Madrid y la otra acá, y podrá hacer mucho, si quiere, por nuestra divisa. No quiero pensar en lo que sucedería si este percance tuviera un desenlace funesto. Pero Dios no lo permitirá: Dios no puede permitir una catástrofe semejante.
Mientras el coche se dirigía a casa de Paco, el ganadero iba pensando que éste era el yerno que, por muchos conceptos, le convenía más. No calculaba fríamente, pero no podía dejar de considerar las ventajas que le reportaría la entrada de Paco en la familia. El problema del casorio de Pepe y Pastora, resuelto; el auge de la ganadería, asegurado, porque Paco y Pepe, asociándose, podrían llevarla a las nubes; la liga de los matadores contra sus toros, disuelta, porque el novel estoqueador, que echaba más carne abajo que nadie en España, se luciría con ellos, y los otros, por no ser menos, recogerían velas. En fin, el cielo abierto por todos lados.
Al descender del coche, le dijo el ganadero a se hijo:
‐Vete a la iglesia de San Lorenzo y dile al padre Simón que diga todos los días una misa cantada por la salud de Paco, y mantenga encendidas diez velas de las gordas.
«En el nombre de Pastora y en el mío haré encender otras diez», pensó Pepe echando a andar.
Y he ahí por qué el señor Míguez se encontraba en casa de Paco discurrriendo amablemente con el Obispo, el Capitán General y el Gobernador. 

Fuente: El embrujo de Sevilla, Carlos Reyles. Biblioteca Mundial Sopena Argentina S.R.L. Tercera Edición, JUNIO DE 1954.pp 145-151.

domingo, junio 16, 2013

EL PRINCIPE DEL DESTOREO CONTEMPORÁNEO


Un VULGAR muletazo de El Juli para la posteridad


"Bajando hoy por la Calle Nueva de Almada, me fijé de repente en la espalda del hombre que bajaba delante de mí. Era la espalda vulgar de un hombre cualquiera."
Fernando Pessoa, Libro del Desasosiego.

Y sí, recordando en su natalicio al inmortal Pessoa, hay que hacer relación, como del cielo al cerdo, y hablar de este muletazo, cuya foto, hecha por un tal EL BOMBA, hace revuelo dentro de la afición contemporánea. Es El Juli en Aranjuez: una faena ante un toro discreto a todas luces, que hizo las delicias de la afición torerista (ya que el animal no importa), rematada además con una estocada defectuosa que produjo derrame al toro, y que fue premiada con las dos orejas del animal, mientras al mismo tiempo en Madrid, unos 18 hombres se jugaban la vida con la importante corrida de Adolfo Martín. 

Pero de estas tristezas está tejida la vida. ¿Qué es lo que interpretamos del muletazo los que rechazamos este mantazo barredor, alisador de los granos de arena,  o quienes ven en él una cumbre del toreo poderoso? Es evidente que la mano baja, tan baja que incluso arrastra más de la mitad de la muleta por la arena.

¿Es poder, el toreo por abajo,  la cumbre en los abismos? ¿Por qué bajar la mano de tal manera, pretendiendo significar algo? Bien, para empezar, y tal como se detalla en el video de este impase, lo que hace El Juli es presentar de manera rastrera la muleta, pero remata por arriba el muletazo, no siendo esto cosa rara en él, ya que en más de una década de alternativa, pocas veces ha rematado un pase por adentro; pero volviendo, en este caso lo que hace es presentar un chiro lleno de arena que al final del muletazo, cuando mande al toro para afuera, levantará a media altura, así que este mito del "toreo por abajo" no puede ser cierto, a menos que el toreo por abajo signifique solo citar, y no dar el muletazo completo bajo un mismo concepto. Esta imagen lo detalla mejor:

1. El cite, sepiamente inmortalizado por EL BOMBA, la muleta rastrera, el mítico animal acudiendo con fiereza al cite. 2. Desarrollo del muletazo, ya sin la muleta tan abajo. 3 "Remate" del muletazo, mandando al toro para afuera con la muleta muy arriba. La tirilla demuestra que en realidad el muletazo, si se entiende por este su desarrollo y remate, y no solo el cite, NO ES POR ABAJO. ES TOREO A MEDIA ALTURA, SIN MÁS.
Entonces, distinguiendo claramente que lo hecho es un cite por abajo para rematar por arriba, mientras la ortodoxia dicta que el toreo es de arriba a abajo, de cite alto y remate bajo, esta imagen, retratada para la posteridad por ese Juan Pelegrín del sepia, EL BOMBA, no es más que una pavada.

Pero sin embargo nos plantea una interrogante: ¿y si realmente este portento del toreo diera el pase citando, embarcando, toreando y rematando en la pala del pitón contrario el muletazo, PERO TODO POR ABAJO, COMO MUESTRA LA INMORTAL Y SEPIA IMAGEN DE EL BOMBA? ¿Qué demostraría aquel imposible, plasmado ante la brava embestida de estos animales que, como el de la foto, lucen un peso de 555 kilos en la tablilla, pese a que, a buen ojo de observador, estaría hasta 100 kilos por abajo? 


Para empezar, lo que demuestra este muletazo de Mario Carrión, es que incluso siendo un torero alto, para torear por abajo no hace falta retorcer o romper la figura de manera antiestética y poco natural, siendo que el toreo persigue la naturalidad. El Juli, igual de alto al reventador amargado, no necesita delinquir con el codilleo o el rompimiento de cintura, como sí lo necesita Perera, pues un torero bajo solo tiene que pegar el muletazo en la mitad del muslo, como de hecho lo muestran las imágenes 2 y 3 de la tirilla arriba expuesta. Así que el alarde de bajar la muleta hasta dejar la mitad del paño en la arena, es solo un engaño, y ganas de mostrar la espalda vulgar de un hombre cualquiera. Lo preocupante del asunto, es que estas disposiciones estéticas de El Juli, de querer posar para EL BOMBA en sepia para la posteridad, y  luego dar un muletazo absolutamente distinto al concepto, le puede acarrear a él, y a la historia del toreo, un gran problema de espalda:



Aún con todo, considero que esta clase de muletazos, tan glorificados por un batallón parido por Jose Morente, plantea un problema estético más que de "poder al torear". Incluso puedo explicarlo con la siguiente foto de Castaño con el toro Marinero de Adolfo Martín, el toro más bravo de San Isidro, toro que además se perdió ese exquisito rompimiento por abajo, al salir en Madrid y no en Aranjuez:


De esta imagen se desprenden varias cosas: la primera, que ejecutar el muletazo con la mitad de la muleta en la arena, es renunciar a los vuelos de la muleta, o también, al aspecto visual que resulta de hacer volar la tela. Otra, que el toro bravo va a los vuelos de la muleta, o sea, a la bamba o parte inferior de ésta, por lo que es falso de toda falsedad, que al toro bravo haya que bajarle la mano en exceso para domeñarlo en el aspecto de la altura de sus cuernos: el toro bravo HUMILLA por sí solo. La siguiente, que para lograr una estética apreciable, no hay que partir ni retorcer la figura: todos los toreros tienen un modo de torear, que va desde el barroquismo corporal de Morante, hasta la renuncia al cuerpo de Juan Mora; y sin embargo, retorcer la figura es un esperpento visual que a Valle-Inclan no le hubiera gustado, en últimas porque hay ausencia de naturalidad y un exceso de histrionismo sin un fondo conceptual (ya sabemos que terminará subiendo la mano durante y al final del pase). 

Otra, que quizá El Juli tenga que citar de tal modo, ofreciendo al campo visual inferior del toro una tela en el piso, porque está tan fuera de cacho que no puede encelar al animal de otra manera: se sabe que el toro ve mejor las cosas que aguardan en el suelo, y no las de arriba; por ello es común ver a los toros embistiendo a las monteras cuando se las topan, y no es común verlos tirando una cornada a la espada durante el pase natural. ¿Qué puede suceder si El Juli retuerce de esta manera su columna, pero cruzado, o "semidefrente", o dando el medio pecho? En últimas: ¿Mandar es bajar la mano, siendo que el toro es quien debe por sí solo humillar debido a su bravura, o realmente el poder, el mando y la autoridad, se refieren a llevar al toro por donde éste no quiere, o sea en curvas? Con El Juli, torero de líneas y pases desde y hacia afuera, hablar de poder insultante es quizá algo a lo que debamos renunciar.

¿Por qué se le baja la mano a los toros? Para bajar con ellos hacia su bravura, y para hacer de esta equidad, un punto desde donde se haga el toreo. Si se da un trapazo, así sea con mano baja, sigue siendo un trapazo. 

Queriendo terminar, dice un verso de Pessoa: "posteridad que ya se olvida para siempre", y con razón es dicho. De tal posteridad es el pase de El Juli, sepiamente inmortalizado por EL BOMBA, para la posteridad del olvido. Por cierto, toreo por abajo, de todo tipo y factura, y del puro, es este:

Teruel en Madrid

Beato y Esplá, para gloria del toreo.

Fandiño en la Santamaría de Bogotá

Robleño en su encerrona en Céret con toros de Escolar

Fuente: http://reventadoramargado.blogspot.com

jueves, junio 13, 2013

JAVIER CASTAÑO Y CUADRILLA : GENEROSIDAD, PROFESIONALIDAD, TORERÍA Y VERDAD


GENEROSIDAD, PROFESIONALIDAD, TORERÍA Y VERDAD

Escrito por Eneko Andueza
Lunes,03 de junio de 2013.

Volvió a coger los palos enrabietado tras caerse uno del par anterior. Despacioso se fue a la cara del toro. Provocando su atención. Lo fijó. Fue andándole con torería, achicando las distancias. Y allí, en un palmo de terreno, le ganó la cara, levantó los brazos, reunió los palos, se asomó al balcón y colocó un par de antología que fue un canto glorioso a la suerte de banderillas.
Fue la chispa que terminó de detonar toda la emoción contenida de la tarde. Con ese par, David Adalid, rubricó una lidia perfecta ejecutada junto a sus compañeros que fue, ni más ni menos, un precioso fruto de la generosidad de su jefe de filas: Javier Castaño.
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Sería injusto, subjetivo y sesgado poner en un pedestal a la cuadrilla sin dar lo que se merece a un matador de toros curtido en el banquillo y en las tardes donde sale el toro que vende muy cara su muerte y premia su bravura a quién le puede.
Javier Castaño ha decidido devolver a la afición lo que la mayoría, por no decir todos, los de su escalafón niegan a la afición: disfrutar de la lidia de un  toro bravo.

A este torero que se viste por los pies le ha podido la afición y el amor a la fiesta. No le importa sacrificar su triunfo, mecerse en el egoísmo y centrase en lo suyo. Eso no va con él.
Este torero ha decidido salirse de lo común  para devolvernos la normalidad. Así, como se lo cuento. Vuelvan a leer la frase si no la entiende, o, si lo prefieren atiendan a lo que les digo a continuación: Javier Castaño ha decidido no seguir la senda que impone el sistema, la de privar a la afición de la lidia para centrar todos los esfuerzos en la labor con la muleta. Ha decidido hacer una excepción de lo que debería ser la norma de cada tarde. Simple y llanamente ha puesto cordura y ha querido devolverle a la fiesta gran parte de su sentido. 

Los toros tienen su lidia, y esa lidia, en si misma, por su belleza, por su espectacularidad cuando se hacen bien las cosas, por su variedad dependiendo del toro que tengas delante, supone una obra de arte que no se puede desperdiciar. Javier Castaño es, ante todo, generoso y complaciente. Es generoso con la afición, porque nos genera ilusión por ir a la plaza y nos ha devuelto parte esencial del sentido de la fiesta: la lidia como concepto en toda su acepción. Es generoso con los ganaderos, porque luce a sus toros y demuestra con absoluta transparencia las cualidades de sus toros. Y es generoso con su cuadrilla, a la que mima, da rienda suelta para que expresen lo que llevan dentro y permite hacer las cosas como se deben hacer en una plaza de toros. Su gesto de satisfacción mientras los suyos daban la vuelta, el detalle de estar sujetando al toro mientras la daban, sus gestos de cariño hacia ellos no dejan de ser el  reflejo de su personalidad y el espejo de su alma.
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Lo del sábado, como lo de tantas tardes, nunca será posible sin la generosidad del jefe de filas. Y eso, señores aficionados, se merece, además de nuestro respeto, nuestra gratitud y la debida recompensa.
¿Que el sábado pudo estar mejor con ese quinto? Muy probablemente. Pero al César lo que es del César. Una vuelta con su cuadrilla tampoco hubiera estado de más. Creo, sinceramente, que hubiera sido una buena manera de decirle: este es el camino, gracias por elegirlo, y que sepas, que estamos contigo. Nada más y nada menos.

Lo de su cuadrilla merece capítulo aparte….

¿Qué les voy a decir de un subalterno que no lleva el capote como si fuera una carpa de circo, que no da un capotazo de más, que lleva el temple grabado en sus muñecas y “hace” a los toros en la brega? Pues que Marco Galán es un lidiador de los pies a la cabeza, un escultor de embestidas, un auténtico guía para su matador al que enseña como embisten sus toros. En definitiva, un peón, que más que un peón es un pilar para su torero y para sus compañeros. Un pilar en el que todos ellos basan su labor
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¿Qué les puedo decir de David Adalid y de Fernando Sánchez, dos banderilleros que ponen la plaza en pié demostrando que se puede clavar asomándose al balcón, cuadrando en corto, yendo a la cara con torería y despaciosidad? Pues primero, que demuestran cada tarde que para poner un buen par de banderillas no hace falta ser el correcaminos, segundo, que el alivio no va con ellos, y, tercero, que no por ser un banderillero se deben hacer las cosas de cualquier manera.
Todo esto puede resultar extraordinario, pero no deja de ser lo que debiera ser cotidiano. Todo esto es, simple y llanamente: LA LIDIA.
Este grupo humano ha decidido tirar por el camino más difícil, ha decidido emprender un camino en el que ante todo, hay que enfrentarse cada tarde al toro que exige, al toro que no perdona, al que hay que poder, LIDIAR, y torear.

Parece que hay “compañeros” a los que no les ha sentado nada bien la vuelta al ruedo del pasado sábado. Una vuelta que, para este humilde aficionado que ocupaba su localidad en el “7” fue justa, en el momento emocionalmente cumbre y cuando se debía de dar. Los que lo vivimos in situ sabemos porqué la pedimos entonces y porque la valoramos tanto ahora: porque nos emocionaron y nos devolvieron  la afición que otros se empeñan en robarnos.

No entiendo ese afán de tirar por tierra lo hecho ese día. No lo entiendo porque a buen seguro la mayoría de los que les critican se morirían por vivir algo tanto bonito en sus propias carnes. Entonces, ¿es envidia?. Puede ser. Y puede ser una buena dosis de impotencia, de la impotencia de saberse reprimidos por sus correspondientes matadores. Puede ser miedo a que el público y los aficionados les pidan lo que saben que es suyo y les exijan que lidien a los toros. Puede ser complejo, el propio de aquellos que son conscientes de que llegado el caso y la circunstancia de tener que lidiar de verdad a un toro bravo se saben incapaces de poder hacerlo…
De momento, a aquellos que lo critican sólo puedo decirles una cosa como aficionado: tomen nota de lo que quiere la afición, reivindiquen su puesto en la fiesta y hagan saber a sus matadores que con actitudes como la de Javier Castaño y su cuadrilla salimos ganando TODOS.

A aquellos que se descubren, como nosotros, ante esta actitud generosa, profesional, sincera, y, ante todo torera, sólo puedo decirles que cada tarde, cuando se sienten en su localidad de tendido, lo reconozcan y lo exijan, sólo así podremos recuperar el verdadero sentido de la fiesta de los toros: la LIDIA de un toro bravo.


martes, junio 11, 2013

PEPE LUIS VÁZQUEZ GARCÉS (VIII y Final)


El pase de pecho del maestro de San Bernardo
El maestro Pepe Luis entregando los trastos de matar al espada mejicano" El Calesero"
Fuente: Semanario gráfico de los toros El Ruedo. Año XI. Madrid 7 de enero de 1954, n°498
Colaboración de Germán Urrutia Campos.