EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. VIC FEZENSAC 2017

martes, julio 26, 2011

LA BRAVURA DEL TORO (DOMINGO ORTEGA)

La bravura del toro


por Domingo Ortega
Conferencia dad en el Circulo de Bellas Artes de Madrid en la primavera de 1960.
Publicada por la Revista de Occidente en 1961.


La bravura del toro Capitulo 1º

Domingo Ortega
Conferencia dad en el Circulo de Bellas Artes de Madrid en la primavera de 1960.
Publicada por la Revista de Occidente en 1961.
Esta peña taurina "Los de José y Juan" tiene un presidente muy aficionado a la fiesta de los toros. Tan aficionado es, que ha venido a mi casa varias veces para convencerme de que debía dar aquí una conferencia. Me dijo que está muy preocupado porque la afición a los toros se está terminando con relación a la afición que tiene hoy el público al fútbol.
Yo creo que tiene algo de razón, y por esa afición que él tiene a la fiesta de los toros me ha hecho venir aquí, porque me dije: "Si este hombre lucha por su afición, yo, que se lo debo todo en mi vida a la fiesta de los toros, tengo casi el deber de ir allí por si puedo decir algo que beneficie a los que van a ser toreros mañana y, sobre todo, a los aficionados y al público, que son los que sostienen la fiesta.
Y aquí me tienen ustedes, no sé si lo conseguiré o no. Diré, en primer lugar, que cuando fui por primera vez al fútbol era ya matador de toros.
El fútbol no me había interesado nunca, pero conocí a un gran jugador, Luis Regueiro, que era muy partidario mío, y ésta fue la razón de que fuera algunas veces a verle jugar.
En las veces que he ido al fútbol he podido darme cuenta de que cuando el balón está en el suelo depende siempre de cómo le da el jugador.
A la enorme afición que hay hoy día al fútbol contribuye grandemente el que los muchachos, desde niños, pueden dedicarse a darle patadas a una pelota todo el tiempo de que dispongan. Siempre que se les antoje allí tienen la pelota que les sirve de distracción, y el que reúna buenas condiciones físicas puede encontrarse convertido en un buen jugador, casi sin haberse dado cuenta; por eso de todas partes del mundo salen futbolistas, porque en todas partes hay pelotas.
También es corriente que chicos de doce y catorce años hablen de fútbol con el mismo conocimiento del asunto que los hombres mayores, cosa imposible en los toros, y además en los periódicos se le dedican al fútbol planas y más planas que le sirven de propaganda, mientras en el toreo la cosa es muy distinta.
El toro no es la pelota, no se le tiene a mano siempre que se desea, y tiene reacciones propias:
unas veces embiste de una manera, otras de otra muy diferente; unas veces ataca, otras se defiende. Y del toro hemos dependido siempre todos los toreros. El toro nos ha dado los éxitos, nos ha dado los disgustos, nos ha dado las cornadas, y a muchos les ha dado la muerte en plena juventud.
El muchacho que quiere ser torero tiene un gran problema. ¡ Hay que ver lo difícil que es empezar a torear! Lo sé por mí mismo.
Nací en un pueblo, Borox, a tres kilómetros escasos de donde llevaba más de cien años pastando la ganadería brava que entonces era del duque de Veragua; pero no pude ir nunca a donde estaban las vacas, pues las tenían a muchos kilómetros de distancia, cuando hacían los tentaderos, y tuve que dedicarme a ir por los pueblos por si un día en una capea podía darle un lance a un toro.
Es muy difícil que salga un gran torero de un sitio en que no haya toros cerca, y desde luego, hasta ahora, no ha salido ninguno de un país en que no existan toros bravos.
Sobre el arte del toreo di una conferencia en la que les dije a los muchachos que quisieran ser toreros, cómo debían empezar a torear para intentarlo; pero creo que pocos de los que hayan empezado han hecho caso de ello; puede que tengan razón, aunque al hombre que ha sido torero alguien le ha dicho, al empezar, cómo debe hacerlo.
A mí me lo dijo un hombre que quiso ser torero mucho antes que yo, y que también era de Borox, Salvador García. Cuando yo quería empezar ya estaba él retirado. Un día le dije que quería ser yo torero, me contestó que no lo intentara porque era casi imposible, que los toros no hacían nada más que dar cornadas y que a él le habían dado muchas.
Me dejó muy triste, y me fui con la preocupación que ustedes pueden comprender, pero, a pesar de ello, cuando tenía ocasión intentaba torear como se lo había visto hacer a él cuando alguna vez había toreado en Borox.
Había pasado mucho tiempo de esta conversación cuando fui a Borox a matar dos novillos, y, naturalmente, a poco que les hiciera (yo no me acuerdo de lo que fue) me dieron las orejas y me llevaron en hombros por las calles.
Aquella noche me dijo Salvador: "Cuando me dijiste que querías ser torero, te contesté que no lo intentaras; hoy, que te he visto torear, estoy dispuesto a hacer todo lo que pueda por que lo seas." Y así lo hizo en los primeros pasos de mi profesión.
La primera cosa fundamental que me dijo fue a los quince días. Toreaba yo en un pueblo toledano, y en el segundo novillo, cuando el público me estaba aplaudiendo, oigo a mi espalda una voz que me grita: "¡ Chalao... ¿Qué estás haciendo?" Volví la cara y vi que era Salvador, que estaba debajo de un carro.
Maté el toro y me llevaron en hombros a la fonda, pero yo iba preocupado. Salvador esperó que se fueran todos, y entonces me dijo: "Hace pocos días te dije que podías ser un gran torero, pero hoy, al ver la manera como estabas toreando, no he podido contenerme, no he tenido más remedio que chillarte." Yo me defendí: "Pues la gente me estaba aplaudiendo, y además hace pocos días he visto torear en Madrid a uno que tuvo un gran éxito a base de torear con los pies juntos." Me contesto: "Sí tu habrás visto torear a uno que te han dicho que es buen torero, pero no has visto ni a Gallito ni a Belmonte, y yo, que los he visto, te digo que a ninguno de los dos los vi nunca juntar los pies delante de un toro."
Desde ese día así ha sido el arte de torear para mí, cargando la suerte.
A los pocos días fui a otro pueblo, también fueron tres pajarracos, con las veinticinco o veintiséis arrobas cada uno, unas cabezas descomunales, y desde luego sin picadores. Al primero le maté de una estocada, pero a los otros dos les entré a matar cuatro veces a cada uno, y no les digo la bronca que se armó cuando terminé; me fueron chillando hasta la fonda.
Me quedé solo en la habitación, llegó Salvador y me dijo: "Hoy has estado hecho una figura del toreo." Yo le miré asombrado: "Pero Salvador, si todavía me están chillando ahí fuera." El me contestó: "No te preocupes, esos dos toros últimos que has matado, no puede con ellos más que una figura." Por esas dos cosas que me dijo al empezar en mi profesión, yo le estaré agradecido mientras viva.
Ya entonces aprendí que para el arte de torear es más importante el toro que el público, y que cuando los toros se entregan, a la larga acaba entregándose el público también.
Esta ha sido mi concepción del arte de torear. Para otros toreros ha sido de otra manera, porque indudablemente, al empezar, alguien les orienta hacia cómo deben hacerlo, pero, casi siempre, con relación al cuerpo que tienen para obtener más fácilmente el éxito.  Porque los muchachos que empiezan no tienen quien les diga cómo se hace el arte del toreo.
En todas las profesiones la juventud encuentra profesores que les explican los problemas que han de resolver para llegar a la perfección, o por lo menos para ponerse en el camino de ella. En el toreo no existe nada de esto. Los muchachos tienen que atenerse a lo que les ven hacer a otros, las más de las veces falso o equivocado, como me pasó a mí el día que Salvador García me llamó "chalao". De ahí las cosas tan raras que pasan algunas veces.
Hace algún tiempo me dicen en mi casa que hay un señor que ha venido ya varias veces, que va vestido de uniforme y que insiste en hablar conmigo. Le recibo, me saluda muy afectuoso, y cuál no sería mi sorpresa cuando me dice que quiere ser torero. Me le quedo mirando y le digo: "Pero hombre, usted tiene ya una profesión y una edad un poco excesiva para empezar otra pero, en fin, si usted tiene esa afición le puedo llevar un día al campo para ver cómo torea; de todas formas dé usted aquí mismo unos pases o unos lances para que yo me haga una idea."
Se quedó un poco parado, sin decidirse porque no tenía capote ni muleta, y al decirle yo: "No es necesario, hágalo usted con las palmas de las manos me contestó: "Bueno, usted perdone, don Domingo, como aquí estamos entre colegas..., y se puso a torear con la mano izquierda, de perfil, y desde el cuerpo hacia atrás. Después me enseñó unas fotografías toreando vestido de luces, que debían datar de ocho o nueve años atrás.
Esto me hizo a mí también torear de salón explicándole: "Fíjese usted, al toro hay que engancharle antes de que llegue al cuerpo, con la mano izquierda o con la derecha, eso es indiferente, lo importante es llevarle toreado, y para conseguir eso hay que echar la pierna contraria hacia adelante, y hacia adelante quiere decir hacia el frente del toro -no hacia atrás, como usted hace- para poder llevar al toro toreado cuando pasa por delante de uno.
Ya sé que es difícil, y además con más de treinta años como usted tiene lo mejor es que abandone la idea de ser torero." "Don Domingo, yo toreaba como se lo he visto hacer a otros, y porque nadie me había explicado lo que me ha explicado usted, pero voy a intentar hacerlo." Los resultados que he visto en un par de tentaderos no parecían muy satisfactorios, y me figuro que este hombre, con su profesión y la edad que tiene, habrá desistido ya de su idea de ser torero.
Yo aprovecho esta ocasión para decirles a los hombres que tengan cerca algún muchacho que quiera ser torero que no le aconsejen que, cuando coja la muleta, salga con la obsesión de dar zurdazos o derechazos manteniéndose rígido por miedo a descomponer la figura, sino que intente llevar al toro toreado lentamente, todo lo lentamente que el toro se lo permita.
Y tu chaval que quieres ser torero, si algún día lees esto, cuando cojas la muleta y la espada, piensa que la espada no es sólo para matar al toro. Intenta, porque ya con intentarlo harás algo, empezar a torear a cuatro o cinco pasos de la barrera, y desde el primer pase avanza un paso hacia el centro de la plaza a cada pase que le vayas dando al toro, con las dos manos, cada una en su sitio: la izquierda mandando el centro de la muleta, y la derecha con la espada mandando la terminación de ella, pero no por arriba ni por abajo, sino por el lance natural, y procura que el toro no te enganche la muleta ni al empezar ni al terminar el pase; verás como a los siete u ocho pases por cada lado estarás con el toro en el centro del ruedo, y allí sentirás que tienes al toro a tu disposición, y al público entusiasmado; y si el toro te los aguanta, dale tres o cuatro pases con la muleta sola en la mano izquierda, y otros tres o cuatro con la muleta y la espada en la derecha; y cuando vayas a matar piensa que es la muleta la que tienes que llevar al toro para que la espada entre por el hoyo de las agujas. Verás cómo el toro al que le hagas esto qué pocas veces necesita la puntilla para que las mulillas se lo lleven.
El que siga este camino podrá tal vez alcanzar la perfección en el arte de torear, porque cada torero ha hecho lo que ha podido con arreglo a sus facultades físicas, y ha podido tener más o menos éxito, según su personalidad y la clase de los toros que le han tocado en suerte, pero el camino de la perfección no es más que uno.
Continuará.....

1 comentario:

  1. ¿El aficionado entrado en años que menciona Domingo Ortega,torea como los "figurones" de ahora.?
    Sin cargar y echando hacia afuera al "toro".

    E.M.

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