EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de la Ganadería los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. VIC FEZENSAC 2017. Foto : Pocho Paccini Bustos.

miércoles, julio 27, 2011

LA BRAVURA DEL TORO (DOMINGO ORTEGA)

La bravura del toro. Capitulo 2º
No se te ocurra, muchacho, mirar al público mientras el toro está pasando por delante de tu cuerpo, porque esto es lo que hacían todos los días Charlot y Llapisera, pero eso no es el arte de torear. Cuando un hombre está compenetrado con un toro en su sensibilidad, es imposible que dé la sensación de que se está riendo de él.
Señores, bien entendido que no digo esto para molestar a nadie que lo practique hoy, sino para que puedan dar ustedes un consejo a los muchachos que quieran ser toreros mañana.
Sobre todo al muchacho que tenga un cuerpo apropiado para hacer el arte del toreo, porque naturalmente si no tiene la estatura adecuada y la longitud de los brazos necesaria para ello, tendrá que hacer lo que pueda, a base de hacerle burlas al toro mientras el toro se lo permita.
Pero éste es otro problema. Porque yo no quiero hablarles hoy del arte de torear, sino de la bravura del toro, porque de eso es de lo que hemos dependido todos los toreros. Hace muchos años que me di cuenta de ello.
Llevaba ya casi veinte años toreando, cuando un día, en una de las plazas más importantes de España, el público se metió exageradamente conmigo en el primer toro, pero en el segundo se entusiasmó y, después de darme orejas, rabo y pata, me llevaron en hombros por las calles.
Esa misma noche me dije: "Ortega, tú eras el mismo en el primer toro que en el segundo, luego la causa fundamental de tu éxito está en la bravura del toro, no solamente en lo que tú puedas haber hecho."
Entonces tomé la decisión de hacer todo lo posible para que se le perdonase la vida al toro que saliera como el segundo que me tocó a mi aquella tarde, para que el hombre que quisiera ser torero tuviera más facilidades que cuando empecé yo, y el público se emocionase con más frecuencia en las corridas de toros de hoy.
Si el torero tiene un fracaso, el noventa por ciento de las veces es debido al toro; si tiene un éxito, en la parte fundamental también es al toro al que se lo debe.
De todas formas, yo quiero desde aquí darles las gracias de todo corazón a los periodistas y a los críticos que hablaron y escribieron a favor de Domingo Ortega, porque es indiscutible que los periodistas contribuyen eficazmente a la fama del torero.
Yo sé que hay mucha gente que se mete con los periodistas, y sé también que algunos de ellos no son todo lo ecuánimes que sería de desear en su misión crítica para el bien del arte, pero yo, personalmente, puedo decirles que he encontrado entre ellos grandes amigos, hombres dignísimos, que me han demostrado un desinterés absoluto.
Como citarles a todos sería una lista demasiado larga, les nombraré a ustedes a tres críticos taurinos. Uno es mexicano, se llama Luis Gutiérrez González; este hombre, que ni siquiera me conoce personalrnente, ha publicado hace poco tiempo, cuando ya en el toreo nadie puede esperar nada de mí, uno de los artículos más importantes que sobre mí y el arte de torear se han escrito.
Los otros dos son españoles; nombraré primero a don Gregorio Corrochano. Cuando me comunicó su intención de escribir la "Tauromaquia de Domingo Ortega", le dije: "No haga usted eso, yo tengo ya muchos años, mi vida torera está más que terminada, y a nadie le puede interesar lo que se diga sobre mí."
El me contestó que creía que podía ser importante para los muchachos que quieren ser toreros que se les diga cómo deben torear. Y durante una larga temporada ha estado publicando en Blanco y Negro los artículos que constituyen la "Tauromaquia" y reproduciendo las crónicas más interesantes que me dedicó en A B C en los primeros años de mi profesión.
Dejo para el final a uno de mis más queridos amigos: Antonio Díaz-Cañabate.
Quiero volver a afirmar, aunque ya lo he dicho otras veces, que las cosas pasan siempre por algo, y en el ruedo ese algo es el toro. Imaginemos por un momento que cuando el torero espera que asome el toro por la puerta del chiquero, al abrirse ésta, apareciese otra clase de animal, el espectáculo habría cambiado totalmente, aunque el hombre siguiese siendo el mismo. Por la misma razón, si en vez de un toro bravo sale uno manso, el resultado de la corrida varía totalmente.
Si no fuera por la bravura del toro no existiría el arte del toreo, ni siquiera el de dar pases. Claro que los toros salen auténticamente bravos en una proporción insignificante.
Ya sé que hay quien sostiene, incluso en los periódicos, que el toro de hoy es más bravo que el de ayer, pero eso no es una realidad. El toro de hoy es distinto, muchos por la edad con que se lidian, y casi todos en su constitución física, porque en eso sí ha conseguido el ganadero un gran avance para el bien de la fiesta.
Hoy el toro se lidia en muchos sitios con un año menos que se lidiaba antes, y no hablemos de la cabeza: no se puede comparar la cabeza del toro de antes con la cabeza y el tipo que tiene el de hoy. Pues igual que el hombre ha mejorado la constitución física del toro, puede mejorar la bravura, porque cuando el toro sale auténticamente bravo se le ve la bravura igual que se ve si está bien constituido.
Lo que pasa es que la constitución física se le puede ver todos los días en el campo, y la bravura no se ve más que el día que el toro se lidia.
A raíz de terminarse nuestra guerra, se autorizó que se le cortasen los pitones a los toros que habían de lidiar los caballistas o rejoneadores, y de ahí, por una consecuencia degeneradora, empezaron a cortárselos también a algunos toros que tenían que matar algunos toreros. Por eso no es de extrañar que, disminuido el peligro por la mejor constitución física del toro y, en algunos casos, por el corte de pitones, haya quien crea que el toro es más bravo ahora que antes.
Para que los que no están al corriente se den cuenta del cambio que han sufrido algunas cosas en el toreo, les contaré un hecho que a mí me parece muy significativo.
El año de mi alternativa, en ocasión que paraba en el mismo hotel que yo, se presentó en mi habitación el gran rejoneador Antonio Cañero y, mientras charlábamos, me enseñó varias cornadas que le habían dado los toros.
Llamé a Dominguín para que hiciese que toreásemos juntos algún día. Efectivamente, al poco tiempo toreábamos los dos en Bilbao y vino a buscarme por la mañana para que fuésemos a ver los toros que íbamos a matar por la tarde.
Yo, pensando que él llevaba ya muchos años toreando, le dije, puesto que los rejoneadores no sorteaban, que eligiese los dos toros que tenían menos cara; pero se negó diciéndome: "No, vosotros vais a estar a pie desde que el toro salga, y yo voy a estar a caballo hasta que esté medio muerto, lo natural es que yo mate los dos toros que tienen más cabeza." Fíjense ustedes si han variado los tiempos.
Una de las causas fundamentales de que cambiase el toro tanto después de nuestra guerra es que durante ella desaparecieron casi totalmente muchas ganaderías.
Yo había comprado la mía el año treinta y cinco, tenté y retenté las vacas en Salamanca, y traje las doscientas vacas que más me habían gustado a una finca cerca de Madrid. Al acabar la guerra no quedaba ni una, y me tuve que conformar con las que había dejado en Salamanca para matarlas.
Hubo otras veintitantas ganaderías en el mismo caso, aunque a todas les quedaban algunas vacas para poder empezar a rehacerse y continuar, pero en un plan muy reducido.
A consecuencia de esta tala de la ganadería brava, y de la escasez de machos que produce, empiezan a lidiarse los toros mucho más jóvenes. También contribuye a ello el que la necesidad de ganar tierras para el cultivo hace quedar muy reducidas las fincas destinadas a los toros bravos.



La bravura del toro. Capitulo 3
 En sus buenos tiempos el duque de Veragua tenía casi la mitad de la provincia de Toledo en fincas dedicadas a sus toros. Y no hablemos de Miura, los hermanos Miura, de quienes tengo tan buenos recuerdos, y de quienes maté casi todas las corridas que lidiaron desde el año de mi alternativa hasta la guerra; ellos me regalaron el primer caballo perfectamente preparado que yo tuve para practicar la suerte de la garrocha.
También me regaló otro caballo, otro gran amigo mío, don José Mora Figueroa, en cuya casa pasé largas temporadas haciendo tentaderos a acoso, algunos días con ganado bravo y muchos con ganado manso, y allí es donde me hice garrochista, siendo la primera vez que un torero castellano se hiciese garrochista.
Pero con eso no solamente me divertí, sino que empecé a estudiar la bravura del toro y vi que esa clase de tentadero, que es muy divertida para practicarla, es negativa para calibrar la bravura.
Como prueba de ello les diré que entre los libros de mi ganadería hay uno en que figuran los resultados de los tentaderos a acoso de Parladé a finales del siglo pasado, y el resultado de esos mismos toros en las corridas, lidiados, naturalmente, con sus cinco años cumplidos, camino de los seis, a principios de nuestro siglo.
Si tomamos cincuenta de esos toros, vemos que hay veinticinco con la nota D. y M., que quiere decir desecho, malo, en el tentadero; y veinticinco cuya nota es B. y S., o sea bueno y superior. Pero el resultado de la lidia es completamente distinto:de los veinticinco primeros, sólo uno fue manso, mientras que de los otros veinticinco, que según su nota debían ser buenos y superiores, fueron mansos más del cincuenta por ciento.
Luego la bravura no se le ve de verdad al toro más que el día que se lidia, porque al toro le pasa como al hombre, y nadie sabe lo que dará de sí un niño de diez años cuando llegue a los veinticinco.
Ya dije en una junta general de ganaderos que de los doscientos y pico dueños de ganaderías bravas, eran muy pocos los que podían vender sus toros a buen precio si no les cortaban los pitones. El ganadero vive entre la espada y la pared: si no corta los pitones, no vende los toros: si los corta, la autoridad le multa, y algunas veces sin que sea él quien los ha cortado. El problema tiene muy difícil solución.
El ganadero no tiene más armas para imponerse que la bravura del toro, y al ceder ésta porque el sistema de selección que se emplea no es bueno, tuvo que atemperarse a los tiempos modernos, pues creo sinceramente que el toro de hoy es lo que es, no porque el ganadero quiera que así sea, sino que lo es a pesar del ganadero. Hasta hoy no tiene resultado más que un lado de la selección: la hembra; el macho, aunque salga bravo, muere en las plazas de toros.
El público, en general, se ha desentendido del toro y sólo ha visto si el torero ha estado bien, mal o regular, pero sin pararse a pensar que cuando ha estado bien es porque el toro le dejó estar bien, y cuando ha estado mal fue que el toro no le dejó otro camino.
En mi larga vida profesional jamás vi a un torero estar mal, dentro de su forma de torear, con un toro realmente bueno; habrá estado, eso sí, más o menos lucido según sus recursos. En cambio he visto a toreros estar bien con toros poco buenos; ahora bien, con el toro malo nadie estuvo brillante nunca.
Lo que ocurre es que hay grandes errores en esto: hay toros que parecen buenos y no lo son, y viceversa, pero esto son matices complicados de la fiesta, que es natural que no estén al alcance de todo el mundo.
El ganadero, me refiero al hombre que ha dedicado su vida a eso, ha seleccionado la hembra de muchas formas, y siempre ha dejado para criar toros a la vaca que le ha parecido más brava. El mismo sistema ha seguido con el macho, pero lo que está bien para la hembra, que no puede demostrar su bravura de otra manera, es insuficiente para el macho, que tiene un campo de acción donde demostrarla cumplidamente: la corrida.
Solamente el día que se lidia un toro, con su edad y peso reglamentarios, puede el hombre ver su auténtica realidad. ¡ Y qué pena, señores, el día que sale uno de los contados toros de bandera que se ven, dejarle morir sin que su bravura haya beneficiado en nada a la ganadería de lidia, tan necesitada de ella!
Desde los tiempos remotos en que la ganadería realizaba su propia selección natural, por ser el toro más bravo o más valiente el que cubría a la vaca por su poderío sobre los demás, se han ensayado diversas formas de selección.
El ganadero ha tentado los becerros unas veces en la plaza, otras en campo abierto, ha retentado en la plaza, los ha toreado, con lo que los inutiliza para la lidia, y naturalmente escogiendo siempre ejemplares de las mejores familias, pero nunca ha podido tener la seguridad de acertar, ni siquiera, en un cincuenta por ciento. Esta inseguridad es lógica, porque hay muy poca relación entre lo que tiene que hacer un toro en la plaza con los datos que nos puede dar un becerro de dos años en un tentadero.
Si escogiésemos el reproductor en la plaza, que es donde el toro tiene que manifestar toda su realidad, sería más fácil acertar en la bravura de los hijos, puesto que tendríamos la seguridad de lo que el padre había hecho, y no solamente la sospecha de lo que podría hacer.
Ya sé que hay unas cuantas ganaderías que dan un número relativo de toros buenos, pero esto, en relación con el número de ganaderías existentes, es un porcentaje ridículo. Lo interesante de una selección no es que de doscientas ganaderías embista un diez por ciento, lo interesante es que lo haga un ochenta por ciento.
Señores, ustedes no saben el problema que supone para los ganaderos cuando llega el momento de echar un toro a las vacas. Las veces que nos preguntamos: ¿ Qué hago? ¿ Tiento y retiento doce o catorce becerros escogidos, o elijo, sin más, uno que tenga buen origen a ver si acierto?.
Porque con el sistema de tienta y retienta puede pasar una cosa, y es estropear la cabecera de la carnada, porque todo lo que se le haga al toro en el campo es perjudicial para su lidia.
El toro es un animal inteligente, que aprende rápidamente y recuerda siempre. Ustedes habrán observado, porque es cosa notoria, que desde hace ya muchos años los toreros prefieren los toros de Salamanca a los andaluces.
La razón fundamental que da origen a esta preferencia es que el toro de Salamanca se lidia totalmente puro, mientras que en Andalucía es costumbre, que afortunadamente algunos ganaderos van ya abandonando, tentar en campo abierto toda la carnada, derribando los becerros y dándoles un par de puyazos; esto perjudica su lidia, porque es muy raro que el toro, cuando sale a la plaza, no se acuerde de lo que le hicieron.
Además, este tentadero, que es muy bello como espectáculo y como deporte, es totalmente insuficiente, porque tiene muy poco que ver un becerro de dos años, en campo abierto, con un toro de cuatro cumplidos y en una plaza de toros.
Si queremos criar un toro que a los cuatro años vaya un cierto número de veces al caballo desde un punto determinado de la plaza a otro, será más fácil conseguirlo echando a las vacas un semental al que le hayamos visto hacerlo, que si echamos un becerro que nos figuramos que lo puede hacer por los datos que le hemos visto en un tentadero, aunque sea en plaza cerrada, porque realmente tiene muy poco que ver una cosa con la otra, por muchas razones, pero daré solamente una: en el tentadero casi nadie tiene miedo, mientras que en una corrida de toros en la plaza, casi todos lo tienen. También aquí hablo por experiencia.
Al tentar una carnada de becerras lo corriente es aprobar un veinte o un veinticinco por ciento en las mejores ganaderías, y aprobar no quiere decir que sean completamente bravas. Este mismo porcentaje es el que se consigue en las camadas de machos. Si miramos hacia atrás vemos que es el mismo que se obtenía en las ganaderías hace setenta u ochenta años. ¿A qué se debe este estancamiento cuando en otras clases de ganado se ha avanzado tanto?
A mi modo de ver es debido incontestablemente a la dudosa bravura del reproductor.
Si el macho estuviese seleccionado en el campo de su realidad, que es la corrida, con todos los inconvenientes que esto supone para él, podríamos elevar este tanto por ciento a una cifra considerable.
Sabemos positivamente que si lidiásemos los toros con dos años, el número de los buenos para la lidia sería muy superior al que nos dan los toros con cuatro años. Sin embargo tentamos becerros de dos años, y hasta ahora nos hemos conformado con ello.
Respecto al comportamiento que va a tener un toro en la plaza, tampoco se pueden tomar como norma los datos que proporciona en el campo. Es indudable que el toro de lidia tiene manifestaciones externas de bravura, pero ninguna de ellas nos deja ver la realidad de su casta tal como ésta es; de aquí que nadie pueda afirmar que un toro va a ser bravo antes de haber visto su comportamiento en una plaza de toros.
Continuará......

3 comentarios:

  1. Los toreros de hoy no alcanzan el brillo que llegaron a tener las figuras de ayer.
    Lo que no quiere decir que sus potenciales sean menores.Hay toreros,pero limitados por una estructura del espectáculo que les impide un mejor nivel.Porque les falta estímulo suficiente,marginan la competencia y poco es el público que les exija mejorar la calidad de su toreo,falta el toro.Antes el toro imponía su ley;el público exigía pues conocía a fondo la tauromaquia;los contratos se ganaban en el ruedo,no en los despachos.Era otra forma de entender la fiesta y los diestros no tenían más remedio que superarse.
    El conformismo de ahora,la permisividad ante la adulteración del espectáculo,ni siquiera podían concebirse.
    Si ahora las figuras necesitan,para triunfar,no sólo un torito a la medida de sus posibilidades sino un público que se limite a aplaudir o callar,es que no son figuras ni nada.
    Sin toro,el toreo no existe.La mayor parte de los ganaderos ha hecho la selección para conseguir el toro que le gusta a los toreros y sus apoderados.Ante esto lo que logran es el fracaso de la fiesta.
    El toreo consiste en saber transmitir la emoción y la belleza que brinda el toro,que provoca sensaciones de admiración y la capacidad de asombro en el aficionado.
    El toreo es vocación y es sacrificio.El toreo es sentirlo en el alma e interpretar con justeza las reglas del arte.
    El toreo no es salir a pegar pases.Es parar,templar y mandar,y se han de ejecutar ceñidos y ligados con ganancia de terrenos.

    P.D.S.

    ResponderEliminar
  2. P.D.S lo felicito por contundente y claro comentario. Vengan los aficionados buenos, oleeeé.
    POCHO PACCINI BUSTOS

    ResponderEliminar
  3. El buen aficionado es hoy una minoría y la prensa áulica,al público orejero y de aluvión lo tiene en su mira con la campaña constante;que hoy se torea mejor que nunca.
    Es por ello que se están perdiendo las normas clásicas del buen toreo y si a ello sumamos la falta del toro íntegro,con poder,casta y bravura como debe ser.Vamos mal.

    Aficionado de Surco.

    ResponderEliminar