EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. VIC FEZENSAC 2017

jueves, septiembre 04, 2014

"ENTRE ESOS TIPOS Y YO HAY ALGO PERSONAL"

"Antes toros de astas finas y ahora tan solo becerros mandados por bailarinas sin coraje de toreros"
Como cantaba Serrat, probablemente se les recordará... o quizá debería decir que con toda seguridad se les recordará, por ser los enterradores, los matarifes de la gallina de los huevos de oro, los aniquiladores de una ilusión, de una afición que a quién la tiene, se le mete hasta el tuétano de su vida. ¿Y quienes son estos señores que serán recordados?
Pues esa panda de taurinos que no dan puntada sin hilo, que están desforestando de aficionados la fiesta de los toros, con el único objetivo de llenar rápidamente sus bolsillos. Ojalá quisieran hacerse millonarios a costa de los toros, que no es lo mismo que pegar un pelotazo a costa de estos. Esta gente quiere pegar el pelotazo. Dirán que no hay mucha diferencia entre enriquecerse y dejar esto como un solar. Pues yo sí que la veo, en el primer caso sería necesaria una estructura que perdurara en el tiempo y que mantuviera unos niveles de acumulación de poder y dineros sostenible. En lo otro, lo del bombazo, les importa un rábano lo que venga detrás, como la realidad demuestra tozudamente cada día, cada feria y en especial cada tarde de toros en la que precisamente eso, el toro, sigue ausente de los ruedos.
Quizá piensen que mi dedo señala únicamente a los señores empresarios, pero noooo, que no tengan pena el resto de taurinos, que tanto aquellos que rebañan hasta el último céntimo, incluso no atendiendo a sus obligaciones de pago, sino que también son culpables los que se venden por un café, por una pasadita de mano por el lomo, por una invitación a una tienta o una capea, convirtiéndolos además en “aficionados prácticos”, lo que les da el derecho a opinar, apoyando sus comparecencias en la experiencia de haberse puesto. ¿No saben na! Los unos y los otros saben lo que se hacen. Cogemos una voz autorizada, le llenamos la tripa, le soltamos eso de “¡Bieeeeen torero!” y tenemos de nuestro lado a un buche agradecido por los siglos de los siglos. Cada uno a lo suyo, unos usan la palabra como una guadaña, dispuestos a cortar sin miramientos en el vergel de la historia, pisoteando el nombre de los maestros que engrandecieron la Fiesta, con el único fin de ensalzar la vulgaridad de los mediocres de los que esperan sus regalías. Lo mismo nos cuentan la perfección de la tauromaquia de un pegapases, como la fina elegancia de un fracaso de un señor al que se empeñaron en convertir en figura. ¿Cabe mayor ruindad? ¿Cabe mayor indignidad servidumbre y servidumbre? Pero claro, estos vicios de señorito hay que pagarlos y por lo que se ve, con creces. Es necesario comprometer la honra no solo de querer ser buen aficionado, también hay que embadurnar la buena fama como persona. Y luego exigen respeto. Lo siento, pero entre esos tipos y yo hay algo personal.
Tienen un perfecto reparto de papeles, unos son los que ordenan y mandan sin mancharse las manos, si acaso, después de una catástrofe, como puede ser una feria decepcionante, presentan sus excusas ante un vocero afín, doliéndose como los mansos al castigo, con la certeza de que su interlocutor no les pondrá en apuros, no tendrá valor para plantearle eso de que “con estos mimbres...” Lo que todo el mundo atisbaba a lo lejos, ellos se dan cuenta a toro pasado, como los malos toreros, pero que repetirán de nuevo al año siguiente, así feria tras feria, ¿por qué? Porque esto de los toros no les importa absolutamente nada. Ellos siguen a lo suyo. Si se necesita ayuda, ahí estarán los generales de campo que sacarán la cara entre la queja, esa amarga incomprensión con que los más amargados les azotan en sus tardes claveleras. Pedirán calma, respeto, comprensión y la idolatría que creen merecer y que no reciben con la unanimidad que marcan las buenas formas de la cortesía taurina. No les valen esos aplaudidores entregados que entre bocado y bocado de la merienda aún tienen manos para aclamar a los maestros contorsionistas y tramposos, que lo mismo se te fuman un puro, que se comen unas gachas con los dedos. Es que ellos son así de campechanos, divinidades taurinas, pero campechanos, eso que no falte.
Pero como se trata de llegar a todos los rincones del orbe taurino, lo mismo en los tendidos, que en las redes sociales, que en las tascas de mala muerte, están los infantes, los que se revuelcan en el barro, los que no son ni tan siquiera merecedores ni de una invitación, o los que si acaso torean una tarde al año, porque el que interesa se ha ausentado. Unos te vociferan y te amenazan, pero al primer doblón buscan las tablas, huyendo con desaire y soltando coces al aire. Los otros se limitan a repetir consignas escuchadas a los gurús del fraude, pero sin caer en la cuenta de que estos les ocultaron el final del cuento, que es donde se descubre toda la trampa, el intríngulis de todo esto que llamamos torear. ¿Creen que se puede hacer migas con estos señores? ¿Creen que uno se puede fiar de sus buenas maneras? Igual es algo visceral y poco explicable, pero... Entre esos tipos y yo hay algo personal.



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