EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. VIC FEZENSAC 2017

domingo, julio 01, 2012

Tertulia 1º ¿Qué les ocurre a las corridas de toros?


Escrito por: ELCHOFRE    
Miércoles, 13 de octubre de 2010 
¿Qué les ocurre a las corridas de toros?
Las siguientes líneas descartan toda polémica y censura, no tienen inten­ción de causar molestia ni ofender susceptibilidades, solo aspiran a ex­poner realidades que, aun conocidas por la ma­yoría, merecen ser tenidas en consideración y comentadas por el espectador, ya que éste es el que con su paso por la taquilla hace posible el mantenimiento de todo el tinglado taurino.
¿Qué les pasa a las corridas de toros?— ¿Son ahora mejores o peores que antes?—Esta cuestión es muy discutida, pues son tan nu­merosos los aspectos bajo los cuales se puede tratar, que llega uno a perderse y nunca en­cuentra el punto final ni la conclusión concreta.
La fiesta de los toros ha evolucionado. Esto es todo. Con esta evolución se ha llegado a un mejoramiento, en ciertos aspectos —por ejemplo en el que algunos llaman humano— pero desde otro punto de vista, la evolución ha producido una verdadera caída de lo más fun­damental  que tenía este espectáculo, pues se ha perdido completamente la emoción.
Eso que el aficionado moderno llama arte, y que no es otra cosa que preciosismo, ha pro­gresado mucho: Ya no se pegan «mantazos» con el capote ni con la muleta, sobre el suelo o sobre los lomos de los toros. Hoy se com­pone la figura con insuperable estética y gran satisfacción de espectadores femeninos.
Pero no por ello vayamos a decir, como se oye con frecuencia, que hasta los tiempos actuales no se ha conocido verdadero y depu­rado arte en el toreo.
Se nos ocurre preguntar: ¿Qué era lo que Juan Belmonte, y después muchos más, les ha­cían a los toros de mínima edad de cinco años y peso frecuentemente superior a los trescien­tos kilos en canal, tan poco y mal picados porque su ferocidad y ausencia del peto lo impedían?.
Era arte, arte purísimo y emocional por su tremendo peligro que, muchas veces, nos hacia mirar para otro sitio aterrados por un presentimiento de tragedia.
Eran dos factores que siempre concurrían en los pasados tiempos cuando salían «toros»; Peligro junto al arte, y arte para vencer el pe­ligro. ¡Qué gran valía, qué calidad tiene el arte en esas circunstancias!
Se escucha de muchos aficionados, no jóvenes por cierto, que esa era la barbarie inhumana que debía desaparecer.
Creo errónea tal apreciación. Argumentos para rebatirla hay muchísimos y se tratarán con oportunidad, al considerar cada uno de los numerosos puntos que el tema taurino ofre­ce. Pero quede sentado desde este momento, que los aficionados, capaces de sentir la fina belleza de la Fiesta Nacional, jamás fueron a las corridas por el placer de asistir a un suceso sangriento.
Las corridas de toros nunca han sido car­nicería ni matanza. Esto nos lo prueba la estadística y la gran supervivencia de colosos li­diadores, retirados tras haber estoqueado miles de reses bravas. Porque en esa lid el arte siem­pre se antepuso y venció al riesgo.
Siendo la evolución una realidad inevitable contra la que no se puede ir, en ningún orden de cosas, hay que reconocerla, sin la inútil pre­tensión de querer torcer la acción del correr de los tiempos, ni intentar el imposible de volver atrás.
El toreo está según la natural evolución de sus factores económicos lo han situado, y así hay que admitirlo.
 Sin embargo, aceptada esta realidad, deben ser conocidas y evitadas ciertas maniobras que se basan en la buena fe del espectador, y que, desde luego, llegarán a la completa aniquilación de este festejo.
 Mucho se discute acerca de si hoy se torea mejor o peor que antes.
 Debemos centrar esta cuestión con sereni­dad, desechar la pasión y considerar que tal disparidad de criterios, es consecuencia de las diferencias de edades entre los interlocutores.
Los aficionados antiguos, vieron el toreo de su época y  están viendo el de la actual, bastantes diferentes entre sí.
Pero téngase presente que cuando iban a las corridas del Guerra, Machaco, los Bombas, los Gallos... aquéllos aficionados, viejos hoy, eran muchachos jóvenes, estaban en una edad en que todo resulta nuevo y todo agrada.
Era en la edad que se es hijo de familia. Generalmente aún no habían tenido que lu­char en la vida con sinsabores ni desengaños. Su espíritu y su vida eran de color rosa y con esta tonalidad lo veían todo. De aquí que cual­quier tiempo pasado sea mejor.
Los aficionados jóvenes no han visto nada más que el toreo de la época actual, que no se parece en nada a la anterior. Naturalmente, no tienen base para opinar de lo que no han visto.
Sin embargo, los viejos se aferran a su idea de que antes se toreaba mejor, y los jóve­nes afirman que lo de hoy es lo bueno y lo antiguo un mamarracho.
Es que a todas las personas lo que más le gusta son las cosas de su juventud: sus modas fueron más bonitas, sus manjares más exqui­sitos, sus políticos mejores... y todo mejor.
En torno a la cuestión sobre el toreo el criterio de los prudentes y desapasionados es:
Hoy, los toreros se pasan el toro más cer­ca, los pases se ejecutan con más vistosidad, las faenas son más largas y tienen más belleza plástica.
Antes se atendía a un problema de fondo, hoy sólo preocupa la forma. El problema de fondo era hacer lo necesario, largo o corto, para matar de modo perfecto. Todo se supedi­taba a ese momento culminante, esperado con interés por el aficionado. Esta era la razón de ser de todas las suertes del toreo. Por ello el capote, la puya, las banderillas y la muleta, no eran, ni más ni menos, que los útiles indispen­sables para conseguir reducir al toro y ponerlo en condiciones de poderlo matar.
Se prestaba menos atención a lo vistoso y florido, porgue lo fundamental y lo que absorbía toda la preocupación era: la fuerza, la pu­janza y la peligrosidad que tenían los toros y que necesariamente debía ser vencida por el torero en «buena lid». Esto es lo que aprecia­ban, atendían y sabían premiar los públicos de entonces.
Ahora el público gusta más de la filigra­na, su mayor atención y contento lo conceden a que se les den a los toros muchos y muy variados pases. Al problema aquél de fondo se le da poca importancia. No interesa que sea a fuerza de lidiar como se reduzca al toro. Se  permite que sean los picadores los que se en­carguen de «aplastar» a los pequeños toros que salen casi siempre.
Se premian espléndidamente las faenas de muleta largas y artísticas, aunque después se haya despachado y degollado al toro de mala manera. Ha sido un cambio de gustos y crite­rios, por parte, de la mayoría del público.
No cabe duda de que es más bonito pre­senciar faenas en las que el torero dé treinta o cuarenta muletazos con belleza y variedad, aunque sean inoportunos, con desorden, sin ligazón, y, no sólo ineficaces sino hasta perju­diciales.
Esto sería incomparablemente superior a todo lo antiguo, si no se lo hicieran, la mayor parte de los toreros modernos, a un toro que cuando llega a sus manos ya está medio muerto.
En fin, parece ser lo cierto que hoy se to­rea de salón mejor que antes.
 Fuente autorizada por  http//:www.elchofre.com.

1 comentario:

  1. De contenido interesante la primera parte de la tertulia.
     La falencia actual es la emoción que da el toro auténtico y la gallardía indómita de un torero que le ejecute el toreo como debe ser.Lo más frecuente es la mofa con un animal moribundo y los medios pases y terminan matándolo citando fuera de cacho y saliéndose de la suerte.
    La grandeza del toreo está marcada por el signo de la exigencia.
    A la espera de la segunda parte.
     
    E.M.S.

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