EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de la Ganadería los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. VIC FEZENSAC 2017. Foto : Pocho Paccini Bustos.

martes, julio 03, 2012

Tertulia 2º. Fiesta de toreros



Escrito por ELCHOFRE   
jueves, 14 de octubre de 2010

                            Tertulia 2º. Fiesta de toreros

No puede negarse que las cosas deben ser como a sus consumidores les agraden, y un buen sentido comercial aconseja darle al público lo que su gusto pida. Bajo el punto de vista del es­pectáculo taurino, la mayor parte de los espec­tadores prefieren hoy la filigrana vistosa, casi siempre falsa, al toreo de verdad que descansa en el valor, el conocimiento y el arte. Se fijan mucho en el torero y no le hacen ningún caso al toro.
En los últimos años cada vez va menos público a las corridas. Es cierto que este espectáculo se ha hecho irremediablemente costoso y los precios de las localidades son prohibiti­vos para muchas personas. Pero hay otros muchos que son tanto o más caros y sin em­bargo se les agotan las entradas.
¿Es que ya no interesan las corridas de toros? En parte, esto es lo que ocurre como consecuencia de tanta adulteración. Pero esta adulteración se ha producido por la gran indi­ferencia de la mayoría del público. De nada se protesta, nada se reclama y todo se acepta con la misma pasividad. Da la impresión de que sólo asisten invitados con entrada regalada.
Cuesta trabajo comprender que se paguen las elevadas cantidades que valen las localida­des, con la sola y exclusiva finalidad de matar las tres o cuatro horas de la tarde dominguera, y uno no se explica cómo es posible que sin tener afición haya quien sea capaz de soportar una corrida.
Estos espectadores a los que todo le es in­diferente, son en su totalidad lo que ahora se dice «toreristas». Creen que el torero es lo único del festejo. Han olvidado que su nombre es Fiesta de los Toros y no de los toreros. Van solamente a ver al torero, sin importarles si hay o no hay toro, ni si este está ya medio muerto antes de saltar al anillo.
Esta es la verdadera causa de que en su trabajo los toreros hayan introducido tanta mixtificación y mentiras. El público pide pre­ciosidades: pues a dárselas. Si para ello es pre­ciso que salga el torito joven y chico: éste es el que se les suelta. Si es necesario aplastarlo, primero en el chiquero y después en la «mala suerte» de varas: se le aplasta y en paz.
Naturalmente, el torero, así endiosado, cobra verdaderas atrocidades y ésta es una de las partidas del presupuesto que tanto han en­carecido el espectáculo.
Pero es el caso, que el mismo público que cree gustar de esa dulzaina «torerista», llega a darse cuenta, acaso inconscientemente, de que ello le empacha, hastía y aburre. —Cosa natu­ral por la falta de emoción— y vuelve a caer, también por este camino, en la maldita indife­rencia.
Cree que la cosa no tiene remedio, piensa que las corridas de toros carecen de interés y este error es el peor mal que padecemos.
Que salga el toro con edad, con peso y sin mermarle alevosamente sus defensas ni sus facultades y ya verán si este festejo es, o no es, interesante y si merece la pena pagar caras las entradas, para presenciarlo.
Cierto es que en las plazas entran muchos buenos aficionados. Aficionados que sienten pasión por ver torear, que prescinden de muchas cosas para poder comprar la entrada.
Pero estos, que son tan magníficos espec­tadores de las corridas porque comprenden y conocen bien lo que es el toreo, están en mino­ría; en una minoría tan insignificante que, paradójicamente, se encuentran como extraños o intrusos cuando, en realidad, ellos son, mejor que nadie, quienes pueden juzgar con certeza.
Aquélla aplastante mayoría, comete muy grandes errores al enjuiciar, porque no entienden, ni se preocupan de aprender un poco. Siempre dicen: «Yo de toros no entiendo, pero lo que está haciendo ese torero es muy bueno»... ¿Si no entiendes de toros, cómo puedes calificar tan rotundamente?...
El aficionado que le escucha se limita a mirarle y sonreír... El aficionado bueno de verdad, el que si sabe ver el toreo, no discute; habla poco y sólo lo hace con quien lo va a comprender.
Por lo demás, todos tienen derecho a opi­nar —aunque no tengan derecho a cometer injusticias— pero da lástima ver y oír tanto dis­parate en los laudos de las mayorías, porque esta es la causa de que la fiesta vaya de capa caída. Es lamentable que se dejen engañar tan fácilmente, y todo porque no se paran a pen­sar en que el elemento principal de las corri­das de toros es: el toro.
Al toro es al que se debe observar con más atención. Observarlo en su tamaño, su edad, presencia. Seguir sus movimientos du­rante la lidia, ver bien lo que le hacen los toreros y entonces se podrá apreciar, sin error, lo que esté ocurriendo, y se podrá ponderar con justicia la actuación de cada uno.
Es difícil llegar a comprender  el  toreo,  porque es una lucha muy compleja, en la que se dan infinidad de características y realas in­defectibles. No ocurre como en los demás de­portes —pese a lo mucho que éstos apasionan— que todos son muy fáciles de aprender a con­templarlos. Pero, en términos generales, se puede afirmar que la persona que tenga medianamente desarrollado el sentido de la ob­servación, enseguida se convence de que no hay otro espectáculo que le aventaje en interés y emoción.
Si los españoles supieran ver torear, por­que lo entendieran, no buscarían el entreteni­miento, el interés y la pasión en deportes bobos. Pues conociendo el toreo —para ello basta con fijarse mucho en las cualidades del toro— sabrían exigir, y como consecuencia, la actuación de los profesionales y promotores sería siempre honrada; con lo cual la corrida de toros mantendría ese enorme interés que le es inherente y le hace ser superior e incompa­rable a todos los demás espectáculos.
Es lamentable que hoy, cada día más, se está reduciendo a una Fiesta de toreros, y no es esto lo peor, sino que a fuerza de querer complacer tanto al público, que gusta de las preciosidades, algunos toreros se traen estu­diadas unas modalidades en los pases y unas posturitas que, la legendaria varonía del toreo está quedando muy mal parada.

 Fuente autorizada por  http//:www.elchofre.com.

1 comentario:

  1. Una buena puesta en valor de lo que pasa en la fiesta.
    El público es hoy en día más amigo del toreo superficial que de la ortodoxia y la prensa está en manos de corruptos,miedosos,que en lugar de orientar a los equivocados,educar a los entusiastas y enseñar a los ignorantes,solo sirven para perpetuar el fraude,contribuyendo con su postura aduladora a acelerar la caida de la fiesta.Pero no todos son timados,quedan aficionados que en cuanto comprueban de qué va la cosa,no lo aceptan.Es de verguenza ajena las crónicas donde dicen que todo es un derroche de arte y buen toreo.Hoy cuando se habla del toro hay que dar explicaciones.Antes era de imponente lámina,preciosa estampa,poderoso y fiero.
    Va por ustedes, celadores de la verdad.
     
    E.A.V.

    ResponderEliminar