EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. VIC FEZENSAC 2017

domingo, julio 15, 2012

Tertulia 5.º La suerte de varas y los orígenes del toreo



Escrito por ELCHOFRE   
domingo, 31 de octubre de 2010

Tratar en estos tiempos de la suerte de varas es tanto como hablar de los torneos entre caballeros medievales. Sin embargo, de ella nació el to­reo, todos sabemos que los orígenes de nues­tra Fiesta Nacional fue el toreo a la jineta y aunque no fuera nada más que por interés histórico merecería la pena ocuparse de ella.
Pero es lo cierto que aun en los tiempos actuales, pese a lo adulterada y envilecida que está, sigue siendo fundamental y necesaria siempre que salga un toro.
Desaparecidos los caballeros montados que alanceaban toros, a cuyo servicio actuaban los hombres a pie, con la denominación de «chulos», continuó la fiesta de toros, con sus tercios, suertes y desarrollo muy semejantes a los de ahora, precisamente porque habían des­collado las proezas de aquellos hombres a pie y su trabajo resultaba un festejo interesante.
No obstante, desde el primer momento se impuso la necesidad de sangrar al toro al principio de su lidia, sin cuya sangría es imposible, o muy difícil, hacerle venir a menos y obligar­le a que cuadre para estoquearlo, suerte supre­ma y objeto único del toreo.
Aquella faena solo era posible realizarla, desde lo alto de un caballo, y además requería una maestría y un arte poco comunes, según se practicaba entonces. Por esto jugaba un papel tan importante el picador y por ello du­rante muchos años fue su figura la más interesante.
El picador frente al toro tenía que ser un gran jinete y un gran maestro de la equitación. Además de actuar en los ruedos se ocupaban de la doma, de aquí el nombre de picadores que reciben los que se dedican a trabajos de desbravar y domar caballos.
Montando un caballo y con sus recursos de buenos jinetes tenían que picar a los toros -que entonces no tenían la bravura y casta depurada a que se ha llegado mediante la selección ganadera de nuestros tiempos- y de las manos del picador salía el toro no sólo san­grando, sino que aquellos varilargueros, con su pica, ahormaban cabezas y corregían la forma de embestir; pues corrían la mano con la garrocha, le picaban en el sitio conveniente y con la dureza que en cada caso correspondía. Todo esto sin descuidar a su montura de cuyo derribo dependía mucho la vida del picador.
Era una suerte del toreo verdaderamente vis­tosa, gallarda y hombruna. El hecho de derribar el toro al caballo era puramente accidental, generalmente ejecutaban el lance con tal per­fección, que el toro salía limpiamente por el pecho y lado izquierdo del caballo sin rozarle ni un pelo. El picador aguantaba con la vara, y con las ayudas, espuela y riendas, hacía moverse al caballo para dar salida al toro.
Esta buena manera de ejecutar la suerte de varas llegó a degenerar y se inicia otra épo­ca en la que se picaba aprovechando el encon­tronazo entre toro y caballo, a lo que resultara. Se recurre a que parte de su poder lo gastara el toro romaneando caballos.
Naturalmente, en esta forma de picar lo que sobresalía era un espectáculo sangriento y  lastimoso. Desde luego, fuerte e impresionante para el espectador y, sobre todo, peligroso para los toreros que tenían que quitar al toro del caballo cuando aquel estaba enfangado en san­gre, enardecido y alocado. Salían excitados por el olor de la sangre, cegados por la que les ha­bía estado cayendo en la cara, y en estas con­diciones toreaban primorosamente con el ca­pote aquellos verdaderos artistas que fueron Belmente, Chicuelo, Gitanillo de Triana.., siempre con el gravísimo peligro de caballos galopando, heridos y sin jinete, y moviéndose entre jamelgos muertos.
Aquella manera de desarrollarse el primer tercio de la lidia sería imposible de sostener hoy. Había veces que en una corrida morían quince o veinte caballos. ¿Cuánto costaría esto ahora?.
Además, hay que reconocer que en el tiempo que me refiero, los toros, la mayor parte de las veces, se quedaban sin picar porque no les daba lugar a los picadores —ya medianos jinetes— a enganchar al toro, y se daba el caso de que, alguna vez, después de haber matado el toro a dos o tres caballos aún no le habían partido el pellejo con la puya.
Los caballos que se utilizaban, en esta época decadente de la suerte de varas, eran malísimos, apenas se podían tener en pie. Es lógico que entonces se llevaran a la plaza de toros los caballos inútiles, ya por muy viejos, ya por tener vicios o defectos incorregibles que les hacían inservibles para otros trabajos, pues en resumidas cuentas lo más seguro era que los mataran.
Esa época decadente debe su aparición a la falta de picadores capaces de sostener la maestría de sus antecesores. La impericia del varilarguero fue la causa de una continua y brutal matanza de caballos, que trajo como  consecuencia la de no poner a su disposición  nada más que jamelgos cadavéricos.
Fue un círculo viciosos la mala forma de picar originó la necesidad de utilizar caballos pésimos —inútiles para una suerte en la que tanto es menester la fuerza y el vigor y al no contar el jinete  con una montura, dotada de las ¡imprescindibles facultades, le resultaba impo­sible, o dificilísimo, el practicar la suerte con eficacia y decoro.
Así es como se produjo la decadencia de este tercio de la corrida, tan arrogante como imprescindible, y pasó a la historia para no ser más una realidad.
La evolución económica, en su siempre progresiva carrera ascendente de precios, hizo que el costo ínfimo, despreciable, de un jaco viejo y agotado, se convirtiera en una cantidad estimable; y ya no resultaba financiero el des­pilfarro de que un solo toro matara dos o tres caballos.
Hubo un tiempo en que, muertos todos los caballos de la cuadra, tuvieron, en más de una ocasión, que salir a la calle y comprar ca­ballos a los cocheros de vehículos de alquiler. A esto no se le daba mayor importancia, total eran cuatro perras y había que salir del grave aprieto que suponía una plaza llena de «hombres» pidiendo caballos violentamente.
Era el espectáculo que apasionaba a los españoles, entonces no se conocía ese otro más enardecedor e «importado» de los dos puntos que se disputan los equipos de fútbol en los partidos de Liga.
En aquellas plazas de toros lo más que cabían eran ocho o nueve mil personas, pero eran de tal calibre que, si no se les daban las fiestas de toros con la debida calidad, arrollaban con más violencia que una erupción vol­cánica.
Seguramente es que les faltaba esa educa­ción deportiva que adorna á loa 160.000 que hoy asisten al interesante deporte, casi regala­do, qué se practica; también casi de balde, por los profesionales de la pelota.
Lo cierto es, volviendo al tema, que la suerte de varas se contaminó de una afección cancerosa, y como esta suerte, sin duda alguna, era la médula de la Fiesta Nacional, esa pro­gresiva enfermedad invadió a todo el conjunto y hoy está enfermizo, decadente y próximo a expirar.
En siete de febrero de 1928, se dictó una Real Orden, disponiendo que a contar del día ocho de abril de aquel año, sería obligatorio el uso de petos defensivos, para proteger a los caballos, en las corridas de toros y novillos que tuvieran lugar en las plazas consideradas como de primera categoría; en las demás era potestativo y más tarde, al año siguiente 1929, este uso se hizo obligatorio con carácter gene­ral.
Entonces fue cuando empezó a corroer la carcoma que consumirá a las corridas, pues de todo el mal que afecta al primer tercio de la lidia nace el imponderable mal de que adolece el festejo.
En efecto: aquella medida gubernamental del 1928, estaba inspirada en un sentimiento compasivo hacia el noble cuadrúpedo; el sentir del legislador fue el de salvar al caballo, pero velando, al mismo tiempo, por la integridad e intereses de la lidia. Se ocupó, muy minucio­samente, de que esa medida protectora del ca­ballo, estuviese perfectamente reglamentada, y así vemos que la Real Orden de 9 de abril de 1930 del Ministerio de la Gobernación, estableció unas características a las que obligato­riamente han de ajustarse los petos que se uti­licen.
Esas características, literalmente copiadas: son: «Su parte exterior, de paño fuerte, color gris, y la parte interior, de lonas de algodón, es de una sola pieza; está dotado de un faldoncillo encuatado del largo aproximado de una cuarta, para proteger también la bragada del caballo, y su terminación esta guarnecida por ribetes de cuero».
De este peto, que el legislador impuso, al que vemos en las plazas de toros, hay la misma diferencia que la existente entre la pulga y el elefante.
Además el legislador, que siempre ordena sabiamente, dispuso en aquella Real Orden del 1928, en el párrafo segundo del artículo 6°, que por los representantes de la Autoridad se adoptarían las medidas de vigilancia necesa­rias para evitar sustituciones de los petos —siempre guardados bajo llave en poder de la Autoridad— exigiéndose, en su caso, responsabilidades a la empresa del servicio de caba­llos.
Aun queda otro precepto muy interesante en el artículo 8.° de esta Real Orden, que dice: «Si el empleo de los petos produjese resabios en los caballos, se estudiará y acordará la li­mitación del número de corridas en que pueda tomar parte un mismo caballo».
Desde luego que aquel legislador entendía de estas cosas de toros y por ello presentía el alcance, trapisondas y uso indebido a que po­día dar lugar la utilización de los petos.
Pese a tanta precaución, surgió el embro­llo y casi desde el principio de emplear el peto, se ha venido aprovechando, por los ventajistas,   para   conseguir dañar bárbaramente   al toro.
El peto dejó de ser una medida protectora para el caballo y se convirtió en una terrible arma contra el toro; a virtud de la cual, aparapetados todos —picador, toreros, mozos de plaza— detrás de aquel carro blindado, se le causa al toro una espantosa carnicería y, allí mismo, en aquel momento se le aniquila.

Es preciso y urgentísimo que el peto re­glamentario se reponga inexorablemente. Tiene que cumplirse con todo rigor lo que manda la Ley en la, tan repetida, Real Orden de siete de febrero de 1928. De no hacerse así esto se terminará.
Fuente autorizada por  http//:www.elchofre.com

3 comentarios:

  1. La suerte de varas es uno de los momentos más bellos de la lidia,ya que es la prueba definitiva de la bravura y poder del toro y se debe hacer equilibrando el castigo.
    Es la garantía que precisa el buen desarrollo de los tercios posteriores,todos los cuales dependen del de varas y cuando es bien realizada,hay emoción y vibra el aficionado en el tendido.
    Desgraciadamente la emoción y vistosidad,no viene acompañada de una buena ejecución.
    Lo que vemos es picar trasero,tapar la salida y con la finalidad de la faena de muleta solamente,que es a lo que propenden los malos toreros y como directores de lidia dejan hacer,sin duda porque a toro ahormado,pero vivaz,y toro de embestida defectuosa pero moribundo,prefieren el segundo.En cambiar esta forma mala de picar,se juega una parte importante de la lidia y los que deben hacerlo,no lo hacen.
    La autoridad no ejerce como debe ser,así acabaría con estas tropelías.
    La figura del aficionado va desapareciendo,a lo que se suma un sector del público indocumentado que no es capaz de realizar un examen de la lidia desde el prisma del buen aficionado.Son los que propician estos atropellos y con su actitud pasiva le quitan autenticidad a este tercio.Hoy en día con un mínimo que cumple el toro en varas,piden el indulto,de seguir así estamos a las puertas de su desaparición.
     
    Desde Surco.

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  2. Completamente de acuerdo. La tendencia y sueño de algunos ganaduros es que sus toretes no se los pique. Porque llegarían muertos a la faena de muleta. Es más algunos ya quieren prescindir de esta suerte y hacer del toreo de muleta el eje de la lidia.
    En suma, degeneración total. Si esto no se corrige ahora, el costo será irreversible .
    Pocho

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  3. Cada vez es más difícil la recuperación del tercio de varas,con toda la carga emotiva que genera la belleza de su buena ejecución.Los toreros actuales demuestran poco interés en el y pocos son los que saben poner en suerte al toro,la mayoría lo colocan al relance y en distancia corta,para recibir un picotazo y la segunda entrada es una parodia.
    La figura del aficionado está desapareciendo,los que van a la plaza no saben la importancia de este tercio y por ello hay una mínima exigencia y este es un grave problema de la fiesta,la falta de formación de la gente,por lo menos piden el indulto.Así va camino a su desaparición.
    Un mal ejemplo,lo dió el ganadero de Nuñez del Cuvillo,al comentar el indulto de su toro en Algeciras,sin picar lo indultaron,no considera importante la suerte de varas,a él le vale lo que da el toro en la muleta.Indultos así son una lacra para la fiesta.
    Mención aparte,merecen esos sinverguenzas de la prensa taurina, que apoyan todo esto con su silencio. Hoy sólo en Francia y pocas plazas de España se puede ver este tercio fundamental de la lidia,en toda su belleza y emoción.

    E.A.V.

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