EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de la Ganadería los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. VIC FEZENSAC 2017. Foto : Pocho Paccini Bustos.

martes, mayo 24, 2011

VICTORIANO DE LA SERNA

VICTORIANO DE LA SERNA


Cien años atrás, Sepúlveda alumbró un genio: Victoriano de la Serna (1908-1981). Un siglo que no ha borrado su nombre de las arenas y los ruedos del tiempo, porque sólo la excelencia envejece con grandeza en la barrica de la historia. La Serna nació al toreo un 28 de julio, la tarde de su presentación de novillero en Madrid. El impacto fue tal (“alborozadamente se le recibe como un revolucionario del estilo de torear pues sus virtudes con la muleta son parejas a su estilo con el capote”, escribía José María de Cossío, errático en la fecha de nacimiento: 1910) que sólo dieciséis novilladas y un par de meses después se convertiría en matador de toros en la misma plaza, apoderado por El Papa Negro. Félix Rodríguez, frustrado mago de la elegancia, un espejo de toreros según todas las fuentes consultadas, le estrecha la mano en presencia de Pepe Bienvenida.

       La figura de Victoriano de la Serna se enclava en mitad de la mal llamada Edad de Plata (1920-1936), auténtica época de Oro, que alza el telón al despavorido grito de “¡a Joselito lo ha matado un toro!”, cuando una pléyade de grandiosos toreros sale a escena a desarrollar los preceptos dictados por Juan Belmonte en los ruedos y se sumergen en la sima abierta, con el toro tremendo y sin pulir de los años veinte y recentales treinta. La lista de fenomenales artistas pugna con la de víctimas mortales: más de cuarenta novilleros caen en esos años sin penicilina siguiendo la estela de la ola abelmontada. Impresiona la nómina de pioneros del nuevo concepto que juega los brazos, no las piernas: Manuel Jiménez «Chicuelo», cuya aportación a la historia (instaura el ritmo del toreo moderno y la ligazón) todavía se difumina huérfana del justo reconocimiento; El Niño de la Palma, que inspira el titular de titulares «Es de Ronda y se llama Cayetano»; Antonio Márquez, el Belmonte rubio de exquisita media; Armillita Chico, el Joselito mexicano, y Lorenzo Garza y El Soldado, que desde aquellas tierras ponen en un brete a los españoles; Manolo Bienvenida, pletórico y arrollador hasta su prematura enfermedad que apuntilla su existencia y la carrera más alta de un Bienvenida; su hermano Pepote, no sólo uno de los mejores banderilleros de todos los tiempos; Domingo Ortega, domador de látigo de seda, inteligencia natural, coreógrafo de la templada danza continua con los toros, valls que dura hasta más allá del guerra fratricida que parte España y la historia del toreo; la muerte y el llanto por Ignacio Sánchez Mejías, ilustrado cojonero, personaje literario a las cinco de la tarde lorquianas; el vallisoletano Fernando Domínguez que versó Duyos; las deslumbrantes tallas de Cagancho y Curro Puya, también centenarios desde 2003, grandiosos artistas de la verónica profunda: «Yo me llamo Curro Puya/por la tierra y por la mar/ y en el barrio de Triana/ la piedra fundamental”. Y Marcial Lalanda, el gran Marcial, el Más Grande, que admira a La Serna profundamente desde su poder: “Fue un torero desconcertante. Yo creo que el calificativo de torero sólo podía aplicársele cuando decían las gentes que estaba mal y que a mí no me lo parecía. Entonces era cuando toreaba, cuando era torero. Por el contrario, cuando estaba bien, Victoriano no era torero, era un poeta que recitaba dibujando toda la calenturienta fantasía de un sueño con el toro y sobre el toro. La Serna me pareció algunas tardes un concierto de majestuosas composiciones plásticas impropias de un ser normal”. Y es que Victoriano de la Serna no respondía a los parámetros de la “normalidad” en ninguna de las facetas de su vida. Sentía horror ante la vulgaridad, escribió el historiador Néstor Lujan.

        Victoriano de la Serna forma parte de los estilistas (término reduccionista) de la Edad dorada de Plata evolucionan/revolucionan el toreo, la verónica especialmente, porque de la verónica nace todo. Pero la personalidad de La Serna lo hace único e irrepetible intérprete que atalona en firme el lance y lo enfrontila, con las manos, las dos, muy, muy, bajas, como no ha toreado nadie, con la embestida traída por delante, con el capote yerto, con un aura vaga y onírica. Pepe Ortiz, increíble orfebre mexicano de suertes, recordaba con sentida admiración la mágica tarde del 8 de mayo de en 1932 en que Victoriano de la Serna atrajo las luces del mundo entero sobre su perfecta figura. Aquella tarde, llamada “de los trajes blancos” porque coinciden en plata y colores claros en Madrid Joaquín Rodríguez “Cagancho”, La Serna y Chucho Solórzano, la rememora Ortiz con la nitidez de lo imborrable: “Vestía de plata, lo que acentuaba con luz la verticalidad de su figura casi enfrentada con el toro; pero el secreto de su lance estaba en su manera de esperarlo y en lo horizontal, en cómo traía el toro con la capa abierta ante sí, casi tendida, más en una atmósfera de milagro que sobre la arena. Tuvo Victoriano la virtud de eliminar de la verónica todo movimiento superfluo. Ejecutaba el lance muy por delante, moviendo únicamente los brazos, y después ni ellos. En el último tiempo de la verónica, toreaba tan sólo con la cintura”. Victoriano de la Serna, hombre de carácter volcánico y atronador, envenenó, como se escribió en su momento, el toreo. Robert Ryan eleva a la categoría de mito aquella tarde de primavera: “Hay hitos en el toreo por verónicas, lances que perduran con fuerza de mito, contados literalmente: las cuatro que en Madrid consagraron a Victoriano de la Serna; cuatro que en cuanto al asombro que causaron tienen por parangón único, en la misma plaza, las cinco sin enmendarse de Belmonte en 1913”.

        La Serna le imprime sello a la verónica propio al enfrontilar el lance que habían labrado con fuerza los monumentales Cagancho y Gitanillo de Triana (Curro Puya), dos fuera de serie del capote del lado trianero de Sevilla, de la orilla barroca del Guadalquivir que vive enfrente del sevillanismo alado de Chicuelo. Y cuando La Serna torea con el medio pecho ofrecido como ellos, la suerte cargada, la verónica ligada –sin ligazón, aislada, no se concibe-, nada envidia a los agitanados primos que provocaron a los poetas y a las musas. La verónica es a su vez otra musa, que inspira a trovadores y escribas del toreo. A todos los grandes del lance, los encadena el temple, les une el tiempo parado, el tiempo que detienen, la lentitud frente a los trenes que se les vienen como aquellos toros fieros de los años 30. La virtud clave, el nudo gordiano, se concreta en que siempre traen el toro muy toreado por delante, muy enganchado, embebido y sometido el viaje, gobernado; no son artistas del lance hecho, de la composición postural ante el espejo

        En esos dieciséis años (1920-1936) se concentran los máximos estetas y revolucionarios, o continuadores, o apóstoles de la revolución de Juan, del toreo de capa. No crean nada, pero ahondan y profundizan en los preceptos belmontinos. Y los desarrollan. Según Pepe Alameda, hay toreros que son intérpretes (los llama heterodoxos, y a Victoriano de la Serna le dedica un capítulo entero, por su toreo “intransitivo”, precisamente en su libro del mismo nombre: “Los heterodoxos del toreo”) y hay toreros que inventan el toreo (los llama arquitectos). “Ojo, las invenciones no se limitan a la creación de las nuevas suertes. Sin despreciar a estos maestros, los inventores más notables del toreo son aquellos que profundizan o cambian la ejecución de las suertes” (Carlos Arévalo). La Serna se encuadra en los notables de la historia.

        Mas Victoriano de la Serna también creó: el pase lasernista o pase de la bandera, el pase de las flores, bautizado así por el cuadro de Ruano Llopis que refleja un ramo cayendo, y la lasernina, antecedente inmediato de la manoletina pero sin agarrar la muleta por detrás. El pase de las flores que, por cierto, lo interpretaba el genio sepulvedano como broche y no apertura de serie, confundido tantas veces con la capeína en las ondas enredadas de las televisiones. Tampoco es al paso aunque haya que ganárselo al muletazo de salida para ligarle el cambio por la espalda reuniendo las zapatillas luego. Pero la “creación” con que se ganó la eternidad se concentra en la verónica. A sus siete hijos les repetía, con sorna y exageración, porque fue mucho más que eso, que cuatro lances le habían dado para levantarse toda la vida a las doce del mediodía, comprar una finca y formar una familia. Odiaba a Domingo Ortega porque representaba el domino y el poder diarios frente a sus inspiradas y alternas obras (en una mano a mano en Valencia decantado hacia el Paleto de Borox, le avisó: “Mañana los periódicos hablarán de mí y no de ti, cebollero”; y se dejó un toro vivo. Los diarios del día siguiente titularon con La Serna, y debajo añadían: “Domingo Ortega corta cinco orejas”), cuajó una amistad profunda, y epistolar, con Fernando Domínguez (“torear es hundirse con los toros, no elevarse”) y admiró desde su retiro a Pepe Luis Vázquez, Sócrates de San Bernardo. La Guerra Civil quebró su carrera como la de tantos otros; se despidió en Madrid en 1944 cortando una oreja al lado de El Estudiante y Joaquín Albaicín. Y definitivamente se despidió de la vida en 1981. Ni la muerte admitió como un vulgar trámite. Como aquella tarde en que la afición madrileña tomó partido por los toreros mexicanos con el convenio en juego, y al grito de “¡viva España y los toreros españoles!”, se inmoló entre los pitones, lenguas de fuego que en el 81 estallaron arrastrando un eco posterior de silencio y la letra pequeña de su pasodoble: “Victoriano de la Serna, por tu arte, ningún torero podrá igualarte...”

          
       Nota: la figura de Victoriano de la Serna reivindica la época más gloriosa de la Historia del Toreo. En ninguna otra se toreó a la verónica con las manos tan bajas. Cuando Juan Belmonte regresó en 1934 se encontró otro lance al que había dejado; el toreo pulido y evolucionado sobre sus propias leyes.

 ZABALA DE LA SERNA (Cuadernos de Tauromaquia) 26/01/2009
.

1 comentario:

  1. Una frase de Néstor Luján, que sentía horror ante la vulgaridad.Esa forma de imprimirle a la verónica que dio Victoriano de la Serna con sello propio y su toreo de muleta lo dice todo.
    Que estupor sentiría Luján hoy en día con lo que soportamos en las llamadas figuras y toros.
    Destajeros de derechazos y algunos naturales-máximo dos o tres por serie-y a matar con alivio y ventaja exagerada.

    E.U.S.

    ResponderEliminar