EL EJE DE LA LIDIA

EL EJE DE LA LIDIA
"Normalmente, el primer puyazo lo toman bien los toros, y si ése fuera el único del tercio, todos parecerían bravos. En el segundo ya empiezan a dar síntomas de su categoría de bravura. Y es en el tercero donde se define de verdad si el toro es bravo o no. En el tercer puyazo casi todos los toros cantan la gallina, se suele decir". JOAQUÍN VIDAL : "El Toreo es Grandeza". Foto: "Jardinero" de los Maños, primera de cuatro entradas al caballo. VIC FEZENSAC 2017

miércoles, noviembre 30, 2011

EL HOMBRE QUE ESCRIBIÓ LOS TOROS

LA CRÍTICA A LA INTEMPERIE

JOAQUÍN VIDAL VIZCARRO : El hombre que escribió los toros.

Ahora que el periodismo es sólo el edulcorado sinónimo con que se emboza el lenocinio, y sus perpetradores los engolados golfantes que no salen de casa sin un título sobre el que poder erigir su mediocridad, es cuando más echo de menos a esos narradores residuales para los que las reuniones de sociedad son sólo el proscenio de una mentira sin Literatura.
Ahora que tanto se nos aturde con premios, conferencias, tertulias, asambleas, concilios, congresos, corporaciones y hermandades, más necesaria se me hace la cansada prosa del descreído, del proscrito, del bendito maldito que se mea en las puertas de las academias.
Vivimos instalados en un bucle fecal donde los abrazos suenan a palmatoria y cada mano abierta sobre una espalda esconde la ausencia por donde repta la sombra de un cuchillo. Plácemes y parabienes son sólo la impedida expresión de una doblez por donde el individuo invierte el escaso rédito de una dignidad ulcerada. Esos conciliábulos sociales en los que el petardeo más veleidoso y superficial se achampaña para sonreír ante la castrada cámara de un becario, son el más evidente trasunto de la cochambre que cuelga de un tendedero.
Y en esto es perito el Toro.
Me sumerjo entonces en las hemerotecas al calor de una prosa encendida, al arrimo de un estilete lúcido, al amparo de una literatura oxigenada. Y allí emerge, inevitablemente, el nicotinado esbozo de Joaquín Vidal.
Si la experiencia ha terminado por confirmarme la miserable condición del ser humano, llevarla al ámbito taurino es elevar esa miserabilidad a la enésima potencia. El Toro vive asfixiado por unos alrededores donde hieden los siete pecados capitales, donde la bondad es la desprotegida excepción sobre la que trepa el orgiástico y bastardeado indecoro de la más baja canalla, donde hasta el olor a podrido lograría disimular la putrefacta atmósfera en que se dirime esta enfangada mentira.
Para poner de relieve esta evidencia, Joaquín Vidal nos ofrecía el sagaz prisma de un observador al que la narración se le acodaba en el tintero. Tras su feroz aspecto de registrador de la propiedad, la pluma se le deslizaba con la acrobática limpieza de quien pasa a limpio un milagro. Sus ojos, atrincherados tras el ópalo vitral de unas gafas de pasta alcanzaban a ver hasta el tuétano de las intrahistorias de alpargatazo y coñac, de clavelón y zurrapa, de gloria y bosta.
En él el costumbrismo era sólo la pátina sobre la que desplegaba un dominio de la sintaxis que coqueteaba con la poesía más bohemia.
A sus detractores, fundamentalmente tarados de prosa y agudeza así como ahítos de podredumbre y envidia, se les abrían las carnes viendo con cuánto ingenio, desembarazo y sagacidad Vidal pasaba revista a la plana mayor del tenderete. Es entonces cuando le acusan de ignorante y profano. Cargan contra él su acrimonia y su enojo. Y no sólo los cagatintas lampantes al estilo Arévalo, Menguado y demás postulantes. También promotores de Dios sabe qué, eructaban contra él su gangoseado acento.
Pero él nunca puso precio de salida a su artículo. Vivía su afición desde la higiene de un tendido que le suministraba su periódico y que no se preocupó jamás de pordiosear. Nunca se mezcló con la marranalla que enturbia el zigzagueo de la tinta, limitándose a erigir su pose de profesor de reválida para dar fe de lo que es en esencia una tarde de toros. A él le debemos la más perfecta semblanza de los Toros en su final de siglo. Ese espejo que su talento ponía enfrente del negocio para hacer patentes las taras de un colectivo que ha terminado llevándonos al espigón en el que hoy hacemos equilibrio.
Le recuerdo al raso, espectral y categórico, levantar acta de un festejo anegado y gris donde lo más torero era su imagen inquisitorial y zumbona parapetándose de una cólera de nubes entre un chubasquero inveterado y un paraguas redentor.
Tras una impresión como esa, lo único que deseaba al día siguiente era llevarme su crónica a la boca como un pan lustroso y vivífico.

Francisco Callejo

Fuente: http://lacharpadelazabache.com/2011/11/27/la-critica-a-la-intemperie/comment-page-1/#comment-11774

1 comentario:

  1. La muerte del maestro nos dejó a los aficionados en la orfandad de una buena crítica de toros.Muy buen artículo;Sr:Francisco Callejo.

    A.V.

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